13 julio 2018

Miguel de Cervantes y el Baedeker

Después de leer Los trabajos de Persiles y Sigismunda, obra póstuma de Miguel de Cervantes, sólo digo que es un libro maravilloso. Es un sublime conjunto de historias y de perlas de sabiduría. En efecto, como el mismo Cervantes ya sabía, podría extraerse una hermosa colección de aforismos de esta novela (y en general, de toda su obra, como ya hizo el hispanista turinés Aldo Ruffinatto en su Flor de aforismos peregrinos, publicada en 1995). No menos, el Persiles es una exaltación de los viajes por el puro placer de viajar, como lo es también el placer de leer libros. Leer y viajar, pero también escribir, fueron ocupaciones constantes de Cervantes (también los negocios y el juego de naipes), y estos Trabajos son la suma de una vida, en que no es difícil descubrir el componente autobiográfico. La peregrinación es propia del hombre, sufriendo y gozando las aventuras, como la vida misma, y por eso Los trabajos de Persiles y Sigismunda  nos apasiona. No hemos llegado a Islandia ni a la isla de Tule, pero nos imaginamos en esa navegación.

Otra cosa es que hoy ya se haya perdido el sentido auténtico del viaje, como el auténtico placer de leer libros, y por eso cuesta tanto trabajo leer y comprender a Miguel de Cervantes. Un amigo, de regreso de Madrid, me contaba lo fácil que era andar por la gran ciudad (nosotros que somos de un pueblo grande como es Sevilla). Con el google basta indicar "cómo se va a la plaza de Antón Martín", para que la pantalla te diga en el mapa cómo callejear desde cualquier esquina. Así se explica que los turistas chinos, japoneses y coreanos andan por las calles de nuestras ciudades como Pedro por su casa, sin necesidad de preguntar nada a nadie: lo tienen todo, todo, explicado en la pantalla de su smartphone. A su lado, yo casi sigo en la edad de piedra, y pienso que ya se ha olvidado el discreto encanto de perderse en la ciudad desconocida, única manera de conocerla, pateándola, y preguntando a cualquiera: "Perdone, señor (o señora, o joven), ¿cómo se llega a la plaza mayor?". Nunca se me olvidará mi juvenil vagabundeo por las calles de París, en los tiempos de antes del google. Algunos parisinos hacían buena su fama de antipáticos, y nada más que amagaba con preguntarles una dirección, me volvían la cabeza. Pero otros en cambio eran más amables. No se me olvidará jamás en la vida el cariño con que una mujer mayor (con edad de haber sufrido la guerra) me invitaba a conocer Les Vignes de Montmartre [lefigaro].

¿Qué diría Miguel de Cervantes de todo esto? Yo estoy convencido de que hoy nuestro príncipe de los ingenios sería un gran usuario de las nuevas tecnologías (como lo sería otro gran viajero de la antigüedad, Pablo de Tarso). De hecho, en el Persiles defiende los baedeker de su tiempo, las "guías turísticas" que tenía a mano. En el capítulo octavo del tercero libro [cervantesvirtual] se contiene el famoso apóstrofe de la ciudad de Toledo: "¡Oh peñascosa pesadumbre, gloria de España y luz de sus ciudades, en cuyo seno han estado guardadas por infinitos siglos las reliquias de los valientes godos, para volver a resucitar su muerta gloria y a ser claro espejo y depósito de católicas ceremonias! ¡Salve, pues, oh ciudad santa, y da lugar que en ti le tengan éstos que venimos a verte!".

Y a continuación, en palabras del mismo autor, la defensa de los libros de viajes: "las lecciones de los libros muchas veces hacen más cierta esperiencia de las cosas, que no la tienen los mismos que las han visto, a causa que el que lee con atención, repara una y muchas veces en lo que va leyendo, y el que mira sin ella no repara en nada, y con esto excede la lección a la vista".

En fin, recomiendo de verdad este libro maravilloso que son Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Después se puede seguir con la atractiva e innovadora biografía cervantina, del catedrático de la Complutense José Manuel Lucía Megías. Hasta hoy se han publicado dos volúmenes: La juventud de Cervantes. Una vida en construcción [edaf] y La madurez de Cervantes. Una vida en la corte [edaf]. El próximo septiembre se anuncia la última entrega: La plenitud de Cervantes [lanzadigital], lo que es una magnífica noticia para el planeta cervantino.

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05 julio 2018

Don Marcelino en El Jueves

Otro gran bibliófilo, artífice de la biblioteca que lleva su nombre en Santander [bmp], y director, hasta su muerte en 1912, de la Biblioteca Nacional [bn], es naturalmente don Marcelino Menéndez Pelayo. En su calidad de coleccionista de libros, tal vez sólo tenga como igual a don Hernando Colón, hijo del Almirante, sepultado en la catedral de Sevilla, del que recibimos, muy maltrecha de saqueos, la Biblioteca Colombina. Esta mañana hice acto de presencia en el mercado de la calle Feria, sin ver nada de particular (porque ya estamos en verano), si no fuese por un par de libritos de la colección "Austral" de Espasa-Calpe, que son mi debilidad. Uno es San Isidoro, Cervantes y otros estudios, de Marcelino Menéndez Pelayo. Selección y nota preliminar de José María de Cossío (Madrid, 1959, 4ª ed.). Contiene entre otros el estudio "Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del Quijote", discurso leído en el Paraninfo de la Universidad Central en la solemne fiesta académica de 8 de mayo de 1905. Es interesante porque fue la ocasión en que don Marcelino se pronunció en público sobre Cervantes y el Quijote. Tiene la curiosidad de llevar un sello con su precio antiguo, "Pesetas 40". El otro austral es un tomo de la serie de Vidas paralelas de Plutarco, este contiene las de Cicerón y Demóstenes, y Demetrio y Antonio (Madrid, 1969, 4ª ed.). Otra curiosidad, es que lleva adherido sello de la librería Tarsis, de cuando estaba en la calle Méndez Núñez, 17, dando a la plaza Nueva. Ambos dos a un pavo. Con esto parece que me gradúo de coleccionista de los tomitos antiguos de la colección Austral, aunque a los que tengo más aprecio son los que me regalaron o compré de adolescente.

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04 julio 2018

El Persiles es para el verano

Cervantes nunca defrauda, leyendo cualquier parte de su varia obra, incluso sus poesías. Algunos veranos, pareciéndome que no tenía nada mejor que leer, me he llevado a los ojos el Quijote, que siempre divierte. Pero este verano ha sido la hora de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional, su obra póstuma de 1617, que ya estoy leyendo. El Quijote es la novela popular, por la atracción irresistible de sus personajes protagonistas, auténtica creación universal, porque son un arquetipo del espíritu humano (el gordo y el flaco, o el clown listo y el payaso tonto, el augusto, o el rústico de las comedias antiguas..., y así sucesivamente). En comparación, el Persiles es un libro hiperclásico, destinado a un público lector distinguido (no ahorro advertencias para quien se plantee leerlo). El Quijote nos da la risa, el Persiles no, es más serio. Sin embargo, hay quienes piensan que el Persiles puede superar en excelsitud al mismo Quijote, por ser una obra artística sublime. Así que debe existir un secreto club de fans del Persiles, como lo habrá de otros clásicos de nuestra lengua que se tienen por difíciles, a los que me apunto, como es por ejemplo el Criticón del jesuíta Baltasar Gracián. Por ser de aventuras marítimas, el Persiles es una lectura refrescante del verano, leído al resguardo de los peligros de la mar. Yo me atrevería a afirmar que no se entenderá nunca nada bien el Quijote sin haber leído el Persiles, porque esta es novela donde se compendia y expresa a rienda suelta el arte literario de Miguel de Cervantes. Es, en síntesis, la literatura en estado puro, compuesta sin parar de relatos por el puro placer de contar historias. Esto es parte de nuestra naturaleza, desde que siendo niños nos contaban fábulas de brujas y monstruos para asustarnos benignamente. ¡Qué grande es Cervantes!

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28 junio 2018

Karl Rahner en El Jueves

La otra mañana, tomando el café mañanero, comentamos con un profesor de historia del arte el nuevo libro de Walter Isaacson, "la biografía" de Leonardo da Vinci, que ya tengo apuntada como posible lectura de verano [amazon]. Me contaba que posee una biblioteca de unos 5000 libros, y la verdad es que me gana por la mano, porque no pretendo entrar en esa competición, cuando ya voy entrando por la senda del desprendimiento. Hoy en el mercado sevillano de El Jueves, en la calle Feria, me ha ido francamente bien. Se ve que mi ángel de la guarda ha querido hacerme un regalo para endulzarme la vida. Por cinco euros, hoy me he llevado un lote de tres libritos, que los veo bastante bien, juzgue el lector:

1.- José Hernández Díaz, La Universidad Hispalense y sus obras de arte. Publicaciones de la Universidad de Sevilla (Imprenta Editorial de La Gavidia, de la ciudad de Sevilla), 1942. Con 30 láminas que reproducen fotografías del Laboratorio de Arte de la Facultad de Filosofía y Letras. Es una pequeña joya bibliográfica, que acrecienta mi "colección universitaria", junto a las historias de la universidad de Martín Villa o de Francisco Aguilar Piñal, el patrimonio monumental y artístico de Teodoro Falcón, o los catálogos de la biblioteca universitaria de Juan Tamayo y Francisco y Julia Ysasy-Ysasmendi, o de Rocío Caracuel y Aurora Domínguez Guzmán, por ejemplo.

2.- Karl Rahner (1963), Oyente de la palabra. Fundamentos para una filosofía de la religión. Barcelona, Herder, 1967.

3.- Las correcciones al catecismo holandés. Suplemento al nuevo catecismo. Texto redactado por E. Dhanis, J. Visser y H.J. Fortmann, delegados, respectivamente, de la Comisión cardenalicia y del Episcopado holandés, en cumplimiento del Dictamen de la Comisión cardenalicia. Prólogo del doctor don Laureano Castán Lacoma, obispo presidente de la Comisión española para la doctrina de la fe. Complementos a la edición española por Cándido Pozo. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1969.

También hay que contar lo que no se lleva uno. Ví una vieja edición de El espíritu de la liturgia, de Romano Guardini, por la que me pedían 3€, pero aún así me pareció un precio caro para un libro con los cantos roídos por los ratones. El librero no hizo amago de rebajármelo, así que sea para otro.

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22 junio 2018

Un día sin mexicanos

La película Un día sin mexicanos (los gringos van a llorar), de título original A Day Without a Mexican (Sergio Arau, 2004), yo no la he visto. En el "tomatómetro" del sitio Rotten Tomatoes, alcanza una puntuación por parte de los críticos de cine del 27% [ver], así que debe ser una película flojita, una comedia de puro entretenimiento sin pretensiones. No obstante, es una película que ha quedado en esa cosa que llaman (y no se sabe muy bien qué es), el imaginario colectivo, o al menos yo la tengo presente algunas veces. Se trata de qué pasaría en la vida cotidiana de las familias de Norteamerica, si un buen día desaparecieran como por encantamiento los mexicanos, esa legión de trabajadores subalternos, muchas veces explotados en condiciones precarias, o incluso en la ilegalidad. Una trasposición a la realidad española, dicen que sería "un día sin latinoamericanos", pero también valdría un día sin magrebíes (que los tenemos más cerca), o incluso un día sin gitanos. El planteamiento es muy bueno, porque nos hace reflexionar sobre el valor y dignidad singular de cada persona, sea cual fuere la ocupación a la que se dedique (se da por descontado ni el color de su piel), pero además con la extraña circunstancia que los trabajos más valiosos debe ser, precisamente, aquellos que tendemos a despreciar más, los de limpiar o servir, etc. Valga esto como tip of the day.

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19 junio 2018

La oración mafiosa

... El Papa finalizó invitando a rezar “por los enemigos” porque, además “creo que todos nosotros los tenemos”. “Nos hará bien pensar en alguno que nos ha hecho el mal, que nos quiere hacer el mal o busca hacer el mal. La oración mafiosa es ‘me la pagarás’” pero “la oración cristiana es ‘Señor, dale tu bendición y enséñame a amarlo’. Rezamos por él” (el Papa Francisco, hoy martes 19 de junio de 2018).

Alguien cercano a mí ha tenido el privilegio de asistir esta mañana temprano a la misa en la "Casa de Santa Marta", en el Vaticano. La predicación ha versado, según medios de prensa, sobre algo tan cristiano, y tan difícil de entender para el mundo, como es el perdón y el amor a los enemigos [Aciprensa].

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18 junio 2018

Aquilino Duque en la librería Reguera

Ya estoy un poco harto de contar los libros viejos que compro en El Jueves, en la calle Feria, así que ya es hora de que cambie de registro y haga también moderada reseña de libros nuevos. Como este de ahora, La palabra secreta. Antología 1958-2018, del escritor y poeta sevillano Aquilino Duque [Renacimiento], edición de Juan Lamillar. Es una antología de poemas de este veterano escritor, nacido en Sevilla en 1931, desde su primer libro de poemas, La calle de la luna (1958), hasta el último, Entreluces (2009) y de tres poemas inéditos (el último "Pepe Luís Vázquez in memoriam"). Lo he comprado esta mañana en la librería Reguera, junto a la iglesia de Santa Catalina (en restauración, Dios sabe hasta cuándo). Alguna vez he comentado que esta librería tiene la vitrina más interesantes de libros de Sevilla, quizá junto con la de la librería Palas (en la calle Asunción, en Los Remedios). Recuerdo mucho la de Céfiro, en la calle Virgen de los Buenos Libros, ya perdida como la de la librería Sanz, que conocí de niño en la calle Granada, junto al Ayuntamiento, que tenía aspecto oceánico (como decía Antonio Burgos, recordándola), con tantos libros nadando unos encima de los otros. Habría mucho que decir de por qué ya no hay tantas vitrinas de libros (y en general de por qué ya no hay tantas librerías). Los libros ya no se difunden en los escaparates, sino en el internet, como si fuese la ropa de moda que se compra la gente joven. Mirar libros de los escaparates va siendo cosa de los últimos románticos como nosotros.

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15 junio 2018

Shūsaku Endō en El Jueves

Esto de acercarse a la calle Feria, a comprar libros viejos en el mercado de El Jueves, cada semana que pasa se pone más difícil, por el efecto combinado de la escasez de oferta y la competencia de los coleccionistas. Esta mañana un vendedor pregonaba "tres libros, un euro", frente a una montaña de libracos, entre  un montón de ediciones viejas de Marx y Engels y Lenin (¿Qué hacer?). Vi algunos libros buenos, pero que ya tengo repes, y no soy acaparador. Por ejemplo, Los límites del sentido, de Peter Strawson (Revista de Occidente, 1975), o la primera edición de los Estudios de derecho electoral contemporáneo, del profesor y político sevillano Manuel Giménez Fernández (Mejias y Susillo Impresores, 1925), con la bella cubierta de Juan Miguel Sánchez, el diseñador del palio procesional de la Virgen de los Ángeles, de "los Negritos" [europapress]. Más adelante en la calle Feria, me llevé cuatro libros, que son, por orden de antigüedad:

1.- Stefan Zweig, Los ojos del hermano eterno. Traducción de Mario Verdaguer. Barcelona, Editorial Apolo, Biblioteca "Freya", 1938 (3ª ed.). Tiene marca de procedencia, un sello adherido de la "Libreria Flavia" (Bernabé Soriano, 23), de Jaén, que ya no existe. Coste, 2€.

2.- Shūsaku Endō, Silencio. Tradujeron Jaime Fernández (de la Universidad Sofía, de Tokyo, autor también de la presentación de la edición castellana) y José Miguel Vara, sobre el original japonés Chinmoku, editado en 1966 por Shinchôsha S.A. de Tokyo. Fotorgrafías por cortesía del autor y de Masahiro Shinoda, director de la película "Chinmoku", estrenada en Tokyo en diciembre de 1971. Salamanca, Ediciones Sígueme y Sociedad de Educación Atenas, 1973. Estoy de enhorabuena, porque es la primera edición española de la novela, que fue adaptada al cine mucho antes de la versión de Martin Scorsese de 2016. Me ha costado, "a precio de Jueves", 1€.

3.- Alberto Villar Movellán (Profesor del Departamento de Arte de la Universidad de Sevilla), La Catedral de Sevilla. Guía oficial. Prólogo de José Hernández Díaz (Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría), y epilogo de Antonio Tineo Lara (Canónigo Arcediano de la Catedral de Sevilla). Excmo. Cabildo de la Santa Iglesia Metropolitana y Patriarcal de Sevilla, 1977. 137 ilustraciones, y 8 láminas a color. Lleva estampado en la portada el tampón de la antigua Librería Sanz (calle Granada, 2). Me ha costado 2€.

4.- María Zambrano, Notas de un método. Madrid, Mondadori, 1989. Pagado por él, 2€. Es el penúltimo de los libros de la autora, pendiente de incluirse en el anunciado tomo II del volumen IV de las Obras Completas, al cuidado de Jesús Moreno Sanz [galaxia]. Hay otra edición más reciente [tecnos]. Broche de oro de las compras de la mañana.

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12 junio 2018

Julián Herranz, y Luís Cernuda teólogo

Una razón, la principal, de que nos gusten los libros viejos y baratos, es que ya no están de actualidad, y pueden ser valorados por sus méritos sin ningún compromiso. Si son buenos libros, lo serán siempre, aunque sean viejos. Y además nos sustraemos del coste de intermediación, por el que los libros nuevos, comprados en librerías, nos parecerán siempre caros. Pero si soy sincero, si de libros nuevos se trata, acabo de comprarme la novela A tale of two cities, de Charles Dickens, por sólo 3,75 euros (Wordsworth Editions), que me gustaría que fuese lectura veraniega, Dios dirá. De momento estoy leyendo En las afueras de Jericó. Recuerdos de los años con San Josemaría y Juan Pablo II, del cardenal Julián Herranz [Rialp], que en El Jueves me ha costado el dispendio de ¡un  euro! Y eso porque el valor venal de los libros de segunda mano tiende a cero, sea cual fuere su mérito. Es una autobiografía intelectual, como lo son también, de la otra banda, las de Javier Sádaba y de Luís Cencillo, de las que ya he hablado [aquí]. Si adoptase la terminología de Umberto Eco, yo diría que Sádaba y Cencillo serían apocalittici, y Julián Herranz un integrato

El cardenal Herranz es, como se decía antiguamente, un colega nuestro (valga el simpatico atrevimiento), un hombre dedicado al derecho propio de la Iglesia católica, un canonista. Su libro, que son unas memorias de cosas vistas y oídas, puede tener los defectos de los escritos de los juristas, y más el que haya sido, como Julián Herranz, durante su larga vida, curial de la Santa Sede (Montini, el papa Pablo VI, fue un joven minutante de la Secretaría de Estado, es decir un burócrata de la Iglesia Católica). El cardenal Julián Herranz, que aún vive, es Presidente Emérito del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, la antigua "Pontificia Commissione per l’interpretazione autentica del Codice di Diritto Canonico" (La funzione del Consiglio consiste soprattutto nell’interpretazione delle leggi della Chiesa) [vat]. Es un libro de prosa gris, sobria y contenida, que peca de parquedad, prudencia, cautela y reserva, donde el lector adivina que es tan importante lo que se dice como lo que se omite decir. De nobis ipsis silemus. Son grandes virtudes de jurista, pero no sé yo si también las de un escritor que aspire a la amenidad. Pero tal vez estoy siendo injusto con mi reseña, porque Herranz, con todo, logra ser un escritor fluido e interesante (de otro modo ya hubiera cerrado el libro por la página tres). No voy a negar tampoco su interés testimonial. Herranz relata que fue uno de los colaboradores que asistieron a Escrivá cuando cayó muerto de un infarto en su despacho, haciéndole el boca a boca (Herranz también es doctor en medicina).

No salgo de los márgenes de la teología, porque mi interés era contar algo de otro libro. Esta mañana, merodeando en la plaza de la Encarnación, encontré en un kiosko una Antología poética de Luís Cernuda (Barcelona, Plaza y Janés, Selecciones de poesía española, 1974), edición de Rafael Santos Torroella. Un ejemplar aseado, de páginas inmaculadas, que sólo me ha costado 1€ (en el mercado de viejo no cuesta mucho más). No colecciono ediciones de Cernuda, aunque me gusta la de Adonais [Rialp], del profesor José Luís Bernal Salgado [UEx]. Mientras tomaba un café, hojeaba la antología, y fui a parar a uno de los poemas mayores de Luís Cernuda, "Apología pro vita sua", del libro Como quien espera el alba (1941-1944). En la excelente cronología cernudiana de la Residencia de Estudiantes, leo que Luís Cernuda, en el año 1943, "se traslada como Lector a la Universidad de Cambridge. Allí reside en Emmanuel College, donde escribe el poema «El árbol». Termina Como quien espera el alba" [Residencia]. Hay que imaginarse al poeta, que se marchó a Inglaterra en febrero de 1938, extrañado de su tierra, haciendo por esos años un balance de vida. Eso es el poema "Apología pro vita sua". Es un poema extenso, que debe ser conocido (la antología de la colección "Adonais" no lo recoge). Aquí copio los último versos, grandes de esperanza:

Para morir el hombre de Dios no necesita,
Mas Dios para vivir necesita del hombre.
Cuando yo muera, ¿el polvo dirá sus alabanzas?
Quien su verdad declare, ¿será el polvo?
Ida la imagen queda ciego el espejo.
No destruyas mi alma, oh Dios, si es obra de tus manos;
Sálvala con tu amor, donde no prevalezca
En ella las tinieblas con su astucia profunda,
Y témplala con tu fuego hasta que pueda un día
Embeberse en la luz por ti creada.
Si dijiste, mi Dios, cómo ninguno
De los que en ti confíen ha de ser desolado,
Tras esta noche oscura vendrá el alba
Y hallaremos en ti resurrección y vida.
Para que entre la luz abrid las puertas.

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06 junio 2018

Søren Kierkegaard (notas de lectura)

Desde el Filebo he ido descendiendo en mis lecturas (con paradas en libros de Javier Sádaba y Luís Cencillo), hasta alcanzar El concepto de la angustia, de Søren Kierkegaard (Begrebet Angest, 1844), leído en la traducción castellana, directa del danés, de Demetrio Gutiérrez Rivero [Lynch]. El subtítulo original es: en simpel psychologisk-paapegende overveielse i retning af det dogmatiske problem om arvesynden ("Un mero análisis psicológico en la dirección del problema dogmático del pecado original"), que Kierkegaard publicó bajo el pseudónimo af Virgilius Haufniensis. No es nada fácil captar el pensamiento de Kierkegaard (y menos explicarlo en telegrama). Sólo pretendo probarme si he logrado comprender al menos algo de este libro, apuntando unas notas sueltas, que son una esperanza de volver a repasar las ideas. Siguen unas palabras clave:

DIFICULTAD. El concepto de la angustia no se dirige a cristianos corrientes, sino a letrados, teólogos y pensadores que conocen la doctrina del pecado original (primum peccatum primi parentis, S. Th., Iª-IIae q. 81 [cth]), la Biblia, el Génesis y las cartas paulinas, así como la filosofía antigua (Platón y Aristóteles) y la moderna (la de los días de Kierkegaard, Hegel). No es posible una lectura ingenua, aunque esto es propio de cualquier obra del pensamiento humano, que nunca se presenta aislada, como si surgiese de la nada, sino que siempre se apoyará en los predecesores. Pero la máxima dificultad de El concepto de la angustia es que no es posible leer este libro como el espectador de una función de teatro, sentado en su butaca, sino que exige de cada lector que nos examinemos en nuestro interior lo que Kierkegaard nos dice, como si estuviésemos siendo psicoanalizados.

ANGUSTIA. La palabra misma, angustia, es ya muy expresiva, sin hacer gran esfuerzo de análisis. En latín angustia, danés (y alemán) angst, francés angoisse, inglés anguish... Todas estas lenguas revelan que se trata de una misma expresión onomatopéyica de los primitivos pobladores europeos (en fonética, es la consonante "nasal velar"). Es como la sensación de tener un nudo en la garganta (estar afligido, tener congoja). Santo Tomás de Aquino situaba a la angustia o anxietas como especie de la tristitia o dolor (S.Th. Iª-IIae q. 35 a. 8 [cth]). Tengo mis dudas sin embargo de que la angustia psicológica de Kierkegaard (es decir, la angustia del espíritu) sea la misma anxietas fisiológica de que trataba Santo Tomás. Kierkegaard se situa aquí en un plano distinto, más elevado que el del Aquinate. Por eso, aunque el título nos repela en principio (concepto de angustia) dicen quienes lo han leído (y a mí me lo parece también) que es un libro positivo y esperanzador. 

PLATÓN. La talla genial de la mente de Søren Kierkegaard puede medirse por la de sus contendientes. Ser capaz de rebasar a Platón (el del diálogo Parménides) era tarea sólo reservada al danés. Platón, como pagano, no entiende el instante (que es casi tanto como decir que no entiende el espíritu). Al mismo  tiempo Kierkegaard nos ha dado una lección de cómo han de leerse los diálogos platónicos, cuando dice que Platón "hace que lleguemos a intuir de una manera artística lo que el mismo diálogo enseña". Eso es hacer una lectura gestáltica, estética, plástica y no lineal de los textos platónicos.

EL PECADO ORIGINAL. La interpretación que hace Kierkegaard del pecado del origen no es extravagante. A mí me parece que es la de Porfirio, el discípulo de Plotino, a la que se acogía Santo Tomás de Aquino. El pecado de Adán se propagó a toda la humanidad, no como si fuese una tara hereditaria, sino por participación en la especie, participatione speciei plures homines sunt unus homo (Iª-IIae q. 81 a. 1 [cth]). Es el argumento que tiene un detenido desarrollo en El concepto de la angustia. 

PAGANISMO. El concepto de la angustia no se refiere sólo a los creyentes que esperan la salvación. También se refiere a la angustia propia de los paganos, es decir, los increyentes, los que están entregados al azar y a la necesidad del destino. Se trata en el capítulo 3, "la angustia como consecuencia de ese pecado que consiste en la ausencia de la conciencia de pecado". Zur Genealogie der Moral, de Friedrich Nietzsche (1887) es precisamente un ensayo sobre el pecado original y las nociones asociadas (el bien y el mal, la culpa, el ascetismo) desde una perspectiva naturalista y atea, es decir pagana. Recuérdese que Kierkegaard y Nietzsche pertenecían al mismo medio religioso luterano. Kierkegaard se dirigía a los cristianos, pero es sorprendente que su obra pueda valer como explicación de las versiones contemporáneas del paganismo.

JUDAÍSMO. El cristianismo primitivo consistió en la convergencia histórica del helenismo filosófico y el judaísmo religioso (y también el ritualismo romano). Los libros de Kierkegaard pueden interpretarse como una invitación a otro modo alternativo de ser creyente, que es seguir la tradición de Israel. El judaísmo es la otra posibilidad del cristianismo. La lectura midrásica de los relatos bíblicos, como es la del relato del pecado de Adán y Eva en el Génesis, puede tener tanto valor de verdad como la especulación griega. La verdad no es privilegio de Platón ni de Aristóteles.

ESTADÍSTICA. Dentro de este libro maravilloso, me ha asombrado cuando Kierkegaard ironiza acerca de los "cuadros estadísticos sobre la situación de la pecaminosidad en el mundo". Tiene un significado serio, porque el pecado no es nada cuantificable, sino espiritual. El pecado tiene un sentido en cada individuo, no en la colectividad. Toda creación espiritual es incuantificable. Por eso carece en absoluto de lógica y de razón esas listas de "los mejores libros de la historia". Cada libro, como cada individuo, es único, singular. Nada importa que sean muchos o pocos quienes lean a Søren Kierkegaard. El autor se dirige a cada uno de nosotros, uno a uno.

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