Mostrando entradas con la etiqueta maj 04. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta maj 04. Mostrar todas las entradas

02 noviembre 2009

Tutte le strade portano a Roma


En la primera entrega de esta crónica libresca de mi viaje a Italia, nos quedamos presenciando el espectáculo dantesco de Benigni en la Arena de Verona. Ya adentrado en el Véneto, desde Padova me aproximé por ferrovia a las calles de Venezia, ciudad literaria, y libresca, por excelencia. Aquí van otros libros de mi periplo italiano:

Shaul Bassi, Alberto Toso Fei, Shakespeare in Venice. Exploring the city with Shylock and Othello. Photographs by Gabriele Gomiero [Editrice Elzeviro, Treviso, 2007]. Repaso de las trazas de la vida civil, mercantil y privada de la Serenissima en los dramas shakespearianos. "Rialto is the only place in Venice that Shakespeare mentions -and repeatedly- in his work. Rialto was the name of one of the earliest settlements on the islands that comprise the city (its name, from the Latin Rivus Altus, which later became Rivoalti, indicates an island whose high shores made it possible to build without being hindered by the tide) and it subsequently developed into the pulsating heart of Venetian trade and finance". Buen prontuario para recorrer el gueto de Venecia, donde tuvo origen esta palabra del dialecto véneto, ghetto, hoy universal.

Riccardo Roversi, Ferrara inter nos. Guida minima di Ferrara. Fotografie Dino Marsan [Este Edition, Ferrara, 2008]. Un buen "manuale amichevole e domestico che racconta la città e la provincia", por sólo 5 euros. Con gran esfuerzo de síntesis, contiene por ejemplo un prodigioso resumen de la vida y calvario de Savonarola, Girolamo fustigatore: "Studioso di teologia e filosofia, Girolamo Savonarola nacque a Ferrara nel 1452. Votatosi poco più che ventenne all'ordine dei frati domenicani, visse quasi ininterrottamente nel convento di San Marco a Firenze, dove predico con intransigenza un virtù religiosa e morale esasperata: atteggiamento dal quale ricavò consensi trascinanti ma al contempo numerosi nemici. Tanto che nel 1498, dopo averio giustiziato per impiccagione, il tribunale ne dispose il rogo pubblico del cadavere". Una apasionante biografía de Savonarola en castellano, se debe a José María de Lojendio OSB (primera ed. 1944, reed. 1960).


Alessandro Bencistà, Vocabolario del vernacolo fiorentino. Con gli esempi delle principali voci da Dante a Benigni [FirenzeLibri, Regello (Firenze), 2005]. Docto glosario de voces del vernacolo, atestiguado con autoridades (entre las que se cuentan los monólogos del cómico Roberto Benigni). Como muestra, la definición de una palabra común y corriente, addìo: "Loc. esclam. Voce di saluto piuttosto confidenziale usata al posto dell'arrivederci, prima del sopravvento del veneto ciao; è ancora oggi la forma più usata dalle persone anziane che non si sono adattate alla nuova parola".

Sandro Allegrini, Frammenti di lingua perugina. Un dizionario da leggere [Morlacchi Editore, Perugia, 2008]. Otra variante del piélago dialectal itálico, el perugino, hablado en en la comarca de Perugia, en la Umbría. El libro no es tanto un diccionario, sino un comentario simpático a las singularidades de este dialecto. Una muestra, de una página cualquiera: "Una delle scadenze domenicali in chiesa, frequentata un tempo più da donne che da uomini, era la predica, in dialetto prèddca. Il prette stupiva le persone semplici con termini sconosciuti, ma il buon senso popolare sospettava che il fine ultimo fosse l'elemosina. Tanto che esisteva il proverbio ogni prèddca fénisce ntól bósslo = "ogni predica finisce nel bossolo" (bósslo era il contenitore delle elemosine)".


Breviarium Urbis Romae antiquae viatorum in usum. Composuit Adrianus van Heck. Editio altera stereotypa. [Koninklijke Brill NV, Leiden, 2002]. La primera edición de este monumento literario es de 1977. Se compone de XXIV + 599 pp., bibliographia brevis, formae urbis, index rerum notabiliorum, forma urbis situm XIV regionum illustrans. El Breviarium es una extensa colección de textos clásicos latinos, hasta San Agustín y Prudencio, que se refieren a las cosas notables de la Roma antigua, ordenados según la división de la ciudad en catorce distritos, o regiones, atribuída a Augusto: I, Porta Capena; II, Caelimontium; III, Isis et Serapis; IV, Templum Pacis; V, Esquiliae; VI, Alta Semita; VII, Via Lata; VIII, Forum Romanum; IX, Circus Flaminius; X, Palatium; XI, Circus Maximus; XII, Piscina Publica; XIII, Aventinus; XIV, Transtiberium. Este repertorio, de gran valor literario e histórico, el lector podría acompañarlo con la guía Roma antica. I musei, i fori, le terme, le catacombe, le vie consolari, del Touring Club Italiano (Milano, 2006).


Irene de Guttry, Guida di Roma moderna. Architettura dal 1870 a oggi. [De Luca Editori d'Arte, Roma, 2006]. Esta guía, ya clásica, es actualización, hasta el año 2000, de las precedentes ediciones de los años 1978 y 1989. En 1870 (año en que se ocupan los Estados Pontificios), la ciudad de Roma tiene doscientos mil habitantes; en apenas un siglo ha sufrido una importante expansión. Los visitantes reconocerán en la guía monumentos tan notables de la época moderna, como Il Vittoriano (1885-1911), de Giuseppe Saconi; il Palazzo della Civiltà Italica per l'EUR (1937-1938), de Mario Romano; hasta proyectos recientes, como los nuovi spazi di accoglienza dei Musei Vaticani (1996-2000), del Studio Passarelli.



Imágenes: 1. Libreria Charta Venezia, Calle dei Fabbri, San Marco, Venezia. 2. Libreria del Porcellino, piazza del Mercato Nuovo, Firenze. 3. Panel indicador de la Libreria Edison, piazza della Repubblica, Firenze. 4. Libreria M.T. Cicerone, sottopassaggi Largo Chigi, Roma (en la fotografía, entrada de la Via del Corso).

10 octubre 2009

Siltolá

El jueves pasado hubo en Sevilla presentación de libros de poesía, la colección Siltolá de la Fundación Ecoem, que preside nuestro amigo Javier Sánchez Menéndez. La Biblioteca Pública Infanta Elena es un edificio anodino, y feo, pero con mucha iluminación natural, y se entra por un paseo de arbolitos del Parque, entre medio de una jungla de coches aparcados junto al pabellón de Chile y el Teatro Lope de Vega... Allí, al atardecer, a la brisa que corre en el paseo de las Delicias, a la orilla del brazo muerto del Guadalquivir, saludamos a Olga Bernad (que vino de Zaragoza), a Jesús Cotta, y a un buen número de amigos y colegas bitacoreros y de la cosa lírica...

Desde los días del bachillerato, en que leíamos al gran César Vallejo, o que pedíamos al profesor de inglés que nos recitase el haiku famoso de Ezra Pound, uno ya ha leído millares de poemas (a lo peor exagero), o los ha oído recitar a los poetas. También yo escribía versos cuando era doncel, aunque la vida me ha llevado por derroteros más secos y desabridos. Uno de mis maestros en derecho, el profesor Olivencia, nos advertía que nuestra Universidad lleva el título de Litteraria Hispalensis. Quiere decir que los letrados somos gentes de letras. Por eso admiro sin límites a quienes hacen de la palabra y el verso un oficio. Pero el muchacho que gustaba leer el romancero viejo acabó de especialista en derecho público: no soy poeta. Otro de mis maestros, Ángel López López, se metía con esos mustios abogados y profesores que van siempre con la prosa amojamada del Boletín Oficial del Estado bajo el brazo. "Aquí sólo hablamos de cosas elegantes", decía don Ángel López en sus clases de derecho civil. Si cada cosa engendra su semejante, no puede ser que el trato asiduo con los boes rompa en poesía.

Hace unos días recordaba con Javier aquellas noches poéticas inenarrables, con "copa de vino español", que se celebraban en la cochambre de la librería El Desván, de la sevillana calle Don Pedro Niño, en la parroquia de San Andrés. Como dicen esos dos notas simpáticos de los vídeos, aquello era otra cosa... El nombre de Desván venía muy a propósito porque allí los rimeros de libros descangallados reposaban de cualquier manera, en baldas o amontonados, cogiendo polvo. En ese cuchitril, que ya cerró, me chiflaba pasar las horas muertas hace veinte años. El librero, Luís Andújar, es un personaje gracioso, como muchos de su oficio. "Bibliófilo gustoso de las zarandajas gráficas", aplicaba en los tratos librescos la regla de que el primero que llegue, se lo lleva. Algunas tertulias poéticas de la ciudad habían adoptado El Desván como su lugar de reunión, y allí fue donde Javier presentó un libro suyo de poemas una noche de noviembre de 1991... Él sigue escribiendo, en su blog La vida al filo de la espada, y ahora mejor porque internet difunde al instante, entre muchos, las ideas y los escritos.

El jueves pasado se presentaron en la Biblioteca Infanta Elena para leer sus versos cinco poetas, por orden alfabético: Miguel Agudo, Olga Bernad, Jesús Cotta, Juan Antonio González Romano y Elías Marchite, los primeros de la colección Siltolá. Cuantas veces leo u oigo a los poetas, no puedo evitar interrogarme sobre el porqué y el para qué de la poesía, que son preguntas casi existenciales. Tengo sobre mi mesa un libro nuevo, interesante, sobre este tema, de Agustín Fernández Mallo: Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma (Anagrama, 2009), donde explica que la actividad poética debe corresponderse con el clima cientista de nuestro tiempo. En algo le doy la razón al autor: toda creación tiene que ser rupturista, sorpresiva. Las maneras trilladas, "ortodoxas", pueden ser alimenticias, pero no creadoras, sino estériles, anacrónicas.

La poesía es un arte popular, destinada al canto. Carmen, que significa 'poema' en latín, también es 'canto', del verbo canere. Y Antonio Machado decía que canto y cuento es la poesía. Por eso es costumbre que los poetas reciten sus versos, porque su razón de ser es oírlos en alta voz, cantados. Sin embargo, ninguno de estos cinco poetas de Siltolá escribe poesía declamatoria, apta para el canto o la recitación. Escriben poesía moderna, para ser leída en silencio y soledad. El poema aforístico, que ellos cultivan (como hicieron Juan Ramón, Unamuno o Machado), está peleado con la canción (es el grado cero de la poesía lírica), y leerlo en público, como si se leyese un romance o unas coplas, me parece como si dejase al poema desarbolado. Pero esto es una impresión personal.

Tomemos el libro de Miguel Agudo, Cuando Herodes la tierra. Contiene un brillante aforismo, que el poeta ha leído en público: Si el tiempo todo lo cura, ¿por qué mueren los viejos tan enfermos? Es un poema que exige la meditación en silencio, incluso la visualización en la página (porque se publica con una artificiosa composición tipográfica). Leamos, no oigamos, otro de los poemas de Miguel Agudo:

... DE UNIVERSO

Al principio
-eran las cuatro y cuarto de la tarde-,
se levantó Dios de la mesa
y creó un café solo.
Y pensó que sabría demasiado fuerte
y creó Dios un terrón de azúcar.
Y, parafraseando a Arquímedes, se dijo:
"dadme una cucharilla y..."
y removió el terrón
-sin sudor de su frente
ni usar alzada alguna-,
y quiso sorber
y sin querer besó
esta negrura...

28 septiembre 2009

Crónica libresca de un viaje a Italia


He querido este año hacer al volante mi grand tour por Italia. Ambicionaba llegar hasta Sicilia, y planeé regresar a la península ibérica deshaciendo el camino, saltando por las islas de Cerdeña y Córcega. Emprendí el viaje al comenzar septiembre, crucé Somport, la Provenza y los Alpes, hice estación en el Piamonte, y una vez recorrido el Véneto, Umbria y la Toscana, en quince días me hallé en Roma, donde hice recuento de fuerzas y numerario, y recapacité volver a casa en ferry, de Civitavecchia a Barcelona. No me contenté con visitar las grandes ciudades (Turín, Venecia, Florencia, Roma), y fui haciendo escala en las que me salían al paso. Así he regresado con una perspectiva amplia aunque fugaz del bel paese.

Cualquier viaje no me parece redondo si no vuelvo con algún libro bajo el brazo. Han de ser libros idiosincráticos, que sólo se encuentren en el lugar, y sean de ese modo como guijarros que se guardan en el bolsillo, que atestigüen por dónde hemos andado. Creo que los libros son el mejor de los souvenirs de un viaje. Su poder evocador es mayor que el de cualquier bagatela, porque los libros excitan la fantasía del viajero sin la mediación de los sentidos, leyéndolos. Lo esencial de un pueblo, de un país, de una ciudad, es intangible y espiritual, y sólo se representa bien en la meditación de la letra escrita, echando a volar la imaginación.

Con este exordio justifico haber vuelto a casa con un maletón repleto de libros. En Turín, primer paradero de mi navegación, empecé a hacer acopio de libros nuevos con la edición italiana de Gomorra. Viaggio nell'impero economico e nel sogno di dominio della camorra (Mondadori, Milano, 2006), de Roberto Saviano. En la Librería San Paolo de Via della Consolata, me llevé La Bibbia. Via, Verità e Vita (Edizioni San Paolo, Milano, 2009), "nuova versione ufficiale della Conferenza Episcopale Italiana", que se ha publicado este año.

Y en Roma, final de mi singladura, no renuncié por ocho euros a una elegante edición en tela amarilla de los Italienische Reise de Goethe (Verlag C.H.Beck, München, 2007), que vi en la librería Herder de la piazza Montecitorio. En la Feltrinelli de Largo di Torre Argentina se vendía de saldo la edición de lujo de Tutte le novelle de D'Annunzio (Mondadori, Milano, 2006).

Cuando he vuelto a casa y he abierto la mochila, desempaqueté los libros y los amontoné sobre la mesa, para colocarlos en "orden geográfico", como si cada uno formase una estación del viaje. El repaso de los títulos y el hojeo me hacen la impresión de recorrer de nuevo las autostrade italianas, de una ciudad a otra, de tal modo que el catálogo de los libros que he traído describe por añadidura el itinerario y la crónica de mi viaje. Comienzo otra vez por Turín, y terminaré por ahora en el Véneto, aplazando al próximo post nuestro arribo a Roma:

Alba Andreini (a cura di), Una Mole di parole. Passeggiate nella Torino degli scrittori. Introduzione di Carlo Fruttero [Celid, Torino, 2008]. Obra de literatura aplicada al territorio, "per camminare conoscendo e conoscere camminando", a manera de literary walks, de un grupo de investigadores del Dipartimento di Scienze letterarie e filologiche, della Facoltà di Lettere e Filosofia dell'Università di Torino. Con excepcional ilustración gráfica, el denso material sobre la ciudad de Edmondo De Amicis, Primo Levi, Cesare Pavese o Natalia Ginzburg, se organiza en ocho itinerarios turineses: Centro, Quadrilatero Romano, Borgo Dora - Vanchiglia, Lungo Po - Collina, Porta Nuova - San Salvario, Piazza Solferino - Crocetta, Piazza Statuto - San Donato, y San Paolo - Mirafiori.

Ariel Rathaus (a cura di), Poeti israeliani [Giulio Einaudi Editore, Torino, 2007]. La Libreria Internazionale Luxemburg, fundada en 1872 en la Piazza Carignano, es la más antigua de Turín. Al fondo de la tienda hay una amplia sección de judaica, donde encontré esta antología bilingüe ítalo-hebrea de poetas israelíes contemporáneos, entre otros Chaim Guri (Tel Aviv, 1923), Yehuda Amichai (Würzburg, 1924 - Jerusalén, 2000), o Natan Zach (Berlín, 1930), los más veteranos, y Shimon Adaf (Sderot, 1972), de familia sefardí, el más joven.


Ernesto Brivio, Una piazza per il Duomo. Dal ruolo civile di ieri al degrado di oggi [Nuove Edizioni Duomo, Milano, 1982]. Librito que ha cumplido ya un cuarto de siglo, pero que sigue de actualidad. Denuncia el descuido de la plaza de la catedral, centro de reunión y paseo de los milaneses. Ilustraciones curiosas, como "due eloquenti immagini dell'uso che oggi si fa della piazza; l'abitudine di sedersi sui gradini del sagrato crea un ostacolo quasi insormontabile a chi voglia entrare in Duomo"; costumbre que me recuerda la de los sevillanos, de también sentarnos en las gradas de la iglesia de El Salvador.

Camillo Semenzato, Verona. Fotografia nel testo di Umberto Tomba. Inserto fotografico di Paolo Marton [Corbo e Fiore Editori, Venezia, 1993]. Pertenece a una serie de guide nere del editor Corbo e Fiore, "un sussidio insostituibile per chi voglia veramente conoscere il carattere e non il semplice aspetto superficiale dei luoghi che visita". Una guía compuesta a la vieja usanza, con ilustraciones en blanco y negro, que le sientan muy bien a las antigüedades de la ciudad de Verona.

Roberto Benigni, Il mio Dante. Con uno scritto di Umberto Eco [Giulio Einaudi Editore, Torino, 2008]. Ya he contado [Roberto Benigni en Verona] que a mi llegada a Verona se anunciaba la representación en la Arena esa noche del espectáculo de Roberto Benigni, Tutto Dante. Benigni es conocido en el mundo entero por su película La vita è bella (1997), tal vez menos por sus representaciones situadas en el medio cultural italiano, como ésta de la Divina Commedia. Umberto Eco, que alaba que un cómico como Benigni triunfe recitando a Dante, dice introduciendo el libro: "È un errore moderno credere che la poesia sia cosa per intellettuali raffinati: è la piu popolare delle arti, ed è nata per essere recitata a voce alta e mandata a memoria". Il mio Dante es un resumen de las reflexiones y glosas de Benigni a la Commedia, que son el meollo de su espectáculo.

Giovanni Antonio Cibotto, Proverbi veneti [Giunti Editore, Firenze, 2006]. Salado refranero en dialecto véneto, con su correspondencia en toscano. Una muestra, escogida al azar: Amore, tosse e panza non i se sconde. El vin de casa no imbriaga. Fioi e colombi sporca le case. Avaro agricoltor no 'l se fa signor. Nemigo tuo quelo de l'arte tua. Novo paron, nova lege. El leto xe 'l paradiso dei povari. Se cambia più spesso de pensier che de camisa. Chi tropo se inchina, mostra 'l culo. Megio un amigo che çento parenti. A chi consegia no ghe dol la testa. El debito l'è un ladro in casa. Chi ciama Dio no xe contenti. El pan fora de casa, xe massa salà o desavìo.


Imágenes: 1. Libreria Ghelfi e Barbato (Via Mazzini, Verona). 2. Interior de la Libreria Internazionale Luxemburg (Piazza Carignano, Turín) [fotografía de Fabrizio Zanelli]. 3. Baratillo de libros a la sombra de la Basilica di Santa Maria degli Angeli, en Asís.

27 agosto 2009

Los días de Taha Husein

El egipcio Taha Husein (1889-1973) ha sido una gran personalidad de la cultura árabe del siglo pasado. Se quedó ciego de muy niño, pero ese handicap no le impidió cursar con brillantez sus estudios en la universidad islámica de El Azhar, del Cairo, y más tarde becado por su gobierno en la universidad de Montpellier, donde conoció a su mujer Suzanne, y aún se doctoró en la Sorbona. Alcanzó a ser ministro de educación de su país, Egipto, poniendo en práctica su lema: el conocimiento es como el agua que bebemos, como el aire que respiramos.

Taha Husein ha legado a su pueblo el valor de la enseñanza y el estudio, y compendió su mensaje a sus dos hijos, a sus hermanos y a la humanidad, en sus memorias de infancia y juventud, Los días (al-ayam, 1929, 1932). La traducción castellana de Emilio García Gómez (1954) se ha reeditado en fecha reciente (
Ediciones del Viento, 2004).

Los días es una de las más hermosas memorias de niño que conozco. Desde las confessiones de Aurelio Agustín (en que se halla el inmortal relato del hurto de las peras, capítulo II, 4), multitud de hombres y mujeres adultos se han puesto a escribir los recuerdos de su niñez. A veces, enmascarados en la ficción, como el Lazarillo, o el Huck Finn, relatos imperecederos de la vida de niños que se hacen mayores, y que pensamos que son trasunto, en alguna medida, de la propia experiencia de los autores de las historias. Ahora recuerdo otros bellos testimonios de infancia, como son la primera parte de las Confesiones de un inglés comedor de opio (1821) de Thomas De Quincey, o las Confesiones de un pequeño filósofo (1904) de Azorín. Es significativo que el escritor que quiere hablar de su niñez diga que hace confesión, porque no hay nada más íntimo, oculto y más propio de nuestro ser, que nuestros primeros años de vida, cuando nos hicimos personas y aprendimos lo que nunca olvidaremos.

Digo que Los días de Taha Husein es un bello testimonio del aprendizaje y el estudio de un niño egipcio, criado en el campo y estudiante en el Cairo. No nos causará extrañeza enterarnos de que un escolar, aspirante al ingreso en la universidad de El Azhar, debiese saber recitar de memoria el Corán. Pronto, conforme pasamos las páginas, nos empaparemos de la vida y costumbres del pueblo egipcio, siempre en camino entre el campo y la gran ciudad, y sentiremos gran ternura por este niño ciego, Taha Husein, que descubre con sus sentidos libres (el oído, el tacto, el olfato, el gusto) su mundo entorno. Me gusta decir que lo más hermoso de leer en libros como éste, es comprender que la vida de los niños es la misma en todas las tierras, culturas y religiones.

El propósito de Los días es traer al recuerdo el aprendizaje de "la ciencia", los saberes, plasmados en ese particular trivium y quadrivium del mundo islámico, que es poco más o menos como el nuestro, el de los occidentales. Hoy, bajo la bárbara influencia del pragmatismo norteamericano, hemos perdido la percepción y el gusto por los saberes, que compartían los judíos, cristianos y musulmanes de las escuelas medievales. Por eso siempre digo que el estudioso de Santo Tomás de Aquino no debe admirarse de la extrema contigüidad doctrinal de los filósofos de las tres religiones, porque su base educativa era la misma: el estudio de los libros y la escucha y reverencia de la palabra de Dios. Sería triste entonces que no comprendiésemos el ardor por aprender que siente el niño protagonista de Los días.

Pero el mensaje más maravilloso del tierno, ingenuo relato de Los días, es que los verdaderos saberes son los de todos los días: por qué vivimos, por qué enfermamos y morimos, por qué pasamos hambre, frío o soledad, por qué perseguimos el dinero, o la tranquilidad, por qué salimos a la calle a trabajar o a buscarnos la vida, por qué cuidamos de una familia... Y en la comprensión de estos saberes elementales, captamos la profunda hermandad de todas las razas de la tierra, que comparten los mismos bienes y males.

El traductor español de Los días, el arabista Emilio García Gómez, dice con acierto que el relato es "prosa de ciego". Cuando en otros relatos salta a la vista la experiencia visual, aquí tiene mayor importancia los recuerdos del gusto y el olfato, y de ahí la persistente memoria de las comidas de todos los días, del té o los dulces. Reproduzco, para terminar, una de las páginas más severas de estas memorias, cuando Taha Husein rememora, dirigiéndose a su hija pequeña, las malas comidas de los días de penuria: "... Porque tu padre, a veces durante una semana y hasta durante un mes, no comía más que el pan del Azhar; ese pan del Azhar en que los pobres azharistas encontraban toda clase de pajas, toda suerte de chinas y toda clase de insectos. Y, en ocasiones, durante una semana, y hasta un mes, y hasta meses, no mojaba ese pan sino en miel negra. Tú no sabes lo que es la miel negra, y vale más que no lo sepas...".

11 agosto 2009

No es la miel para la boca del asno


Quien mejor ha entendido el arte de Miguel de Cervantes es otro genio de la narrativa, el novelista norteamericano Mark Twain. Las aventuras de Huckleberry Finn son también unas nuevas quijotadas, ya no en la Mancha sino en el río Mississippi. El sardónico aviso al frente de esta novela es toda una declaración de intenciones, y contiene en su aparente simpleza y rotundidad un credo estético: Persons attempting to find a motive in this narrative will be prosecuted; persons attempting to find a moral in it will be banished; persons attempting to find a plot in it will be shot. Una frase, descubro ahora, que es cita famosa, por ser las primeras líneas del Huck Finn, como el En un lugar de la Mancha... ¿Escandaliza que las novelas no deban tener más finalidad que divertir y hacer reír, sin motivo, ni moralización, ni propósito alguno?

El aficionado a las novelas de Agatha Christie, de Tolkien, de Umberto Eco... convendrá en que no busca otra cosa, leyéndolas, que distraerse y pasarlo bien. A primera vista nada más lejos del ejemplarismo cervantino (el Quijote critica las caballerías, y las novelas son ejemplares porque ofrecen ejemplos provechosos), aunque el buen lector de Cervantes intuye que lo primero en su intención artística es el deseo de divertir a sus oyentes (mejor que lectores, puesto que más nos parece que sus novelas son para oírlas leer, como chistes o relatos graciosos). Y así dice en su inmortal prólogo a las Novelas: "Sí, que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios, por calificados que sean. Horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse". Pues si la vida tiene tantas tristezas, o a lo menos es una mezcla de alegrías y tristezas (gaudium et spes, luctus et angor hominum huius temporis...), está fuera de razón no dar remedio a nuestras angustias con las sanas diversiones.

Reconozco que yo me río abiertamente cuando leo el Quijote, o las Novelas ejemplares, y siento una profunda simpatía por el escritor, al que me hubiera gustado conocer y oírle contar tantas ocurrencias graciosas como las que escribía. Capítulo aparte son los muchos enredos en las posadas y habitaciones, que él debió conocer bien, yendo por los caminos andaluces. Aquí copio uno de esos pasajes de auténtico vodevil, de la novela de "la Ilustre fregona":

Con esto, se acostaron todos; y, apenas estaba sosegada la gente, cuando sintió Lope que llamaban a la puerta de su aposento muy paso. Y, preguntando quién llamaba, fuele respondido con voz baja:
-La Argüello y la Gallega somos: ábrannos que mos morimos de frío.
-Pues en verdad -respondió Lope- que estamos en la mitad de los caniculares.
-Déjate de gracias, Lope -replicó la Gallega-: levántate y abre, que venimos hechas unas archiduquesas.
-¿Archiduquesas y a tal hora? -respondió Lope-. No creo en ellas; antes entiendo que sois brujas, o unas grandísimas bellacas: idos de ahí luego; si no, por vida de..., hago juramento que si me levanto, que con los hierros de mi pretina os tengo de poner las posaderas como unas amapolas.
Ellas, que se vieron responder tan acerbamente, y tan fuera de aquello que primero se imaginaron, temieron la furia del Asturiano; y, defraudadas sus esperanzas y borrados sus designios, se volvieron tristes y malaventuradas a sus lechos; aunque, antes de apartarse de la puerta, dijo la Argüello, poniendo los hocicos por el agujero de la llave:
-No es la miel para la boca del asno.
Y con esto, como si hubiera dicho una gran sentencia y tomado una justa venganza, se volvió, como se ha dicho, a su triste cama.

22 junio 2009

Los teólogos

Algunos clérigos de la intelligentsia católica han vuelto a la carga, y por medio de su inquisición de andar por casa se muestran ansiosos de entrullar a otro teólogo hispánico y colgar su cabeza en la sala de trofeos de la Conferencia Episcopal Española. Ya lo intentaron con José Antonio Pagola, y ahora, según leemos en Atrio, andan a la caza del sacerdote y notable teólogo, profesor en la Universidad de Santiago, Andrés Torres Queiruga.

Esta noticia me ha enfadado, porque es signo de
oscurantismo perseguir a la gente por sus ideas, cuando son serias y meditadas y no causan daño; y en especial, entre teólogos, porque estas persecuciones provocan la inevitable sospecha de abuso de potestad movido
por envidias y politiqueo de sacristía.

Mejor sería que se mirase si no se está confundiendo la defensa de la fe con la promoción sibilina de
alguna ideología teológica particular. Santo Tomás de Aquino nada sabía de ideologías, que es una noción moderna, sino que su dialéctica giraba en torno a la verdad y el error. En estos tiempos postmodernos, en que vuelve a campear el escepticismo, y en la noche oscura de las creencias se quiere hacer pasar por verdadero cualquier discurso dogmático, debiéramos intentar una crítica de la fe pura, quiero decir purificada de inclinaciones ideológicas (de derechas o de izquierdas) y liberada de intereses poco celestiales.

Que la fe corre continuo riesgo de contaminación ideológica, ya lo intuía el mismo Santo Tomás. En su tratado de fide (S.Th. II-II, qq. 1-16) nos advierte que el creyente, porque se inclina a una parte de una alternativa (v.gr. que existe dios o no), parece conocer y entender [convenit credens cum sciente et intelligente], pero el creyente no ha visto, ni ha tenido experiencia de lo que cree [tamen eius cognitio non est perfecta per manifestam visionem], y esta falta de evidencia directa de lo que conoce, le hace asemejarse al que duda, al que sospecha y al que opina [in quo convenit cum dubitante, suspicante et opinante] (q.2 a.1).

Así no sería exagerado afirmar que el creyente de algún modo se parece también a un ideólogo, ya que ambos no tratan de realidades, sino que aventuran representaciones e imágenes de cosas desconocidas. Por eso, como en aquel inefable diálogo platónico del Sofista, es tan difícil distinguir al verdadero creyente del mero ideólogo u opinante, como lo es distinguir al sabio auténtico del impostor. En cierto modo todos los teólogos son unos sofistas, puesto que no pueden ofrecernos una ciencia fundada en el conocimiento cierto de las cosas de que tratan, y sus proposiciones no son verificables ni refutables.

Jorge Luís Borges, que tenía una visión agnóstica de la filosofía y la metafísica, ha ilustrado esta cualidad indiscernible de la ciencia teológica en su relato "los teólogos" (1949). Borges afirma, en el "epílogo" de El Aleph, que este relato, que corresponde al género fantástico, es "un sueño, un sueño más bien melancólico, sobre la identidad personal". En un plano aún más elevado, aún diríamos que podría exprimirse del cuento una meditación sobre el tema metafísico de la identidad y la diferencia, a propósito de los teólogos y la teologías; pero no hay que ir tan lejos.

El relato cuenta la historia de la rivalidad, tan reconocible, entre dos teólogos imaginarios de la antigüedad, Aureliano, coadjutor de Aquilea, y Juan de Panonia. "Aureliano y Juan prosiguieron su batalla secreta. Militaban los dos en el mismo ejército, anhelaban el mismo galardón, guerreaban con el mismo Enemigo, pero Aureliano no escribió una palabra que inconfesablemente no propendiera a superar a Juan".

Los ideologemas que se leen en las breves páginas de "los teólogos" son serios, y giran en torno a la dificultad de distinguir la verdad y el error en teología: las herejías que debemos temer son las que pueden confundirse con la ortodoxia. Y sobre la cualidad ecuménica e impersonal de la verdad, se dice de un escrito teológico: El tratado era límpido, universal; no parecía redactado por una persona concreta, sino por cualquier hombre o, quizá, por todos los hombres.

Los dos teólogos combaten las mismas herejías, que el lector acaba por confundir. Los temas heresiológicos (esto es un acierto de Borges) versan sobre la singularidad y la repetición, la identidad y la diferencia. Una de las herejías es la de los monótonos o anulares, secta que "profesaba que la historia es un círculo y que nada es que no haya sido y que no será". Otra es la de los herméticos: "En los libros herméticos está escrito que lo que hay abajo es igual a lo que hay arriba, y lo que hay arriba, igual a lo que hay abajo; en el Zohar, que el mundo inferior es reflejo del superior. Los histriones fundaron su doctrina sobre una perversión de esa idea... Los herejes de la diócesis de Aureliano eran de los que afirmaban que el tiempo no tolera repeticiones, no de los que afirmaban que todo acto se refleja en el cielo".

Como en tantos relatos de Borges, el efecto estético y poético de "los teólogos" está encerrado en las magistrales y meditadas últimas líneas del cuento, que se eleva a alturas auténticamente teológicas. Es la primera gran ironía que el anónimo narrador, omnisciente como un dios, reflexione él mismo como teólogo: El final de la historia sólo es referible en metáforas, ya que pasa en el reino de los cielos, donde no hay tiempo. Y la segunda gran ironía es que los teólogos protagonistas de la historia, versados en herejías sobre el tiempo que se repite siempre o nunca, descubran que en el cielo no hay tiempo. Y cuando los dos teólogos comparecen ante el Creador, comenta el narrador teólogo: Tal vez cabría decir que Aureliano conversó con Dios y que Éste se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo tomó por Juan de Panonia. Suprema ironía, pintar a un Dios que no se interesa por las controversias teológicas y las diferencias religiosas.

La lectura de "los teólogos", de ese fabulador, gran ironista y escéptico, que fue el escritor argentino Jorge Luís Borges, puede ayudarnos a tomar distancia de las ridículas discusiones en teología. En una ciencia cuyos asertos no se pueden verificar ni refutar, parece a los profanos exagerado el excesivo partidismo. En teología, nos parece, es más importante el acuerdo global antes que la discusión de bandería. En suma, hay que hacer teología pura antes que teología ideológica. Pero ésta es quizá crítica destructiva. Reservemos pues para otra ocasión otras meditaciones más constructivas sobre teología y teólogos.

.

13 junio 2009

Santo António de Lisboa

San Antonio de Padua, nacido en Lisboa hace ocho centurias (en el año 1195), es el protector de la ciudad, y se le festeja entre los lisboetas cada 13 de junio con especial emotividad y, por qué no decirlo, hasta con jolgorio.

Este "puente del Corpus", sin ninguna premeditación por mi parte, me he plantificado en Lisboa. He hecho las visitas de rigor, entre ellas a la villa de Sintra, en un entorno natural fascinante, siguiendo consejo de amigo. Pero hete aquí que me encuentro que Lisboa el viernes arde en fiestas, celebrando la víspera de su patrón.

Desde el atardecer, la Alfama era un hervidero, y sus vecinos preparaban en los recovecos del barrio sardinhas assadas. Desde el mirador de la rua do limoeiro, se divisaba el humo de miles de parrillas domésticas y de fegresias. Una manera de participar de la exaltación de lusidade, es sumergirse en el gentío, ingiriendo sardinhas ou bifanas no pão e un copo de sangria ou cerveja gelada, y oyendo a toda pastilla, en confusa mezcla, fados y reggae.

Cerca del miradouro de Santa Luzia, con un copo de sangría en una mano, y una sardinha en la otra, presencié la jocosa marcha popular del bairro do Castelo, que ha resultado ganadora ex aequo, con la de Alfama, en el concurso de
marchas populares de este año. En escasas horas, ya he encontrado en internet colgado la actuación de Castelo, desfilando en la Avenida da Liberdade. Os recomiendo que lo veáis, porque refleja algo del espíritu risueño de estas agrupaciones populares, a mitad de camino de las peñas de barrio, los círculos recreativos y asociaciones carnavaleras.

Ha sido un gran privilegio participar del jolgorio verbenero de Alfama, en las fiestas del patrón de la ciudad, así que os recomiendo que el año que viene, Dios mediante, ¡nos veamos todos en Lisboa celebrando a Santo António!


19 abril 2009

Ovejas y cabritos


Et iterum venturus est cum gloria iudicare vivos et mortuos, "y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos": así reza el símbolo de la fe católica, porque también creemos que seremos juzgados al final de los tiempos, en el Juicio Final. El Evangelio de Mateo describe este juicio venidero con una imagen pastoril que todos entienden: Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda (Mt 25, 31-33).

Que se premie a los buenos, y que los malos sean castigados, es una esperanza universal. Si fuese posible, quisiéramos que la justicia definitiva que pusiese a cada uno en su sitio, a buenos y a malos, se realizase ya en esta vida misma. Pero como por amarga experiencia sabemos que no puede ser, porque los malos siempre se salen con la suya, y los buenos sólo ganan en las películas... tenemos la esperanza de que se haga justicia al menos después de la muerte. Es un consuelo compartido por los hombres de todos los tiempos. La fábula de postrimerías con que Sócrates arrullaba sus últimas horas en prisión, esperando beber la cicuta (Fedón 110c-115a), atestigua la antigüedad de la creencia en el juicio de los muertos.

La esperanza en el juicio final, es la esperanza de que no moriremos del todo. La resurrección de los muertos sería increíble si todos los sufrimientos de la humanidad hubiesen sido en vano, y no encontrasen reparación. Benedicto XVI lo ha expresado así, en un importante pasaje de la encíclica
Spe Salvi: "La fe en el Juicio final es ante todo y sobre todo esperanza, esa esperanza cuya necesidad se ha hecho evidente precisamente en las convulsiones de los últimos siglos. Estoy convencido de que la cuestión de la justicia es el argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna. La necesidad meramente individual de una satisfacción plena que se nos niega en esta vida, de la inmortalidad del amor que esperamos, es ciertamente un motivo importante para creer que el hombre esté hecho para la eternidad" (Spe salvi, 43).

En el Juicio Final el sufrimiento de la humanidad encontrará justa reparación: a la que llamamos nuestra salvación. Dijo el Señor, según se lee en el Evangelio de Juan 3, 17, que Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Nuestra esperanza no está en un proceso contradictorio, con preguntas y respuestas, acusados y defendidos, premios, penas y castigos, que es como nos representamos la justicia imperfecta de este mundo, en que los intereses de unos y otros están divididos y enfrentados. La justicia final que esperamos ha de ser mucho mayor de la que podamos representarnos ahora.

Tal vez la mayor de las sorpresas de esa justicia sin juzgador, es que nos aguarde la salvación a todos, y que al final, después de la muerte, no haya ni buenos ni malos, ovejas o cabritos. La reparación sin castigo repugna a nuestro sentido mundano de justicia, porque pensamos que del mal causado, por necesidad, debe responder algún malhechor. Pero éste es un criterio humano. Nos representamos nuestro destino después de muertos, aplicando prejuicios de andar por casa: no quisiéramos encontrarnos en la gloria, nosotros que pensamos ser "buenos", con la vecindad de algún "malo"; creemos que nuestro juez nos apartará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos.

Pero nada sabemos, hasta que llegue la hora. Entretanto, me gusta pensar que el relato del Evangelio de Mateo no pretende tanto describirnos cómo habrá de ser la justicia de ultratumba, que nadie puede conocer en el estado presente, sino que nos enseña la justicia con que debemos tratarnos entre todos, en este mundo, en esta vida, que es la única que tenemos: porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogísteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitásteis; en la cárcel, y vinisteis a mi.

.

24 marzo 2009

Un gran abogado norteamericano

Me refiero al abogado Clarence Darrow, defensor en la causa criminal de los jóvenes Leopold y Loeb, hijos de familias adineradas de Chicago, que en el año 1924 asesinaron con fría premeditación a otro joven de 14 años. El letrado Darrow se significó en su carrera por su decidida oposición a la pena de muerte, y esto explica su esforzada defensa en este caso histórico, que ha sido llevado al cine [Impulso criminal, Richard Fleischer, 1959]. Hay muchos motivos para que, en los derroteros de la ley y la justicia, debamos volver la mirada a la historia y práctica de la jurisprudencia de los USA. Conocemos a sus jueces, abogados y criminales por las películas "de juicios", que a mí tanto me entusiasman. Estos grandes abogados y jueces no parecen funcionarios vulgares, sino profesionales con gran iniciativa y audacia profesional, técnica y de pensamiento. Muy comprometidos con la realidad de su tiempo, con los principios de justicia, y la defensa de la vida humana y las libertades civiles (como en el caso ejemplar de Clarence Darrow). Por decirlo en breve fórmula, los juristas americanos deben ser los herederos de los antiguos jurisprudentes romanos, y no sólo porque el sistema de derecho común, en que prima el razonamiento dialéctico, la retórica y la equidad sobre la fría aplicación de los códigos, haga de los modernos americanos y de los antiguos romanos juristas afines, muy sensibles a las dimensiones irreductibles del caso concreto.

02 marzo 2009

Claves para la audición de Gustav Mahler

Afronto ahora el reto de exponer algunas ideas, si no nuevas o nunca dichas, sí al menos que he meditado personalmente, sobre el genial músico judío, director de orquesta y compositor, Gustav Mahler (1860-1911).

Cuando está próximo a celebrarse el centenario de su muerte, ya no hay lugar para hacer aspavientos sobre la extravagancia de sus obras. El consenso sobre el valor de su música es general: su discografía es amplísima, si la ponemos en relación con el repertorio breve de sus obras (Mahler murió joven, y se dedicaba a componer en el tiempo libre que le dejaba la dirección orquestal); no hay gran intérprete que no se precie de dirigir sus sinfonías, y cuantas veces se presente en un teatro su Canción de la Tierra, será un acontecimiento.

Debemos pues aceptar pacíficamente que estamos delante de un gran músico, uno de los mayores del siglo XX, y una de las cumbres de la historia musical de occidente. Así que merece la pena que hagamos el esfuerzo de una audición atenta de sus canciones y de sus sinfonías, reflexionando sobre algunas claves ideológicas que nos ayuden a entenderlas mejor.

El gran público, el común de los oyentes, asociará siempre el nombre de Mahler con el trillado Adagietto o cuarto movimiento de su quinta sinfonía. Es la vulgata mahleriana. Sin negar su intensidad lírica, no rara en el conjunto de sus páginas sinfónicas, nos parece que este pasaje no puede proporcionar una imagen suficiente del significado de la música de Mahler en toda su hondura. Es como si pretendiésemos entender El Quijote contentándonos con la lectura de sus primeros ocho capítulos (en que es verdad que se encuentran sus episodios más célebres: la vela de armas en la venta, la aventura de los molinos de viento, la batalla con el vizcaíno...).

Quien sólo conozca de Mahler ese Adagietto no puede hacerse idea de su música, que se sustenta -nos parece- en una visión del mundo caótico, desordenado, compuesto de oposiciones y contradicciones. Así también, como un espejo, parece la música de Mahler, en la medida en que la lógica compositiva le consintió expresar la confusión de lo real. El lirismo de algunas de sus piezas es tan sólo una de las posibles facetas de su música, necesaria pero incompleta para entender su mundo musical (y nuestro propio mundo). De este modo, las otras páginas de sus obras, que algunos calificarían de vulgares o estridentes, también componen el equilibrio de la música mahleriana. Entender su música es oírla compensadamente, como un todo orgánico: su mensaje es holístico.

De Gustav Mahler podría decirse algo semejante al título con que Heidegger calificó a
Friedrich Hölderlin: der Dichter des Dichters, "el poeta de poetas". Por razones análogas al caso de aquel poeta alemán, Mahler ha sido también un músico de músicos. No captaremos en plenitud su mensaje estético sin advertir que en sus obras realiza una constante reflexión sobre la música, en toda su extensión: desde la que se oye en las salas de conciertos, hasta los aires y tonadas de las fiestas de pueblo, los cantos litúrgicos del templo o las marchas militares. No cabe una audición inocente de la música mahleriana, porque demanda del oyente la consciencia de la tradición musical occidental, que él asume y reinterpreta definitivamente. La de Mahler es música de segundo grado.

Hay que oír la música de Gustav Mahler en el momento en que hayamos superado la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven. Mahler se proyecta desde ese hito de la música coral. Por eso no dudo que la recta audición de la obra de Mahler deba iniciarse con sus canciones o lieder. Toda su música es esencialmente cantable, hasta el caso más manifiesto de su Das Lied von der Erde.

Aunque nos estremezcan muchos pasajes tremendos de sus sinfonías, su música está compuesta siempre a escala humana. Esta afirmación puede parecer de cajón (la música la componen hombres), pero deja de ser evidente cuando volvemos la vista y el oído a la música sacra, que asciende a lo alto. La música de Mahler es terrenal, y nada hay más terreno que la voz humana, que expresa alegría o tristeza. De ahí que la presencia de las voces en su obra no sea accidental, sino que la califica esencialmente. Y ahora ya podríamos avanzar la tesis de que la música mahleriana es por este motivo religiosa, pero no sacral.

Antes de exponer mis ideas sobre la música de Gustav Mahler, parece conveniente recordar el conocido dictum de uno de sus grandes intérpretes, Leonard Bernstein (1918-1990): "Su tiempo ha llegado ya. Sólo después de cincuenta, sesenta, setenta años de holocaustos mundiales, de simultáneo avance de la democracia unido a nuestra creciente impotencia para eliminar las guerras, de magnificación de los nacionalismos y de intensiva resistencia a la igualdad social; sólo después de haber experimentado todo esto, podemos, finalmente, escuchar la música y entender lo que él había soñado ya" ["Mahler: His time has come", High Fidelity, 1967].

Aunque desde mis días de estudiante he estado abonado a la tesis de Arnold Hauser, de que la obra de arte no es exclusivo fruto de la eternidad que hay en nosotros, sino que se relaciona con las condiciones sociales del tiempo y lugar en que fue creada, creo que reducir a Gustav Mahler a profeta de las catástrofes de nuestra época, es empobrecerlo sumamente. Esta lectura puede ser muy pertinente, pero es reduccionista, y más aplicada a un músico. Toda obra musical se encarna en el tiempo, pero surge de un fondo intemporal: el espíritu del hombre músico.

Lo eterno en la obra de música explica el hecho trivial de que en un mismo concierto vespertino se pueda programar, sin aparente solución de continuidad, la ejecución de sonatas para piano de Bach, Mozart, Beethoven y Chopin, por ejemplo. Desde una perspectiva interpretativa "marxista" parecerá un anacronismo hermanar las obras de Bach y Chopin en una misma representación, porque sus contextos sociales y económicos nada tenían que ver. Pero la contemplación estética, la pura audición musical, disuelve esa contradicción y la resuelve en sincronicidad artística. Esta tarde, cualquier tarde, es momento para oír a Bach y a Chopin, reunidos sub specie aeterni.

El arte, habremos de concederlo, expresa los conflictos sociales en que está sumido el artista, pero tan sólo en un nivel superficial. En un plano más hondo, el arte es sobre todo expresión de los gozos y las tristezas del hombre, que son de todo tiempo y lugar: el arte es ecuménico. Y esto es cierto para la música de Mahler, obra de un tiempo porque aparece en un momento concreto de la secuencia de la tradición musical de occidente y de la historia de Europa, pero que posee cualidades eternas cuando medita sobre la vida del hombre sobre la tierra. Sólo aceptando este supuesto podemos esperar que en el porvenir se seguirá oyendo a Mahler en las salas de conciertos, o en los reproductores domésticos de música.

[Continuaremos en el próximo post ofreciendo claves para la audición de Gustav Mahler].

11 enero 2009

San Pablo y la libertad

Si me pidiesen que buscara una sentencia de San Pablo, que de forma concisa expresase su pensamiento, escogería el versículo de Gálatas 5,1: Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo [τῇ ἐλευθερίᾳ ἡμᾶς Χριστὸς ἠλευθέρωσεν / qua libertate Christus nos liberavit / the liberty wherewith Christ hath made us free].

Esta frase parece muy significativa, viniendo del apóstol que sufrió tantas prisiones, y que seguramente tuvo entre su auditorio, en las asambleas cristianas, a muchos siervos, esclavos y libertos. Pablo había probado la cautividad -crede experto- y sabía bien, por privación, qué significaba para sí y sus compañeros la libertad. Pero, ¿estamos seguros de entender en nuestros días qué quiso decirle a los gálatas, y a nosotros?

Hoy el santo nombre de la libertad está contaminado, tal vez como en los mismos días del apóstol. Asociamos la libertad, al instante, con las libertades públicas, las
libertades civiles y políticas. Nuestra idea de la libertad no procede de nuestra experiencia de vida, sino que aparenta estar intoxicada por la humareda ideológica. Creemos ser libres porque nos instruye la propaganda con que lo somos, no porque nos sintamos realmente libres en nuestro interior. Pero si no sabemos bien qué es ser libre, ¿advertiremos el momento en que nos reduzcan a la condición de esclavos? Ô Liberté, que de crimes on commet en ton nom!

Christus nos liberavit, Cristo nos ha liberado. Esto es lo que habremos de comprender. Esta máxima, auténtico principio paulino, se sitúa en el contexto de la discusión de Pablo con los judaizantes en las comunidades de la región de Galacia. Podríamos despachar nuestro interrogante diciendo simplemente que el apóstol Pablo polemizaba con los observantes de la Ley, y que predicaba que la persona de Cristo nos ha liberado de los preceptos de la Lex Vetus, obsequiándonos con la libertad de los hijos de Dios. Pero así no habríamos captado todavía mucho, salvo mera retórica teologal. Aunque aquella controversia sobre la fuerza de obligar de las antiguas costumbres (en especial la circuncisión) no tiene en absoluto un simple interés arqueológico, sugiero que por el momento nos abstraigamos de esa contienda. Vayamos pues al otro término de la máxima: el Cristo, el que dice Pablo que nos ha liberado.

Es una triste ironía de nuestro tiempo, descreído y cínico, que Cristo parezca no decir ya nada. Porque el nombre de Cristo tiene mucho que decir a los hombres de todos los tiempos (y algo intentaremos explicar aquí), aunque es cierto que su uso familiar en la Iglesia, a lo largo de los siglos, haya disipado las trazas de su sentido primitivo. Aquel profeta de Galilea, el rabí Jesús de Nazaret, decimos que es Cristo. Por eso enseguida a los que se reunían para oír predicar sobre Jesús se les llamó cristianos. No advertimos, sin embargo, que el uso por
antonomasia del nombre de Cristo, de algún modo nos vela el
significado de este nombre.

Hemos olvidado que la palabra Cristo es un helenismo, un
extranjerismo en suma. Pero hemos de suponer que en la intención del apóstol Pablo estaba el hacerse entender por sus oyentes, y éste era realmente el caso. Sus oyentes, los judíos, prosélitos y gentiles grecoparlantes, entendían muy bien el significado de Christos, porque era la voz griega que en la Biblia de los LXX (las Escrituras de los judíos helenistas) vertía invariablemente el vocablo hebreo que designaba al Mesías. Esto se ve muy bien en el precioso versículo del Evangelio de San Juan, 1,41: ...el Mesías (que quiere decir Cristo) [τὸν Μεσσίαν· ὅ ἐστιν μεθερμηνευόμενον Χριστός / Messiam quod est interpretatum Christus / the Messias, which is, being interpreted, the Christ]. De hecho, Mesías es otro vocablo ya naturalizado en nuestra lengua, pero de origen semítico, que en hebreo quiere decir "el ungido" (i.e. el investido como rey). Por este motivo las versiones modernas en lenguas semíticas del Nuevo Testamento desconocen el término Cristo, que la versión árabe, por ejemplo, traduce siempre por al-masih (de masaha, ungir), expresión que por parentesco es ya fidelísima al original hebreo.

Esta ilustración etimológica nos ayuda a comprender mejor la propiedad del pasaje de Jn 19,19-20: "Pilato mandó escribir y poner sobre la cruz un letrero con esta inscripción: Jesús de Nazaret, el rey de los judíos. La inscripción fue leída por muchos judíos, porque el lugar donde Jesús había sido crucificado estaba cerca de la ciudad. Además, estaba escrito en hebreo, en latín y en griego". Y así era, porque cuando Jesús se anunció como Mesías, quiere decir, traducido, que se proclamó Rey de los Judíos.

El Mesías, el Cristo, el ungido..., el rey profetizado que habría de reunir y dar paz a su pueblo (cfr. p.ej. Ez 37,21-28) decimos los "cristianos" que es aquel galileo, Jesús, de Nazaret. Y no otra cosa había dicho el apóstol Pablo a los cristianos de Galacia: el Cristo, esto es, el rey que nos había de liberar, nos ha liberado. Luego nos inclinaríamos a pensar que Pablo, en Gal 5,1, está formulando una tautología: nuestro libertador nos ha liberado. Y en cierta manera es así, porque el término libertad no añade ningún sentido nuevo que no estuviera ya presente en el título de Mesías, el ungido. Pablo en este pasaje no hace más que recordar a sus oyentes grecojudíos el sentido del Mesías libertador, que todos aguardaban, y que los cristianos de entonces creyeron que llegó en la persona de Jesús.

Con lo que Pablo quiso decir en ese pasaje, y así lo entendían perfectamente sus oyentes, judíos de la diáspora al tanto de las promesas de las Escrituras, es que el pueblo de Dios ya es libre, que las promesas ya se han cumplido. Pero temo que no hayamos avanzado más allá de captar el sentido literal de este pasaje de la epístola a los gálatas. Una comprensión profunda requeriría que compartiésemos las esperanzas del pueblo de Israel y su experiencia histórica. Una exposición simplista de estas palabras de San Pablo enfatizaría su ruptura con las tradiciones judías, pero pienso que éste es un enfoque equivocado. Pablo hablaba aquí a judíos, o por lo menos a prosélitos y simpatizantes, que compartían una misma esperanza y aguardaban a un mismo Mesías. Si no somos capaces de recuperar esta tradición y esta esperanza, muy difícilmente lograremos entender el mensaje del apóstol. Aquí tenemos tema para prolongar nuestra meditación de lo que dice San Pablo a los creyentes y dubitantes de hoy. Pero basta por ahora.

01 enero 2009

Invitación a la lectura de San Pablo


El Año Paulino, o año jubilar especial, que se está celebrando del 28 de junio de 2008 al próximo 29 de junio de 2009, convocado por
Benedicto XVI con ocasión del bimilenario de Pablo de Tarso, es una magnífica ocasión para conocer mejor la persona del apóstol, leer sus cartas y profundizar en su pensamiento. Las notas que os ofrezco son mi particular invitación a la lectura de San Pablo, que no deben tomarse como resultado de mis lecturas, sino como meros apuntes para un deseable estudio posterior.

El apóstol Pablo es una gran figura del mundo antiguo, un "hombre de dos mundos", judío helenista de la diáspora, celoso de las tradiciones de su pueblo, y a la vez impregnado de la cultura de la gentilidad. No fue como vulgarmente se dice el fundador del cristianismo, sino tan sólo un hombre in the right place at the right moment, que sirvió a la expansión universal de la esperanza realizada en el Mesías, incoada entre los judíos de Galilea por Jesús de Nazaret. Las cartas auténticas de San Pablo transparentan su genio personal y ofrecen noticias parcas, aunque muy valiosas, sobre su vida y misión. Pero el interesado en la figura de Pablo comenzará por leer los Hechos de los Apóstoles, que recogen las tradiciones más antiguas sobre su trayectoria misionera.

Toda lectura de las epístolas paulinas debe aspirar a alcanzar la cumbre de la Carta a los romanos, en que el apóstol expone de forma acabada y serena sus ideas teológicas. Pero hasta llegar a ese promontorio hay que emprender un largo viaje intelectual y espiritual. A diferencia de la predicación popular, tan clara y directa, del rabí Jesús, el entendimiento de los textos paulinos necesita un comentario. Cualidad observada ya muy temprano: en otro escrito neotestamentario, se dice de las cartas de Pablo que "hay algunos puntos difíciles de comprender, puntos que los que carecen de instrucción y firmeza interpretan erróneamente" [2 Pe 3,16].

Desde luego no es fácil leer ahora a palo seco las cartas de San Pablo sin una buena introducción. Entre el piélago de libros dedicados a la vida y la obra de San Pablo, me atrevo a recomendar por mi cuenta un librito reciente del profesor de NT Senén Vidal: Iniciación a Pablo [Sal Terrae, 2008]. Se trata de una "abreviatura" de otros estudios del autor sobre las cartas paulinas, que explica lo más elemental que debe saberse hoy sobre San Pablo al iniciar su lectura.

Nuestro conocimiento de las cartas de San Pablo es por lo común parcial y fragmentario. Algunas de sus páginas son de dominio público, como su inmortal "himno al amor" (1 Co 13,4-7). Fuera de éste y otros tópicos, hoy sólo se oye a Pablo en fragmentos, en la liturgia (que es su lugar sin duda), pero no se acostumbra a abordarlo seriamente, de corrido, como no sea en las escuelas de teología. No parece sólito que un seglar lea y estudie por gusto al apóstol. La lectura, por ejemplo, de su correspondencia con la comunidad de Corinto, podría provocarnos la ilusión de que ya hemos entendido a San Pablo. Es cierto que muchos pasajes parecen poseer un sentido directo, pero muy pronto, cuando avanzásemos en la lectura, sus ideas comenzarán a parecernos incomprensibles.

La dificultad de los escritos paulinos, observada de antiguo, exige que nos la expliquemos (dar con las dificultades, como dar en hueso, supone haber recorrido ya la mitad del camino para allanarlas). El primer obstáculo, de cajón, es que pasamos por alto que la acción apostólica de Pablo se realizaba sobre todo con su presencia y su predicación en las asambleas. Como en el caso de tantos maestros, profetas y predicadores de la antigüedad, el de Pablo fue un magisterio oral. El afecto que le tuvieron sus comunidades sólo se explica porque lo conocieron en persona, no por la fría mediación de sus escritos, a los que por eso mismo trataba de volcar un gran sentimiento y pasión. Sus cartas eran tan sólo el medio de mantener el contacto con las comunidades distantes, o el anuncio de su próxima llegada y el avance de sus enseñanzas; eran correspondencia.

El mensaje más vibrante de Pablo, que era de viva voz, se perdió con su prisión y martirio en Roma, y así habremos de conformarnos con el testimonio escrito de sus cartas, que no obstante cumplen a la perfección el axioma de McLuhan de que el medio es el mensaje: el anuncio de una buena nueva.

Seguramente Pablo hubiera sido en nuestro tiempo un gran usuario de las nuevas tecnologías (email, mobile phone... blog!), y hoy habría grabado en video sus discursos y prédicas en las sinagogas y las habría difundido en DVD o por youtube, como hacen ahora los predicadores de todas las religiones del mundo. Pero como autor de la antigüedad, leer a Pablo nos exige hacernos cargo de las tecnologías de las comunicaciones de su tiempo.

La forma epistolar, signo material de la correspondencia entre el apóstol Pablo (ausente) y sus comunidades (distantes), nos plantea una segunda dificultad. La enseñanza epistolar paulina contiene un mensaje universal, pero está entreverada con las respuestas a los problemas que le planteaban las comunidades cristianas con las que se relacionó en sus viajes misioneros. Por eso en buena medida las cartas son escritos ocasionales, no tratados universales, y en consecuencia las cuestiones que discute Pablo muchas veces nos parecerán extrañas, porque no estamos en situación. La tarea del lector de estas cartas será por tanto desbrozar aquel fondo de enseñanza universal, predicada por el apóstol para todos los tiempos, y separarla de las discusiones particulares de un tiempo y de un lugar.

Con todo, apenas hemos abordado todavía los mayores escollos que se presentan a un lector actual de San Pablo, que son ideológicos, esto es, la constelación de ideas sobre el mundo, el hombre y la religión, que el mensaje de San Pablo contiene y expresa. Pero tratar de este arduo asunto será tema de un nuevo post, para no alargar éste, que ya anda sobrado. Entre tanto, os deseo sinceramente a todos los lectores un Feliz Año Nuevo.

07 diciembre 2008

Mi despedida de la Feria del Libro Antiguo

Los libros, como las personas, también tienen alma. La más evidente, la de sus autores. Pero también la de sus antiguos propietarios. Por ese motivo nos fascinan los libros antiguos: tienen trazas de humanidad. Y así se explican los remates de bibliotecas: porque los libros se ganan, pero no se heredan. Sólo quien los haya ido reuniendo conoce todo el peso emocional y espiritual que tiene un libro viejo.

Bueno, para no ponerme demasiado filosófico (alguno diría que pedante) este primer párrafo sirve de entrada para comentar que ya puedo hacer mi "balance definitivo" de la XXXI Feria del Libro Antiguo de Sevilla (hace un par de semanas hice el
provisional). Esta mañana, lluviosa y maláge, he comprado el último. Aquí va la pesca de los últimos días:

Diana Wood, El pensamiento económico medieval (Barcelona, Ed. Crítica, 2003) [6 euros, en "Los Terceros"].

Harold Raley, La visión responsable. La filosofía de Julián Marías. Prólogo de José Luís Pinillos (Madrid, Espasa Calpe, 1977) [5 euritos].

Álvaro d'Ors, Papeles del oficio universitario. Madrid, Ediciones Rialp, 1961 [4 euros de nada por un ejemplar intonso, de cabeza a las hermanas encuadernadoras de la calle Águilas, comprado al librero Antonio Castro, ahora en la calle Sol 3, en San Román]. Hace años compré en la Feria un ejemplar de Escritos varios sobre el derecho en crisis (CSIC, Roma-Madrid, 1973), del mismo profesor d'Ors. Ambos son colecciones de artículos de asunto jurídico.

Dejo para el final la edición especial de la Feria:

Alfonso Álvarez-Benavides, "Curiosidades sevillanas". Edición y prólogo de Alberto Ribelot. Texto introductorio de Manuel Castillo (Sevilla, Universidad de Sevilla, 2008, 2ª ed.). Se trata de una recopilación de artículos (o "curiosidades") de ese "escritor de antigüedades de Sevilla", publicadas en El Noticiero sevillano entre 1898 y 1899. Nunca editadas en forma de libro, éste fue compuesto por el profesor Ribelot (+), aprovechando, según nos cuenta en su prólogo, una copia manuscrita hecha por su padre del texto hemerográfico. Una curiosidad más.

La edición tiene un valor significativo. Ya es segunda edición de la primera, de la Feria de 2005, agotada, lo que es signo de su acierto. Y además, lleva un texto introductorio en memoria del profesor Alberto Ribelot (1962-2008), que siempre recordaremos por sus libros, testigos de su paso por la tierra. En este momento me gustaría mencionar, por ejemplo, su edición del año 2001 de las Siluetas de la Semana Santa de Sevilla, recopilación de artículos (1916-1918) del célebre canónigo D. Juan Francisco Muñoz y Pabón (1866-1920). Entre ellos, justamente famoso, el dedicado a la figura del Capillita, que Muñoz y Pabón definía como "el hombre que tiene la fe de su cofradía, que profesó en el santo bautismo".

02 noviembre 2008

San Óscar Arnulfo Romero, profeta y mártir

La canonización es tan sólo un acto de gobierno por el que la Iglesia Católica incluye a un siervo de Dios en el "catálogo de los Santos", y hace lícita su veneración en culto público. Así pues, nada impide al pueblo de Dios que venere como santos a otros cristianos excelsos que aún no hayan sido catalogados, y darles culto oficioso.

Entre aquellos cristianos excelentes aún "sin catalogar", reconozco tener especial devoción a San Óscar Arnulfo Romero, obispo, profeta y mártir. La Buena Nueva escrita por su estrecho colaborador, el jesuíta Jon Sobrino (Un obispo con su pueblo) es, después de los santos evangelios, uno de los textos cuya lectura más me ha conmovido como testimonio heróico de la fe de un profeta. Puedo entender las razones diplomáticas que impiden a la Iglesia Católica canonizar a San Óscar Romero, pero ¡qué pena que no lo haga! Máxime, cuando todos los que han paseado por Londres conocen que la Iglesia de Inglaterra, a su manera, ya lo representa en efigie en la Abadía de Westminster, dándole culto como uno de los mártires del siglo XX (
wikipedia).

o

19 octubre 2008

Política y religión en los USA

Uno de los aspectos que más sorprende a un observador externo de la política USA, es su particular relación con las iglesias. Una causa remota es la impronta dejada por los pilgrims del barco Mayflower, cuyo pasaje eran puritanos que huían de la persecución religiosa en Inglaterra, y que precisamente instituyeron el "Día de acción de gracias" (Thanksgiving Day) en la colonia de Virginia (1619). El hecho ya fue observado por Alexis de Tocqueville: "América es el país más democrático de la tierra y, al mismo tiempo, allí donde la religión católica hace los mayores progresos. De entrada, esto sorprende" (La democracia en América, III, 6).

Pero se impone una explicación más pragmática. En un país donde se garantiza, desde los tiempos de colonia, la
libertad de religión, los políticos saben que han de mostrar y exhibir ante los ciudadanos un respeto exquisito por la práctica religiosa. No se entiende de otra manera que, en la campaña presidencial en curso, los dos candidatos, McCain y Obama, en pocos días se hayan reunido con un telepredicador protestante, y ayer en la cena de caridad de la Alfred E. Smith Memorial Foundation (en la imagen, los candidatos se saludan antes de cenar, junto al cardenal arzobispo de Nueva York, Edward Egan).

El atroz pasado confesional del suelo europeo, que por reacción genera actitudes anticlericales, explica que este particular respeto a la religión de la política USA sea inédito en Europa.

.

24 septiembre 2008

El hombre invisible

A cierta altura, uno ya vive de las rentas de sus lecturas juveniles. Parece que ya hay poco que descubrir, o que uno ya se ha enterado de casi todo. Con gran gusto vuelvo una y otra vez a los viejos relatos (el Quijote, la Biblia), pero ya no leo novelas, que son afición de mozo.

En un simpático y concurrido post del blog de Ignacio, nos hemos entretenido en recomendarnos los unos a los otros cosas que echarnos a leer, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, igual que cuando teníamos quince años. Ahora yo siempre recomiendo un breve puñado: el Criticón (para el que tenga pulso y paciencia), el Lazarillo, La Tesis de Nancy, El arpa birmana, Rayuela, los cuentos de Borges...

También diría que quien tenga el privilegio de leer en inglés con soltura (en un país, España, tan incomprensiblemente negado a los idiomas) posee la llave de ingreso a un oceáno inagotable de fábulas. Un gran país, los USA, síntesis de todo lo bueno y lo malo de este mundo, también ha prohijado una inmensa literatura, de elevado tono moral. Moby Dick, The adventures of Huckleberry Finn (de imposible traducción) o The catcher in the rye, no son sólo "grandes novelas norteamericanas", sino también un importante patrimonio espiritual de la humanidad, que merece ser conocido.

Tengo un vago recuerdo, atmosférico y nebuloso, de la lectura de Invisible man, de Ralph Waldo Ellison (el escritor que posa en la foto). Quizá así sea como se recuerdan los grandes relatos (suele decirse que el "argumento" o historia del Quijote puede resumirse en dos líneas). Pero aún retengo la lección moral de esta fábula de Ellison: en nuestro mundo, todos ambicionamos la fama, y ser reconocidos. Pero la contrapartida a tanta desmesura, es que la inmensa parte de la humanidad está condenada a la invisibilidad. Estudiamos el concepto de persona, e invocamos a Boecio, y no advertimos que muchos individuos, muy cercanos, próximos (prójimos) a nosotros, se ven con su dignidad personal negada.
.

06 septiembre 2008

Contradiciendo a Ratzinger

Hasta ahora no había comentado aquí el libro de Joseph Ratzinger, Jesus von Nazareth (2007), por la sencilla razón de que no lo he leído. Aún aguarda su turno, en el limbo de los libros vírgenes, si bien que reposando en inmejorable compañía, ahora que lo he retirado del anaquel, donde fue a parar por azares de la topología entre la Interpretación del cuarto evangelio (1954), de Charles Harold Dodd, y El instante (1855), de Kierkegaard. Pero no se le busque la lógica a esta secuencia, porque no tiene otra más que el confuso desorden de una biblioteca de uso personal.

Algunos próximos y amigos, más sabios y religiosos que yo, sí han leído "el libro del Papa". Yo no, y confieso que no he podido con él, porque se me cae de las manos. Pero sí he repasado enterito el prólogo y la bibliografía. Ahora que al comenzar el curso anidan en nuestros corazones píos propósitos, he vuelto a hojearlo, y vuelto a desestimar su lectura, en provecho de otras más urgentes. No obstante, en un rato perdido he usado de técnicas de lectura veloz, haciendo algunas calas en el texto, para explicar ahora mi resistencia a esta obra. No descarto que, como me pasa con muchos otros libros, simplemente le haya cogido manía; pero quién sabe.

El prólogo contiene una declaración, justamente destacada en los medios, y que voy a reproducir: Sin duda, no necesito decir expresamente que este libro no es en modo alguno un acto magisterial, sino únicamente expresión de mi búsqueda personal "del rostro del Señor" (cf. Sal 27, 8). Por eso, cualquiera es libre de contradecirme. Pido sólo a los lectores y lectoras esa benevolencia inicial, sin la cual no hay comprensión posible.

Pues bien, tomándole la palabra al profesor Ratzinger, me permitiré aquí hacer una módica contradicción del libro, que seguramente estará falta de la sabiduría y temple que requiere el empeño. En cuanto a la "benevolencia inicial", creo que ya la he demostrado, habiendo comprado el libro y leído su prólogo y algunas de sus páginas. Y también porque tengo en general buena disposición hacia Ratzinger el teólogo, del que soy lector de su Introducción al cristianismo (1968) desde mis ya lejanos años de bachiller. Por no hablar de mi admiración, ya en el terreno magisterial, de su hermosa encíclica Spe salvi, que he comentado repetidas veces aquí.

No pondré en duda jamás que el libro Jesús de Ratzinger sea, en doctrina, católico-católico, como el café-café (no podría ser de otra manera, en la persona del doctor que hoy ocupa la
cátedra de San Pedro). Pero como este libro es resultado, como él mismo dice, de una "búsqueda personal", tal vez refleje sus propias y particularísimas opiniones teológicas, que no su magisterio de Supremo Pontifice. No hay más que repasar otro libro famoso de Ratzinger, el Informe sobre la fe (1985), donde sin ambages reconocía, dialogando con el periodista Vittorio Messori, que en la Iglesia polemizan corrientes conservadoras y progresistas, que siguen todavía hoy discutiendo en torno a la vigencia del Concilio Vaticano II.

Mi primera crítica se refiere a la aptitud del libro para enseñar. El Jesús de Ratzinger se sitúa, como decimos coloquialmente, en un quiero y no puedo. No explica con el orden, la sencillez y claridad debidas, la vida y milagros y las enseñanzas de Jesús el nazareno, que seguramente es lo que piden de corazón los cristianos sencillos, deseosos de aprender y de oír hablar del Maestro. Pero por otro lado, tampoco alcanza un aseado nivel que satisfaga a los estudiosos del Nuevo Testamento, de los evangelios y de su teología. Destinado al gran público, irremediablemente incurre en una rapsodia de temas teológicos y escriturísticos, de imposible vulgarización, pensando quizá en ese hipotético y modélico lector medio que, como cualquier "media estadística", no existe.

Me imagino que muchos de los tropecientos mil compradores del "libro del Papa", que se lo llevaron de la pila de los grandes almacenes, o del hipermercado, como quien compra el último premio Planeta, se habrán llevado un buen chasco si se han asomado a sus páginas. A los pocos días de tenerlo en mis manos, ya avisé que el prólogo, repleto de consideraciones de alta erudición teológica, cumple a la perfección la tarea de disuadir de la continuación de la lectura. Claro está que hablo de ese "lector medio" hipotético, y que no desconozco que lectores más instruídos, entre la clerecía y el personal con estudios, sí habrán llegado a buen puerto leyéndolo en su integridad.

¿Y en cuanto al lector estudioso, informado? Para valorar los quilates del libro, me he dirigido al capítulo 8, "Las grandes imágenes del evangelio de Juan". Confieso que tengo un motivo personal para hacerlo, y es que este cuarto evangelio, a diferencia de los sinópticos, siempre se me ha atragantado, nunca lo he entendido bien. Me parecía, puede ser que con razón, demasiado filosófico. Por eso dos libros que me aguardan impacientes son los comentarios del teólogo inglés Charles Harold Dodd, que he mencionado arriba: Interpretación del cuarto evangelio (1955) y Tradición histórica en el cuarto evangelio (1963) [ambos publicados por ediciones Cristiandad]. Quien de verdad quiera aprender y comprender el sentido del evangelio de Juan, debe leer estas colosales obras exegéticas. Pero si a continuación dirigimos nuestra mirada al capítulo 8 del libro de Ratzinger, observaremos que se queda en un nivel divulgativo de saberes teológicos y escriturísticos, que difícilmente calarán en aquel "lector medio".

En resumidas cuentas, el que llaman "libro del Papa", que más propiamente se debe llamar "último libro del teólogo Ratzinger", como él mismo honradamente advierte en el prólogo, porque no es una obra magisterial, se queda a mi juicio en un nivel intermedio, equidistante, forzosamente catequístico, que procurará algún barniz teológico a lectores interesados, pero que no satisfará las expectativas de los lectores sencillos (que no rudos), que quieren conocer el mensaje de Jesús, y tendrá poco interés para quienes ya estén sumergidos en la ciencia teológica y en el estudio riguroso de las Escrituras.

Para terminar y no alargarme, una vez explicadas mis impresiones sobre el nivel retórico del libro de Ratzinger, debo referirme a su contenido ideológico, analizando al menos alguna de sus opiniones teológicas. Comentarlo por entero está fuera de lugar, y muy lejos de mi capacidad y sabiduría. Esta vez me he dirigido al capítulo 4, donde se habla de "el Sermón de la Montaña". El comentario que voy a hacer evidenciará el acierto de la elección. En este pasaje saltan a la vista, a mi juicio, las opiniones que animan el pensamiento actual de Ratzinger el teólogo. Para no andarme por las ramas copio un párrafo muy significativo, de la página 105 de la edición española:

"El Sermón de la Montaña como tal no es un programa social, eso es cierto. Pero sólo donde la gran orientación que nos da se mantiene viva en el sentimiento y en la acción, sólo donde la fuerza de la renuncia y la responsabilidad por el prójimo y por toda la sociedad surge como fruto de la fe, sólo allí puede crecer también la justicia social. Y la Iglesia en su conjunto debe ser consciente de que ha de seguir siendo reconocible como la comunidad de los pobres de Dios. Igual que el Antiguo Testamento se ha abierto a la renovación con respecto a la Nueva Alianza a partir de los pobres de Dios, toda nueva renovación de la Iglesia puede partir sólo de aquellos en los que vive la misma humildad decidida y la misma bondad dispuesta al servicio".

Un lector "no benevolente" quizá entrevea en esa afirmación tan tajante de que el Sermón de la Montaña "no es un programa social", la contestación previsible de Ratzinger a la Teología de la Liberación. No quiero entrar en esta materia, porque me alejaría indebidamente del texto explícito de Ratzinger. Pero hay que llamar la atención sobre la interpretación que de la pobreza hace el conjunto del capítulo 4, y en particular este párrafo: pobre es el miembro de la Iglesia, con humildad decidida y bondad dispuesta al servicio. Creo que no he sido infiel al interpretarlo. Entonces, ¿podemos imaginarnos quienes son esos "pobres" de los que habla Ratzinger? Pienso que Ratzinger lleva aquí la "imaginación teológica" muy lejos, porque desde la lectura del evangelio, y oyendo las palabras de Jesús, el pobre es simplemente el pobre.

Leyendo este texto de Ratzinger, que dice que Jesús no predicó en la montaña ningún programa social, me pregunto en qué desván eclesiástico ha quedado arrumbada la opción preferencial por los pobres, que nos recuerdan los teólogos
Jon Sobrino y Gustavo Gutiérrez. Al menos hemos comprendido que el evangelio obliga a "tomar una decisión", a hacer una opción. ¿Pero nos concede el evangelio margen para interpretar, a nuestro gusto y conveniencia, esa palabra tan solemne como es la de la pobreza? Sancte Óscar Romero, ora pro nobis!

Voy a concluir este comentario al Jesús de Ratzinger refiriéndome, ya muy ligeramente, a las disputas teológicas en que se embarca el autor. Disputar, debatir, altercar, contender, discutir, son formas de ejercer los oficios retóricos, como son los de los abogados, filósofos y teólogos. En general, el debate de opiniones está presente en todo arte y ciencia. También debaten los médicos, sobre el mejor tratamiento del enfermo, o los ingenieros, sobre la mejor construcción de un puente.

Por eso mismo, también en este libro de Ratzinger hay debate (por ejemplo, como era de esperar, con Bultmann). Sin embargo, he querido ver una gran distancia con el desarrollo de los debates en su juvenil Introducción al cristianismo. En este último libro, originado en unas conferencias universitarias en Tubinga, Ratzinger dialoga con los intelectuales de su tiempo. Pero en el que comentamos, Ratzinger ataca e impugna. Creo intuir que en esta diferencia de estilo (tan sólo es una impresión apresurada) asoma la senescencia del pensamiento del autor. Por eso creo, y ésta puede ser una conclusión razonable, que esta tardía obra del teólogo Ratzinger, no añade nada, como tantas veces ocurre en muchísimos creadores y pensadores, a sus brillantes obras juveniles. Volvamos, si queremos, a su Introducción al cristianismo.

Actualización: Las "paradojas" del libro del Papa.

"... Paradójicamente, mientras él mismo nos dice que este libro no es un documento del magisterio papal, sino el fruto de su personal compromiso teológico, tenemos la clara impresión de que leyendo estas páginas contamos con una clave preciosa para comprender mejor muchos aspectos de su pontificado: sus homilías, sus catequesis de los miércoles, el estilo de su gobierno y del orden de su vida, en cierto sentido también las prioridades y diversas elecciones de su gobierno. Sabemos mejor quién es el Papa, qué es verdaderamente esencial para él, y por lo tanto qué nos quiere decir a todos los creyentes en Jesucristo, a los hombres y a las mujeres de hoy. Le estamos profundamente agradecidos."

P. Federico Lombardi [vía: Zenith]

.