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17 abril 2019

La plenitud de Cervantes (y otros libros nuevos)

No abandono la afición a los libros, viejos o nuevos, y tampoco renuncio a aventar por esta ventana de internet, a quien pueda interesar, la noticia de nuevas publicaciones que me llamen la atención. El primero en la reseña es el último que he comprado. Lo esperaba impaciente, al que me refería en una nota del verano pasado, "Miguel de Cervantes y el Baedeker" [aquí]. Es la tercera parte de la biografía, o tal vez semblanza, de Miguel de Cervantes, del profesor José Manuel Lucía Megías : La plenitud de Cervantes. Una vida de papel, que edita Edaf. Se añade a La juventud de Cervantes, publicada en el año 2016 [Edaf], y La madurez de Cervantes, de 2017 [Edaf]. Esta última parte se ha hecho esperar, y ya estoy deseando leerla. Llama la atención la ilustración, muy escogida y estudiada, del interior, así como de las cubiertas, en sintonía con el libro, que trata de aproximarnos a una vida cervantina más comprensible desde los esquemas actuales, aunque no hayamos logrado avanzar mucho más en sus detalles, que tampoco importan. Me doy cuenta que he invertido en los tres volúmenes un total de 72 euros de vellón (o en buena moneda castellana, como le decía don Quijote a maese Pedro después del estropicio). Pienso que muy bien invertidos, aunque también habrá que recordar que la biografía ya clásica de Jean Canavaggio se vende hoy en librerías, en libro de bolsillo, a 12 euros.

Otro libro nuevo es del profesor sevillano José Fernando Gabardón de la Banda (doctor en derecho y historia del arte [sisius]) : Sevilla y Murillo : una ciudad para un artista (Fundación Cajasol, 2018), prologado por el Dr. Enrique Valdivieso [CEU]. Es casi una guía de la ciudad de Sevilla, vista desde el prisma artístico de uno de sus hijos ilustres, Bartolomé Esteban Murillo (por eso se títula así, y no como cupiera esperar, Murillo y Sevilla). Encuentro muchas resonancias con el libro del profesor Lucía Megías. Para empezar en su ilustración, el que pretenda ser también una guía visual del personaje en la ciudad (comenzando por el motivo de la cubierta, el medallón cerámico en la plaza de España. Como dice el profesor Gabardón, se trata de conjugar un saber, en este caso el histórico artístico, con el enfoque urbano. A mí me resulta muy atractivo este enfoque (a fin de cuentas soy urbanita, y el aire de la ciudad hace libres, Stadtluft macht frei). De hecho, uno de mis libros preferidos, souvenir italiano, es Una mole di parole. Passeggiate nella Torino degli scrittori, de Alba Andreini (2006) [Dialnet]. Tendría que rebuscar más ejemplos. Uno antiguo, sin pretender ir más lejos, los Perfiles de la Sevilla cervantina, de Francisco Rodríguez Marín, reeditado por el Ayuntamiento en 1992, en origen su discurso preliminar a la edición de la R.A.E., en 1905, de la novela de Rinconete y Cortadillo (el ejemplar antiguo alcanza precios astronómicos en los anticuarios). Otro, que se acaba de reeditar, es El París de Cortázar, guía en forma de diccionario, de Juan Manuel Bonet [Archiletras]. We’ll always have Paris. Dicho de pasada, la R.A.E. ha publicado la "edición conmemorativa" de Rayuela, aunque uno ya ha perdido la cuenta de qué se conmemora [RAE]. Sigo prefiriendo (además del viejo ejemplar en que la leí con 16 años), la edición de Andrés Amorós (que fue amigo de Cortázar).

Y concluyo con otro libro atractivo, también de la órbita sevillana, Los evangelios apócrifos en la Semana Santa de Sevilla, del joven jesuíta Daniel Cuesta Gómez S.J. (Segovia, 1987) [Alfar]. Es un libro destinado a convertirse en un clásico en este género, y además, lo que me parece más gratificante, escrito por un forastero (dicho con todo el aprecio al autor). En esto el joven Daniel va a la zaga de otro ilustre jesuíta forastero, escritor famoso de las cofradías sevillanas, Ramón Cué Romano. Sobre el nuevo libro, una interesante entrevista, en la revista Vida Nueva [aquí]. La imagen es la talla del famoso Pilatos de la hermandad de San Benito (Poncio Pilatos es personaje de los evangelios canónicos, pero también del apócrifo "Actas de Pilatos").

Otro día sigo contando cosas de libros, si Dios quiere.

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12 junio 2015

Lo que me gustaría ser a mí si no fuera lo que soy


Siempre que biene el tiempo fresco, o sea al medio del otonio, a mí me da la loca de pensar ideas de tipo eséntrico y esótico, como ser por egenplo que me gustaría venirme golondrina para agarrar y volar a los paíx adonde haiga calor, o de ser hormiga para meterme bien adentro de una cueva y comer los productos guardados en el verano o de ser una bívora como las del solójico, que las tienen bien guardadas en una jaula de vidrio con calefación para que no se queden duras de frío, que es lo que les pasa a los pobres seres humanos  que no pueden comprarse ropa con lo cara questá, ni pueden calentarse por la falta del querosén, la falta del carbón, la falta de lenia, la falta de petrolio y tamién la falta de plata, porque cuando uno anda con biyuya  ensima  puede entrar a cualquier boliche  y mandarse una buena  grapa que hay que ver lo que calienta, aunque no conbiene abusar, porque del abuso entra el visio y del visio la dejeneradés tanto del cuerpo como de las taras moral de cada cual, y cuando se viene abajo por la pendiente fatal de la falta de buena condupta en todo sentido, ya nadie ni nadies lo salva de acabar en el más espantoso tacho de basura  del desprastijio humano, y nunca le van a dar una mano para sacarlo de adentro del fango enmundo entre el cual se rebuelca, ni más ni meno que si fuera un cóndor que cuando joven supo correr y volar por la punta de las altas montanias, pero que al ser viejo cayó parabajo como bombardero en picada que le falia el motor moral. ¡Y ojalá que lo que estoy escribiendolé sirbalguno para que mire bien su comportamiento y que no searrepienta cuando es tarde y ya todo se haiga ido al corno por culpa suya!

CÉSAR BRUTO, Lo que me gustaría ser a mí si no fuera lo que soy
(capítulo: Perro de San Bernardo).

[Rayuela]

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17 septiembre 2013

El kibbutz del deseo

Todo libro tiene su edad, y aún no es el mismo libro a distinta altura de la vida del lector. Rayuela es novela de la juventud, pero Julio Cortázar, como don Quijote, frisaba la cincuentena cuando la publicó en 1963 y parece seguro que quiso retratar en la obra los anhelos y desengaños de su propia generación. Los lectores tal vez recorremos su misma trayectoria (que es la de cualquiera nacido de mujer), y conmigo se cumple, pues leí por primera vez Rayuela de adolescente, en 1979 (en un libro gris de la editorial Sudamericana que aún poseo, que compré en una librería de la calle Sierpes que ya no existe). Este verano del año que se celebra el cincuentenario de Rayuela, en que alcanzo la misma edad del autor, la he vuesto a leer con una perspectiva vital nueva y distinta sobre el mundo, la gente y la literatura. Hoy Rayuela me parece una obra literaria bella, emocionante, instructiva, necesaria.

Nada más haberla leído ahora he sentido también la necesidad de conocer mejor la biografía de Julio Cortázar. He ido a dar con una excelente, debida a Miguel Herráez (catedrático de la universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia): Julio Cortázar, una biografía revisada [ed. Alrevés]. Es una auténtica biografía literaria, porque demuestra la imbricación de vida y letras (en el caso de Cortázar), sin deslizarse a la pura crítica literaria o, del lado opuesto, al chismorreo, sino manteniéndose en un elegante término medio. Porque además la vida de Cortázar (que casi lo único que hizo en sus días fue leer y escribir, viajar y amar a las mujeres) es una vida literaria en grado ejemplar. 

Rayuela es ahora un clásico, la especie de libro que siempre merece ser leído. La mejor edición en España es la de Andrés Amorós [Cátedra], anotada como un virgilio, y es una lástima que por falta de caudales, o vaya usted a saber por qué, la Real Academia Española no haya patrocinado en  esta ocasión una "edición conmemorativa" (2014 es el centenario de Cortázar), como sí hizo con Cien años de soledad [rae] o con La ciudad y los perros [rae]. Que Rayuela sea leída en muchas lenguas (v.gr. en polaco: Gra w klasy, traducción de Zofia Chądzyńska [wiki]) es un buen indicador del valor universal de la novela, contrastado por miríadas de lectores, devotos y estudiosos.

Rayuela es tan universal como el Quijote, hasta el punto de que como el paradigma cervantino es una parábola del desengaño y de la derrota de los ideales en el choque con la realidad. Una se despliega por los caminos de La Mancha, y otra, por las calles de París y de Buenos Aires. Don Quijote, trastornado de tanto leer novelas de caballerías, cree su misión derrotar enemigos, y Horacio Oliveira, otro gran lector trastornado, anhela una vida mejor, un kibbutz del deseo. Como el caballero andante tuvo a Sancho Panza de escudero, Oliveira tuvo una amante (la Maga) y un amigo (Traveler). Don Quijote siempre regresa con melancolía a la aldea, apaleado, enjaulado o derrotado por el bachiller. En Rayuela, Oliveira también padece la experiencia de la derrota y la degradación, juntándose a una clocharde (capítulo 36) o volviéndose loco en el mismo manicomio (capítulo 56). La belleza poética y literaria apenas encubre la crudeza de la realidad humana.

Por eso Rayuela es un clásico, porque hace de la vida literatura. Y es lo que buscamos los lectores en los buenos libros: reconocer nuestra propia peripecia vital en las fábulas. No hay gran historia sin dolor, contrariedad y pecado, como en los relatos de las vidas de San Agustín, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola o San Antonio María Claret. Pero la literatura, como pensaba Miguel de Cervantes, es encubrimiento de lo humano. Julio Cortázar encubre en Rayuela el patetismo del relato con el expediente de que el lector sea dueño de decidir cómo ha de leer, interrupiendo la narración a cada paso con textos extravagantes. Cortázar quiere que el lector guarde las distancias con la tragicomedia que le presenta. Por eso Rayuela, como el Quijote, pertenece al género cómico. Aunque el personaje de la novela que nos parece más risible, Berthe Trépat (capítulo 23), como cualquier figura de la vida real, acaba por resultarnos patético y lastimoso. Es la misma ambigüedad cervantina.

El lector con oído percibe en el Quijote un rumor continuo y la irrupción a cada paso de música, cantares, poemas y romances en el transcurso de las aventuras. La fiesta (como aquella de las bodas de Camacho) mitigan la seriedad con el regocijo. Es el ideal estético cervantino: que "el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla". En Rayuela las lecturas de otros lados, o la escucha de música de jazz o de Arnold Schoenberg, cumplen esa misma función de distraer al lector del melodrama que lee, intercalando como Cervantes en la narración principal otras historias accesorias.

Ambas novelas cumplen la paradoja de la máxima universalidad en la mínima localidad. Don Quijote cabalga por los caminos polvorientos de La Mancha, y cada personaje que se encuentra habla como sabe. En Rayuela, cada personaje habla como es. Es una novela escrita en argentino (una novela donde se ceba mate en lugar de moler café) y este particularismo extremo, que en parte la hace intraducible, es la clave de su universalidad, que todo lector entiende aunque no sepa inglés, francés o porteño. Es la manera de representarnos el desarraigo del hombre sobre la tierra, encarnado en Horacio Oliveira, a caballo entre París y Buenos Aires, como el mismo Julio Cortázar.

La historia de don Quijote y la novela Rayuela son tristes, porque Dios no aparece por lugar alguno. Don Quijote y Sancho Panza hablan mucho de religión, pero nada de sus creencias. Tampoco en Rayuela Dios existe, sea en París o en Buenos Aires, y por eso la esperanza de los personajes es siempre defectiva, entreverada de desesperación: un kibbutz del deseo. Santo Tomás de Aquino decía que en esta vida no podemos alcanzar la felicidad verdadera (perfecta et vera beatitudo non potest haberi in hac vita [cth]). Esa esperanza de felicidad, o kibbutz del deseo, es la que todos buscamos en el amor y la amistad, como los mismos personajes de la novela, porque también decía Santo Tomás, repitiendo a Aristóteles, que el hombre feliz necesita de amigos (si loquamur de felicitate praesentis vitae, sicut philosophus dicit in IX Ethic., felix indiget amicis [cth]). El fondo de tristeza de esta novela, que sea tal vez lo que atraiga a sus lectores jóvenes, es lo que asegura su extrema humanidad, apenas velada en literatura, música y poesía.


Imágenes: Cortázar invitado en la universidad de Berkeley, California (1980) [via], placa en la casa de la rue Martel de París [via], y cubierta de la edición polaca de Rayuela.