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15 octubre 2008

A la recogida del algodón

Recuerdo, joven estudiante en la universidad, a un profesor que nos amonestaba al estudio advirtiendo que, si teníamos la insolencia de quejarnos de la fatiga de pasar largas horas en una biblioteca oscura y fría, con los codos hincados delante del libro, mejor haríamos en marchar una temporada a recoger algodón, para enterarnos de lo que es el trabajo duro de verdad.

En mi Andalucía recuerdo que algunos padres que tenían campo, solían mandar a sus vástagos la temporada de verano a compartir la vida con los jornaleros, como parte de su educación. ¿Sigue haciéndose, en este tiempo de vida muelle?

Se me ha venido este pasaje de mis estudios a la memoria, porque tengo la impresión de que muchas opiniones ligeras que se dicen de la crisis económica, que como siempre castigará a los más débiles, provienen del acomodo de quienes poco tengamos que perder en esta coyuntura. Parte de nuestro tiempo debieramos dedicarlo a conocer el sufrimiento ajeno, a imitación del joven príncipe Siddhārtha Gautama.

[Blog action day 2008: Poverty]

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11 octubre 2008

Panpsiquismo

En la revista electrónica Tendencias 21, Javier Monserrat SJ (profesor de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid, y de la Pontificia de Comillas) ha publicado un interesante artículo ("La visión es una puerta al enigma del psiquismo "). Se trata de un extracto de las reflexiones del profesor Monserrat sobre el origen del psiquismo humano.

El artículo repite en realidad una intuición antigua, que el matemático inglés William Kingdon Clifford formuló sosteniendo que el constituyente último de la realidad es mental: el universo consiste por entero en una cosa mental ("the universe consists entirely of mind stuff"). La contribución del profesor Monserrat ahora (en la línea de otras reflexiones, como la de Francis Crick), es fundar el análisis de la visión, y a una escala más global, de todos los fenómenos de percepción y conciencia, en la comprensión del mundo material que nos suscita la mecánica cuántica.

Según el profesor Monserrat, la "cuestión crucial" de la ciencia de la visión (y por extensión, añadimos nosotros, del estudio científico de la conciencia) es explicar las causas evolutivas reales del psiquismo.

Razona así: "Puesto que el psiquismo ha emergido dentro de la evolución cósmica y el cosmos evolucionó durante miles de millones de años sin que existieran ni “sensación” ni seres vivos, el supuesto científico inicial es que la sensación surgió desde el mundo físico dentro de una continuidad evolutiva. La suposición derivada es inevitable: la ontología germinal de la materia que ha producido evolutivamente el universo debe de tener aquellas propiedades que hagan explicable que, dadas ciertas formas de organización, emergiera lo que llamamos “sensación” en los seres vivos".

Estas afirmaciones nos conducen a revisar la doctrina del
panpsiquismo. El panpsiquismo no es más que una conjetura, destinada por principio a nunca ser confirmada o refutada. Sin embargo, se sustenta en indicios y observaciones, que nos impelen a adherirnos a esta visión del universo. El panpsiquismo ("todo es psique") afirma que todo lo que hay en el universo, sea orgánico o inorgánico, tiene algún grado de conciencia. En sentido amplio, como lo define Skrbina, esta doctrina sostiene que
todas las cosas tienen mente, o una cualidad mental.

Estas definiciones pueden provocar extrañeza, perplejidad o asombro. ¿Acaso es posible que una piedra, un árbol, un electrón, o un gato, "piensen"? Pregunta impertinente, porque con decir que la materia tiene cualidades mentales, no se afirma sin más que una piedra o un leño tenga sensaciones y pensamientos como los nuestros. No hay que desconocer que muchas mentes brillantes, en la historia intelectual de la humanidad, se han tomado muy en serio la conjetura panpsiquista, que si bien no puede validarse, tiene todas las papeletas de ofrecer una explicación suficiente y omnicomprensiva de la pasta de la que está hecho el universo.

Una implicación muy interesante de la doctrina panpsiquista, es la que se refiere al alma inmortal. El panpsiquismo no es una doctrina forzosamente materialista, y puede cohonestarse con la perspectiva sobrenatural del fundamento último de la realidad (Dios, creador de la materia y de la mente del universo, y tal vez del constituyente único y último, y desconocido, del cosmos).

Por eso la indagación y prueba de nuestra inmortalidad no debiera ya sustentarse sobre el análisis de la psique (como razonó Sócrates horas antes de ingerir la cicuta), porque los resultados de la investigación científica nos hacen ver que también los fenómenos psíquicos (nuestra autopercepción de la realidad y de nuestra vida interior) son estrictamente naturales, aunque nos parezcan radicalmente extraños a los fenómenos materiales. La contemplación de la enigmática existencia de las partículas subatómicas, que son observables de soslayo, pero apenas tienen otra entidad que la matemática, nos hace ver que el mundo no es tan consistente y corpóreo como en principio nos parece.

[La imagen que ilustra el post es la cubierta del libro de Skrbina, D. (2005): Panpsychism in the West, Cambridge, MA: MIT Press. Lo acepto como regalo de Reyes Magos, haciendo pareja con el de Javier Monserrat: La Percepción Visual. La arquitectura del psiquismo desde el enfoque de la percepción visual (Madrid, Biblioteca Nueva, 2008)].

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24 septiembre 2008

El hombre invisible

A cierta altura, uno ya vive de las rentas de sus lecturas juveniles. Parece que ya hay poco que descubrir, o que uno ya se ha enterado de casi todo. Con gran gusto vuelvo una y otra vez a los viejos relatos (el Quijote, la Biblia), pero ya no leo novelas, que son afición de mozo.

En un simpático y concurrido post del blog de Ignacio, nos hemos entretenido en recomendarnos los unos a los otros cosas que echarnos a leer, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, igual que cuando teníamos quince años. Ahora yo siempre recomiendo un breve puñado: el Criticón (para el que tenga pulso y paciencia), el Lazarillo, La Tesis de Nancy, El arpa birmana, Rayuela, los cuentos de Borges...

También diría que quien tenga el privilegio de leer en inglés con soltura (en un país, España, tan incomprensiblemente negado a los idiomas) posee la llave de ingreso a un oceáno inagotable de fábulas. Un gran país, los USA, síntesis de todo lo bueno y lo malo de este mundo, también ha prohijado una inmensa literatura, de elevado tono moral. Moby Dick, The adventures of Huckleberry Finn (de imposible traducción) o The catcher in the rye, no son sólo "grandes novelas norteamericanas", sino también un importante patrimonio espiritual de la humanidad, que merece ser conocido.

Tengo un vago recuerdo, atmosférico y nebuloso, de la lectura de Invisible man, de Ralph Waldo Ellison (el escritor que posa en la foto). Quizá así sea como se recuerdan los grandes relatos (suele decirse que el "argumento" o historia del Quijote puede resumirse en dos líneas). Pero aún retengo la lección moral de esta fábula de Ellison: en nuestro mundo, todos ambicionamos la fama, y ser reconocidos. Pero la contrapartida a tanta desmesura, es que la inmensa parte de la humanidad está condenada a la invisibilidad. Estudiamos el concepto de persona, e invocamos a Boecio, y no advertimos que muchos individuos, muy cercanos, próximos (prójimos) a nosotros, se ven con su dignidad personal negada.
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06 septiembre 2008

Contradiciendo a Ratzinger

Hasta ahora no había comentado aquí el libro de Joseph Ratzinger, Jesus von Nazareth (2007), por la sencilla razón de que no lo he leído. Aún aguarda su turno, en el limbo de los libros vírgenes, si bien que reposando en inmejorable compañía, ahora que lo he retirado del anaquel, donde fue a parar por azares de la topología entre la Interpretación del cuarto evangelio (1954), de Charles Harold Dodd, y El instante (1855), de Kierkegaard. Pero no se le busque la lógica a esta secuencia, porque no tiene otra más que el confuso desorden de una biblioteca de uso personal.

Algunos próximos y amigos, más sabios y religiosos que yo, sí han leído "el libro del Papa". Yo no, y confieso que no he podido con él, porque se me cae de las manos. Pero sí he repasado enterito el prólogo y la bibliografía. Ahora que al comenzar el curso anidan en nuestros corazones píos propósitos, he vuelto a hojearlo, y vuelto a desestimar su lectura, en provecho de otras más urgentes. No obstante, en un rato perdido he usado de técnicas de lectura veloz, haciendo algunas calas en el texto, para explicar ahora mi resistencia a esta obra. No descarto que, como me pasa con muchos otros libros, simplemente le haya cogido manía; pero quién sabe.

El prólogo contiene una declaración, justamente destacada en los medios, y que voy a reproducir: Sin duda, no necesito decir expresamente que este libro no es en modo alguno un acto magisterial, sino únicamente expresión de mi búsqueda personal "del rostro del Señor" (cf. Sal 27, 8). Por eso, cualquiera es libre de contradecirme. Pido sólo a los lectores y lectoras esa benevolencia inicial, sin la cual no hay comprensión posible.

Pues bien, tomándole la palabra al profesor Ratzinger, me permitiré aquí hacer una módica contradicción del libro, que seguramente estará falta de la sabiduría y temple que requiere el empeño. En cuanto a la "benevolencia inicial", creo que ya la he demostrado, habiendo comprado el libro y leído su prólogo y algunas de sus páginas. Y también porque tengo en general buena disposición hacia Ratzinger el teólogo, del que soy lector de su Introducción al cristianismo (1968) desde mis ya lejanos años de bachiller. Por no hablar de mi admiración, ya en el terreno magisterial, de su hermosa encíclica Spe salvi, que he comentado repetidas veces aquí.

No pondré en duda jamás que el libro Jesús de Ratzinger sea, en doctrina, católico-católico, como el café-café (no podría ser de otra manera, en la persona del doctor que hoy ocupa la
cátedra de San Pedro). Pero como este libro es resultado, como él mismo dice, de una "búsqueda personal", tal vez refleje sus propias y particularísimas opiniones teológicas, que no su magisterio de Supremo Pontifice. No hay más que repasar otro libro famoso de Ratzinger, el Informe sobre la fe (1985), donde sin ambages reconocía, dialogando con el periodista Vittorio Messori, que en la Iglesia polemizan corrientes conservadoras y progresistas, que siguen todavía hoy discutiendo en torno a la vigencia del Concilio Vaticano II.

Mi primera crítica se refiere a la aptitud del libro para enseñar. El Jesús de Ratzinger se sitúa, como decimos coloquialmente, en un quiero y no puedo. No explica con el orden, la sencillez y claridad debidas, la vida y milagros y las enseñanzas de Jesús el nazareno, que seguramente es lo que piden de corazón los cristianos sencillos, deseosos de aprender y de oír hablar del Maestro. Pero por otro lado, tampoco alcanza un aseado nivel que satisfaga a los estudiosos del Nuevo Testamento, de los evangelios y de su teología. Destinado al gran público, irremediablemente incurre en una rapsodia de temas teológicos y escriturísticos, de imposible vulgarización, pensando quizá en ese hipotético y modélico lector medio que, como cualquier "media estadística", no existe.

Me imagino que muchos de los tropecientos mil compradores del "libro del Papa", que se lo llevaron de la pila de los grandes almacenes, o del hipermercado, como quien compra el último premio Planeta, se habrán llevado un buen chasco si se han asomado a sus páginas. A los pocos días de tenerlo en mis manos, ya avisé que el prólogo, repleto de consideraciones de alta erudición teológica, cumple a la perfección la tarea de disuadir de la continuación de la lectura. Claro está que hablo de ese "lector medio" hipotético, y que no desconozco que lectores más instruídos, entre la clerecía y el personal con estudios, sí habrán llegado a buen puerto leyéndolo en su integridad.

¿Y en cuanto al lector estudioso, informado? Para valorar los quilates del libro, me he dirigido al capítulo 8, "Las grandes imágenes del evangelio de Juan". Confieso que tengo un motivo personal para hacerlo, y es que este cuarto evangelio, a diferencia de los sinópticos, siempre se me ha atragantado, nunca lo he entendido bien. Me parecía, puede ser que con razón, demasiado filosófico. Por eso dos libros que me aguardan impacientes son los comentarios del teólogo inglés Charles Harold Dodd, que he mencionado arriba: Interpretación del cuarto evangelio (1955) y Tradición histórica en el cuarto evangelio (1963) [ambos publicados por ediciones Cristiandad]. Quien de verdad quiera aprender y comprender el sentido del evangelio de Juan, debe leer estas colosales obras exegéticas. Pero si a continuación dirigimos nuestra mirada al capítulo 8 del libro de Ratzinger, observaremos que se queda en un nivel divulgativo de saberes teológicos y escriturísticos, que difícilmente calarán en aquel "lector medio".

En resumidas cuentas, el que llaman "libro del Papa", que más propiamente se debe llamar "último libro del teólogo Ratzinger", como él mismo honradamente advierte en el prólogo, porque no es una obra magisterial, se queda a mi juicio en un nivel intermedio, equidistante, forzosamente catequístico, que procurará algún barniz teológico a lectores interesados, pero que no satisfará las expectativas de los lectores sencillos (que no rudos), que quieren conocer el mensaje de Jesús, y tendrá poco interés para quienes ya estén sumergidos en la ciencia teológica y en el estudio riguroso de las Escrituras.

Para terminar y no alargarme, una vez explicadas mis impresiones sobre el nivel retórico del libro de Ratzinger, debo referirme a su contenido ideológico, analizando al menos alguna de sus opiniones teológicas. Comentarlo por entero está fuera de lugar, y muy lejos de mi capacidad y sabiduría. Esta vez me he dirigido al capítulo 4, donde se habla de "el Sermón de la Montaña". El comentario que voy a hacer evidenciará el acierto de la elección. En este pasaje saltan a la vista, a mi juicio, las opiniones que animan el pensamiento actual de Ratzinger el teólogo. Para no andarme por las ramas copio un párrafo muy significativo, de la página 105 de la edición española:

"El Sermón de la Montaña como tal no es un programa social, eso es cierto. Pero sólo donde la gran orientación que nos da se mantiene viva en el sentimiento y en la acción, sólo donde la fuerza de la renuncia y la responsabilidad por el prójimo y por toda la sociedad surge como fruto de la fe, sólo allí puede crecer también la justicia social. Y la Iglesia en su conjunto debe ser consciente de que ha de seguir siendo reconocible como la comunidad de los pobres de Dios. Igual que el Antiguo Testamento se ha abierto a la renovación con respecto a la Nueva Alianza a partir de los pobres de Dios, toda nueva renovación de la Iglesia puede partir sólo de aquellos en los que vive la misma humildad decidida y la misma bondad dispuesta al servicio".

Un lector "no benevolente" quizá entrevea en esa afirmación tan tajante de que el Sermón de la Montaña "no es un programa social", la contestación previsible de Ratzinger a la Teología de la Liberación. No quiero entrar en esta materia, porque me alejaría indebidamente del texto explícito de Ratzinger. Pero hay que llamar la atención sobre la interpretación que de la pobreza hace el conjunto del capítulo 4, y en particular este párrafo: pobre es el miembro de la Iglesia, con humildad decidida y bondad dispuesta al servicio. Creo que no he sido infiel al interpretarlo. Entonces, ¿podemos imaginarnos quienes son esos "pobres" de los que habla Ratzinger? Pienso que Ratzinger lleva aquí la "imaginación teológica" muy lejos, porque desde la lectura del evangelio, y oyendo las palabras de Jesús, el pobre es simplemente el pobre.

Leyendo este texto de Ratzinger, que dice que Jesús no predicó en la montaña ningún programa social, me pregunto en qué desván eclesiástico ha quedado arrumbada la opción preferencial por los pobres, que nos recuerdan los teólogos
Jon Sobrino y Gustavo Gutiérrez. Al menos hemos comprendido que el evangelio obliga a "tomar una decisión", a hacer una opción. ¿Pero nos concede el evangelio margen para interpretar, a nuestro gusto y conveniencia, esa palabra tan solemne como es la de la pobreza? Sancte Óscar Romero, ora pro nobis!

Voy a concluir este comentario al Jesús de Ratzinger refiriéndome, ya muy ligeramente, a las disputas teológicas en que se embarca el autor. Disputar, debatir, altercar, contender, discutir, son formas de ejercer los oficios retóricos, como son los de los abogados, filósofos y teólogos. En general, el debate de opiniones está presente en todo arte y ciencia. También debaten los médicos, sobre el mejor tratamiento del enfermo, o los ingenieros, sobre la mejor construcción de un puente.

Por eso mismo, también en este libro de Ratzinger hay debate (por ejemplo, como era de esperar, con Bultmann). Sin embargo, he querido ver una gran distancia con el desarrollo de los debates en su juvenil Introducción al cristianismo. En este último libro, originado en unas conferencias universitarias en Tubinga, Ratzinger dialoga con los intelectuales de su tiempo. Pero en el que comentamos, Ratzinger ataca e impugna. Creo intuir que en esta diferencia de estilo (tan sólo es una impresión apresurada) asoma la senescencia del pensamiento del autor. Por eso creo, y ésta puede ser una conclusión razonable, que esta tardía obra del teólogo Ratzinger, no añade nada, como tantas veces ocurre en muchísimos creadores y pensadores, a sus brillantes obras juveniles. Volvamos, si queremos, a su Introducción al cristianismo.

Actualización: Las "paradojas" del libro del Papa.

"... Paradójicamente, mientras él mismo nos dice que este libro no es un documento del magisterio papal, sino el fruto de su personal compromiso teológico, tenemos la clara impresión de que leyendo estas páginas contamos con una clave preciosa para comprender mejor muchos aspectos de su pontificado: sus homilías, sus catequesis de los miércoles, el estilo de su gobierno y del orden de su vida, en cierto sentido también las prioridades y diversas elecciones de su gobierno. Sabemos mejor quién es el Papa, qué es verdaderamente esencial para él, y por lo tanto qué nos quiere decir a todos los creyentes en Jesucristo, a los hombres y a las mujeres de hoy. Le estamos profundamente agradecidos."

P. Federico Lombardi [vía: Zenith]

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02 septiembre 2008

Derecho y sentido común


Otra anécdota de facultad, de hace veintipico años. Uno de nuestros viejos maestros (que aún vive), amigo de contar chascarrillos finos para hacer más saladas las lúgubres lecciones, nos contó un día una anécdota del Rector Ramón Carande... Explicaba un día la moneda y el crédito. Un alumno levantó la mano: "Don Ramón, ¿por qué el Banco de España no imprime más billetes, para repartirlos entre todos, y así acababa con la pobreza? Y el profesor Carande, repuesto de la sorpresa, le contesto: "Hijo mío, que Dios le conserve la inocencia...". Y así este viejo maestro, discípulo de Carande, nos inculcaba la importancia para un jurista de obedecer sobre todo, antes que a las leyes, sentencias y doctrinas, al sentido común.

Ese juez que aparece en una de las inmortales planchas de Daumier, resume para mi la actitud contraria al buen sentido: la insensatez de los juristas. El juez, repantingado en su sillón, a la vista del ladrón atado de pies y manos, que acaba de excusarse porque no tenía qué
comer, le está contestando: "Tenías hambre... tenías hambre... Ésa no es una razón. Yo también tengo hambre todos los días, y no por eso robo".

Un gran profesor de derecho, Álvaro d'Ors, enseñaba: "Para un jurista, basta el sentido común. El sentido común es la verdadera filosofía de los juristas. Y el sentido común no se determina por estadísticas plebiscitarias, sino por una simplicidad de la razón individual de cada uno: no es el sentir de las multitudes, sino el de cada hombre no-demente con el que nos podemos encarar...".

Estaba yo tentado a hacer eso que llaman "crónica de tribunales", al hilo de las insensateces de las que nos informan las primeras planas de los periódicos. Pero entre el miedo reverencial, y el comprender que no tienen mucho recorrido las ocurrencias de vuelo gallináceo de nuestras altas magistraturas, he preferido dar esta modesta lección sobre un principio áureo de la práctica forense: tener la cabeza sobre los hombros. Porque no son justas las leyes y las sentencias que contravienen el sentido común, esto es lo que puede entender la gente de la calle mediante su sentido primario de lo que es recto y justo, por mucho que se apoyen esas leyes y esas sentencias, como decía el jurista d'Ors, en las "estadísticas plebiscitarias".

(¡Shsssssssss...!).

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09 julio 2008

Adriano del Valle en Roma

Esta mañana, paseante en corte, me he acercado a los jardines de Cristina para fotografiar, en un entorno tan romántico, el busto de Adriano del Valle, que su ciudad natal le dedicó como homenaje en su centenario (1995). En su noble cabeza resplandece el aire de Roma andaluza, porque era hijo de la Bética y de madre italiana. Itálico de nombre -Adriano- se hizo pintar con guisa de emperador romano por Daniel Vázquez Díaz (1942). Tan singular, que es el retrato que ilustra algunos libros recientes sobre el autor.

Alfaraz nos ha confirmado de buena fuente que aquella fotografía del trío de poetas (Adriano del Valle, Villallón, Cernuda) está tomada como pensábamos en la plaza de la Magdalena, en Sevilla. Su comentario nos invita a acercarnos a uno de los libros de Adriano del Valle más celebrados, Arpa fiel (Madrid, 1941), donde incluyó sus elegías en la muerte de Fernando Villalón (1930) y de Federico García Lorca (1936).

Leemos en la cronología del poeta que, en julio de 1937, el diario "F.E." de Sevilla nombró a Adriano del Valle enviado de prensa a Italia, viaje que hizo por mar, acompañado entre otros por Miguel Fleta, Giménez Caballero y Manuel Díez Crespo. La más bella estela de esta singladura son una serie de sonetos italianos, del que escogemos el dedicado a Roma:

A ROMA

Todos los acueductos van a Roma
llevando agua caudal a sus fontanas,
entre tumbas gentiles y cristianas,
catacumbas, cipreses y carcoma.

Al campo y al jardín, el aire toma
su longitud del olor, y a las campanas
de las torres más altas y lejanas,
les va midiendo el eco una paloma.

Casi jirafa, el obelisco abreva
agua feliz que el surtidor eleva
con crines de hipocampos artesianos.

¡Fontanas pías, sixtinas o paulinas,
pontificando al sol en las colinas
con su esplendor de mármoles romanos!

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08 julio 2008

Un poeta sevillano

Decir poeta sevillano es un pleonasmo; porque no sé qué tendrá Sevilla que tantos poetas ha alumbrado. En la foto se asoman tres: de izquierda a derecha, Adriano del Valle, Fernando Villalón, y Luís Cernuda, en Sevilla, el año 1927 (¿en la antigua plaza del Pacífico?). No han tenido la misma posteridad, porque nuestra estrecha memoria no da para albergar el recuerdo de todos. Pero la obra de un poeta, de cualquier poeta, tiene una dignidad angélica que trasciende el tiempo y el espacio.

A instigación de un lector del blog, vamos a recordar al que parece más olvidado de los tres, Adriano del Valle (1895-1957). Con ocasión de su centenario, diversas instituciones editaron (bajo la presidencia de Pedro Laín Entralgo) un catálogo representativo de su obra poética, literaria y plástica, con un buen número de ilustraciones, y el homenaje y testimonio de multitud de amigos. Ese catálogo debe ser hoy una rareza bibliográfica (soy afortunado poseedor de un ejemplar). De ahí tomo hoy un soneto dedicado a un amigo suyo:

ORACIÓN PARA LOS ÁNGELES
DE EUGENIO D'ORS

Él era en su vivir, lujo del mundo,
ciudadano de Delfos. Grecia y Roma
le brindan el honor de las columnas
enhiestas, y los mármoles miliares

para grabar su propio pensamiento.
Numen celeste y, sin embargo, humano,
de Sócrates que embarca con Ulises
desde Las Ramblas, cotidianamente,

camino del Olimpo o de su Ermita.
El mar nativo imita en su oleaje
el otro mar ilustre del glosario

y, espejo de papel para las Musas,
en él, con su minerva, así nos dijo:
-En el nombre de Dios y de los ángeles...
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02 julio 2008

All great apes are equal, but...


"Exigimos que la comunidad de los iguales
[the community of equals] se haga extensiva a todos los grandes simios: los seres humanos, los chimpancés, los gorilas y los orangutanes. La "comunidad de los iguales" es una comunidad moral [moral community] dentro de la cual aceptamos que determinados principios o derechos morales fundamentales [certain basic moral principles or rights], que se puedan hacer valer ante la ley, rijan nuestras relaciones mutuas." (Declaración de los grandes simios, 1993).

El Congreso de los Diputados ha instado al Gobierno para que se adhiera al "Proyecto Gran Simio". Podría ahora engolfarme en argumentar que se trata de un acuerdo contrario de plano a la Constitución (léase su artículo 10, párrafo segundo). Pero veamos la cosa desde otro punto de vista, el punto de vista moral, que la propia Declaración de los grandes simios adopta en su pomposo preámbulo.

Los simios, ¿tienen capacidad moral? El hombre sí, porque puede obrar bien o mal, arrepentirse u obcecarse... Pero los restantes simios no: actúan gobernados por los instintos. No formamos, entonces, los hombres y los restantes simios una "comunidad moral", ni nos pueden gobernar unos mismos principios morales básicos [basic moral principles], que son propios de los sujetos morales, los hombres.

Los simios, ¿somos una comunidad de iguales? En absoluto. Acepto que todos los "simios" seamos semejantes, porque tenemos cierto parentesco genético; pero iguales sólo lo somos los hombres entre nosotros, porque somos de un mismo linaje y una misma raza. Los hombres no somos iguales que los restantes simios (¿es necesario desgañitarse para que se reconozca esta evidencia?). Los hombres y otros simios sencillamente no formamos una "comunidad de iguales" [community of equals].

Pero entonces los simios, todos los grandes simios, incluídos los hombres, somos semejantes, ¿no es así? Sí, en cierto modo, porque todos los "grandes simios" [great apes], aceptando que los hombres podamos ser calificados de "simios", somos animales genéticamente muy próximos. Pero las cosas que son semejantes, son en la misma medida desemejantes (como saben bien los filósofos desde antiguo). Es un principio elemental. Yo soy semejante a una bicicleta, porque los dos somos cuerpos físicos. Pero no por eso la bicicleta y yo formamos una comunidad de semejantes, y menos aún, de iguales. ¡Qué manera de corromper las santas palabras de igualdad, moralidad y comunidad!

Pero indaguemos en la semejanza: genética, y de conducta. ¿Qué es lo propio del simio humano? Yo diría que la violencia; eso se ve muy bien al comienzo de la película 2001 de Kubrick. El hombre se conduce violentamente con todo: con sus iguales, los hombres, con sus semejantes los otros simios, y con la naturaleza entera. Pero de entre todos los animales, sólo el hombre tiene esa virtud de revolverse contra su propia condición. Ningún animal se revuelve contra su propia especie, comprometiendo su supervivencia, mas que el hombre. Y así nos encontramos con que la asimilación de este simio violento con los restantes simios, conduce a naturalizar la conducta agresiva y destructiva del medio natural.

En la Biblia se lee: Et creavit Deus hominem ad imaginem suam (Gn 1,27). Y San Pablo: Ipsius enim et genus sumus (Act 17,28). Nunca ningún simio que no sea el hombre, será capaz de hacer esta confesión: "somos semejantes a los otros simios, porque somos animales, y somos semejantes a nuestro Creador, Dios, porque somos criaturas suyas". Nuestra semejanza con los simios no agota nuestra condición, pero contemplándonos en el espejo de nuestros primos, los simios, y no en el espejo de nuestro Padre, Dios, estamos viendo únicamente nuestra peor cara, la de simios violentos. Podemos aspirar a ser mejores y preferimos ser peores.

[José Ignacio Munilla: De la evolución a la involución: volvemos al mono]

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16 junio 2008

La educación de Jesús

"Aquella naturaleza, a la vez risueña y grandiosa, constituyó toda la educación de Jesús. Sin duda aprendió a leer y escribir (Jn 8,6) según el método de Oriente, que consiste en poner en la manos del niño un libro cuyas palabras repite a coro con sus pequeños camaradas, hasta que lo aprende de memoria. Es dudoso, sin embargo, que comprendiese bien los escritos hebreos en su lengua original. Los biógrafos se los hacen mencionar según traducciones en lengua aramea (Mt 27,46; Mc 12,34); sus principios de exégesis, en la medida en que podemos imaginarlos por sus discípulos, recuerdan mucho a los que entonces eran corrientes y que constituyen el espíritu de los Targummin y de los Midraschim. El maestro de escuela en las pequeñas ciudades judías era el hazzan o lector de las sinagogas. Jesús frecuentó poco las escuelas más relevantes de los escribas o soferim (posiblemente no existían en Nazareth) [...] No es probable que Jesús haya sabido griego. Esta lengua estaba poco extendida en Judea fuera de las clases que participaban en el gobierno y de las ciudades habitadas por los paganos, como Cesárea. El idioma propio de Jesús era el dialecto siríaco con mezcla de hebreo que entonces se hablaba en Palestina. Con mayor razón careció de conocimiento alguno de cultura griega [...] Los profetas, en especial Isaías y su continuador de la época del cautiverio, con sus brillantes sueños de porvenir, su impetuosa elocuencia, sus invectivas mezcladas de cuadros encantadores, fueron sus verdaderos maestros [...] El Libro de Daniel, en especial, le sorprendió (Mt 24,15; Mc 13,14).

Ernest Renan, Vida de Jesús (1863)

De manera providencial, no se nos han conservado las palabras de Jesús en su propia lengua, de forma que todas las lenguas de la tierra pueden recibir y hacer suyas sus enseñanzas, sin sentirlas extrañas. La lengua griega, en que se nos han transmitido los Evangelios, no fue la lengua en que Jesús predicó. Sólo unas parvas palabras y expresiones de su idioma nativo, el arameo, se conservan esmaltando el texto evangélico (como Abba, Padre: Mc 14,36). No adoramos una traducción, sino una Palabra.

(Trad. de E. Renan, de Agustín G. Tirado).

13 junio 2008

Un becerro cebado

En mi anterior post [Sicut cervus ad fontes], anuncié que señalaría la fuente donde yo afirmaba haber leído que Nácar y Colunga habrían traducido la Biblia del latín, o cuando menos lo habrían adoptado como lengua preferente para preparar su versión. Ha llegado el momento. El comentario girará nada menos que en torno a la parábola del hijo pródigo, y más en concreto sobre los versículos Lc 15,23.27.30 donde se lee por tres veces "un becerro cebado" [Nácar-Colunga], vitulum saginatum [Vulgata].

En la portada de la Nácar-Colunga se lee: Versión directa de las lenguas originales, hebrea y griega, al castellano. Pasando por alto como objeción de poca monta que las lenguas originales no son dos, sino tres, si se cuenta el arameo... aceptaremos en principio y de buena fe que Nácar y Colunga tradujeron del hebreo y del griego.

Nada más abrir esta Biblia Nácar-Colunga, dos detalles nos llaman la atención. El primero, que nada digan los autores de las fuentes textuales de las que se sirvieron para traducir. El segundo, que estos dos beneméritos escrituristas hubiesen absorbido sin ayuda de más nadie la tarea inmensa de traducir la Biblia desde el principio hasta el final.

Hoy estamos acostumbrados a que cualquier traducción bíblica sea obra de amplios equipos de traductores. Sin ir más lejos, es el caso de la edición de La Casa de la Biblia, dirigida por Santiago Guijarro y Miguel Salvador, en cuyo elenco de traductores encontramos a Juan Guillén y Gonzalo Flor (este último, antiguo colaborador de Luís Alonso Schökel, en la actualidad profesor en el Seminario de Sevilla, traduce los Salmos y el Cantar). Por ese motivo nos maravilla, y hasta nos intriga, de qué modo cargarían con la tarea los dos solos, los profesores Nácar y Colunga. Pero no queramos pedir que un libro editado en 1944 se acomode ahora a nuestros gustos bibliológicos.

Averiguar qué procedimientos científicos, traductológicos, siguieron Nácar y Colunga, a lo peor no tiene ningún interés, más que como recreación curiosa o incluso ejercitación en cuestiones bizantinas. Se me viene ahora a la cabeza ese famoso primo humanista, que respondía a las preguntas ingenuas de Sancho Panza, como aquella de "quién fue el primero que se rascó en la cabeza" (Quijote, II, 22). Sigamos por el contrario la advertencia prudente de don Quijote: Hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que después de sabidas y averiguadas no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.

Podemos felicitarnos de que ahora la BAC se anime a imprimir en facsímil la primera edición de la Biblia Nácar-Colunga, porque nadie duda de que en su momento, y aún hoy, fue una versión fiel y confiable de los textos sagrados, expresada en un castellano cabal, sobrio y solemne. Sin embargo, nos parecería un error que se pretendiese que esta versión regrese para competir con otras versiones castellanas modernas (la de Schökel, la de la Casa de la Biblia, la de Jerusalén, la de la Universidad de Navarra...) cuando ya no hay manera de aquilatar los méritos de su traducción.

Yo leí por primera vez la Biblia en la Nácar-Colunga que andaba por casa, y luego me hice con una edición manual para mi uso, que aún conservo con la fecha de compra, según la costumbre de los escolares, escrita a bolígrafo junto a mi nombre en la portada: 23 de enero del 80. Todavía la consulto en ocasiones, para comparar su traducción con las otras que poseo, y la tengo en sincero aprecio.

Cierto día inesperadamente me topé con un texto, serio, que me puso en guardia sobre el auténtico valor de la Nácar-Colunga. Se trata de un comentario de pasada, pero que pone en cuestión aquella afirmación de que se trate, como hemos leído antes, de una versión directa de las lengua originales. El autor del texto es Valentín García Yebra, catedrático de griego, traductor premiado de Aristóteles, académico de la Lengua, y que en su ancianidad sigue recibiendo homenajes, como el último Premio Castilla y León de Humanidades 2007. La Nácar-Colunga aparece discutida en un pasaje de su conferencia "La traducción del latín como problema". El título es bien revelador, porque se trata de argumentar si Nácar y Colunga tradujeron de las lenguas originales, o bien del latín.

Todo lector que haya leído, o tan siquiera saludado, la Guerra de las Galias, no desconoce que uno de los problemas del latín, para afrontar su traducción, es que carece de artículos. Será la situación y contexto los que aconsejen si una determinada locución ha de interpretarse como determinada o indeterminada.

Y así llegamos al texto anunciado de la parábola del hijo pródigo, que García Yebra emplea para ilustrar sus tesis. En la Nácar-Colunga se lee que el padre, para festejar la vuelta de su hijo más joven, mandó matar un becerro cebado. Con un poco de novelería, García Yebra nos cuenta que se entretuvo en comparar esta versión con las de otras lenguas modernas, en que la traducción unánime es el ternero cebado (no un ternero, sino el ternero, porque en aquella casa el padre sólo poseía uno). La indagación termina con la lectura directa del texto original griego, en que la determinación por artículo es inequívoca. Y concluye:

¿De dónde habían sacado, entonces, Nácar-Colunga su versión contraria? Ésta sólo puede explicarse por distracción de los traductores, o -lo que es más probable- por influjo de la versión latina de la Vulgata: "et adducite vitulum saginatum, et occidete... occidit pater tuus vitulum saginatum... occidit vitulum saginatum". Si el Evangelio según Lucas se hubiera escrito originalmente en latín, la versión de Nácar-Colunga estaría tan justificada lingüísticamente como las otras, y estéticamente daría a la parábola más realce. La falta de artículo en latín produciría una ambigüedad insoluble. Y la mayoría de los traductores se inclinarían probablemente -por razones estéticas y afectivas- a la solución contraria al pensamiento del autor. ¿Cuántas veces la carencia de artículos ocasionará este mismo extravío en la comprensión de textos latinos?

Valentín García Yebra: "La traducción del latín como problema". Conferencia pronunciada en uno de los cursos de verano ofrecidos por la Universidad de Alcalá de Henares en Sigüenza. Publicada en Helikon. Rivista di tradizione e cultura classica dell'Università di Messina, Anni XXXI-XXXII, 1991-1992, págs. 489-507. Y en el libro del mismo autor La traducción: historia y teoría (Madrid, Editorial Gredos, 1994), págs. 322-344.

Actualización del sábado, 14 de junio.- Isaac defiende en su blog la eclesialidad de la traducción de Nácar y Colunga: un becerro bien cebado.

Y el domingo, 15 de junio, Isaac recurre al pasaje de Lc 2,15:
Eudokia. Las versiones fieles a la Vulgata traducen "paz a los hombres de buena voluntad".
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09 junio 2008

Sicut cervus ad fontes

En su blog del portal Religión en Libertad, Fides et Ratio, Isaac se ha hecho eco del nuevo proyecto de la Biblioteca de Autores Cristianos de recuperar las grandes obras que constituyen su fondo agotado. Es una magnífica noticia, aunque la intención de iniciar el proyecto con la reproducción facsímil de la primera edición (1944) de la Biblia de Eloíno Nácar Fuster y Alberto Colunga O.P. (la "Nácar-Colunga" que rueda en muchas casas) nos ha provocado ciertas reticencias. Es comprensible que por ese afecto a las cosas que nos hace atribuirles valor sentimental, haya quien quiera atesorar en su casa uno de estos ejemplares facsimilares (seremos los primeros). Pero sería una regresión pretender vender la Nácar-Colunga como una suerte de "Vulgata hispánica", rango de autoridad de la que carece manifiestamente. No se olvide que esa primera edición de 1944 ya fue objeto de sucesivas revisiones de Maximiliano García Cordero O.P., cuyo alcance puede presumirse con lo que comentaremos a continuación.

En alguna lectura sobre teoría de la traducción (o traductología, si se prefiere), he leído una valoración crítica en passant, si no de la Nácar-Colunga íntegra, sí de un pasaje significativo, que me ha hecho reflexionar sobre el auténtico mérito de esta traducción. Es norma de probidad intelectual no hablar por boca de ganso, y justificar las afirmaciones que se hacen. De momento voy a reservarme la fuente, para crear algo de intriga, y pospondré su referencia al próximo post. En éste comentaré, a modo de ambientación, alguna curiosidad de traducción bíblica, advirtiendo antes de nada que uno no es biblista ni escriturista, sino que tan sólo deposita su confianza en autores dignos de crédito.

El lema de la BAC, Sicut cervus ad fontes, como es sabido se tomó acertadísimamente de la traducción latina del salmo 42. Cervus, que no cerva, esto es, ciervo macho; del que Colunga y Turrado, en su edición de la Biblia Sacra iuxta Vulgatam Clementinam, dicen: inter animalia munda recensetur; saepe in comparationibus ob eius gracilitatem et pulchram formam. Retengamos: "como el ciervo".

Si ahora nos dirigimos a cualquier traducción moderna de los salmos, nos encontraremos sin embargo con la sorpresa de que es unánime la traducción "cierva". Esa lección se encuentra incluso en las ediciones de la Nácar-Colunga revisadas por Maximiliano García Cordero O.P. desde 1965. El género femenino de esta cierva está avalado por el texto original hebreo, si nos guiamos, como fuente de autoridad, por el comentario a los salmos de Luís Alonso Schökel. Un cotejo con otras lenguas modernas refrenda absolutamente la traducción "cierva"; por ejemplo, el texto italiano: Come la cerva anela ai corsi d'acqua...

La explicación de esta divergencia entre el texto latino (sicut cervus...) y las lenguas modernas es fácil de encontrar, consultando la Vulgata (también editada por la BAC). En las ediciones de la Vulgata posteriores a 1945, los salmos se presentan en dos columnas: a la izquierda, el texto clementino de 1502; y a la derecha, y en cursiva, la nueva traducción latina del Pontificio Instituto Bíblico, aprobada por el Motu proprio "In cotidianis precibus" de 24 de marzo de 1945, de Pío XII, con la que se pretendió una versión latina más bella y legible del psalterio. Pues bien, donde el texto clementino del salmo 42 reza sicut cervus, la versión del Instituto Bíblico dice sicut cerva; revisión forzada con seguridad por una mayor fidelidad a la lengua original.

Por estas circunstancias, fáciles de comprobar incluso para profanos como nosotros, se da la tamaña curiosidad de que la casa editorial BAC, fundada (no lo olvidemos) en 1944, adoptó un lema (sicut cervus ad fontes) tomado de un texto que iba a ser corregido tan sólo un año después, cuando Pío XII aprueba la nueva versión latina de los salmos. Y así nos encontramos con que el lema de la casa es "clementino" y casi "premoderno". Si, como hemos leído, hay que refundar la BAC del siglo XXI, ¿no habría de reformularse su lema: sicut cerva ad fontes?

Finalmente, aún nos aguarda comprobar cómo tradujeron Nácar y Colunga esta línea del salmo 42, en la primera edición de su versión de la Biblia, de 1944, en que el único texto latino aprobado era el de la Clementina. El cotejo que nos facilitará la próxima reimpresión facsímil, podrá confirmar o no algunas de nuestras reticencias.

Actualización del martes, 10/06/2008.- Isaac ha argumentado en su blog [¿"cervus" o "cerva"?], que el original hebreo refrendaría la traducción de género macho.

Actualización del viernes, 13/06/2008.- Por su parte, Terzio, en su blog
Ex Orbe nos ha explicado que la traducción en femenino se impone por la versión griega de los LXX, de donde puede inferirse el estado más primitivo del texto hebreo.

En el próximo post sobre la Nácar-Colunga haré referencia a la traducción de un pasaje del Evangelio, guiado de la mano de otra autoridad.

06 junio 2008

Minima non curat praetor

Nos decía un viejo catedrático de la Facultad, Don Manuel Olivencia, que el año de nuestra licenciatura no lo olvidaríamos nunca. Y tenía razón, porque para otras efemérides tengo en ocasiones que hacer esfuerzo de memoria, pero nunca se me olvida que egresé de la Universidad el año 1987. Conforme avanzan los años, son más recurrentes los recuerdos de mis años homéricos, que me vienen como un flash, en muchos momentos. Y es curioso que la memoria no tenga preferencia por las clases magistrales, ni por las infinitas horas de estudio en bibliotecas o pasillos, sino que se agarra a la anécdota, el chascarrillo o el ejemplo ilustrativo de una clase perdida, de la que ya no sabría decir de qué se trataba principalmente.

En uno de estos flashes, se me ha ocurrido compartir con los lectores del blog esos instantes llenos de gracia de hace ya lo menos veinte años. Aunque me retiene que las anécdotas en un áula de derecho no son especialmente chistosas para todo el mundo; vamos, que son muy sosas...

Como jurista de corazón, no puede dolerme más el escenario de una sociedad criminalizada, en que las notas de tribunales han trascendido a la primera plana de los periódicos. Hoy muchos trabajadores (maestros, sanitarios, vigilantes o lo que sea) están expuestos a que los denuncien los ciudadanos cabreados por cualquier traspiés que cometan en su trabajo, profesión u oficio. Se me dirá que hay que proteger los intereses del ciudadano, pero, a menos que alcancemos el equilibrio en el reparto de los riesgos, nos encontraremos con una sociedad timorata y paralizada, que no mueve un dedo sin tener todos los cabos atados. Por eso sostengo la hipótesis (que dejo aquí apuntada, si quiere alguien mirarlo) que la sobreexposición de los profesionales a las quejas y reclamaciones de los usuarios, bloquea, ralentiza y merma la eficacia de las organizaciones.

Bueno, pues recuerdo que en una clase de derecho internacional público, el profesor de prácticas nos explicaba que los diplomáticos deben extremar la prudencia en su conducta y movimientos en suelo extranjero. Y nos razonaba que para cualquier persona de la calle es muy fácil cometer al cabo del día un buen número de infracciones leves e intrascendentes; pero lo que no tiene importancia en una persona corriente, puede tenerla en un diplomático, que se ve expuesto a la censura en cualquier momento, aunque sea por saltarse un semáforo en rojo.

Este comentario me ha hecho reflexionar muchas veces, porque los profanos piensan que el derecho está concebido principalmente para castigar y reprimir todas las faltas que se cometen. Pero esto es un despropósito. Desde los tiempos de los maestros del derecho, los juristas romanos, circula la regla: minima non curat praetor, que
L'Ape latina traduce como que il giudice non cura le minime cose, y en castellano libre puede expresarse diciendo que las autoridades no están pendientes de las cosas sin importancia. Cada uno reflexione en qué mundo kafkiano viviríamos si todos y cada uno de nuestros actos irregulares no escapase del castigo.

02 junio 2008

Abandonos

La noticia en El Comercio Digital explica escuetamente que "una vecina de Siero, M. Q. N., de 71 años de edad, fue abandonada anteayer por su hija a la puerta de la residencia de ancianos Nuestra Señora de Covadonga de Pola de Siero. Según aseguraron testigos presenciales, los hechos se produjeron hacia las 20.30 horas, cuando una mujer condujo a la septuagenaria hasta la entrada del edificio, y sin mediar palabra, emprendió la huida corriendo hacia un vehículo que la esperaba en el exterior de la residencia. En ese momento, se encontraban dos personas en el recibidor del geriátrico, que salieron a toda prisa para intentar alcanzar a la hija, pero sus intentos fueron ya en vano. Tan sólo lograron ver que el vehículo iba conducido por un hombre." No me sorprende, ya. Es parte del paisaje moral de nuestro país. Lo que me ha llamado la atención del relato, es que el abandono sigue la misma técnica que con los perros, dejándolos sueltos en el campo, o en medio de la calle.

17 mayo 2008

George Orwell

George Orwell me parece el escritor inglés más relevante del siglo pasado. No sólo por sus ideas, muy próximas a un socialismo utópico, sino también por su clara y sobria prosa aticista. Comentar el valor de la prosa no me parece que huelgue, porque las palabras son el reflejo del pensamiento, y las cualidades formales de una escritura nos informan inmediatamente del valor ideológico de un autor. En el caso de Orwell, su forma de escribir congenia con su visión austera, casi ascética, de la vida. Con eso también digo que, por encima de sus novelas más populares (Rebelión en la granja, y 1984), hay que acudir sobre todo a sus series periodísticas y ensayos, para conocer de primera mano sus ideas. Alguien podrá advertirme lo arriesgado de afirmar la preeminencia de éste, o de cualquier otro autor, cuando en materias artísticas y poéticas el consenso es imposible y depende mucho de los gustos y aficiones. Sin embargo creo que hay una manera objetiva de medir la importancia de un autor, que es en su recepción social: un autor es destacado si se le lee mucho, y ha dicho algo sobre su tiempo a sus contemporáneos. Obsérvese, en el caso español, que Azorín pierde enteros frente a Pérez Galdós o Baroja, y en poesía el casticismo lorquiano es superado por el ideologismo de Cernuda (que no es casualidad que fuese influído por los poetas ingleses). En estos casos descubro que el público lector culto debe estar valorando la actitud ética sobre el formalismo estetizante. En el caso de Orwell, ampliamente leído por los jóvenes de toda Europa, no es difícil descubrir que ha indagado sobre las condiciones de vida de las masas de nuestro tiempo, y ha reflexionado sobre la materia humana que tuvo en cada momento más cercana, en las experiencias límite: la pobreza y la guerra. Los lectores españoles no tenemos disculpa para no leer su obra maestra, Homage to Catalonia.

14 mayo 2008

Cumpleaños

EN MI CUADRAGESIMOSEXTO CUMPLEAÑOS

Ahora, que ya por fin gané la cumbre,
a mis ojos la niebla cubre el valle
y no distingo a dónde va la calle
de mi descenso. Con la pesadumbre
de los agüeros vuelvo hacia la lumbre
que mengua la mirada. Que se acalle
te pido esta mi ansión y que tu dalle
siegue al cabo, Señor, toda mi herrumbre.
Cuando puesto ya el sol contra mi frente
me amarguen de la noche las tinieblas,
Tú, Señor de mis años, que clemente
mis esperanzas con recuerdos pueblas,
confórtame al bajar de la pendiente;
de las nieblas salí, vuelvo a las nieblas.

Miguel de Unamuno

24 abril 2008

José Saramago y la muerte

Esta mañana, leyendo la edición electrónica de El País, me entero de que José Saramago ha convalecido de una grave enfermedad, que lo había llevado al borde de la muerte. Demuestra poseer una gran fortaleza y vitalidad, a la altura de sus 85 años.

Lo que piensan los viejos de la muerte, que los jóvenes apenas concebimos, siempre es interesante. Es como un anuncio de lo que nos ha de venir. Y lo que pueda contar Saramago aún más, pues no es creyente. Sus palabras en una entrevista con
Juan Cruz apenas necesitan comentarios. Tan sólo quisiéramos entrever en alguna de sus insinuaciones lo que quizá no se haya atrevido a decir... ¿por pudor? ... y es el destino que nos aguarda "al otro lado", cuando todo acabe:

"… en mis horas de soledad, que en el fondo eran casi todas... admití como algo bastante natural que no saliera de aquello. O, peor, que saliera para irme al otro lado... Ahora bien, lo que para mí ha sido sorprendente ha sido la serenidad, la tranquilidad con que acepté sin miedo y sin angustias la hipótesis de no sobrevivir a la enfermedad. Y esa serenidad y esa tranquilidad no es que me haya reconciliado con la idea de la muerte, porque uno no ha de reconciliarse con la idea de la muerte, pero me ha ayudado a contemplar ese hecho como algo natural. Y además, ineluctable, no podía hacer nada contra ella. Puedes armarte de la fuerza que encuentras en ti para no ceder al pánico, al miedo, a la angustia de un posible final, y que además lo estés viviendo... Todo eso lo he vivido, pero como estoy bien ahora, no lo recuerdo como una situación que he pasado sino como una pesadilla. Y lo único que tenía que hacer era despertar de esa pesadilla. Me desperté… Yo me sentí en un estado de casi anestesia total. Es decir, lo vivía no con indiferencia, en absoluto, al contrario, pero podría incluso decirte que lo he vivido sin emociones. No recuerdo haber cedido al peso de cualquier sentimiento, de miedo, o de pena. No. Yo me examinaba a mí mismo con una frialdad casi científica…"

19 marzo 2008

Mi derecho a la pereza

El estrés me fuerza a liberarme de algunos compromisos, como este mismo de bloguear, y dedicarme sólo a los deberes y devociones más apremiantes. Por una temporada, de extensión incierta, no publicaré otro post nuevo. Mi apagón bloguero incluirá, de propósito, no visitar otros blogs ni, por fuerza, comentar en ninguno. Aunque sí leeré furtivamente vuestros comentarios, que me llegan por correo electrónico. Pero volveré pronto, espero que renovado. En estos últimos meses (¡sólo unos meses!) he aprendido mucho de vosotros. A algunos os deseo que abandonéis ya las lecturas ñoñas, y que os atreváis a saber... (¿Pero quién diría eso?). Por ejemplo, que leáis el librito de Paul Lafargue, yerno de Marx, El derecho a la pereza (1880):

"Si la clase obrera, tras arrancar de su corazón el vicio que la domina y que envilece su naturaleza, se levantara con toda su fuerza, no para reclamar los Derechos del Hombre (que no son más que los derechos de la explotación capitalista), no para reclamar el Derecho al Trabajo (que no es más que el derecho a la miseria), sino para forjar una ley de bronce que prohibiera a todos los hombres trabajar más de tres horas por día, la Tierra, la vieja Tierra, estremecida de alegría, sentiría brincar en ella un nuevo universo... ¿Pero cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista que tome una resolución viril?"

Hasta muy pronto.

18 marzo 2008

Dice el insensato...

Piensa el necio: No hay Dios (Salmo 14).

¿Son necios los ateos honrados? Parece una manera muy ruda de referirse a la actitud de la gente que no cree. En un comentario pasado recordábamos, sin embargo, a propósito de
Stephen Hawking, que los científicos increyentes e infatuados también emplean términos despectivos para referirse a los creyentes. Sigmund Freud definía la religión en términos desoladores: tan sólo una ilusión. ¿Por qué tan seguro?

Pretender resolver quién lleva la razón no nos llevaría a ningún sitio. La fe y el ateísmo están amalgamados de actitudes mentales y emocionales, lo que impide llegar a convenir ningún término medio de estricta razón. Porque se sitúa a la persona entera en estos debates, y no sólo a las ideas.

El profesor Javier Monserrat, en su reciente artículo
"La ciencia orienta sobre la cuestion de Dios", afirma: "La decisión filosófica ante el enigma metafísico último de lo real debe tener en cuenta la imagen científica del universo... La ciencia presenta un universo enigmático que deja abierta la posibilidad de argumentar la verosimilitud de las dos hipótesis: la hipótesis atea y la hipótesis teísta, con la posición agnóstica intermedia. Negar que ambas hipótesis sean viables (admitiendo una sola de ellas) nos coloca en el dogmatismo, fuera ya del espíritu crítico, ilustrado y tolerante de nuestra cultura."

Por mi parte añado que no veo posible una equivalencia de soluciones al "enigma cósmico". La hipótesis atea es dogmática de raíz (nada hay fuera del Universo), mientras que la creencia mantiene abierto el misterio, fuente de la reflexión metafísica. El ateísmo en fin es incapaz de responder a la gran pregunta: ¿Por qué hay algo en lugar de nada?

11 marzo 2008

Las memorias de Julián Marías

Estoy leyendo estos días las extensas memorias de Julián Marías, Una vida presente (1989), que acaba de reeditar en un sólo volumen Páginas de Espuma, con la colaboración de la "Asociación Española de Personalismo". Es un monumento de la cultura española, del que nos podemos sentir orgullosos: hay que leerlas.

Supera en valor a aquellas memorias intelectuales, típicas de la esfera anglosajona, como las de Russell, Popper o incluso Newman, en las que sólo se habla de ideas, discusiones y libros. En las memorias de Julián Marías leemos, sobre todo, el recuento emotivo de los encuentros personales. Marías no estaba tan interesado en explicar un sistema filosófico (el suyo, si lo tuvo), sino una vida, él mismo. Pero esto es muy propio de quienes profesaron el vitalismo, en la estela de Ortega y Gasset. Por eso se puede decir de estas memorias que son filosofía puesta en obra (una trayectoria vital) en las que el sujeto de la narración es la vida ejemplar. Se aprende mucho leyendo este libro, en el que es cierto que el lector siente muy viva la presencia de Julián Marías.

Y una última reflexión. Marías ha sido nuestro contemporáneo, muerto apenas hace un par de años, y le dio lugar a ser testigo de la quema de conventos del Madrid del año 31. Da que pensar que todavía la Segunda República y lo que siguió después, no haya pasado a los libros de historia, sino que sigue palpitando en la memoria presente.

Habla también de Julián Marías, Pseudopodo

23 febrero 2008

Criterio

Un amigo del blog, José Luís, el contra-revolucionario, me ha pedido opinión sobre algunos libros. Unos los conozco y otros no; alguno me parece importante y algún otro detestable... pero eso es lo de menos. Lo primero ha de ser que cada lector alcance, por sí mismo, un criterio de discernimiento de las buenas y las malas lecturas, antes de calibrar si tal o cual libro concreto es bueno o malo.

Nos dice Jaime Balmes que "Criterio es un medio para conocer la verdad. La verdad en las cosas es la realidad. La verdad en el entendimiento es conocer las cosas tales como son". Nuestro empeño debe ser distinguir, entre las opiniones corrientes y las ideologías interesadas, lo que sea la verdad.

La postmodernidad ha sido el reflujo de las ideologías fracasadas del siglo XX: el marxismo y el nihilismo. Doctrinas de masas que se colocan en el lugar de Dios, y tiranizan a los pueblos en lugar de liberarlos (algo de esto ha dicho Benedicto XVI, en su última encíclica). El pensamiento postmoderno es una papilla de ideas antihumanas, para los entendimientos que ya no son capaces de digerir la verdad: "Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de las cosas", dice Balmes.

Digno de investigar es la desmesurada influencia de las opiniones de Nietzsche, el falso profeta de la mentira. Y ahora que estoy repasando a Jaime Balmes, me encuentro con que una explicación convincente sea el elemento literario y retórico: las ideas falsas de Nietzsche seducen, porque seduce su forma literaria. Balmes (en el capítulo XIX del Criterio) lo explica como "ilusión causada por los pensamientos revestidos de imágenes".

Sobre el peligro de las imágenes brillantes y el estilo elaborado, dice Balmes: "Es indecible el efecto que este artificio produce; tal pensamiento, no más que superficial, pasa por profundo merced a su disfraz grave y filosófico; tal otro, que presentado desnudo fuera una vulgaridad, mostrándose con nobles atavíos oculta su origen plebeyo, y una proposición que enunciada con sequedad mostraría de bulto que es inexacta o falsa, o quizá un solemne despropósito, es contada entre las verdades que no consienten duda si anda cubierta con ingenioso velo. He dicho que los daños en este punto son de mucha trascendencia, porque suelen adolecer de semejante defecto los autores profundos y sentenciosos; y como quiera que sus palabras se escuchan con tanto respeto y acatamiento cuanto es más fuerte el tono de convicción con que se expresan, resulta que el lector incauto recibe como axioma inconcuso o máxima de eterna verdad lo que a veces no es más que un sueño del pensador o un lazo tendido adrede a la buena fe de los poco avisados."