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16 diciembre 2019

Juan Sierra, Luís Álvarez Duarte, y Sevilla...

Tengo parado el estudio de la filosofía del derecho de Santo Tomás de Aquino, y me excuso porque me estoy tomando un merecido descanso mental navideño. Ya lo retomaré, si tengo humor. Pero he pensado concluir el año con algo muy bonito, y tan carpetovetónico ("considerado como característico de la España profunda frente a todo influjo foráneo", lo define el diccionario), como es la exaltación de mi pueblo, que en mi caso es Sevilla... ¡oh gran Sevilla, / Roma triunfante en ánimo y nobleza! (según el archifamoso e irónico soneto de Miguel de Cervantes). La exaltación de Sevilla, subgénero literario. 

Para terminar bien el año, voy a dar mi votación de los libros excelentes que han sido publicados este año 2019. Hacia el mes de abril ya había avanzado tres que siguen pareciéndome muy buenos: la tercera parte de la biografía del profesor José Manuel Lucía Megías : La plenitud de Cervantes; y otros dos de interés sevillano: Sevilla y Murillo : una ciudad para un artista, del profesor Gabardón de la Banda, y Los evangelios apócrifos en la Semana Santa de Sevilla, del joven jesuíta Daniel Cuesta Gómez. A estos tres libros ya me referí [aquí]. Y ahora voy a sumar otros dos libros excelentes que han aparecido estos días, sobre otros tantos grandes creadores y artistas sevillanos : el escultor imaginero, fallecido hace tres meses, Luís Álvarez Duarte (1949-2019), y el poeta y funcionario (de hacienda) Juan Sierra (1901-1989). Comienzo por el escultor.

ÁLVAREZ DUARTE. Este libro es ya, como sabe todo el sector capillita de la ciudad, un clásico del arte imaginero de las cofradías sevillanas : El niño imaginero [almuzara]. Es una recuperación, con motivo del fallecimiento del artista. El año 2012 el periodista José Joaquín León había publicado El niño imaginero en una editorial modesta, que en poco tiempo ha sido absolutamente inencontrable (era un libro que yo ambicionaba). Son las memorias orales del escultor Luís Álvarez Duarte, un artista precoz, que siendo niño se agregó como aprendiz de otro gran imaginero, de Carmona, Francisco Buiza (1922-1983), al que siempre tuvo por maestro, y del que despidió en su lecho de muerte [correo]. En los años sesenta, en la Casa de los Artistas (al lado del Jueves), a Álvarez Duarte se le llamó el niño imaginero, porque con sólo doce años, en 1962, talló su primera imagen, la de la Virgen de los Dolores, para su parroquia de San José Obrero (calle Arroyo, 78), que después de medio siglo sigue procesionando [hermandad]. A partir de entonces, su obra fecunda se extendió por Andalucía, España y la Humanidad (muy presente en Hispanoamérica, hasta llegar a la catedral de Buenos Aires). Para no pecar de omisión, no me atrevo a citar ninguna de sus obras (que aparecen catalogadas, quizá no todas, al final del libro), aunque arriba de esta nota he colgado la imagen de la talla de la santa carmelita Edith Stein (santa Teresa Benedicta de la Cruz), que figura en el lado derecho del retablo de la Virgen del Pilar, en la iglesia del Santo Ángel (en la calle Rioja, que me pilla cerca), que se debe también a Álvarez Duarte (obra de madurez, tallada el año 2000) [vía]. Sobre el libro, decir que se lee con gran emoción. Está muy documentado (en el colofón, muy meditado, se reproduce una fotografía de las virutas del taller del artista). Ahora, después de su muerte, el periodista José Joaquín León ha actualizado en tiempo récord aquella primera edición de hace siete años, completando la biografía del artista con ayuda de su viuda. Un gran libro, imperecedero, me parece (con esa relativa inmortalidad que tienen las obras humanas).

JUAN SIERRA. Otro libro que yo ambicionaba era la reedición de las prosas (los artículos de prensa) del poeta sevillano Juan Sierra, que el ayuntamiento publicó en edición casi clandestina, y bastante fea, el año 1984, con el título Sevilla en su cielo, al que me referí hace ya dos años [aquí]. Mi deseo ha sido felizmente satisfecho (como coleccionista he aprendido que muchas veces, si Dios quiere, al cabo del tiempo los buenos libros acaban recuperándose para las nuevas promociones de lectores, y sólo hay que tener paciencia). Hoy mismo, en el CICUS de la calle Madre de Dios (saliendo de la calle San José, en la judería) se presenta la nueva edición de la obra completa, Poesía y prosa [cicus], en coedición [elpaseo]. El Abc de hoy titula : "Juan Sierra: mucho más que el gran poeta de la Semana Santa de Sevilla" [Abc]. Aún no lo tengo en mi poder (se me hace la boca agua), y es por placer coleccionista, porque ya tengo las poesías por un lado (la edición de La Veleta de 1992), y la edición del ayuntamiento de las prosas, que compré en El Jueves (cómo no). Este, y el libro del niño imaginero, son dos libros maravillosos, pero no digo que para regalar a cualquiera (otras sugerencias pueden encontrarse en la sección de "libros más vendidos" de la Casa del Libro).

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17 abril 2019

La plenitud de Cervantes (y otros libros nuevos)

No abandono la afición a los libros, viejos o nuevos, y tampoco renuncio a aventar por esta ventana de internet, a quien pueda interesar, la noticia de nuevas publicaciones que me llamen la atención. El primero en la reseña es el último que he comprado. Lo esperaba impaciente, al que me refería en una nota del verano pasado, "Miguel de Cervantes y el Baedeker" [aquí]. Es la tercera parte de la biografía, o tal vez semblanza, de Miguel de Cervantes, del profesor José Manuel Lucía Megías : La plenitud de Cervantes. Una vida de papel, que edita Edaf. Se añade a La juventud de Cervantes, publicada en el año 2016 [Edaf], y La madurez de Cervantes, de 2017 [Edaf]. Esta última parte se ha hecho esperar, y ya estoy deseando leerla. Llama la atención la ilustración, muy escogida y estudiada, del interior, así como de las cubiertas, en sintonía con el libro, que trata de aproximarnos a una vida cervantina más comprensible desde los esquemas actuales, aunque no hayamos logrado avanzar mucho más en sus detalles, que tampoco importan. Me doy cuenta que he invertido en los tres volúmenes un total de 72 euros de vellón (o en buena moneda castellana, como le decía don Quijote a maese Pedro después del estropicio). Pienso que muy bien invertidos, aunque también habrá que recordar que la biografía ya clásica de Jean Canavaggio se vende hoy en librerías, en libro de bolsillo, a 12 euros.

Otro libro nuevo es del profesor sevillano José Fernando Gabardón de la Banda (doctor en derecho y historia del arte [sisius]) : Sevilla y Murillo : una ciudad para un artista (Fundación Cajasol, 2018), prologado por el Dr. Enrique Valdivieso [CEU]. Es casi una guía de la ciudad de Sevilla, vista desde el prisma artístico de uno de sus hijos ilustres, Bartolomé Esteban Murillo (por eso se títula así, y no como cupiera esperar, Murillo y Sevilla). Encuentro muchas resonancias con el libro del profesor Lucía Megías. Para empezar en su ilustración, el que pretenda ser también una guía visual del personaje en la ciudad (comenzando por el motivo de la cubierta, el medallón cerámico en la plaza de España. Como dice el profesor Gabardón, se trata de conjugar un saber, en este caso el histórico artístico, con el enfoque urbano. A mí me resulta muy atractivo este enfoque (a fin de cuentas soy urbanita, y el aire de la ciudad hace libres, Stadtluft macht frei). De hecho, uno de mis libros preferidos, souvenir italiano, es Una mole di parole. Passeggiate nella Torino degli scrittori, de Alba Andreini (2006) [Dialnet]. Tendría que rebuscar más ejemplos. Uno antiguo, sin pretender ir más lejos, los Perfiles de la Sevilla cervantina, de Francisco Rodríguez Marín, reeditado por el Ayuntamiento en 1992, en origen su discurso preliminar a la edición de la R.A.E., en 1905, de la novela de Rinconete y Cortadillo (el ejemplar antiguo alcanza precios astronómicos en los anticuarios). Otro, que se acaba de reeditar, es El París de Cortázar, guía en forma de diccionario, de Juan Manuel Bonet [Archiletras]. We’ll always have Paris. Dicho de pasada, la R.A.E. ha publicado la "edición conmemorativa" de Rayuela, aunque uno ya ha perdido la cuenta de qué se conmemora [RAE]. Sigo prefiriendo (además del viejo ejemplar en que la leí con 16 años), la edición de Andrés Amorós (que fue amigo de Cortázar).

Y concluyo con otro libro atractivo, también de la órbita sevillana, Los evangelios apócrifos en la Semana Santa de Sevilla, del joven jesuíta Daniel Cuesta Gómez S.J. (Segovia, 1987) [Alfar]. Es un libro destinado a convertirse en un clásico en este género, y además, lo que me parece más gratificante, escrito por un forastero (dicho con todo el aprecio al autor). En esto el joven Daniel va a la zaga de otro ilustre jesuíta forastero, escritor famoso de las cofradías sevillanas, Ramón Cué Romano. Sobre el nuevo libro, una interesante entrevista, en la revista Vida Nueva [aquí]. La imagen es la talla del famoso Pilatos de la hermandad de San Benito (Poncio Pilatos es personaje de los evangelios canónicos, pero también del apócrifo "Actas de Pilatos").

Otro día sigo contando cosas de libros, si Dios quiere.

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13 julio 2018

Miguel de Cervantes y el Baedeker

Después de leer Los trabajos de Persiles y Sigismunda, obra póstuma de Miguel de Cervantes, sólo digo que es un libro maravilloso. Es un sublime conjunto de historias y de perlas de sabiduría. En efecto, como el mismo Cervantes ya sabía, podría extraerse una hermosa colección de aforismos de esta novela (y en general, de toda su obra, como ya hizo el hispanista turinés Aldo Ruffinatto en su Flor de aforismos peregrinos, publicada en 1995). No menos, el Persiles es una exaltación de los viajes por el puro placer de viajar, como lo es también el placer de leer libros. Leer y viajar, pero también escribir, fueron ocupaciones constantes de Cervantes (también los negocios y el juego de naipes), y estos Trabajos son la suma de una vida, en que no es difícil descubrir el componente autobiográfico. La peregrinación es propia del hombre, sufriendo y gozando las aventuras, como la vida misma, y por eso Los trabajos de Persiles y Sigismunda  nos apasiona. No hemos llegado a Islandia ni a la isla de Tule, pero nos imaginamos en esa navegación.

Otra cosa es que hoy ya se haya perdido el sentido auténtico del viaje, como el auténtico placer de leer libros, y por eso cuesta tanto trabajo leer y comprender a Miguel de Cervantes. Un amigo, de regreso de Madrid, me contaba lo fácil que era andar por la gran ciudad (nosotros que somos de un pueblo grande como es Sevilla). Con el google basta indicar "cómo se va a la plaza de Antón Martín", para que la pantalla te diga en el mapa cómo callejear desde cualquier esquina. Así se explica que los turistas chinos, japoneses y coreanos andan por las calles de nuestras ciudades como Pedro por su casa, sin necesidad de preguntar nada a nadie: lo tienen todo, todo, explicado en la pantalla de su smartphone. A su lado, yo casi sigo en la edad de piedra, y pienso que ya se ha olvidado el discreto encanto de perderse en la ciudad desconocida, única manera de conocerla, pateándola, y preguntando a cualquiera: "Perdone, señor (o señora, o joven), ¿cómo se llega a la plaza mayor?". Nunca se me olvidará mi juvenil vagabundeo por las calles de París, en los tiempos de antes del google. Algunos parisinos hacían buena su fama de antipáticos, y nada más que amagaba con preguntarles una dirección, me volvían la cabeza. Pero otros en cambio eran más amables. No se me olvidará jamás en la vida el cariño con que una mujer mayor (con edad de haber sufrido la guerra) me invitaba a conocer Les Vignes de Montmartre [lefigaro].

¿Qué diría Miguel de Cervantes de todo esto? Yo estoy convencido de que hoy nuestro príncipe de los ingenios sería un gran usuario de las nuevas tecnologías (como lo sería otro gran viajero de la antigüedad, Pablo de Tarso). De hecho, en el Persiles defiende los baedeker de su tiempo, las "guías turísticas" que tenía a mano. En el capítulo octavo del tercero libro [cervantesvirtual] se contiene el famoso apóstrofe de la ciudad de Toledo: "¡Oh peñascosa pesadumbre, gloria de España y luz de sus ciudades, en cuyo seno han estado guardadas por infinitos siglos las reliquias de los valientes godos, para volver a resucitar su muerta gloria y a ser claro espejo y depósito de católicas ceremonias! ¡Salve, pues, oh ciudad santa, y da lugar que en ti le tengan éstos que venimos a verte!".

Y a continuación, en palabras del mismo autor, la defensa de los libros de viajes: "las lecciones de los libros muchas veces hacen más cierta esperiencia de las cosas, que no la tienen los mismos que las han visto, a causa que el que lee con atención, repara una y muchas veces en lo que va leyendo, y el que mira sin ella no repara en nada, y con esto excede la lección a la vista".

En fin, recomiendo de verdad este libro maravilloso que son Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Después se puede seguir con la atractiva e innovadora biografía cervantina, del catedrático de la Complutense José Manuel Lucía Megías. Hasta hoy se han publicado dos volúmenes: La juventud de Cervantes. Una vida en construcción [edaf] y La madurez de Cervantes. Una vida en la corte [edaf]. El próximo septiembre se anuncia la última entrega: La plenitud de Cervantes [lanzadigital], lo que es una magnífica noticia para el planeta cervantino.

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05 julio 2018

Don Marcelino en El Jueves

Otro gran bibliófilo, artífice de la biblioteca que lleva su nombre en Santander [bmp], y director, hasta su muerte en 1912, de la Biblioteca Nacional [bn], es naturalmente don Marcelino Menéndez Pelayo. En su calidad de coleccionista de libros, tal vez sólo tenga como igual a don Hernando Colón, hijo del Almirante, sepultado en la catedral de Sevilla, del que recibimos, muy maltrecha de saqueos, la Biblioteca Colombina. Esta mañana hice acto de presencia en el mercado de la calle Feria, sin ver nada de particular (porque ya estamos en verano), si no fuese por un par de libritos de la colección "Austral" de Espasa-Calpe, que son mi debilidad. Uno es San Isidoro, Cervantes y otros estudios, de Marcelino Menéndez Pelayo. Selección y nota preliminar de José María de Cossío (Madrid, 1959, 4ª ed.). Contiene entre otros el estudio "Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del Quijote", discurso leído en el Paraninfo de la Universidad Central en la solemne fiesta académica de 8 de mayo de 1905. Es interesante porque fue la ocasión en que don Marcelino se pronunció en público sobre Cervantes y el Quijote. Tiene la curiosidad de llevar un sello con su precio antiguo, "Pesetas 40". El otro austral es un tomo de la serie de Vidas paralelas de Plutarco, este contiene las de Cicerón y Demóstenes, y Demetrio y Antonio (Madrid, 1969, 4ª ed.). Otra curiosidad, es que lleva adherido sello de la librería Tarsis, de cuando estaba en la calle Méndez Núñez, 17, dando a la plaza Nueva. Ambos dos a un pavo. Con esto parece que me gradúo de coleccionista de los tomitos antiguos de la colección Austral, aunque a los que tengo más aprecio son los que me regalaron o compré de adolescente.

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04 julio 2018

El Persiles es para el verano

Cervantes nunca defrauda, leyendo cualquier parte de su varia obra, incluso sus poesías. Algunos veranos, pareciéndome que no tenía nada mejor que leer, me he llevado a los ojos el Quijote, que siempre divierte. Pero este verano ha sido la hora de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional, su obra póstuma de 1617, que ya estoy leyendo. El Quijote es la novela popular, por la atracción irresistible de sus personajes protagonistas, auténtica creación universal, porque son un arquetipo del espíritu humano (el gordo y el flaco, o el clown listo y el payaso tonto, el augusto, o el rústico de las comedias antiguas..., y así sucesivamente). En comparación, el Persiles es un libro hiperclásico, destinado a un público lector distinguido (no ahorro advertencias para quien se plantee leerlo). El Quijote nos da la risa, el Persiles no, es más serio. Sin embargo, hay quienes piensan que el Persiles puede superar en excelsitud al mismo Quijote, por ser una obra artística sublime. Así que debe existir un secreto club de fans del Persiles, como lo habrá de otros clásicos de nuestra lengua que se tienen por difíciles, a los que me apunto, como es por ejemplo el Criticón del jesuíta Baltasar Gracián. Por ser de aventuras marítimas, el Persiles es una lectura refrescante del verano, leído al resguardo de los peligros de la mar. Yo me atrevería a afirmar que no se entenderá nunca nada bien el Quijote sin haber leído el Persiles, porque esta es novela donde se compendia y expresa a rienda suelta el arte literario de Miguel de Cervantes. Es, en síntesis, la literatura en estado puro, compuesta sin parar de relatos por el puro placer de contar historias. Esto es parte de nuestra naturaleza, desde que siendo niños nos contaban fábulas de brujas y monstruos para asustarnos benignamente. ¡Qué grande es Cervantes!

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05 octubre 2017

Martí de Riquer en El Jueves

Continúo con la descripción de libros que he comprado en el rastro sevillano de El Jueves. Preceden, en artículos anteriores, los libros de religión [1], los libros de leyes [2], y la literatura inglesa [3]. Y ahora le toca el turno a los clásicos, que son para mí la literatura escrita en lengua castellana o española. Jorge Luís Borges ha definido a los clásicos en un ensayo célebre, aunque yo no voy a repetir ahora su definición, pero sí recordar su cautela de que "las coincidencias o novedades importan menos que lo que uno cree verdadero" [Borges]. Yo los defino a los clásicos como los libros que siempre tendremos con nosotros. Verdad es que no hay metro de medir el clasicismo, y que cada lector tiene sus preferencias. Si es unánime, o la preferencia es del mayor número, tenemos ahí un clásico (J. L. Borges ya lo es). Cuando repaso la lista de títulos que sigue a continuación, me llama la atención que se componga en gran parte de libros marginales. Pero no tanto, pues cuento hasta tres libros cervantinos, que es el clásico por excelencia. Si  los clásicos están en todas partes (véase el caso del Quijote), no parece que sean de venta sencilla en una feria. En estos lugares se reclama la atención con los libros exóticos, populares o procaces. Pero juzgue el lector sobre estos libros, que reseño por orden de antigüedad:

Alfonso El Sabio, General Estoria. Tercera parte. IV. Libro de Salomón: Cantar de los Cantares, Proverbios, Sabiduría y Eclesiastés. Edición de Pedro Sánchez-Prieto Borja y Bautista Horcajada Diezma. Madrid, Editorial Gredos, Biblioteca Románica Hispánica, 1994. Texto a doble columna de la versión castellana alfonsí y de la latina de la "Biblia de París", texto corrompido de la Vulgata vigente en la Sorbona en el siglo XIII. Es un testimonio del "romanceamiento bíblico medieval".

Ramón Menéndez Pidal (ed.), Textos medievales españoles. Ediciones críticas y estudios. Obras de R. Menéndez Pidal, tomo XII. Madrid, Espasa Calpe, 1976. LI láminas. La edición reproduce obras tales como la Disputa del alma y el cuerpo, o el Auto de los Reyes Magos, hasta el Poema de Yúçuf.

Samuel G. Armistead, Joseph H. Siulverman, Tres calas en el romancero sefardí (Rodas, Jerusalén, Estados Unidos). Con un prólogo de R. Menéndez Pidal. Traducción parcial de Iacob M. Hassán y Selma L. Margaretten. Transcripciones musicales y estudio de Israel J. Katz. XII láminas. Glosario de turquismos, hebraísmos y formas judeo-españolas poco usuales. Valencia, Editorial Castalia, 1979. Edición de romances sefardíes tomando como referencia el testimonio de manuscritos aljamiados, y de judíos sefardíes de Europa oriental refugiados en los EEUU.

Fernando de Rojas (1491), La Celestina. Introducción y notas de Juan Mateos. Barcelona, Ramón Sopena Editor, s.f. (¿1920?). El editor defiende que el bachiller Rojas fue el único autor de toda la Comedia de Melibea. En contra, hoy, Govert Westerveld [laopinión].

Fray Antonio de Guevara (1539), Libro primero de las Epístolas Familiares. Tomo II. Edición de José María de Cossío. Madrid, Aldus Artes Gráficas, colección "Biblioteca Selecta de Clásicos Españoles", 1952. Impreso a expensas de la Fundación Conde de Cartagena. La última de las epístolas, la que hace la número 43, "Letra para el Abad de Compluto, en la qual se declara por qué Dios da tribulaciones a los justos", en latín.

Miguel de Cervantes Saavedra (1585), Primera parte de la Galatea. Dividida en seis libros. Dirigida al ilustrísimo señor Ascanio Colonna, Abad de Santa Sofía. Barcelona, Ramón Sopena Editor, s.f. El libro tiene firma de su primer propietario, "Octubre 1º de 1917", una edición contemporánea de la revolución bolchevique. Está viejo, pero tiene bellas ilustraciones.

Martín de Riquer, Aproximación al Quijote. Prólogo de Dámaso Alonso. Biblioteca Básica Salvat de los libros RTV, 1970. Esta de R.T.V. fue una colección de libros populares y baratos, que aún sobrevive dignamente en los mercadillos. Este de Riquer, que me costó 1 euro, es la recuperación del mismo que leí en el bachillerato, que había extraviado. A Martí de Riquer, filólogo catalán y académico de la española [rae], se le debe un librito delicioso, Cervantes en Barcelona (1989).

Miguel de Cervantes Saavedra (1615), Novelas ejemplares. Edición ilustrada. 16 grabados en negro y 14 cromotipias. Barcelona, Editorial Ramón Sopena, colección "Biblioteca Hispana", 1956. Bonita edición, con el texto mondo de las novelas, sin notas ni introducciones, ni nada de eso. Le plaisir du texte. Incluye la novela de "La tía fingida", que no tengo motivos para negársela a Cervantes (las primeras líneas y el aire de vodevil, o entremesil, de la historia, son inconfundiblemente cervantinos), aunque me parece flojita, como de autor joven y primerizo, que no resiste la comparación. Con razón Cervantes la excluiría de la edición de 1615. En cierto modo, Miguel de Cervantes también ha sido víctima de los papeles inéditos que todo autor guarda imprudentemente en el cajón.

Lope de Vega (1612), Pastores de Belén. Refundión y prólogo de Rafael Olivares Figueroa. Ilustraciones de Juliá Riu. Barcelona, Editorial Juventud, 1960 (1ª de 1941). "Aunque me pareció adolecía de graves inconvenientes para ser colocada en manos de niño, la reiterada lectura y meditación hubieron de llevarme al convencimiento de que si, con cuidado, se eliminaban de ella los pasajes que, por su  oscuridad, pesadez, crudeza o descuido, lo tornaban anti-infantil, sin que se quebrantase la unidad ni se deformase la gala del estilo, los Pastores de Belén se tornarían en uno de los más bellos libros para la infancia..." (del prólogo de R. Olivares Figueroa, fechado en Córdoba, Navidades de 1935 [Dialnet]). Sobre el ilustrador [gec]. Es mi última compra en El Jueves, una invitación a la ternura y a la bella esperanza.

Joaquín de Entrambasaguas, Vida de Lope de Vega. Con 16 láminas. Barcelona, Editorial Labor, colección "Pro Ecclesia et Patria", 1942 (1ª de 1936). Una biografía subyugante, que recomiendo, ahora que todavía puede encontrarse en las librerías de viejo a precio barato.

Enrique Gil y Carrasco (1844), El señor de Bembibre. Nota preliminar de Federico Carlos Sáinz de Robles (donde dice que "es la más bella novela histórica de nuestra literatura"). Madrid, Editorial Aguilar, colección "Crisol", 1944. De ocasión. Los libros "Crisol" son un clásico de los libros viejos (es cierto que unos títulos más demandados y cotizados que otros). Este tiene la curiosidad de haberse publicado el año del centenario de la novela (1844-1944).

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15 mayo 2017

La literatura en andaluz

Decíamos que la novela norteamericana Adventures of Huckleberry Finn, del año 1885, de Mark Twain (pen name de Samuel Langhorne Clemens) es un auténtico landmark o jalón de la expresión literaria de los modos de hablar que se alejan de la lengua inglesa estándar. No es sin embargo esta novela ningún caso único, ni prístino, de la evocación en la escritura de los hechos sociolingüísticos. En una visita a la nueva librería sevillana La caótica, en la calle José Gestoso, he visto un nuevo libro que se acumula a los innumerables estudios de literatura chicana. En español, tendríamos que recordar el inmenso caudal de la literatura hispanoamericana, por ejemplo las novelas y cuentos de Julio Cortázar (pensemos en Rayuela), en que el autor reproduce el habla de Buenos Aires (recuérdese en las primeras páginas, el lema graciosísimo de César Bruto, sobre "Lo que me hubiera gustado ser a mí si no fuera lo que soy"). O de este lado del Atlántico, el habla madrileña en las novelas de Benito Pérez Galdós.

A poco que reflexionemos, el fenómeno de la intrusión del habla popular en la literatura culta se nos aparece como ubicuo, tan sólo limitándonos a nuestra lengua. Otro caso sobresaliente es el del judeoespañol, en el que hay muchos testimonios escritos, incluso un Quijote en sefardí, al que ya me he referido [aquí]. La representación escrita del habla desviada del estándar, es sin embargo una práctica universal, que ya se puede encontrar en las letras grecolatinas. Se dice, por ejemplo, que Platón, que antes de escribir diálogos socráticos ya se había estrenado como autor de teatro, reproduce en sus diálogos juveniles la peculiar forma de hablar de la gente de la calle. Los evangelistas siguieron también esta práctica literaria. San Marcos, autor del evangelio más antiguo, incrusta en su redacción expresiones arameas, como la de este pasaje célebre (Mc 5, 40-42): "Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate». En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar".

El caso particular del habla andaluza no es ajeno a esta práctica. Sobre sociolingüística andaluza, hay que hacer mención del profesor Miguel Ropero Núñez (del que fui alumno en la universidad el curso 1981-1982), autor del pionero estudio El léxico caló en el lenguaje del cante flamenco (1978), que sigue reeditándose. Hay además un libro reciente, del profesor Francisco García Duarte (emigrado a Barcelona, nacido en Padul, Granada): La literatura en andaluz. La representación gráfica del andaluz en los textos literarios (que no he podido examinar). García Duarte quiere ver los primeros testimonios del andaluz escrito en la literatura costumbrista del siglo XVIII. Ejemplos muy conocidos de la literatura moderna, que a todos se nos vienen a la cabeza, es el teatro de los hermanos Álvarez Quintero (que pretendía reproducir el habla sevillana... para que se riese el público de Madrid). O el Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, que de manera muy sensible calca la forma de hablar de los niños de las calles de Moguer.

Pero si el reflejo literario del habla popular es una práctica antigua, tanto como el de la literatura escrita, en castellano podemos adentrarnos hasta los testimonios poéticos más tempranos de nuestra lengua, en el siglo XI: las jarchas mozárabes (Samuel Miklos Stern: Les vers finaux en espagnol dans les muwassahs hispano-hébraïques. Une contribution à l'histoire du muwassah et à l'étude du vieux dialecte espagnol 'mozarabe', Al-Andalus Revista de las escuelas de estudios árabes de Madrid y Granada, XII (1948). El Quijote (1605), en sí mismo, es ya todo un monumento de las variedades lingüísticas de su tiempo, comenzando por el habla rústica, "prevaricadora", de Sancho Panza, o si descendemos al detalle, en la expresión graciosa del vizcaíno (I, 8): Anda, caballero que mal andes; por el Dios que crióme, que, si no dejas coche, así te matas como estás ahí vizcaíno... Sin embargo, y salvo que me falle la memoria, no se encuentra en todo el Quijote ninguna expresión lingüística que pueda calificarse de "andaluza". El caso es aún más llamativo, si repasamos la novela ejemplar, de ambiente sevillano, de Rinconete y Cortadillo. Explicar esta extraña ausencia del andaluz en Cervantes (él, de familia cordobesa, y criado en Sevilla), obliga a referirse a la diglosia andaluza (la situación en que el castellano es la norma culta, de prestigio, para expresarse por escrito, mientras que el habla andaluza es la que se emplea en la conversación doméstica y de la calle, la de todos los días). Cervantes tal vez no hablase andaluz (se educó en Madrid), pero oía hablar andaluz todos los días, cuando estuvo en Sevilla, escribiendo sus novelas o el Quijote. Hay que pensar que Miguel de Cervantes fue un escritor culto, que escribía para un público culto, aunque la materia narrativa fuese popular (como La gitanilla, o el Rinconete y Cortadillo). Para Cervantes, que escribía entonces en la rigurosa norma castellana (que era la suya propia de hablante), la forma de hablar del pueblo de Sevilla no sería pretexto para introducir ninguna parodia en sus relatos (como si lo era la de los vizcaínos), porque el andaluz era el medio en que se movía.

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23 diciembre 2016

El Quijote en sefardí o judeoespañol


Ayer, viendo las noticias de la tele, leí sorprendido en el news ticker del lower third de la pantalla, que se ha descubierto una versión sefardí del Quijote. El hallazgo se debe a la profesora María Sánchez Pérez (en la imagen), de la Universidad de Salamanca [usal], que ha encontrado alguno fragmentos quijotescos (en concreto, las atractivas historietas de "El curioso impertinente" y la de Cardenio), publicados como serial en un periódico de Estambul, “El Amigo de la Familya”, en 1881. Se ha dado noticia en el número de diciembre de la revista Ínsula. Al parecer, la profesora está preparando la edición de estos textos. A mí, este descubrimiento me parece sensacional. Es, lo que se dice, un fenómeno de traducción, que el texto castellano del Quijote hubiese sido vertido a una de las variedades (¿dialectales?) de la lengua, como es el sefardí o (como se le denomina en el ámbito académico) judeoespañol. Tiene además su miga que el Quijote (o algunos de sus capítulos) haya sido vertido a una variedad de la lengua, tal vez más primitiva que la que empleó Cervantes, aunque el sefardí hubiese experimentado, ya a la altura del siglo XIX, su propia evolución autónoma. A lo que hay que sumar que, por desaparición de sus hablantes (sobre todo en Europa oriental y Asia Menor, por asimilación, por migraciones, o por genocidio) la lengua sefardí se encuentre en trance de muerte como lengua hablada. Con todo, el pasado mes de abril ha sido noticia [Radio Sefarad] que Pilar Romeu ha publicado una versión moderna aljamiada de los primeros capítulos del Quijote. Buenas noticias quijotescas (recuérdese el episodio del manuscrito encontrado de Cide Hamete Benengeli...).

04 octubre 2016

Cinco libros para mi isla desierta

Eso de escoger los libros que uno se llevaría a una isla desierta, me ha parecido siempre una chorrada. Primero, porque no nos vamos a ir a ninguna isla desierta. Segundo, como todo el mundo sabe, porque en las islas desiertas no hay libros. Tercero, porque si hubiera libros en la isla, no nos apetecería leerlos, sino que sólo querríamos dormitar a todas horas y soñar despiertos. Y cuarto, porque en los naufragios no se salvan libros buenos. Robinson Crusoe logró rescatar una Biblia en el suyo, pero nosotros, por simple cálculo de probabilidades, no podríamos aspirar más que a algún libro infumable del estilo de las novelas de Ken Follet. Pero bueno, ya un poco más en serio, lo de la isla desierta es eso que llaman un experimento mental, con que nos imaginamos qué libros nos gustan más. Auque la perspectiva de habitar una isla desierta es tan horrorosa como la de alcanzar la inmortalidad en la tierra, como en el relato de Borges (El inmortal). Si dispusiésemos de tiempo ilimitado, nos dedicaríamos a sestear, con las sienes apoyadas en el puño (ver el grabado del Robinson), y no ambicionaríamos leer nada. Todo se nos olvidaría, igual que en aquel cuento borgiano Homero se olvidó de sus cantos. Queremos hacer cosas, y entre ellas, leer libros, porque el tiempo apremia. Por eso carece de sentido decir que no se lee "porque no tengo tiempo". En realidad, habría que decir justamente lo contrario, que se lee porque no hay tiempo. En fin, he decidido aceptar el reto, y listar esos cinco hipotéticos libros que me llevaría a mi isla desierta. Estos son, y los comento:

1. La Biblia.
2. Las Confesiones de San Agustín.
3. La Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino.
4. El Quijote.
5. El Criticón de Baltasar Gracián.


La Biblia no es un libro, es una suma de libros, de todos los géneros y ciencias. Sola representa la tradición filosófica, espiritual y poética de un pueblo, de todos nosotros. Las Confesiones es otra selección obligada. Obra singular, única, que reúne todas las perspectivas posibles (lo interior y lo exterior, los hechos y las ideas). La Suma Teológica de Santo Tomás, como dice su título, reúne el saber filosófico y teológico más avanzado de su tiempo. En sus páginas hablan también los antiguos griegos, Platón y Aristóteles. Y es una obra cumbre de la mente y de la expresión verbal, en latín. El Quijote es el relato de la vida en camino (on the road), que nos procura felicidad a ratos. Para cerrar el número de cinco, hoy escogería El Criticón, máxima obra de letras y de saberes morales. Con todo, prefiero vivir a leer, aunque la lectura es parte de la vida.

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11 diciembre 2015

Cerbantes, con b de burro

Se veía venir. Después de la trapacería del Quijote "en castellano actual", porque opinan que está escrito "en castellano antiguo" [aquí], ya hay quien se ha atrevido a editarlo bajo la autoría de Cerbantes, con b de burro, porque "siempre firmó con B" [Pollux]. Yo, ni quito ni pongo rey, pero me divierte pensar en la jaqueca que provocará en los bibliotecarios y en el ISBN. Para reponerme del susto, reseño aquí dos buenos libros, novedades de escaparate, a ver si me lo traen los reyes magos. Uno, los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, en la Biblioteca Castro [fundcastro]. El otro, Divagando por la Ciudad de la Gracia (1914), ultimísima edición de este clásico sevillano de José María Izquierdo (1886-1922), conmemorativa del centenario de su publicación, editado por el ateneísta Enrique Barrero y el profesor Rogelio Reyes, publicado por el Ayuntamiento de Sevilla [ICAS]. Publicación rezagada, como todo lo que pende de lo público, pero bienvenida sea con el retraso. A mandar. Y a ver si nos toca la lotería.

24 julio 2015

Documentos que prueban que Cervantes escribió el Quijote

El latinista Francisco Calero sostiene la tesis, sorprendente, de que el verdadero autor del Quijote no es Miguel de Cervantes, porque ni su falta de estudios, ni su género de vida, se lo hubiesen permitido, sino el humanista valenciano Luís Vives. Ya hemos hablado de eso [aquí]. Está bien que haya quien, como aquel Sócrates tábano de Atenas, nos estimule a repasar las noticias que ya damos por sabidas. Pero hay que mantener una posición realista, como la de Bertrand Russell, cuando observaba que confiamos en que la habitación no se desvanece cuando cerramos la puerta. Hay que confiar en que Cervantes escribió el Quijote, porque ese es el consensus communis omnium, y nada ha habido a lo largo de los siglos que lo desmienta. Para ordenar las ideas, en resumen, anoto aquí "algunos documentos que prueban que Cervantes escribió el Quijote". No se trata de hacer ninguna tesis doctoral, sino señalar lo que tenemos a la vista, como evidencia visible de la autoría cervantina. Tampoco podemos ser exhaustivos, lo que daría para un grosísimo volumen.

1. El propio testimonio de Miguel de Cervantes. Se encuentra, entre tantos otros lugares, en la primera línea del prólogo a las Novelas ejemplares: "Quisiera yo, si fuera posible, lector amantísimo, escusarme de escribir este prólogo, porque no me fue tan bien con el que puse en mi Don Quijote...".

2. El "donoso y grande escrutinio" (I, 6). Donde Cervantes elogia a sus amigos poetas, y habla de sí mismo (en boca del cura) como autor de la Galatea. Este capítulo 6 sólo pudo escribirse en fecha posterior a 1591, mucho más tarde que la muerte de Luís Vives, acaecida en 1540. Lo escribió Cervantes, sin duda.

3. El testimonio de Lope de Vega, rival de Cervantes. En una carta privada al duque de Sessa, de 1604:  “De poetas, no digo: buen siglo es este. Muchos están en ciernes para el año que viene pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote”. Este documento ya es una evidencia muy fuerte de la autoría cervantina.

4. El Quijote de Avellaneda. En sí mismo, el "fenómeno Avellaneda" sólo es explicable dando por supuesto que replica al Quijote de Cervantes. Aún se especula con la identidad de Avellaneda, aunque parece muy seguro que estaba cerca de Lope de Vega, de quien cuando menos se dice que sería el autor del prólogo. Tanto es así, que el profesor Calero se ve obligado a postular que Luís Vives sería, al mismo tiempo, autor de los dos Quijotes hasta ahora prohijados a Cervantes y Avellaneda, porque si no, no se explicaría la irrupción avellanesca. Tal artificio pone en evidencia que el Quijote de Avellaneda es evidencia poderosa de la autoría de Miguel de Cervantes, malgré tout.

5. El privilegio real. Parece mentira, pero es la evidencia más clara, a la vista de todos: "Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue fecha relación que habíades compuesto un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, el cual os había costado mucho trabajo y era muy útil y provechoso, y nos pedistes y suplicastes os mandásemos dar licencia y facultad para le poder imprimir, y previlegio por el tiempo que fuésemos servidos, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hicieron las diligencias que la premática últimamente por Nos fecha sobre la impresión de los libros dispone, fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos, en la dicha razón, y Nos tuvímoslo por bien..." [CVC].

Creo que son documentos bastantes que prueban la autoría de Miguel de Cervantes del Quijote. Cualquier otra tesis habría de desmentirlos, lo que se nos antoja poco menos que imposible.

Imagen: Ninot Indultat de las Fallas de 2014 [Las Provincias].

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23 julio 2015

¿Qué tipo de hombre fue Cervantes?

"Honrado, desde luego. Lo demuestran tanto el cuidado que tuvo para proteger a su hija natural y a su mujer, como los avales que consiguió para poder trabajar con dinero de la corona. También es notable su sentido de la responsabilidad del escritor a estimular al lector a vivir y obrar bien.
"Cervantes también era hablador, buen bebedor, asiduo de tabernas y jugador de naipes. Como don Quijote, estaba más a gusto entre gente humilde que en palacio. El pueblo llano le parecía por lo general más sensato, inteligente y honrado que la cortesana aristocracia, cuya ignorancia -cuando no corrupción- le era insoportable. Entre la gente sencilla Cervantes encontraba, a veces, verdaderos filósofos, personajes peculiares con quienes conversar y de quienes aprender con alegría.
"Era la conversación, entonces, un medio de satisfacer su curiosidad insaciable, sus ganas de conocer y entender. Era sin duda un hombre de amistades. Entre ellas se cuentan su maestro poético Pedro Laínez, los poetas Cristóbal de Mesa, Pedro de Padilla, Luis Barahona de Soto, Francisco de Figueroa, López Maldonado, Juan de Jáuregui, Vicente Espinel, y Francisco de Figueroa. Ya mayor, como hemos dicho, tuvo admiradores y hasta seguidores. También sabemos que fue amigo de Tomás Gutiérrez, dueño de una lujosa casa de huéspedes en Sevilla. Las burlas burdas de sus rivales Lope de Vega y "Avellaneda", de quien trataremos más adelante, le hirieron mucho. No tenemos noticia, sin embargo, de ninguna amistad suya de toda la vida, ninguna que sepamos haya sido íntima. Tampoco tenemos noticia de una amistad femenina, y sus relaciones emocionales con su mujer y con Ana Franca, la madre de su hija, parecen haber sido parcas. Era un hombre rodeado de compañeros, pero al mismo tiempo solitario y callado, sin este "verdadero amigo", de toda la vida, tan apreciado en sus obras.
"Otro medio de satisfacer su curiosidad era el viajar. Cervantes viajó mucho, y conocía Italia, Portugal, el imperio otomano, Barcelona y Andalucía. Quería viajar más: a las Indias, por ejemplo, y quería volver a Italia. Lo que no podía viajar lo reemplazaba con la lectura. Ésta tiene que haber sido su diversión favorita durante muchos años, según los muchísimos libros, entre ellos libros de historia, geografía, ciencias y matemáticas, que muestra haber conocido. Era uno de los hombres de más ancha formación que había en la España de su tiempo. En sus propias palabras: "quien anda mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho".
"Saber mucho, en un mundo en que la libertad de prensa no existiría hasta siglos después, era carga a veces dura. Siendo la sociedad española de su tiempo más opresora de los intelectuales que de los criminales, comunicar un punto de vista disidente sin rodeos llevaría a uno directamente a los grilletes, cuando no a la hoguera. Pero las opiniones políticas y religiosas de Cervantes, nacidas de sus experiencias más que de la lectura, salen fácilmente de sus obras.
"Quería una sociedad racional y por ello justa, y la que le tocó vivir visiblemente distaba mucho de serla. Todas las almas son creadas iguales, recuerda el equitativo Cervantes, y cada uno es hijo de sus obras. Las obras de la corrupta aristocracia, cuando hacían otra cosa que entretenerse, no correspondían con su posición en la sociedad. Más honradez y menos hipocresía se podía encontrar entre los muleros, pícaros y prostitutas: hasta los criminales tenían honra. Más justicia había entre los moros. Resultado de la venalidad de la aristocracia, nobleza y realeza es que su país, tan rico, iba a la ruina.
"Como cualquier pensador de su tiempo, Cervantes disentía de varias posiciones oficiales de la iglesia. La abundancia de conventos y monasterios, ricos muchos de ellos, le parecía escandalosa. El culto a los falsos santos y milagros, el mal cumplimiento de los votos religiosos, las luchas entre facciones cristianas y la falta de unidad contra su "enemigo común", los turcos, le desagradaban mucho. En un sentido más íntimo, se encontraba confuso ante la contradicción entre lo que le decían sus observaciones y razón, y las creencias a que le obligaba la fe. Estaba, entonces, perplejo ante el gran problema religioso: la existencia del mal.
"Por último, parte del deseo de Cervantes de vivir, en todos los sentidos, era el de sobrevivir a la muerte. La perspectiva tradicional de una vida eterna en el cielo no parece haberle satisfecho. Para permanecer vivo en la tierra el mejor remedio es la literatura. Las obras literarias, pues son independientes de una forma física, resisten el paso del tiempo mejor que los palacios, los monumentos, las láminas de bronce o piedra. De los griegos desapareció su pintura completamente, junto con la mayor parte de su escultura y sus monumentos. Sus creadores están olvidados, o no son sino nombres, completa e irreparablemente separados de sus creaciones. También los historiadores, los científicos, hasta los filósofos son conocidos de pocos.
"Pero el griego a quien conoce todavía toda persona culta es Homero. Ser autor de literatura ofrece la mejor defensa contra el olvido. ¿Quién tiene mayor fama, pregunta un teórico leído por Cervantes (Sánchez de Lima): Aquiles y Héctor por lo que hicieron, u Homero y Virgilio por lo que escribieron? Por eso figurar en un libro -reproducirse en muchos ejemplares- debe haber sido para Cervantes, como para su héroe don Quijote, motivo de una enorme satisfacción. Participar en la literatura europea más avanzada de su época, la española, poder contribuir a ella, era causa de orgullo tanto personal como patriótico. Le hubiera emocionado gravemente a Cervantes saber que sus obras están en la cumbre de la literatura española, que han sido traducidas a todos los lenguajes escritos del mundo y que hoy en día, después de casi cuatro siglos, se leen, se celebran y se estudian con más interés que nunca." 

Daniel Eisenberg : Cervantes y "Don Quijote" [cervantesvirtual].

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14 julio 2015

El autor de la novela de la española inglesa

"El autor de la novela de la española inglesa" no es una esas discusiones típicas de los filósofos analíticos ingleses sobre individuos [wiki]. Existió en España, entre los siglos XVI y XVII, un individuo que escribió la novela de La española inglesa, y un individuo que se llamó Miguel de Cervantes. Leemos en los libros que este Cervantes escribió esa novela. Pero la identidad de ambos términos (Cervantes, y el autor de la novela) no nos parecerá tan evidente, si no asumimos la realidad vital de ese hombre del que nos hablan los documentos y los libros, y que ofreció de sí un autorretrato literario en el prólogo de las Novelas ejemplares. Todo esto parece un puro bizantinismo. Aunque hay ocasiones en que parece necesario repetir fatigosamente lo evidente, lo que todos sabemos y damos por seguro. Ya me he referido hace unas semanas al caso de un catedrático de la UNED, don Francisco Calero, que sostiene la peregrina teoría de que Cervantes no fue el "verdadero autor" del Quijote [aquí], en un libro de título tremebundo: El verdadero autor de los "Quijotes" de Cervantes y de Avellaneda [BAC]. A día de hoy, salvo que me den un premio, no he leído y ni tan siquiera he tocado con las manos ese libro. Ahí dice el profesor Calero que "Cervantes, aun gozando de la dignidad que tiene todo hombre, no pudo ser el padre del Quijote, porque no se lo permitió ni su formación ni el desarrollo de su vida". Sostiene que el verdadero autor del Quijote (y de paso, el del apócrifo de Avellaneda, por viva fuerza, por razones evidentes) fue el humanista valenciano Juan Luís Vives (1492-1540). Sin entretenerme en describir el método de Calero (comparar de modo impresionista unos y otros textos, hallando coincidencias más o menos próximas o remotas, que igual valdría para demostrar que Cicerón fue el verdadero autor de la Guerra de las Galias), hay que decir que sus esfuerzos son por completos estériles. Para ser honrados con el profesor Calero, debe aceptarse que en la plaza académica cualquier tesis sea bienvenida, por muy desopilante que nos parezca, incluso la de que Cervantes no escribió el Quijote, en el bien entendido de que el proponente debe hacer honor a los estudiosos que le precedieron, discutiendo en buena lid toda evidencia disponible de cualquier signo. En el caso de Cervantes, la autoría del Quijote no es un dogma de fe, sino que se apoya en un triple testimonio. El primero, el del propio autor, que confiesa ser él y no otro quien lo compuso (¿por qué Vives habría de confesar ser Cervantes?). El segundo, el más solido, el de la tradición, que comienza (como en el de Jesús el Cristo) desde los mismos días de Miguel (es el caso nada sospechoso de su enemigo, o rival de las tablas, Lope de Vega). Y el tercero, las centurias de estudios cervantinos, que apoyándose en estos testimonios antiguos, han validado con muchísimos documentos, no sólo que existió en aquella época un individuo que se llamó Miguel de Cervantes, sino que ese mismo individuo escribió el Quijote. Tal vez sea una conclusión que a alguno no le guste (¿pero por qué?), entre ellos el profesor Calero. Pero si ha de impugnarse la tesis generalmente aceptada (Cervantes, autor del Quijote), la carga de la contraprueba recae en el impugnador, que deberá tumbar ese triple testimonio, que se sostiene además en la admirable coherencia discursiva del autor de las obras de Miguel de Cervantes, desde los poemas primerizos y la Galatea, hasta el Persiles. Si el profesor Calero no hace esto, todo su esfuerzo será baldío, irrelevante. No pretendo repetir cosas sabidas de todos, sino que, como botón de muestra, quiero referirme a una de esas bellas novelas, la de La española inglesa, de la que se ha comenzado a rodar una serie de televisión, o tv movie, a la que ya me apunto para el año que viene, si Dios es servido [RTVE]. Entre los actores y actrices, dos de los grandes españoles, Lola Herrera, que interpreta a la reina Isabel, y Miguel Rellán, que hará del propio Miguel de Cervantes. Me parecen fabulosos para esos papeles, y Rellán hará una encarnación de Cervantes imperecedera (se parece a él, aunque no tengamos ninguna pintura o dibujo del original). Pero sobre todo he querido aprovechar esta ocasión para señalar un dato utilísimo, muy relevante, y es que la novela de La española inglesa se refiere a hechos contemporáneos del momento en que se escribió. Los editores (como es el profesor Javier Blasco) calculan que debió redactarse en torno a 1602, aún en vida de la reina Isabel de Inglaterra, tomando como referencia la incursión de Francis Drake a Cádiz en 1587, que se menciona ya en la primera línea de la novela, cuya acción se sitúa explícitamente quince años después (la edad de la protagonista, la "española inglesa"). Es una novelita tan actual en sus días como si ahora alguien quisiese escribir una historia con Obama en la Casa Blanca. Sólo pudo escribirla Miguel de Cervantes, y no ningún otro individuo de su tiempo.

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15 junio 2015

Sor Citroën


Me critican que hable de libros que no he leído. Si se piensa bien, eso de hablar de libros no leídos no pasa de pecado venial. Los libros no se leen, o si acaso deben leerse con pausa. Es grosero leer los libros de un tirón, como el que bebe de una garrafa. Lo que es uno, ya sólo lee en fragmentos, a páginas sueltas, y sólo veo justificado agotar y concluir muy pocos libros (no como en la adolescencia, en que leía hasta el final las novelas de Agatha Christie, a ver quién era el asesino). Con las películas me pasa lo mismo. Ahora que voy a hablar de Sor Citroën (Pedro Lazaga, 1967), resulta que tampoco la he visto nunca de principio a fin, porque suelen echarla por la tele a la hora de la siesta, y sólo he logrado verla por pasajes sueltos, dando cabezadas en el sillón.

Dentro de nada, en un par de años (en 2017), celebraremos el cincuentenario de Sor Citroën, así que me anticipo a las celebraciones. Se trata de una película, ¿cómo diría yo?, inolvidable. Tontorrona, con aire de época, pero que se deja ver muy bien, sin ser ninguna obra de arte. No es una película que haya envejecido particularmente. Es tan española como el vino tinto, o la liga de fútbol. Desde luego merece ser conservada en la Filmoteca Española, por los mismos motivos que las películas americanas se depositan en el National Film Registry de la Library of Congress, cuando se aprecien como "culturally, historically, or aesthetically significant". Pienso que Sor Citroën, cuando menos, es también una película muy relevante para conocer su tiempo. 

Sor Citroën parece la réplica modosa de aquella película tan dramática de Fred Zinnemann, Historia de una monja, que se estrenó inmediatamente en España en 1960, protagonizada por Audrey Hepburn. A su lado, el papel de Gracita Morales es el de una monja blandita y empalagosa, pero que se gasta un "genio racial" cuando toca (nada que ver con el drama tan sutil de Zinnemann). Pero es muy curioso que se nos presente a estas dos monjas, la belga y la española, como hijas de un padre viudo (el padre español no tenía más remedio que ser eso tan hispánico como un factor de estación de ferrocarril). En la película de Zinnemann hay violencia e incluso un asesinato, pero en la de Pedro Lazaga la sangre no llega al río, y como mucho hay, ¡cómo no!, un niño perdido del orfanato, que se lo encuentran unos albañiles que son todos unos cachos de pan, que quieren acercarse a una gasolinera para comprarle al infante un poco de leche caliente.

También se me ocurre que se podría comparar a la monjita española, "la hermana Tomasa", con don Quijote. Ambos van a la aventura (don Quijote en su rocín, y sor Citroën en un dos caballos). Mientras que las aventuras de don Quijote acaban casi siempre mal, a palos, las de sor Citroën acaban siempre bien, como aquella en que un guardia de la porra le pone una multa de tráfico, y al final todo el mundo quiere poner de su bolsillo los veinte duros que se deben. O como cuando sor Citroën va a la gasolinera a repostar, y no quiere pagar las 200 pesetas que marca el surtidor, ¡y consigue ablandar al dueño, para que le perdone la cuenta! Es evidente que las monjas españolas de la vida real son más serias, y pagan sus facturas como Dios manda.

La película Sor Citroën no puede ser más distinta que el Quijote. En la novela, el mundo es tal cual de duro como el de verdad (por eso nos hacen gracia las tonterías de don Quijote y Sancho Panza). En cambio en la película de Gracita Morales, la historia es de color de rosa, y acaba muy bien, y todos contentos. ¡Qué mentira! Por eso será que es una película que logra arrullarnos a la hora de la siesta, con una sonrisa en los labios, como cuando eramos niños.

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09 junio 2015

Piérdele el miedo al Quijote


Sigo, y espero terminar, con el pseudoquijote "puesto en castellano actual íntegra y fielmente por Andrés Trapiello" [Destino]. Ayer, sin pretenderlo, volví a ver y oír a Trapiello en televisión, en el programa nocturno de Sergio Martín, haciendo por enésima vez la defensa de "su libro". Ya no dice esa cosa tan horrorosa, y falsa, de que el Quijote esté escrito "en castellano antiguo", aunque puso un ejemplo falaz de dificultad, una frase oscura de las que alguna vez se encuentran en el texto cervantino (en concreto, del capítulo XIX de la Segunda Parte, "donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros en verdad graciosos sucesos"). La falacia estuvo en que Trapiello seleccionó, muy a propósito, un pasaje donde se gasta la jerga de los estudiantes. No es castellano antiguo, ni difícil, ni oscuro. Es simplemente un pasaje jergal, como tantos que puedan encontrarse en grandes creadores del idioma (en Benito Pérez Galdós, sin querer ir más lejos). No puede aducirse lealmente para valorar la claridad de la lengua de Cervantes.

Para perderle el miedo al Quijote, digo el de verdad, y no el trapiellesco, a mí no se me ocurre mejor medicina que abrirlo por cualquier parte, y leer sin más. Yo propongo ahora, por ejemplo, el capítulo V de la Segunda Parte ("De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación"), que ha sido llamado por Rafael Lapesa "joya del lenguaje coloquial de la literatura española". Véase cómo termina:

"—En efecto, quedamos de acuerdo —dijo Sancho— de que ha de ser condesa nuestra hija.
—El día que yo la viere condesa —respondió Teresa—, ese haré cuenta que la entierro; pero otra vez os digo que hagáis lo que os diere gusto, que con esta carga nacemos las mujeres, de estar obedientes a sus maridos, aunque sean unos porros.
Y en esto comenzó a llorar tan de veras como si ya viera muerta y enterrada a Sanchica. Sancho la consoló diciéndole que ya que la hubiese de hacer condesa, la haría todo lo más tarde que ser pudiese. Con esto se acabó su plática, y Sancho volvió a ver a don Quijote para dar orden en su partida."

Una vez leído, el lector habría de sincerarse consigo mismo, y confesar si esto es "castellano antiguo", "dificilísimo de leer", o más bien no es sino literatura cristalina, que ninguna presunta adaptación puede mejorar.

Imagen: [Ron Lalá].

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03 junio 2015

Por un Quijote "en castellano antiguo"

El número de los tontos es infinito. No tiene culpa quien no pudo ir a la escuela. Pero los necios que no se ilustran y no cultivan el espíritu carecen de disculpa. La tontería hace daño al prójimo. Perdonemos a los tontos, como ellos perdonarán también nuestras propias tonterías. Aqui doy algunos botones de muestra. No me enfado, sólo me hace reír.

Un primer disparate, oído en la radio hace unas semanas. Una agencia de viajes de mi ciudad anuncia la consabida peregrinación por la ruta de San Pablo, "visitando Éfeso, Antioquía, y otros lugares evangélicos..." (pero el apóstol Pablo no aparece en los evangelios). Otro disparate, leído ayer. Se anuncia la publicación del libro de Gregorio Luri, ¿Matar a Sócrates? El filósofo que desafía a la ciudad [Ariel]. La nota editorial dice que "es imprescindible leer a Sócrates" (ignora que fue ágrafo). Y el último, también de ayer. Llego a casa a las 9 p.m., todavía sin haberse hecho oscuro. Cazo al vuelo, en radio nacional, una entrevista al escritor Andrés Trapiello, que presentaba a los radioyentes, ay dolor, su Quijote "adaptado al castellano actual" [Abc]. Don Trapiello se harta de decir que la novela de don Quijote hoy ya no se entiende. Y creí oir por la radio que se le escapaba esa gran tontería cervantina de que el Quijote está escrito "en castellano antiguo" (la otra gran tontería cervantina es que Cervantes fue un "ingenio lego"). ¡Pero bueno! ¿Qué noción de la antigüedad lingüística tendrán?

Bastan veinte años para que la lengua se haga antigua, o mejor dicho, para que envejezca. No hablan igual los viejos que los jóvenes (pero se hacen entender). Es cuestión de diferencias, tal vez mínimas, diferenciales. Acepto que el Cantar del Cid, o el Libro del Arcipreste, suenen a antiguo, porque la gente hoy no habla así. Pero se entienden, haciendo un pelín de esfuerzo. Se me caen las lágrimas recordando que en el bachillerato nos aprendimos ese verso del Cantar: ¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señore!, que todos los españoles con estudios se saben de memoria, y que no se nos ocurría pedir que se nos tradujese, porque lo entendíamos, está dicho en castellano.

El fondo antiguo de una lengua le da lustre, y yo diría, en plan de paradoja, que si no conocemos las formas antiguas de la lengua, tampoco nos entenderemos en su forma moderna. Los griegos de hoy que andan por la plaza Syntagma dicen que les cuesta trabajo entender a Homero, pero es la misma lengua griega que la que se habla hoy, aún más antigua que la nuestra castellana (que es una manera de hablar un latín corrompido). Del griego moderno al griego de los evangelios no hay más que un breve paso, que son dos milenios de antigüedad. Y todavía habrá quien se atreva a decir que el Quijote, escrito anteayer como quien dice, no lo entiende nadie. ¡Menuda tontería cervantina!

Lo viejo es una forma de la hermosura. Lo antiguo nos enamora. Es un insensible quien no se emocione un poquito paseando entre las piedras del Foro romano, o aquí más cerca, por las ruínas de Itálica. La vejez es la gracia de nuestro romancero viejo, perpetuado hasta nuestros días, de una antigüedad remota, como las delicadas jarchas. Quererlo traducir al "castellano moderno" sería un crimen literario irreparable. Hay que respetar lo antiguo, como hizo don Ramón Menéndez Pidal en su inolvidable Flor nueva. Por eso el exterminio de un pueblo comenzaba, en la antigüedad, con el incendio de sus archivos y bibliotecas, que era el lugar de su memoria literaria, de sus antigüedades. La vida de los individuos es valiosa, pero también la otra vida colectiva de los antepasados, testimoniada en los monumentos y en los libros.

Pero es que no, el Quijote no está escrito "en castellano antiguo", por más que nos tropecemos a veces con accidentes de la lengua del tiempo de Cervantes, muy evidentes y salvables (que han estudiado los lingüistas, como Ángel Rosenblat [Cesla]). La lengua de Miguel de Cervantes es, con todo, nuestra lengua. Claro es que hoy nadie llama a nadie vuestra merced, aunque niego que esa expresión y otras semejantes necesiten ser traducidas o adaptadas (no sé cómo lo dirá la versión de Trapiello, ¿con el mostrenco usted?). Quienes confiesan que el Quijote les parece difícil de leer "porque está escrito en castellano antiguo", en realidad no hacen más que dar una excusa de mal lector, de lector perezoso que no consulta el diccionario (o que no lee las notas a pie de página de la edición de Francisco Rico).

Entonces, ¿dónde está la dificultad del Quijote? ¿Por qué dicen que cuesta tanto trabajo leerlo? Para mí que no está en su lengua, prácticamente la nuestra. Desde este punto de vista, es mucho más difícil y tortuoso el castellano de Santa Teresa de Jesús, muy suelto, familiar, plástico y hasta gracioso. Pero digamos en voz baja que todavía no se le ha ocurrido a ningún cura loco, en este año jubilar teresiano (1515-2015), adaptar o traducir, Dios nos libre, la prosa de Teresa de Ávila. Sería un crimen, porque a Santa Teresa se le entiende hoy en castellano perfectamente.

Así que la dificultad del Quijote no está en su lengua (ese absurdo "castellano antiguo" de la tontería cervantina), sino en aquello que lo hace una obra de arte del lenguaje. El Quijote es difícil por su misma abundancia de vocabulario, de ideas, de imágenes, de invenciones, de episodios, chistes y cuentos, de digestión pesada para las mentes insensibles a las letras. La exuberancia literaria del Quijote asombra y aturde, lo mismo que visitar una ciudad artística por los cuatros costados, como es Florencia ("... Contentóle Florencia en estremo, así por su agradable asiento como por su limpieza, sumptuosos edificios, fresco río y apacibles calles..."), donde amenaza en cualquier esquina el síndrome de Stendhal o de hyperkulturemia [wiki]. Sí, digamos que el Quijote es un fenómeno hiperliterario o hipercultural, que debe administrarse en pequeñas dosis.

Pero leer el Quijote no es obligatorio, aunque sea lamentable que nuestros bachilleres no se animen a leer ni siquiera extractos de la historia. Don Quijote y Sancho Panza están en la mente de todos (son como "el gordo y el flaco"), aunque no se haya leído el libro, igual que los personajes de la Historia sagrada. Tampoco hay que leer la Biblia para tener noticia de quiénes eran Caín y Abel, del arca de Noé, el plato de lentejas, el sueño de las vacas gordas y las vacas flacas, o los prodigios de Moisés. Aceptemos entonces que el Quijote sea lectura de minorías, y que no está destinado a la lectura de masas. No hace falta adaptar el Quijote, que está bien así, tal como es.

Adenda necesaria, de hoy viernes 5 de junio de 2015. Me preguntaba más arriba que cómo habría traducido Andrés Trapiello el muy reconocible vuestra merced de las páginas cervantinas. Ya he consultado su libro en la librería (pues no me gastaré 23,95 euros en eso), y he comprobado que lo deja así, sin adaptar. De modo que el lector del Quijote adaptado al castellano moderno, se quedará igual. Mejor hubiera quedado (en el capítulo VIII de la primera parte) que dijese: "Mire usted, señor, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento...". Pero lo diré con un refrán cervantino a más no poder: para este viaje no hacen falta alforjas.

Adenda imprevista, de hoy lunes 8 de junio de 2015. También decía que "todavía no se le ha ocurrido a ningún cura loco, en este año jubilar teresiano (1515-2015), adaptar o traducir la prosa de Teresa de Ávila". En realidad, ya se le pasó por la cabeza, y puso en obra, al carmelita descalzo Eduardo T. Gil de Muro (1927-2012), que no era ningún "cura loco", y que contaba con estudios de periodismo. Así hizo con el Libro de la Vida [montecarmelo], "una nueva edición del “Libro de la Vida”, adaptada en este caso al castellano de hoy". Trapiello ya tiene una coartada que esgrimir.

Y también:
César Noragueda: "El 'Quijote' para ineptos" [La Columnata].
Lansky: "Enmierdando el Quijote" [Periquitos muertos].
Manuel Pascua: "Trapiello: terrorismo literario y los 504" [Periodistas en español].
Poil de Carotte: "Un Quijote que, de tan masticado, da náuseas" [Manual de ultramarinos].
José Luís García Martín: "El Quijote de Andrés Trapiello" [Crisis de papel] (aunque ésta es una "reseña amical", que se deja la cola por desollar, dicho con proverbio cervantino).
Teresa Padilla: "La reencarnación de Cervantes" [Diarios de resistencia]. 
Santiago Trancón: "Va de un jambo que está loco" [La Nueva Crónica]. 
Daniel Lebrato: "Coplas por la muerte del Quijote" [El Tendedero]. 
Ignacio Arellano Ayuso: "El Quijote de Trapiello o que me traduzcan este..." [Jardín de los Clásicos].