Majao (p.p. de majar) [derivado del latín "malleus" (martillo)]: 'quebrantado a golpes, machacado', y también 'molesto, cansado'. Público (adj.): 'notorio, patente, manifiesto, visto o sabido por todos'.

28 octubre 2015

Librerías de la calle Sierpes



No hacía yo bien la cuenta de las librerías que hay en la calle Sierpes, ¡y eso que ya sólo quedan dos! Hacer memoria de las que hubo es también echar la vista atrás de nuestra biografía. Qué diferente son los libros, y las librerías, pasados cuarenta años. No me olvido de otras librerías que conocí en mi juventud, como la de Lorenzo Blanco, en El Salvador, la de Oliam, en la calle Álvarez Quintero, o más lejos, la librería Guerrero, en la calle García de Vinuesa, e incluso la librería Antonio Machado (la de Alfonso Guerra), en la calle Santo Tomás, o las que más me fascinaban, donde correteaba los sábados por la tarde, la librería Montparnasse, en Don Remondo, o la librería Al-Andalus, en la calle de la Roldana, escueta bocacalle de San Gregorio (está liquidando). Esta vez me limito a andar la calle Sierpes y recorrer con la mente las librerías que recuerdo.

La librería decana de cuando niño era la de Tomás Sanz (1880-1990), que yo ya conocí instalada en la minúscula calle Granada, lindando con el Ayuntamiento. Un escaparate "oceánico", donde iban posándose los libros conforme llegaban. Allí me compraron las primeras Poesías completas de Antonio Machado, en la edición de Selecciones Austral (edición que aún encuentro en la feria de El Jueves).

No me acuerdo sin embargo para nada de la librería de Eulogio de las Heras, que cerró en los años 70. Ahora me ha dado por reunir libros viejos con el sello de esta librería (tengo dos, uno el San Francisco de Asís de Chesterton, en antigua edición en tela de la Editorial Juventud).

Recuerdo más, como un paisaje sentimental, la de Pascual Lázaro, en la esquina de la Campana, una librería a la antigua usanza, con mostrador imponente de madera, que no se me va de la cabeza. Allí me regalaron, cuando terminé la carrera, tres tomos del Curso de Derecho Civil de Castán.

También me acuerdo de la minúscula librería Atlántida, enfrente del Mercantil, que sobrevivió hasta 1995 [Recuerdo]. Allí compré con quince años la novela Rayuela de Julio Cortázar, la impactante edición de Edhasa; o el Derecho agrario de Ballarín; o la Historia de las ideas políticas de Jean Touchard.

Estas cuatro librerías ya han pasado, como pasa nuestra propia vida. Hoy la decana en la calle Sierpes es la librería de San Pablo, enfrente del Casino Militar, donde me gusta repasar las novedades de religión y de teología. El último que me he comprado, y que acabo de contar [aquí], es la Teoría del conocimiento, de Alejandro Llano. Los Paulinos (la orden de Santiago Alberione) llevan en la ciudad casi cincuenta años, y en la calle Sierpes algunos menos [archisevilla].

Por último, es justo que me refiera al gran establecimiento de la librería Beta, que el año pasado se mudó desde el antiguo Teatro Imperial a otro local de tres plantas, casi mirando a la calle Rivero, a un paso de la cafetería Ochoa (para quien guste tomarse un café con una "media-noche" después de mirar libros). El último libro que recuerdo haber comprado aquí es la Teoría de la Constitución de Carl Schmitt (un tema de candente actualidad).

Pero si he de ponerme melancólico, creo que uno de mis recuerdos más imborrables de la calle Sierpes no está ligado a los libros, sino a la horchatería Fillol que daba pared con pared con el antiguo Teatro Lloréns, hoy horriblemente convertido en un salón de juegos, pero que merece ser visitado para admirar su fastuoso artesonado neomudéjar.

(La fotografía de la librería de Pascual Lázaro la he tomado de un sitio dedicado a imágenes antiguas de Sevilla [facebook]).

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23 octubre 2015

Noticia de libros: Alejandro Llano

Hoy es viernes y me ha dado una vuelta por una librería de la calle Sierpes. Bueno, es un decir, en la calle Sierpes, si no llevo mal la cuenta, ya sólo queda una librería, la librería de la calle Sierpes (en mi niñez había un puñado) (hay dos librerías, llevo mal la cuenta). Y allí me he encontrado con un libro, que ha sido todo un flechazo, novedad tan fresca que ni siquiera he visto que la editorial, la sempiterna BAC, haya presentado todavía el libro en su página web. El libro está flamante, como recién salido, no del horno, pero sí de las prensas. Es del profesor Alejandro Llano [unav]: Teoría del conocimiento. Me parece un libro valioso, que me he llevado a ciegas (tan sólo una ojeada al índice) porque es de un especialista (el profesor Llano imparte cursos sobre esta materia), y no es excusable para quien quiera hacerse cargo del pensamiento de Immanuel Kant. No es sin embargo una novedad estricta, ya que Alejandro Llano ya publicó en 1982 un manual de Gnoseología ("gnoseología" y "teoría del conocimiento" son la misma cosa, y creo que el autor se excusa en las primera líneas del prólogo). Hay que pensar que esta nueva Teoría está actualizada en referencias bibliográficas, aunque también es de esperar que esté muy ceñida a la filosofía perenne de Santo Tomás de Aquino (aunque el primer autor que cita, con justo merecimiento, es Kant, en el mismo prólogo, tema de su tesis doctoral). Me parece un libro bello, síntesis de una trayectoria académica, que merece ser conocido y leído.

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08 octubre 2015

La paradoja de las erratas de Babel


En la nota anterior [esta], he publicado unas "Apostillas a la Biblioteca de Babel", el relato de Jorge Luís Borges. Tiene un extraño poder hipnótico, y tal vez yo mismo me encuentre ahora alucionado. Un sondeo en internet (la moderna Babel, según interpretan muchos), nos hace tropezar con multitud de lecturas y glosas. Así al azar, el artículo del físico mexicano Manuel Martínez Morales: "Entropía y complejidad en la Biblioteca de Babel" [Universidad Veracruzana], o todo un libro, del matemático norteamericano W.L. Bloch: The Unimaginable Mathematics of Borges' Library of Babel [OUP USA]. Todo este movimiento daría para fundar un "International Journal of Babelian Studies". Pienso que Borges lo vería como una confirmación de sus visiones alucinadas.

En esta nueva entrada me gustaría divagar sobre las diversas paradojas que provoca la imaginación de una biblioteca total, como es la Biblioteca de Babel, desde la perspectiva de las erratas: "Cada ejemplar es único, irreemplazable,  pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma." ¿Es posible?

Imaginemos un libro cualquiera de la Biblioteca de Babel, que concluyese con estos cinco caracteres: finis. Puede haberse cometido una errata por omisión, dejando un espacio en blanco, lo que daría lugar a estas cinco posibilidades:

fini
fin s
fi is
f nis
 inis

Las erratas cometibles pueden ser también de dos caracteres (finae, canis, etc.), o de tres (talis, etc.)..., y así sucesivamente. En esos últimos cinco caracteres del libro se pueden producir hasta 9.765.624 versiones erróneas de finis (25 caracteres posibles elevado a 5, menos una versión, la versión genuina). El lector está invitado a comprobarlo con papel y lápiz.

Sigamos imaginando. Si la errata se limita a un único carácter de cada libro auténtico, los facsímiles de cada libro ascenderían a 32.799.999 (1.312.000 caracteres en un libro, que pueden errar, multiplicado por 25 caracteres, menos uno). Son muchos más que los "varios centenares de miles" que dice el relato. Y el número se incrementa exponencialmente si pensamos tan sólo en dos o tres erratas nada más.

Así que cada libro de la Biblioteca de Babel puede contener o una, o dos, o tres erratas... hasta el límite, un total de 1.312.000 erratas, que es el conjunto de caracteres de cada libro (410 páginas, 40 líneas por página, 80 caracteres por línea). Así, para cada libro, digamos, auténtico, puede calcularse el número de los facsímiles que contienen erratas del original. Si el número de caracteres posibles en cada posición es de 25 (22 letras, el punto, la coma y el espacio), el número posible de facsímiles (como los llama Borges) o versiones defectuosas de un libro cualquiera, ascendería a 25 elevado a 1.312.000 menos uno (justamente la versión correcta), esto, las combinaciones posibles de los 25 caracteres, tantos como libros posibles en la Biblioteca, menos la versión auténtica.

Sin embargo, podría objetarse que un libro completamente desfigurado por las erratas habría perdido por completo su identidad, cumpliéndose la paradoja del barco de Teseo [wiki]. Si en la simple secuencia de cinco letras: Teseo, se cometen erratas sucesivas, reemplazando cada consonante y cada vocal por la que le sigue en el alfabeto, resultaría: Vitiu, que podríamos interrogarnos si es una secuencia que tenga algún sentido, y si aún guarda relación con la secuencia que ha reemplazado (el argumento se podría elevar al conjunto de cada libro y sus facsímiles).

En cualquier caso, la permutación facsimilar de los caracteres de un libro nos conduce a otra paradoja mayor, la de que la totalidad de la Biblioteca pueda interpretarse como el conjunto de facsímiles defectuosos de un libro original; y que cualquier libro de la Biblioteca sea entonces como un original respecto de los demás. Es tanto como decir que la Biblioteca de Babel está compuesta de un único libro, y de todos sus facsímiles. La Biblioteca de Babel será entonces un sistema iterativo (todos los libros se refieren a todos los libros, indefinidamente), donde no es posible distinguir un libro absolutamente original respecto de los demás (cada libro será el original de sí mismo, y el facsímil de todos los demás).

Plantearse si las rutas posibles (la relación de libro original a facsímil) dentro de la Biblioteca, es un conjunto finito, se escapa ya de mi alcance. Puede pensarse que sea un conjunto finito (aunque inconcebible), aplicando el cálculo factorial. Pero también como infinito, porque la autenticidad de un libro (o de un simple fragmento de un libro) es un atributo que le adjudica el intérprete, y no es intrínseco a la combinatoria de caracteres, indiferente a cuestiones de autenticidad (que no es cuantitativa, sino cualitativa).

Si cotejasemos dos libros de la Biblioteca, que tan sólo difiriesen en una coma, no seríamos capaces de discernir cuál es el ejemplar auténtico y cuál el facsimil. Tendríamos que comparar los libros con un arquetipo externo a la Biblioteca (de nuevo la paradoja del mentiroso). Pero además, no tendríamos mejores razones para identificar al libro B, antes que el libro C, como facsímil de A (porque cualquier libro es facsímil de cualquier otro libro).

Pienso entonces que las relaciones de original a facsímil, en la Biblioteca, son indefinidas, porque ni hallaríamos nunca el arquetipo de un libro, comenzando por cualquiera de sus facsímiles, ni tampoco su facsímil más próximo, aceptando un ejemplar cualquiera de la Biblioteca como arquetipo. Sería una ruta sin fin.

Pensemos por ejemplo en los cuatro Evangelios, testimoniados por más de un centenar de fragmentos de papiros, sobrevivientes de los primeros siglos, y millares de manuscritos antiguos. El texto es sustancialmente el mismo, aunque se han colacionado millares de variantes del hipotéticos texto primitivo [Wallace]. La fijación del texto que se estima como original es, en alguna medida, resultado del consenso de los editores modernos [Nestle-Aland]. Quizá por un margen mínimo (las variantes textuales) no conocemos a ciencia cierta el texto íntegro de los Evangelios originarios, salidos del cálamo de los evangelistas (es posible pensar incluso que los propios escritores sagrados, Lucas y los demás, pudieron con el tiempo revisar y corregir sus propias redacciones).

En la Biblioteca de Babel imaginada por Borges, la atribución de autenticidad o genuinidad a un libro, respecto de sus facsímiles, presenta este mismo problema: que no resulta del libro mismo, sino de la autoridad de sus lectores o editores. Luego hay que pensar que la Biblioteca, más que infinita, es indefinida e incompleta (no puede justificarse a sí misma).

Si no se introduce alguna restricción de umbral de erratas, podría interpretarse por ejemplo que las Églogas de Garcilaso de la Vega son un conjunto de erratas, o un facsímil distorsionado, de las Soledades de don Luís de Góngora (y viceversa). En este caso, podría calcularse con un ordenador cuántas iteraciones serían necesarias para alcanzar las Soledades desde las Églogas (y el recorrido inverso).

Antes de seguir, tenemos que preguntarnos por qué esto de interpretar las Soledades como un facsímil de las Églogas nos suena a disparate. Desde un punto de vista matemático, las permutaciones de un libro a otro cualquiera son calculables. Pero, ¿por qué rechazamos instintivamente esta posibilidad? Porque, las combinaciones de caracteres son posibles, pero nunca es posible permutar el espíritu creador respectivo de Garcilaso y de Góngora. Fueron dos individuos, dos personalidades únicas. Tal vez podamos decir que la Biblioteca de Babel contenga todos los libros posibles, que puedan interpretarse los unos como facsímiles de los otros (de cualquiera de ellos), pero realmente el cálculo no es posible extenderlo a los creadores. Es una Biblioteca matemáticamente posible, aunque espiritualmente imposible. De hecho, las Soledades no fueron producto de una permutación de caracteres, sino de un impulso creativo de su autor, don Luís de Góngora. Y así todos los libros in facto esse.

La Biblioteca de Babel no contiene ninguna indicación sobre la autenticidad de un libro, ni sobre el radio de facsímiles o ejemplares errados, lo que contradice nuestra experiencia práctica. Pero esta cuestión nos conduce derechos a la antigua paradoja sorites, o "del puñado de arena" [wiki]. No sabemos medir con exactitud cuándo un grupo de 'n' granos de arena deja de ser un puñado, o un montón, aunque en la vida real seamos capaces de señalar que aquel es "un montón de arena".

Las erratas plantean un problema análogo: ¿cuándo un libro estará tan desfigurado que ya no sea posible afirmar que sea un facsímil de un original? ¿Por qué repudiamos que las Soledades sean un facsímil de las Églogas (o viceversa)?

Podemos estipular un umbral aceptable, por ejemplo una errata por línea (lo que ya suena escandaloso, para un lector discreto). Para los libros de Babel, eso daría lugar a que cada ejemplar facsimilar de la Biblioteca contuviese 16.400 erratas (en 410 páginas, de 40 líneas), y un número de facsímiles posibles inimaginable (tantos como 25 elevado a 16.400, menos uno, el original). Sin embargo, es una estipulación muy moderada.

Podemos, por ejemplo, imaginar un libro de la Biblioteca que comenzase con esta línea de ochenta caracteres: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho, y que fuese seguida de una sucesión caótica de caracteres: jhhbcuyanbnb ujhahg..., hasta la última página. ¿Afirmaríamos entonces que éste fuese un ejemplar facsimilar, aunque muy distante, de El Quijote?

Mi solución a esta cadena de paradojas extravagantes, es que las erratas, o los facsímiles, no son un atributo de los libros de la Biblioteca de Babel. Cada libro de la Biblioteca es único, no tan sólo en el sentido de que difiera de los demás, aunque sea en un grado mínimo (una coma de más o de menos), sino porque no cabe relacionarlo con la colección. La calificación de facsímil (o reproducción defectuosa de un impreso) sólo cabe atribuirla cotejando cada ejemplar con un original, que debe situarse fuera de la Biblioteca (como también deben encontrarse fuera los catálogos). Y esto nos conduciría a la conclusión, bastante absurda, de que la Biblioteca de Babel se compone, o bien totalmente de facsímiles, o bien totalmente de originales, pero sin posibles grados intermedios. Es decir, sería una biblioteca indiscernible, que requeriría otra biblioteca paralela para interpretarla (y así sucesivamente, hasta el infinito).

Queda en pie no obstante una intuición poderosa, de Jorge Luís Borges: que de alguna manera, todo libro pensable se comunica con los otros, y que cada libro es un reflejo de todos los libros posibles. A diferencia de Babel, nuestras bibliotecas, las de este bajo mundo, cumplen esta feliz asociación, que permite reconocer erratas, facsímiles, deudas y precursores. Es la mente del lector la que asocia todos los libros.

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05 octubre 2015

Apostillas a La Biblioteca de Babel


La lectura del relato de Jorge Luís Borges "La biblioteca de Babel" es fascinante. Desde que lo leímos por primera vez, se nos quedó grabada esa imagen de la biblioteca total, con la que medimos, a modo de idea platónica, las bibliotecas de la vida corriente. Estas apostillas son un intento por explicarme este genial artefacto poético y simbólico. Borges quiso darnos algunas pistas en el prólogo de 1941 de su libro El jardín de los senderos que se bifurcan: "No soy el primer autor de la narración La biblioteca de Babel; los curiosos de su historia y de su prehistoria pueden interrogar cierta página del número 59 de Sur, que registra los nombres heterogéneos de Leucipo y de Lasswitz, de Lewis Carroll y de Aristóteles [Sur]". El filósofo alemán Kurd Lasswitz fue, además de editor académico de las obras de Immanuel Kant, autor de relatos de ciencia ficción, uno de los cuales prefigura esa idea extravagante de la biblioteca universal, delirio de los bibliómanos [Lasswitz]. De la mano de esos cuatro nombres apuntados por Borges (Leucipo, Lasswitz, Lewis Carroll y Aristóteles), y quizá también el de Kant, vamos a descomponer con libertad propia de lector (la misma que ejercía magistralmente Borges) el mecano de esta "Biblioteca de Babel".

ARISTÓTELES.- El vértigo aritmético de la población de esa biblioteca fantástica, es lo primero que nos sorprende. El número de libros es "vastísimo, pero no infinito"; y la biblioteca "ilimitada y periódica"... Palabra muy repetida en Borges, el infinito, que se sustrae a cualquier medida, y que provoca en la mente aporías, dificultades de razón, porque no podemos atraparlo ni contarlo con los dedos de la mano. Las implicaciones matemáticas del cuento están expuestas en un artículo de la wikipedia [wiki], que enlaza con una interesante nota del lógico norteamericano W.v.O. Quine, "Universal Library" [Quine], donde sienta la conclusión de que la biblioteca de Babel es finita: "It is interesting, still, that the collection is finite. The entire and ultimate truth about everything is printed in full in that library, after all, insofar as it can be put in words at all. The limited size of each volume is no restriction, for there is always another volume that takes up the tale -- any tale, true or false -- where any other volume leaves off." Pero habría que precisar que lo finito son las combinaciones posibles, no la biblioteca misma, que puede ser ilimitada y periódica.

La finitud resulta de las restricciones iniciales (una biblioteca compuesta de libros regulares de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro). Sería infinita si el número de páginas de cada libro, o el número de caracteres que se combinan, fuese indefinido. Menos asumible parece que esa biblioteca finita contenga cualquier libro posible, en cualquier lengua posible. La razón es la misma, porque cualquier libro que se pueda escribir también está sometida a condiciones (la misma combinatoria de un número limitado de caracteres). Pensemos por ejemplo, en las Opera omnia de Santo Tomás de Aquino. No caben en un único volumen de la biblioteca, pero como apunta Quine, donde se cortase el texto, continúa en otro volumen. Pongamos que cuarenta, cincuenta volúmenes de la Biblioteca de Babel contienen todas las obras latinas del Aquinate. Puesto que las obras de Santo Tomás se nos presentan materialmente como una combinación de un número limitado de caracteres (las letras del alfabeto), debe afirmarse que todas sus obras están aquí (y también todas sus posibles variantes e interpolaciones, y todas sus traducciones a lenguas presentes o pretéritas; incluso los texto perdidos, ¡o la continuación de la Summa inabada!).

No parece creíble, pero tomemos un ejemplo que nos da el mismo Borges, una sucesión caótica de once caracteres: dhcmrlchtdj. Las combinaciones de los veinticinco caracteres (veintidós letras, más el espacio, el punto y la coma), en once posiciones, se eleva a más de 2.384 billones (25 elevado a 11). Pero cada libro contiene 1.312.000 posiciones (410*40*80). Las combinaciones posibles, es decir, libros posibles en la biblioteca, no puede imaginarse, aunque es una cantidad finita (25 elevado a 1.312.000), no infinita. Esta dimensión puede albergar, en efecto, cualquier libro posible, pero no porque sea muy grande, sino por definición (la biblioteca, y cualquier libro posible, están sometidos a las mismas restricciones).

Se me ocurre oponer algunas objeciones a este panorama vastísimo pero no infinito. Primero, que la parte más considerable de los libros de esta biblioteca de Babel no son libros posibles. Una combinación anárquica de caracteres (como los que produciría un mono aporreando una máquina de escribir) no es un libro. Debería por tanto introducirse otra nueva restricción, que consistiría en que el texto fuese reconocible como perteneciente a una lengua natural, a cualquier lengua natural (es decir, humana). Esto conduciría a excluir de la biblioteca los textos caóticos, sin un posible sentido (Borges examina esta cuestión). La pertenencia a una lengua natural (real o hipotética) es también una propiedad intrínseca de cualquier libro posible.

Sería también discutible otra restricción, de índole semántica. Borges (y también Quine) coinciden en que esta biblioteca lo contendría todo, cualquier contenido posible ("the entire and ultimate truth about everything"), y eso es lo que quiere decir que sería una "biblioteca total", o una "biblioteca universal". A eso opondría yo que el contenido explicado en cada libro también debería reconocerse como humano. Un hipotético anuncio angélico, expresado como lo haría un ángel, y no un hombre, no sería reconocible (ya que el arcángel Gabriel del evangelio se expresó como hombre, no como ángel, porque quiso hacerse entender de Zacarías y de María). Suele decirse que un texto es reconocible en la medida en que está escrito por un no demente. Puede discutirse entonces que esta biblioteca contuviese textos dementes (es decir, sin contenido comprensible), aunque fuese expresado en una lengua natural, y matemáticamente fuese posible su articulación gráfica.

La última objeción que opondría tiene algo que ver con esta exigencia de que la biblioteca contuviese tan sólo libros expresados en una lengua natural, y mentalmente comprensibles. Se plantea en forma de paradoja: ¿el catálogo de la biblioteca forma parte de la biblioteca? Si el catálogo tiene forma de libro, habría que decir que sí (Borges, y antes Lasswitz, lo afirmaban). Pero esto conduce a paradojas mayores: la biblioteca contiene no sólo el catálogo verdadero, sino catálogos falsos, o erróneos. Si el catálogo no fuese ni fácilmente localizable, ni reconocible, entonces sería una biblioteca desordenada, y habría que decir entonces que ya no sería una biblioteca (lo propio de una biblioteca es que presente un orden). Es otra variante de la "paradoja del mentiroso". Sólo puede resolverse admitiendo que, de alguna manera, el catálogo de la biblioteca debe estar fuera de la biblioteca, localizado y de fácil consulta (aunque como libro también deba pertenecer al inventario de la biblioteca).

LEWIS CARROLL.- El relato de "La Biblioteca de Babel" es un sueño, un delirio, quizá una pesadilla. No pretende describir un estado real de cosas (es obvio que el lector común disfruta este relato como fantástico porque no es real). Lo anunciaba Borges al final de su nota sobre la "Biblioteca total" en la revista Sur: "Uno de los hábitos de la mente es la invención de imaginaciones horribles. Ha inventado el Infierno, ha inventado la predestinación al Infierno, ha imaginado las ideas platónicas, la quimera, la esfinge, los anormales números transfinitos (donde la parte no es menos copiosa que el todo), las máscaras, los espejos, las óperas, la teratológica Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espectro insoluble, articulados en un solo organismo... Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira."

No podemos, claro, tomarnos en serio el relato (es literatura, poesía pura si se quiere), pero podemos disfrutarlo como una ocasión para el pensamiento libre y creativo. De principio a fin el relato está atravesado por la ironía borgiana, que apunta a conclusiones más serias. La primera broma (que no sé si ha sido ya advertida) es que estos libros de la Biblioteca de Babel no son verdaderos libros. Se nos dice que "cada libro es de cuatrocientas diez páginas". Pero este número de páginas, 410, no hacen un libro, no son compaginables en pliegos de papel (2*5*41). Para ser precisos, serían compaginables con seis páginas más, 416 (2*16*13). Primera broma de Borges.

La segunda broma se refiere al número de letras o grafismos que se combinan, veintidós, más el espacio, el punto y la coma. El lector apresurado piensa enseguida en una biblioteca eurocéntrica, de libros compuestos con caracteres latinos (aunque no se cuentan los signos diacríticos). La alternancia de cualquier otro posible sistema alfabético haría una biblioteca potencialmente infinita; debe entonces introducirse otra restricción. Ahora bien, ¿cuáles son esos veintidós caracteres que se combinan? El inglés tiene veintiseis letras; y el español (con la ñ), o el alemán (con la ese sonora), veintisiete (y no hemos contado los innumerables signos especiales de otras lenguas, como la simple ce con cedilla...). ¿En qué alfabeto piensa Borges? Sin duda, el aleph-beto hebreo, que precisamente tiene esos veintidós caracteres (sin contar los puntos o signos diacríticos). Tal vez hubiese querido sugerir que el hebreo es la lengua de la divinidad, aunque parece otra broma. Pero entonces, ¿con qué signos aparecen en la biblioteca los ejemplos aducidos en el relato: «Oh tiempo tus pirámides»?

Tampoco hay que olvidar que no es Jorge Luís Borges quien habla en el relato, sino un bibliotecario de la Biblioteca de Babel: "Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací...". Podemos por tanto poner en cuarentena todo lo que nos refiere; aunque esto es una convención necesaria (en otros relatos, en cambio, Borges gustaba introducirse como un personaje más, léase "El Aleph", o "Tlön...").

Las mayores ironías comienzan aquí. Los bibliotecarios de esta fantasmagórica biblioteca desesperan de encontrar un libro que haga sentido, pero no advierten que lo tienen a la mano, simplemente escribiéndolo, como hace este bibliotecario agonizante. Prefieren el libro ("Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación"). Tampoco advierten que el fundamento de los libros no está confinado a los libros mismos, sino que vive en la enseñanza oral, y eso que en el relato se suceden los predicadores y "descifradores ambulantes". Quizá debamos sorprendernos por añadidura de que el protagonista haya logrado ver dos Vindicaciones (un género particular de libros), cuando la probabilidad de encontrar en la biblioteca, recorriéndola al azar, un fragmento con sentido, es prácticamente igual a cero... Si antes decíamos que ni estos son verdaderos libros (porque son imposibles en imprenta), ni ésta una verdadera biblioteca (porque está desordenada), tendríamos que añadir que los personajes no son verdaderos bibliotecarios, porque no saben reconocer un libro verdadero. Las ironías y bromas del relato son muy poderosas.

IMMANUEL KANT.- En un plano más elevado, Borges ha presentado una alegoría metafísica: El universo (que otros llaman la Biblioteca). Los bibliotecarios forman una caterva de sofistas y disputadores. No hay opinión que valga, no se ponen de acuerdo sobre el ser de la Biblioteca. Se encuentran en un estado antinómico, en que lo mismo cabe sostener una tesis o la contraria, decir que la Biblioteca es finita o infinita. El desorden de la Biblioteca de Babel se replica en sus habitantes, los bibliotecarios. Se oye continuamente el guirigay de las opiniones atravesadas de místicos, idealistas o dogmáticos. Babel es el nombre onomatopéyico de la confusión, del blablabá. "Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aún la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción."

Y la ironía más sutil del relato viene ahora. Se nos dice que "un bibliotecario de genio" descubrió, a partir de unos ejemplos, la ley fundamental de la Biblioteca: "que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales". Aquí Borges se ríe de todos los lectores venideros (el respetable Willard Van Orman Quine, o tú, o yo) que se tomen muy en serio la discusión sobre la finitud de la Biblioteca. Que la Biblioteca sea uniforme, que todos sus libros sean iguales, que sea una biblioteca total, o universal... son opiniones que se fundan tan sólo en las pobres y casuales observaciones de los bibliotecarios, y en la inducción y generalización de "un bibliotecario de genio". Pero, a estas alturas, ¿puede el lector estar seguro de que la Biblioteca fuese así?

Nadie sabe cómo es la Biblioteca, del mismo modo que tampoco nosotros sabemos cómo es el Universo. El estado de indecisión no se lo inventó Kant; también Santo Tomás de Aquino sostenía que, por la sóla razón, no puede saberse cómo es el mundo (S.Th. Iª, q.46, a.2 [CTh]), y añadía: hoc utile est ut consideretur, ne forte aliquis... rationes non necessarias inducat, quae praebeant materiam irridendi... Hablar del asunto es un hazmerreír. 

LEUCIPO.- El nombre venerable de Leucipo está unido al de Demócrito, los atomistas griegos, que sostenían que todo está hecho de lo indivisible, el átomo, y el vacío (del mismo modo que aquella biblioteca estába compuesta de una combinación de libros y de letras). La contribución de Leucipo y Demócrito no se confinó a la física, sino que se extendió a la ética. ¿Cómo debe conducirse el hombre en un universo gobernado por el azar? Conteniendo sus impulsos, aceptando su suerte.

Borges propuso en otro de sus relatos célebres, "El inmortal", un bosquejo de una ética para inmortales. Puede pensarse que en "La Biblioteca de Babel" nos haya ofrecido otra ética, en la estela de Leucipo y Demócrito, para los habitantes de un universo informe y caótico. Los bibliotecarios no saben muy bien dónde están, y alternan periodos de exaltación, con los de violencia y desesperanza, que concluye en el suicidio. Pero si no es posible creer, al menos debe sostenerse una vaga esperanza de que el universo, la biblioteca, tenga algún orden desconocido. Tal vez el pensamiento de Borges se descubra en las últimas líneas del cuento, donde el protagonista adopta una pose escéptica: "Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza."

JORGE LUÍS BORGES.- Concluído el cuento, uno se pregunta qué creía Borges de todo este asunto, porque parece dejarnos en la misma indecisión escéptica de los diálogos platónicos. Se ha escondido detrás del personaje (el anciano bibliotecario escéptico), y de un maremágnum de opiniones enfrentadas. Seguramente, el relato sea exactamente una exposición de aquello en lo que no creía Borges. No creía que el mundo careciese de belleza, de sentido, de verdad. El caos bibliotecario es lo opuesto del ideal borgiano. Las últimas líneas de su artículo en Sur lo apuntaban. Pero también las últimas palabras de su nota sobre "El idioma analítico de John Wilkins": "Esperanzas y utopías aparte, acaso lo más lúcido que sobre el lenguaje se ha escrito son estas palabras de Chesterton: "El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal... cree, sin embargo, que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de un bolsista salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo". En todos estos escritos, pienso que Jorge Luís Borges se nos revela como un gran humanista. Creía en la dignidad del hombre, sobrepuesta a la disforme materia del universo.

SIGUE en "La paradoja de las erratas de Babel" [aquí].

(La fotografía, "Bibliothek", es de Andreas Gursky [Guggenheim]).

Salomón Derreza: "Para solucionar la paradoja de Babel" [Nexos].