Majao (p.p. de majar) [derivado del latín "malleus" (martillo)]: 'quebrantado a golpes, machacado', y también 'molesto, cansado'. Público (adj.): 'notorio, patente, manifiesto, visto o sabido por todos'.

29 septiembre 2008

Intelectuales en prisión

Una nueva edición crítica del tratado De los nombres de Cristo, del maestro fray Luís de León, nos recuerda que padecer sufrimientos e injusticias es destino común de todos los hombres, por tanto también de los más excelsos intelectuales. No hay otra manera de callar el pensamiento, que encerrando y matando al pobre cuerpo del pensador.

Nuestro modelo es Jesús, que ante las autoridades judías y romanas padeció en silencio la condena a morir en una cruz. A su lado, la de Sócrates, relatada por los testigos, parece una muerte olímpica. Hacer un catálogo de intelectuales condenados sería tarea interminable: el teólogo Orígenes, el mismo fray Luís de León y fray Juan de la Cruz, Thomas More, Francisco de Quevedo, o ya en nuestro siglo, el pastor Dietrich Bonhoeffer, Nelson Mandela, o el cardenal F.X. Nguyen van Thuan... Estos son los nombres que ahora recuerdo, y que otros podrían ayudarme a completar.

Los escritos de prisión, como las cartas del defenestrado Lord Chancellor Moro, o del pastor Bonhoeffer, son de extremado interés: en ellas habla la verdad. Cuando el cuerpo del hombre ha sido despojado de todo lo supérfluo, de todo signo de distinción, y ha perdido la esperanza de salvar la vida, o de recuperar la libertad, el espíritu del pensador vuela más alto, a regiones más libres. Sus escritos por fuerza han de estar iluminados por la profecía. No es en los escritores acomodados, vanos y triviales, donde encontraremos la palabra que nos guíe por nuestros senderos.

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27 septiembre 2008

En recuerdo de Paul Newman


La foto de primer plano de Paul Newman, y James Mason, en estrados, de una de mis películas favoritas, El veredicto (1982). Reconozco que me gustan las películas "de juicios", no sé por qué (o sí sé por qué).

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26 septiembre 2008

La estirpe de Garcilaso

"La obra de fray Luís se asocia a menudo a la de otra cima de nuestra lírica, la de San Juan de la Cruz, alumno que fue de la Universidad de Salamanca por los años en que fray Luís enseñaba en ella, y aunque no consta que se trataran, en todo caso, sí es justo reunir sus nombres culminantes, si bien hay que señalar enseguida su profunda divergencia. Ni una sola reminiscencia clásica ha podido hallarse en el carmelita, aunque lo sabemos educado en las letras clásicas. Comparten dos bases comunes: el modelo bíblico y el ejemplo de Garcilaso. Fue la aptitud para conducir el sentimiento a un extremo emocionado y su maestría idiomática lo que ambos recibieron del toledano. Desde esa base, iban a seguir caminos muy diferentes, impulsados ambos por una extrema originalidad: fray Luís, fundándose en los claros ejemplos latinos, añorando transparentemente el ascenso al más allá; San Juan, haciéndose hermosamente enigmático para expresar el ascenso ya logrado.

"Dos cimas, más bien, dos llamaradas de arte verbal español que pueden fundar el derecho de nuestra lengua a contarse entre las muy primeras del mundo. En una parte decisiva, gracias a fray Luís de León, campeón de la memoria histórica que nos une al ser mismo de Europa, el de la clasicidad grecolatina, de la que España arranca. Esa memoria que hoy parece desvanecerse sacrificada a otros altares. Y con ese desvanecimiento, el de la dignidad suprema de la lengua castellana, y no sólo por su dilatada extensión. Al igual que Lope, podríamos decir que, si hoy viviera, fuerte león en su defensa fuera".


Fragmento del "estudio preliminar" de Fernando Lázaro Carreter, a la nueva edición del tratado De los nombres de Cristo (Barcelona, 2008).

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24 septiembre 2008

El hombre invisible

A cierta altura, uno ya vive de las rentas de sus lecturas juveniles. Parece que ya hay poco que descubrir, o que uno ya se ha enterado de casi todo. Con gran gusto vuelvo una y otra vez a los viejos relatos (el Quijote, la Biblia), pero ya no leo novelas, que son afición de mozo.

En un simpático y concurrido post del blog de Ignacio, nos hemos entretenido en recomendarnos los unos a los otros cosas que echarnos a leer, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, igual que cuando teníamos quince años. Ahora yo siempre recomiendo un breve puñado: el Criticón (para el que tenga pulso y paciencia), el Lazarillo, La Tesis de Nancy, El arpa birmana, Rayuela, los cuentos de Borges...

También diría que quien tenga el privilegio de leer en inglés con soltura (en un país, España, tan incomprensiblemente negado a los idiomas) posee la llave de ingreso a un oceáno inagotable de fábulas. Un gran país, los USA, síntesis de todo lo bueno y lo malo de este mundo, también ha prohijado una inmensa literatura, de elevado tono moral. Moby Dick, The adventures of Huckleberry Finn (de imposible traducción) o The catcher in the rye, no son sólo "grandes novelas norteamericanas", sino también un importante patrimonio espiritual de la humanidad, que merece ser conocido.

Tengo un vago recuerdo, atmosférico y nebuloso, de la lectura de Invisible man, de Ralph Waldo Ellison (el escritor que posa en la foto). Quizá así sea como se recuerdan los grandes relatos (suele decirse que el "argumento" o historia del Quijote puede resumirse en dos líneas). Pero aún retengo la lección moral de esta fábula de Ellison: en nuestro mundo, todos ambicionamos la fama, y ser reconocidos. Pero la contrapartida a tanta desmesura, es que la inmensa parte de la humanidad está condenada a la invisibilidad. Estudiamos el concepto de persona, e invocamos a Boecio, y no advertimos que muchos individuos, muy cercanos, próximos (prójimos) a nosotros, se ven con su dignidad personal negada.
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12 septiembre 2008

Benedicto XVI en el Collège des Bernardins

En su Viaje Apostólico a Francia, con motivo del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes, hoy 12 de septiembre Benedicto XVI ha pronunciado un importante discurso en el Collège des Bernardins, sobre la Palabra como lugar de encuentro con el Dios que buscamos. Puede leerse en la página web de la Santa Sede: Los orígenes de la teología occidental y las raíces de la cultura europea. Me gustaría reproducir un extracto sobre la palabra bíblica, en el que señalo que descarte, de una vez por todas, las lecturas fundamentalistas de la Biblia, aunque os recomiendo sinceramente la lectura completa de este discurso papal [el subrayado es mío]:

"El cristianismo capta en las palabras la Palabra, el Logos mismo, que irradia su misterio a través de tal multiplicidad. Esta estructura especial de la Biblia es un desafío siempre nuevo para cada generación. Por su misma naturaleza excluye todo lo que hoy se llama fundamentalismo. La misma Palabra de Dios, de hecho, nunca está presente ya en la simple literalidad del texto. Para alcanzarla se requiere un trascender y un proceso de comprensión, que se deja guiar por el movimiento interior del conjunto y por ello debe convertirse también en un proceso vital. Siempre y sólo en la unidad dinámica del conjunto los muchos libros forman un Libro, la Palabra de Dios y la acción de Dios en el mundo se revelan en la palabra y en la historia humana.

"Todo el dramatismo de este tema está iluminado en los escritos de san Pablo. Qué significado tenga el trascender de la letra y su comprensión únicamente a partir del conjunto, lo ha expresado de manera drástica en la frase: «La pura letra mata y, en cambio, el Espíritu da vida» (2 Cor 3, 6). Y también: “Donde hay el Espíritu… hay libertad” (2 Cor 3, 17). La grandeza y la amplitud de tal visión de la Palabra bíblica, sin embargo, sólo se puede comprender si se escucha a Pablo profundamente y se comprende entonces que ese Espíritu liberador tiene un nombre y que la libertad tiene por tanto una medida interior: «El Señor es el Espíritu, y donde hay el Espíritu del Señor hay libertad» (2 Cor 3,17)."

[Imagen vía: Le Figaro]

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10 septiembre 2008

El dinero, visto por Miguel Brieva


Comienza la temporada libresca con fuerza. Aparece en librerías, editada por Mondadori, la reedición de Dinero, "Revista de Poética Financiera e Intercambio Espiritual", del joven dibujante sevillano Miguel Brieva. En principio "Dinero" fue un fanzine, publicado entre 2001 y 2005. Desde entonces la carrera del ilustrador y viñetista ha sido meteórica. Sus ilustraciones aparecen en un libro antológico, casi de coleccionista, el manual de Educación para la ciudadanía de Akal (2007). Incluso el año pasado ya ha expuesto en una caja de ahorros de la ciudad una muestra retrospectiva, "Sobras maestras".

Miguel Brieva se define a sí mismo como "un ente ectoplasmático surgido de los delirios etílicos de un oso perezoso tras una exagerada ingesta de hojas de eucalipto maceradas". Aunque se me ocurre que ésta, más que una definición, es la ocultación de la persona del artista detrás de sus creaciones, que son las que de verdad cuentan y hablan por él.

Su humor negro se compara al de El Roto, aunque el antecedente de todos ellos es Chumy Chúmez. Miguel Brieva practica el sarcasmo contra los valores convencionales de las clases medias y acomodadas, y de paso nos hace sonreír y pensar sobre nuestros modos ridículos de vivir. Un tema habitual es Dios (representado siempre con un triangulito en la cabeza) que se muestra complacido de su creación, este mundo tan desastroso en apariencia. Sin embargo, aunque estos dibujos se inspiran en las ideas antisistema o anticonsumistas, me ha sorprendido no encontrar ninguno que ataque al blanco preferido de los grupos rebeldes, la Iglesia Católica. Es un aspecto de su obra, este respeto implícito a la religión, que me intriga.

Se critica al autor que sea incoherente y haya terminado por venderse al vil metal, publicando sus dibujos en el grupo Random House (pero bajo licencia Creative Commons). No estoy de acuerdo con esta forma de verlo. Su humor ideológico, que dicen inagotable, tiene valores proféticos. Es importante que un artista nos recuerde, cada tanto, nuestra hipocresía y materialismo consumista, nuestra vulgaridad. Sólo por eso habría que buscarle a Miguel Brieva un buen mecenas.

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06 septiembre 2008

Contradiciendo a Ratzinger

Hasta ahora no había comentado aquí el libro de Joseph Ratzinger, Jesus von Nazareth (2007), por la sencilla razón de que no lo he leído. Aún aguarda su turno, en el limbo de los libros vírgenes, si bien que reposando en inmejorable compañía, ahora que lo he retirado del anaquel, donde fue a parar por azares de la topología entre la Interpretación del cuarto evangelio (1954), de Charles Harold Dodd, y El instante (1855), de Kierkegaard. Pero no se le busque la lógica a esta secuencia, porque no tiene otra más que el confuso desorden de una biblioteca de uso personal.

Algunos próximos y amigos, más sabios y religiosos que yo, sí han leído "el libro del Papa". Yo no, y confieso que no he podido con él, porque se me cae de las manos. Pero sí he repasado enterito el prólogo y la bibliografía. Ahora que al comenzar el curso anidan en nuestros corazones píos propósitos, he vuelto a hojearlo, y vuelto a desestimar su lectura, en provecho de otras más urgentes. No obstante, en un rato perdido he usado de técnicas de lectura veloz, haciendo algunas calas en el texto, para explicar ahora mi resistencia a esta obra. No descarto que, como me pasa con muchos otros libros, simplemente le haya cogido manía; pero quién sabe.

El prólogo contiene una declaración, justamente destacada en los medios, y que voy a reproducir: Sin duda, no necesito decir expresamente que este libro no es en modo alguno un acto magisterial, sino únicamente expresión de mi búsqueda personal "del rostro del Señor" (cf. Sal 27, 8). Por eso, cualquiera es libre de contradecirme. Pido sólo a los lectores y lectoras esa benevolencia inicial, sin la cual no hay comprensión posible.

Pues bien, tomándole la palabra al profesor Ratzinger, me permitiré aquí hacer una módica contradicción del libro, que seguramente estará falta de la sabiduría y temple que requiere el empeño. En cuanto a la "benevolencia inicial", creo que ya la he demostrado, habiendo comprado el libro y leído su prólogo y algunas de sus páginas. Y también porque tengo en general buena disposición hacia Ratzinger el teólogo, del que soy lector de su Introducción al cristianismo (1968) desde mis ya lejanos años de bachiller. Por no hablar de mi admiración, ya en el terreno magisterial, de su hermosa encíclica Spe salvi, que he comentado repetidas veces aquí.

No pondré en duda jamás que el libro Jesús de Ratzinger sea, en doctrina, católico-católico, como el café-café (no podría ser de otra manera, en la persona del doctor que hoy ocupa la
cátedra de San Pedro). Pero como este libro es resultado, como él mismo dice, de una "búsqueda personal", tal vez refleje sus propias y particularísimas opiniones teológicas, que no su magisterio de Supremo Pontifice. No hay más que repasar otro libro famoso de Ratzinger, el Informe sobre la fe (1985), donde sin ambages reconocía, dialogando con el periodista Vittorio Messori, que en la Iglesia polemizan corrientes conservadoras y progresistas, que siguen todavía hoy discutiendo en torno a la vigencia del Concilio Vaticano II.

Mi primera crítica se refiere a la aptitud del libro para enseñar. El Jesús de Ratzinger se sitúa, como decimos coloquialmente, en un quiero y no puedo. No explica con el orden, la sencillez y claridad debidas, la vida y milagros y las enseñanzas de Jesús el nazareno, que seguramente es lo que piden de corazón los cristianos sencillos, deseosos de aprender y de oír hablar del Maestro. Pero por otro lado, tampoco alcanza un aseado nivel que satisfaga a los estudiosos del Nuevo Testamento, de los evangelios y de su teología. Destinado al gran público, irremediablemente incurre en una rapsodia de temas teológicos y escriturísticos, de imposible vulgarización, pensando quizá en ese hipotético y modélico lector medio que, como cualquier "media estadística", no existe.

Me imagino que muchos de los tropecientos mil compradores del "libro del Papa", que se lo llevaron de la pila de los grandes almacenes, o del hipermercado, como quien compra el último premio Planeta, se habrán llevado un buen chasco si se han asomado a sus páginas. A los pocos días de tenerlo en mis manos, ya avisé que el prólogo, repleto de consideraciones de alta erudición teológica, cumple a la perfección la tarea de disuadir de la continuación de la lectura. Claro está que hablo de ese "lector medio" hipotético, y que no desconozco que lectores más instruídos, entre la clerecía y el personal con estudios, sí habrán llegado a buen puerto leyéndolo en su integridad.

¿Y en cuanto al lector estudioso, informado? Para valorar los quilates del libro, me he dirigido al capítulo 8, "Las grandes imágenes del evangelio de Juan". Confieso que tengo un motivo personal para hacerlo, y es que este cuarto evangelio, a diferencia de los sinópticos, siempre se me ha atragantado, nunca lo he entendido bien. Me parecía, puede ser que con razón, demasiado filosófico. Por eso dos libros que me aguardan impacientes son los comentarios del teólogo inglés Charles Harold Dodd, que he mencionado arriba: Interpretación del cuarto evangelio (1955) y Tradición histórica en el cuarto evangelio (1963) [ambos publicados por ediciones Cristiandad]. Quien de verdad quiera aprender y comprender el sentido del evangelio de Juan, debe leer estas colosales obras exegéticas. Pero si a continuación dirigimos nuestra mirada al capítulo 8 del libro de Ratzinger, observaremos que se queda en un nivel divulgativo de saberes teológicos y escriturísticos, que difícilmente calarán en aquel "lector medio".

En resumidas cuentas, el que llaman "libro del Papa", que más propiamente se debe llamar "último libro del teólogo Ratzinger", como él mismo honradamente advierte en el prólogo, porque no es una obra magisterial, se queda a mi juicio en un nivel intermedio, equidistante, forzosamente catequístico, que procurará algún barniz teológico a lectores interesados, pero que no satisfará las expectativas de los lectores sencillos (que no rudos), que quieren conocer el mensaje de Jesús, y tendrá poco interés para quienes ya estén sumergidos en la ciencia teológica y en el estudio riguroso de las Escrituras.

Para terminar y no alargarme, una vez explicadas mis impresiones sobre el nivel retórico del libro de Ratzinger, debo referirme a su contenido ideológico, analizando al menos alguna de sus opiniones teológicas. Comentarlo por entero está fuera de lugar, y muy lejos de mi capacidad y sabiduría. Esta vez me he dirigido al capítulo 4, donde se habla de "el Sermón de la Montaña". El comentario que voy a hacer evidenciará el acierto de la elección. En este pasaje saltan a la vista, a mi juicio, las opiniones que animan el pensamiento actual de Ratzinger el teólogo. Para no andarme por las ramas copio un párrafo muy significativo, de la página 105 de la edición española:

"El Sermón de la Montaña como tal no es un programa social, eso es cierto. Pero sólo donde la gran orientación que nos da se mantiene viva en el sentimiento y en la acción, sólo donde la fuerza de la renuncia y la responsabilidad por el prójimo y por toda la sociedad surge como fruto de la fe, sólo allí puede crecer también la justicia social. Y la Iglesia en su conjunto debe ser consciente de que ha de seguir siendo reconocible como la comunidad de los pobres de Dios. Igual que el Antiguo Testamento se ha abierto a la renovación con respecto a la Nueva Alianza a partir de los pobres de Dios, toda nueva renovación de la Iglesia puede partir sólo de aquellos en los que vive la misma humildad decidida y la misma bondad dispuesta al servicio".

Un lector "no benevolente" quizá entrevea en esa afirmación tan tajante de que el Sermón de la Montaña "no es un programa social", la contestación previsible de Ratzinger a la Teología de la Liberación. No quiero entrar en esta materia, porque me alejaría indebidamente del texto explícito de Ratzinger. Pero hay que llamar la atención sobre la interpretación que de la pobreza hace el conjunto del capítulo 4, y en particular este párrafo: pobre es el miembro de la Iglesia, con humildad decidida y bondad dispuesta al servicio. Creo que no he sido infiel al interpretarlo. Entonces, ¿podemos imaginarnos quienes son esos "pobres" de los que habla Ratzinger? Pienso que Ratzinger lleva aquí la "imaginación teológica" muy lejos, porque desde la lectura del evangelio, y oyendo las palabras de Jesús, el pobre es simplemente el pobre.

Leyendo este texto de Ratzinger, que dice que Jesús no predicó en la montaña ningún programa social, me pregunto en qué desván eclesiástico ha quedado arrumbada la opción preferencial por los pobres, que nos recuerdan los teólogos
Jon Sobrino y Gustavo Gutiérrez. Al menos hemos comprendido que el evangelio obliga a "tomar una decisión", a hacer una opción. ¿Pero nos concede el evangelio margen para interpretar, a nuestro gusto y conveniencia, esa palabra tan solemne como es la de la pobreza? Sancte Óscar Romero, ora pro nobis!

Voy a concluir este comentario al Jesús de Ratzinger refiriéndome, ya muy ligeramente, a las disputas teológicas en que se embarca el autor. Disputar, debatir, altercar, contender, discutir, son formas de ejercer los oficios retóricos, como son los de los abogados, filósofos y teólogos. En general, el debate de opiniones está presente en todo arte y ciencia. También debaten los médicos, sobre el mejor tratamiento del enfermo, o los ingenieros, sobre la mejor construcción de un puente.

Por eso mismo, también en este libro de Ratzinger hay debate (por ejemplo, como era de esperar, con Bultmann). Sin embargo, he querido ver una gran distancia con el desarrollo de los debates en su juvenil Introducción al cristianismo. En este último libro, originado en unas conferencias universitarias en Tubinga, Ratzinger dialoga con los intelectuales de su tiempo. Pero en el que comentamos, Ratzinger ataca e impugna. Creo intuir que en esta diferencia de estilo (tan sólo es una impresión apresurada) asoma la senescencia del pensamiento del autor. Por eso creo, y ésta puede ser una conclusión razonable, que esta tardía obra del teólogo Ratzinger, no añade nada, como tantas veces ocurre en muchísimos creadores y pensadores, a sus brillantes obras juveniles. Volvamos, si queremos, a su Introducción al cristianismo.

Actualización: Las "paradojas" del libro del Papa.

"... Paradójicamente, mientras él mismo nos dice que este libro no es un documento del magisterio papal, sino el fruto de su personal compromiso teológico, tenemos la clara impresión de que leyendo estas páginas contamos con una clave preciosa para comprender mejor muchos aspectos de su pontificado: sus homilías, sus catequesis de los miércoles, el estilo de su gobierno y del orden de su vida, en cierto sentido también las prioridades y diversas elecciones de su gobierno. Sabemos mejor quién es el Papa, qué es verdaderamente esencial para él, y por lo tanto qué nos quiere decir a todos los creyentes en Jesucristo, a los hombres y a las mujeres de hoy. Le estamos profundamente agradecidos."

P. Federico Lombardi [vía: Zenith]

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05 septiembre 2008

Ramón Carande (1887-1986)

Uno de nuestros sevillanos ilustres es Don Ramón Carande, quien fue rector de la Universidad de Sevilla. Se le recuerda por una gran obra historiográfica: Carlos V y sus banqueros. Era personaje notorio de la ciudad, y "raro", o más bien "muy suyo". Yo le conocía desde niño, y me intrigaba su imagen de sabio distraído, con gafas de pasta y vistiendo en invierno un poncho andino...

Años más tarde, en la facultad, aún pude escuchar de su propia voz, en una tertulia, una de sus más repetidas anécdotas. Siendo joven investigador en Europa, no recuerdo si dijo que en Berlín, paseando cierto día con un compañero de estudios, éste le señaló a un personaje que pasaba de largo: ¡era Lenin!

A sugestión de
Morgenrot, buscando referencias en el oráculo, me acabo de enterar de que la Universidad de Córdoba ha publicado este año una nueva biografía del profesor Carande, del historiador Luís Palacios. Digo nueva, porque el hijo de Carande, Bernardo Víctor (+) ya publicó una interesantísima biografía ilustrada (Sevilla, Fundación El Monte, 2003), que fue precedida de un delicioso relato de "la primera juventud" de Ramón Carande, Regino y la cultura (Sevilla, Alfar, 2001).

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02 septiembre 2008

Derecho y sentido común


Otra anécdota de facultad, de hace veintipico años. Uno de nuestros viejos maestros (que aún vive), amigo de contar chascarrillos finos para hacer más saladas las lúgubres lecciones, nos contó un día una anécdota del Rector Ramón Carande... Explicaba un día la moneda y el crédito. Un alumno levantó la mano: "Don Ramón, ¿por qué el Banco de España no imprime más billetes, para repartirlos entre todos, y así acababa con la pobreza? Y el profesor Carande, repuesto de la sorpresa, le contesto: "Hijo mío, que Dios le conserve la inocencia...". Y así este viejo maestro, discípulo de Carande, nos inculcaba la importancia para un jurista de obedecer sobre todo, antes que a las leyes, sentencias y doctrinas, al sentido común.

Ese juez que aparece en una de las inmortales planchas de Daumier, resume para mi la actitud contraria al buen sentido: la insensatez de los juristas. El juez, repantingado en su sillón, a la vista del ladrón atado de pies y manos, que acaba de excusarse porque no tenía qué
comer, le está contestando: "Tenías hambre... tenías hambre... Ésa no es una razón. Yo también tengo hambre todos los días, y no por eso robo".

Un gran profesor de derecho, Álvaro d'Ors, enseñaba: "Para un jurista, basta el sentido común. El sentido común es la verdadera filosofía de los juristas. Y el sentido común no se determina por estadísticas plebiscitarias, sino por una simplicidad de la razón individual de cada uno: no es el sentir de las multitudes, sino el de cada hombre no-demente con el que nos podemos encarar...".

Estaba yo tentado a hacer eso que llaman "crónica de tribunales", al hilo de las insensateces de las que nos informan las primeras planas de los periódicos. Pero entre el miedo reverencial, y el comprender que no tienen mucho recorrido las ocurrencias de vuelo gallináceo de nuestras altas magistraturas, he preferido dar esta modesta lección sobre un principio áureo de la práctica forense: tener la cabeza sobre los hombros. Porque no son justas las leyes y las sentencias que contravienen el sentido común, esto es lo que puede entender la gente de la calle mediante su sentido primario de lo que es recto y justo, por mucho que se apoyen esas leyes y esas sentencias, como decía el jurista d'Ors, en las "estadísticas plebiscitarias".

(¡Shsssssssss...!).

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