Majao (p.p. de majar) [derivado del latín "malleus" (martillo)]: 'quebrantado a golpes, machacado', y también 'molesto, cansado'. Público (adj.): 'notorio, patente, manifiesto, visto o sabido por todos'.

29 enero 2011

El hombre que pudo reinar


Las vidas de los ilustres filósofos Sócrates y Platón, pensamos, darían para rodar una película épica, y es incomprensible que Hollywood no la haya producido todavía. Otra gran película del modo de vida filosófico es La caida del imperio romano (Anthony Mann, 1964), meditación estoica, en imágenes y pasiones, del curso de la vida de los hombres. Alec Guinnes hacía el papel de emperador Marco Aurelio, y James Mason el de su amigo Timónides. Ambos actores supieron representar en sus rostros y gestos al político filósofo, el que logra armonizar en su vida la acción y la contemplación.

El enfoque filosófico del séptimo arte, the philosophy of film [Stanford], es un campo de reflexión que da mucho juego, para quienes somos aficionados al cine. No tengo claro que la vida de Platón, quia philosophus, sea de película. Aunque podemos sentar el principio de que un filósofo olímpico, puro y desentendido de los accidentes del mundo, sería una anomalía, porque la vida filosófica común debe ser agitada. Pensamos en el philosophe engagé de cualquier tiempo, porque no otra cosa fueron Sócrates, Platón y Aristóteles (como también Agustín de Hipona, o Tomás de Aquino, enzarzados en la política eclesiástica de su tiempo). Por eso si cualquier buena película se deja analizar con categorías metafísicas (philosophical analysis of films) también las vidas de los filósofos se prestan como ninguna otra para una divertida película de acción... y de contemplación.

Cuando he sugerido que Sean Connery podría haber sido el mejor candidato para representar a Platón en la pantalla, tenía en mente su papel protagonista en The man who would be king (John Huston, 1975), una película irresistible porque tiene la forma de cuento oriental, la fábula del aventurero que trepa audazmente al trono mítico de Alejandro, y de su caída. Es una película lograda, feliz. Una de las escenas que más gracia me hacen (en una cinta que no desfallece un instante) es cuando los dos chantajistas, Peachy (Michael Caine) y Danny (Connery), son llamados a capítulo por el gobernador de la región, que amaga con expulsarles de la India, y ellos le devuelven el golpe amenazando con divulgar los tejemanejes del gobernador con la hermana del rajá... Cuantas veces la veo me hace sonreir, porque ilustra a la perfección el cinismo del gobernante de medio pelo, que intenta encubrir sus corruptelas con una apariencia de honorabilidad. En esa escena los dos pillos se ganan la simpatía del espectador.

El hombre que pudo reinar es un retrato verista e irónico de aquellos reyezuelos de la antigüedad (como sería el tirano de Siracusa, Dionisio, que trató Platón), y no hay que desdeñar tampoco que sea un idilio masónico, de cuya imaginería se nutre la película (según el cuento de Kipling, masón desde su juventud), igual que el Singspiel mozartiano Die Zauberflöte. Como las Mil y una noches, como El Quijote, bebe de las remotas fuentes de las historias maravillosas de oriente, que desembocan en nuestro tiempo en el cuento de "El traje nuevo del emperador", de Hans Christian Andersen. En suma, en cualquiera de esas fábulas antiguas o modernas, como en la misma película de John Huston, reconocemos el tema filosófico de la apariencia y la verdad, que me parece el núcleo del magisterio platónico.

La película tiene profundas resonancias con la novela cervantina. Ambas cuentan la historia de dos perdedores, que en su derrota desvelan la cara oculta del poder. Igual que el gobierno de Sancho Panza, los avatares del reino frustrado del aventurero escocés Daniel Dravot (trasunto posible del mismo Sean Connery) presentan un cariz jocoserio, que nos pone en guardia sobre la legitimidad del poderoso. La moraleja de estas historias es que el rey no es un semidiós (como lo fue, según cuentan, Alejandro de Macedonia), sino nada más que un hombre, que puede sucumbir a la ambición, la codicia y la lujuria.

Los paralelos de estos dos gobiernos no terminan ahí. Ni Sancho, ni Danny (Connery), fueron reyes corruptos, como pudo serlo el tirano de Siracusa. Sancho dimite ("saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra señal para dar a entender que he gobernado como un ángel", Quijote, II,53), y el final de Danny es heróico, y lo redime (es la más sublime escena del filme). Quizá vidas tan ejemplares sólo quepa hallarlas en las fábulas.

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26 enero 2011

Político


Hará un par de semanas que comentaba aquí en el blog mi relectura entusiasta del diálogo platónico Sofista. Voy a repetir experiencia, refiriendo ahora mi estreno en la lectura del Político, que siempre se me había resistido, no sin motivo, como se verá. La cosa política, la res publica, es el mayor asunto que ocupaba en lo personal y profesional a Platón. Por eso haría bien, quien desease conocer en su raiz el movimiento platónico, en hincarle el diente a la Apología de Sócrates, a la apasionante Carta séptima y, desde luego, al diálogo sobre la República, esto es la Politeia.

¿Por qué he escogido como ilustración del político, en la fotografía de arriba, a don Manuel Azaña? Hubiera sido facilón recurrir a Pericles, o a Julio César. En el enjambre republicano español, Azaña es un caso excepcional: como Sócrates era feo, y un fracasado, y sufrió prisión hasta sus últimos días. En la estela de Platón y de los humanistas, escribió un soberbio y desengañado diálogo, La velada en Benicarló, texto capital del siglo pasado. Pronunciaba discursos en las plazas de toros, como los antiguos atenienses en el ágora. Azaña fue un político en el sentido más clásico del término.

Pero esto es sólo analogía epidérmica, de política en minúsculas. La Política con mayúsculas es de lo que versa este diálogo platónico a primera vista tan árido e insípido como es el Político. Aquí se nos cuenta el fascinante mito de Cronos, traducción plástica, incluso mecánica, del tema de la lección: ¿por qué necesitamos de la política? En el clásico de la República, el diálogo se vuelve a la realidad empírica, y por eso es entretenido y grato de leer. En cambio, en el Político, texto mucho más exigente, y hasta pesado, la reflexión se introvierte a los principios. Pero igual que el Sofista para la metafísica, es admirable que el Político contenga en cifra la reflexión política del porvenir. Es un texto humilde, pedestre incluso, pero capital. Y en su caracterización del político como urdidor, descubro la grandeza política, hasta en sus errores, del presidente Azaña; platónico hasta el extremo de ser un filósofo metido en política.

...Y ya que estamos, se nos anuncia que la Introducción al vocabulario de Platón (aún en prensa), del profesor Gregorio Luri, se traducirá ¡al búlgaro! [El café de Ocata]. Ya hablaremos.
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23 enero 2011

Una España sin discordias


"A nadie le preguntaremos de dónde viene, porque la abnegación, el patriotismo y la buena voluntad no son de ningún partido. Queremos una España sin discordias. Una España en la que no se invente una excusa cada trimestre para dividir a los españoles sobre su concepto de nación, sobre las heridas del pasado, sobre sus tradiciones, sobre sus valores… No es posible forjar una voluntad nacional fragmentando a los españoles por regiones, por sexos, por religiones, por clases o por ideologías. No es posible y no queremos hacerlo. Si es para trabajar por la concordia, por el bienestar, todo el mundo será bienvenido. Cuando se trata de España, no hay bandos". Discurso de Mariano Rajoy Brey en el congreso del partido popular (Sevilla, 22-01-2011).

22 enero 2011

Tiempo infinito para leer


"Compro libros y libros como si me asegurasen tiempo infinito para leerlos". La viñeta de Máximo de hoy, en el diario Abc, da que hablar. Los libros son una excrecencia de los hombres, indicio de morada humana (vestigios de discreción, los llamaba Gracián), como la tierra roturada o un vertedero. Pero son objetos singulares (suerte de mecanismos de excitación mental), que a algunos nos da por coleccionar. La gente corriente cree que los libros se compran para leerlos de inmediato, y no sospecha que los bibliófilos se complacen tan sólo con verse rodeados de tantas promesas de lectura. El tiempo es la otra cara del libro (el transcurso de componerlos, y el de leerlos). Y los libros no leídos tienen igual condición que tantas personas que no conocimos, o tantos caminos que no transitamos: posibilidades incumplidas. La sentencia chistosa de Máximo encierra una notable verdad, y es que los lectores contenemos en nuestro pecho (como cualquier otro hombre) una aspiración incolmable a la eternidad. El coleccionismo de libros es también signo de la esperanza, que al cabo se frustará, de que habremos de disponer de tiempo infinito para leer todos los libros que poseemos. Yo no renuncio.

17 enero 2011

Consejos


Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
—así en la costa un barco— sin que al partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.

Antonio Machado

[Montejaque, invierno, 9 de la mañana].

16 enero 2011

Los mártires del Atlas


Si alguien piensa que el arte cinematográfico se encuentra en decadencia, para desmentirse debe ver esta laureada película que acaba de estrenarse, Des hommes et des dieux (Xavier Beauvois, 2010) [wiki], que dramatiza el secuestro y ejecución de siete monjes trapenses, durante la guerra civil de Argelia (1996), de la abadía de Notre Dame de l'Atlas, en Tibhirine, en el norte del país. La historia es desgarradora, y presenta el debate interior de unos religiosos amenazados de muerte, pero que tienen presente la enseñanza del Maestro: el que quiera salvar su vida la perderá; y quien pierda su vida por mí, ese la salvará. La película además presta en nuestros días un gran servicio, que es recordar la hermandad profunda de todos los pueblos y de todas las religiones (des hommes et des dieux).

09 enero 2011

Relectura del 'Sofista'

La relectura constante, perseguida, es el signo distintivo de la obra memorable. Una de estas es el diálogo Sofista, del maestro ateniense Platón. Lo he vuelto a leer en ratos de asueto en una edición barateja (8,50 euros, ni ocho cafés), excelente traducción de Francesc Casadesús [Alianza]. Quien prefiera aprovechar los recursos de la red, puede leer no obstante la versión centenaria de Patricio de Azcárate en la página del "Proyecto filosofía en español" [Sofista].

Sobre esta última versión, atentos a lo que se dice de Azcárate: "Son muchos quienes, desde cierta pedantería que sólo en parte puede disculparse por lo anacrónico y descontextualizado de la crítica, desprecian las ediciones de Azcárate, pues ofrecen textos clásicos a partir de otras lenguas modernas y, como es natural, no resisten siempre la crítica filológica actual. Pero las traducciones de Platón, Aristóteles y Leibniz que dispuso don Patricio de Azcárate han sido reeditadas sin cesar durante más de un siglo, y siguen sirviendo de base para la mayor parte de las ediciones que de esos autores circulan de hecho por los países de lengua española" [link].

Unas líneas más arriba he llamado a Platón maestro, y se me ocurre pensar que esta es la mejor definición del fundador de la Academia. Es muy empobrecedor intentar sujetar a Platón con alguna etiqueta (¿Platón, realista, idealista?), y me parece que le haremos más justicia reconociendo que el ateniense, como buen maestro, no pretendía enseñar nada en concreto, sino encaminar a los discípulos por el sendero del pensamiento: esto es el método, el camino [OED]. Cuando vuelvo la vista atrás, y recuerdo a los que fueron mis maestros en la universidad, reconozco en ellos el mismo estilo en conducir las clases. No dictaban apuntes, no daban definiciones, ni clasificaciones, ni esquemas claros; hacían preguntas, pero no las respondían, sino que dejaban que las pensásemos; en suma, eran de los profesores que no daban los temas mascaos. Esta actitud, llámese socrática, provocaba ansiedad en los estudiantes remolones, pero en los inquietos (entre los que me gustaría haberme encontrado) despertaba la sed de estudio y reflexión por propia cuenta. Este no es más que el magisterio de Platón, y el de todos los maestros verdaderos que le han seguido.

Se dice bien que el Sofista es un diálogo, y no un libro sin más... Por lo pronto Platón era enemigo de la letra escrita: porque se enseña y se aprende hablando. Así que el lector bisoño de este diálogo, y de cualquier otro de los suyos, lo primero que debe adoptar es la actitud de oyente, antes que lector, de una conversación, que se ha iniciado con los ritos de salutación, el acuerdo sobre el asunto que se tratará, los turnos de palabra, la forma de guiar la discusión...

El lector común (ese al que Julio Cortázar, en rasgo hoy muy incorrecto, llamaba "lector hembra") trata con los libros de dos modos básicos: o para pasar el rato (como el ganado pasta en el prado), o bien para enterarse de algo (como el que pregunta: ¿se sabe algo?). Para ese tipo de lectores la antigüedad no es un valor, y atienden antes a las novedades: las novelas de Stieg Larsson o de Ken Follet, o los chismes de los que todo el mundo habla. Un escrito como el Sofista, del siglo IV a.C., nos presenta, por el contrario, un discurso que no perece, sobre asuntos inmortales, que son igual aquí y ahora o lo fueron y lo serán en otro tiempo, en Atenas o en cualquier lugar del universo.

Era mi propósito convidar a la lectura del Sofista, pero me estoy dando cuenta de  que, al elevar mi encomio, tal vez esté disuadiendo de asomarse a un libro difícil. Pero esto también es otro socratismo, porque el interlocutor del diálogo (ahí, el personaje del "extranjero de Elea") anima constantemente a no arredrarse y no retroceder, como si fuese un coacher con el deportista que entrena. Mucho hay de espíritu deportivo en la dedicación filosófica: siempre adelante, siempre avanzando, citius, altius, fortius.

Así, hoy el oyente de este diálogo, la primera vez que pase sus páginas, no va a encontrarse con ningún relato seguido, como si estuviese leyendo una novela o un ensayo, sino que, como el que se sienta en el corro de una tertulia, tendrá que esforzarse por ponerse al corriente de lo que se habla, y atender la marcha de la conversación. Los diálogos platónicos son textos singularísimos, muy próximos a la viveza del discurso oral.

Pero una propiedad admirable del diálogo, que en cada página se expresa con suma sencillez y claridad, es que consiente a cada lector entender el asunto a su nivel de comprensión. El Sofista se presenta como una remontada, desde el llano a la cumbre. Cada lector alcanzará, como en el montañismo, el nivel que le permitan sus fuerzas. Al comienzo, dando traspiés, lo mismo que quien aprende a conducir, que al principio va agarrado al volante y con marcha lenta, pero recorriendo kilómetros adquiere soltura.

Por eso es impertinente preguntar de qué va este diálogo, aunque en sus páginas ya se sugiere que trata "de todo lo que hay": lo que es, sin más, el asunto de la filosofía. No hay otro diálogo platónico, como el Sofista, que dé noticia en tan pocas páginas de la discusión venidera del pensamiento occidental. En el pensamiento no hay progreso, porque la verdad (el gran asunto del diálogo) no es progresiva, aunque el aprendizaje, como el hecho mismo de dialogar, sí lo sea.

Voy a terminar refiriéndome a un pasaje del diálogo (Sofista 265c-d) que, no tanto por lo que enuncia, sino por el modo de presentar una tesis insegura (si todo ha sido creado por un dios, o es el resultado del azar) ilustra muy bien el sentido y comprensibilidad de los diálogos platónicos, donde nada se afirma con certeza, sino que se confía a la reflexión del oyente (y tal vez, a la discusión posterior en las aulas de la Academia). Léase, en la traducción de Azcárate:

"EXTRANJERO. Todos los seres vivos, que son mortales; todas las plantas, ya procedan de semillas ó de raices; todos los cuerpos inanimados, contenidos en las entrañas de la tierra, sean fusibles ó nó; ¿ha sido otro poder, otra acción que la de un Dios, la que ha hecho que, no existiendo antes todas estas cosas, hayan comenzado á existir? ¿O bien es preciso adoptar la creencia y el lenguaje del vulgo?
TEETETES. ¿Qué lenguaje y qué creencias son esos?
EXTRANJERO. La de que es la naturaleza la que engendra todo esto por una causa mecánica, que no dirige el pensamiento. ¿O quizá la causa universal está dotada de razón y de una ciencia divina, cuyo principio es Dios?
TEETETES. Yo, sin duda á causa de mi poca edad, he pasado muchas veces de una de estas opiniones á la otra. Pero hoy, por el respeto que me mereces, y porque sospecho que según tú todas estas cosas son la obra de un Dios, me inclino á creerte.
EXTRANJERO. Muy bien, Teetetes. Si te creyéramos capaz, como a muchos otros, de mudar algún dia de opinión, hariamos hoy los mayores esfuerzos para traerte á nuestro partido por el razonamiento y la fuerza de la persuasión. Pero yo sé que tu índole te arrastra sin nuestro auxilio hacia estas creencias; y así paso adelante, porque seria perder el tiempo en discursos inútiles..."

Véase que en nuestros días, el físico británico Stephen Hawking, abogando por la aparición casual y azarosa del universo, y descartando la intervención de un dios creador, no ha avanzado nada respecto de lo que ya discutían esos antiguos griegos hace veinticuatro siglos.

08 enero 2011

84, Charing Cross Road

Sobre esta novela, 84, Charing Cross Road, se hizo una película moderna (1987), que recuerdo vagamente haber visto por la tele. Una historia esperanzadora, a pesar de lo lacrimógeno y sentimental. Algo que recuerdo de la historia, es que los ingleses pasaron el equinoccio, después de la última guerra. Y que la segunda víctima de la guerra son los libros. En esta calle, auténtico disfrute para los book-lovers, recuerdo haber encontrado algún libro de John Stuart Mill, que me pareció una ganga, de 9 libras esterlinas (no borré el precio, anotado a lápiz en la portada).

03 enero 2011

Les Six Soeurs


Mi afición por disparar a las fachadas y escaparates de las librerías del mundo, como especiales santuarios de sabiduría, raya el nivel de auténtica manía. En este blog ya he subido algunas imágenes, a la que doy una nueva categoría de búsqueda, las "librerías" [librerías]. Estos primeros días del año nuevo me voy a dedicar a subir imágenes descartadas por un motivo u otro (incluso porque no tuviese tiempo de enseñar todas las instantáneas de mis viaje). Comienzo por la antigua librería religiosa Les Six Soeurs, del número 12 de la place Saint-Etienne, de Toulouse. La vetustez de la casa hace buenas migas con los libros, a los que se perdona que hayan atrapado polvo del tiempo.

01 enero 2011

Redención



Emancipate yourselves from mental slavery;
None but ourselves can free our minds.
Have no fear for atomic energy,
'Cause none of them can stop the time.
How long shall they kill our prophets,
While we stand aside and look? Ooh!
Some say it's just a part of it:
We've got to fullfil the book.