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14 junio 2016

Resurgimiento católico low cost

Ya he contado que en Sevilla ha abierto una franquicia de las librerías baratas Re-Read, en la calle Tarifa, 3, justo enfrente de La Campana. A mí me parece que tiene sus limitaciones. Está muy bien el precio fijo de venta (2 a 3 euros la unidad), pero la restricción también juega en la compra (unos misérrimos 20 céntimos por libro entregado). De esta manera, no se puede esperar que en una visita a la librería se encuentre nada de particular (sólo libros viejos o baratos), salvo que por casualidad veas algo que te llame la atención. El otro día me sorprendió encontrar este libro que voy a comentar, y que he leído "en diagonal" una de estas tórridas tardes del mes de junio... Se trata de El resurgimiento católico en la literatura europea moderna (1890-1945), del joven profesor Enrique Sánchez Costa, publicado hace un par de años [Encuentro]. Sánchez Costa, brillante doctor en humanidades, es hoy profesor en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), en Santo Domingo. Parece que este libro fue su tesis doctoral. Es evidente por tanto que se trata de una "tesis confesional". El libro, como ya digo, me ha costado 2,50 euros de low cost (cuesta la friolera de 29 euros en librerías). Veamos si es un chollo.

Primero, el tema. El título y la cubierta son ilustrativos. Con la etiqueta de resurgimiento católico se alude a un confuso grupo de autores (franceses, ingleses, españoles), muchos antagónicos entre sí, que hicieron militancia de su catolicismo en la primera mitad del siglo XX: la renouveau catholique, el catholic revival. Caso notorio, entre ingleses, G.K. Chesterton. Más difícil me parece hablar de un revival católico en España, fuera de escritores anecdóticos. Se habla de Unamuno, pero él iba a su aire, no era hombre de banderías de ninguna clase (y menos de las católicas). El profesor Sánchez Costa ha pecado de ambición y ha hecho un recorrido extenso, a costa de lo intenso. No me parece normal, por ejemplo, que en una publicación como esta se dedique un puñado de páginas para resumir, otra vez, el argumento de Brideshead revisited, novela de Waugh que goza de un extraño predicamento entre los católicos del ala conservadora. La novela habla de personajes católicos (de clase alta, no se olvide), pero me parece irrelevante para entender lo inglés.

En cuanto a la edición en sí misma del libro, a pesar de mi "lectura en diagonal", no sé cómo me las arreglo para tropezar con las erratas peores. En la página 372 se lee: "... como escribía Unamuno en La tía Lula... " (sic), errata grosera que delata que el texto editado no fue sometido a corrección (el autor la cita bien en nota a pie de página).

Si se quiere ver este resurgimiento católico como un movimiento, peligrosamente próximo al fascismo de su tiempo (¿qué hacen las fotos de José Antonio Primo de Rivera en este libro?), habría que considerarlo como un caso de herejía, y no de ortodoxia en modo alguno (véase el caso de la Action française, batiburrillo peligroso de ideología y religión, condenada expressis verbis por el pontífice romano). De modo que no me puede parecer nada simpático este supuesto catholic revival. De hecho se comete, me parece a mí, una falacia de dicto simpliciter. Que este grupo poliforme de escritores se manifestasen como católicos, e hiciesen de la apología de la iglesia católica su bandera, no quiere decir que sus ideas, su ideología, fuese católica. Falta hacer un diagnóstico más severo de este resurgimiento. Para mí George Orwell, escritor en las antípodas de esa caterva católica, ya hizo un admirable análisis de la confusión de creencias e ideas políticas de este movimiento reaccionario católico, en su gran ensayo de 1940 Inside the Whale, que ya he comentado [aquí]. Debe releerse.

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05 octubre 2015

Apostillas a La Biblioteca de Babel


La lectura del relato de Jorge Luís Borges "La biblioteca de Babel" es fascinante. Desde que lo leímos por primera vez, se nos quedó grabada esa imagen de la biblioteca total, con la que medimos, a modo de idea platónica, las bibliotecas de la vida corriente. Estas apostillas son un intento por explicarme este genial artefacto poético y simbólico. Borges quiso darnos algunas pistas en el prólogo de 1941 de su libro El jardín de los senderos que se bifurcan: "No soy el primer autor de la narración La biblioteca de Babel; los curiosos de su historia y de su prehistoria pueden interrogar cierta página del número 59 de Sur, que registra los nombres heterogéneos de Leucipo y de Lasswitz, de Lewis Carroll y de Aristóteles [Sur]". El filósofo alemán Kurd Lasswitz fue, además de editor académico de las obras de Immanuel Kant, autor de relatos de ciencia ficción, uno de los cuales prefigura esa idea extravagante de la biblioteca universal, delirio de los bibliómanos [Lasswitz]. De la mano de esos cuatro nombres apuntados por Borges (Leucipo, Lasswitz, Lewis Carroll y Aristóteles), y quizá también el de Kant, vamos a descomponer con libertad propia de lector (la misma que ejercía magistralmente Borges) el mecano de esta "Biblioteca de Babel".

ARISTÓTELES.- El vértigo aritmético de la población de esa biblioteca fantástica, es lo primero que nos sorprende. El número de libros es "vastísimo, pero no infinito"; y la biblioteca "ilimitada y periódica"... Palabra muy repetida en Borges, el infinito, que se sustrae a cualquier medida, y que provoca en la mente aporías, dificultades de razón, porque no podemos atraparlo ni contarlo con los dedos de la mano. Las implicaciones matemáticas del cuento están expuestas en un artículo de la wikipedia [wiki], que enlaza con una interesante nota del lógico norteamericano W.v.O. Quine, "Universal Library" [Quine], donde sienta la conclusión de que la biblioteca de Babel es finita: "It is interesting, still, that the collection is finite. The entire and ultimate truth about everything is printed in full in that library, after all, insofar as it can be put in words at all. The limited size of each volume is no restriction, for there is always another volume that takes up the tale -- any tale, true or false -- where any other volume leaves off." Pero habría que precisar que lo finito son las combinaciones posibles, no la biblioteca misma, que puede ser ilimitada y periódica.

La finitud resulta de las restricciones iniciales (una biblioteca compuesta de libros regulares de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro). Sería infinita si el número de páginas de cada libro, o el número de caracteres que se combinan, fuese indefinido. Menos asumible parece que esa biblioteca finita contenga cualquier libro posible, en cualquier lengua posible. La razón es la misma, porque cualquier libro que se pueda escribir también está sometida a condiciones (la misma combinatoria de un número limitado de caracteres). Pensemos por ejemplo, en las Opera omnia de Santo Tomás de Aquino. No caben en un único volumen de la biblioteca, pero como apunta Quine, donde se cortase el texto, continúa en otro volumen. Pongamos que cuarenta, cincuenta volúmenes de la Biblioteca de Babel contienen todas las obras latinas del Aquinate. Puesto que las obras de Santo Tomás se nos presentan materialmente como una combinación de un número limitado de caracteres (las letras del alfabeto), debe afirmarse que todas sus obras están aquí (y también todas sus posibles variantes e interpolaciones, y todas sus traducciones a lenguas presentes o pretéritas; incluso los texto perdidos, ¡o la continuación de la Summa inabada!).

No parece creíble, pero tomemos un ejemplo que nos da el mismo Borges, una sucesión caótica de once caracteres: dhcmrlchtdj. Las combinaciones de los veinticinco caracteres (veintidós letras, más el espacio, el punto y la coma), en once posiciones, se eleva a más de 2.384 billones (25 elevado a 11). Pero cada libro contiene 1.312.000 posiciones (410*40*80). Las combinaciones posibles, es decir, libros posibles en la biblioteca, no puede imaginarse, aunque es una cantidad finita (25 elevado a 1.312.000), no infinita. Esta dimensión puede albergar, en efecto, cualquier libro posible, pero no porque sea muy grande, sino por definición (la biblioteca, y cualquier libro posible, están sometidos a las mismas restricciones).

Se me ocurre oponer algunas objeciones a este panorama vastísimo pero no infinito. Primero, que la parte más considerable de los libros de esta biblioteca de Babel no son libros posibles. Una combinación anárquica de caracteres (como los que produciría un mono aporreando una máquina de escribir) no es un libro. Debería por tanto introducirse otra nueva restricción, que consistiría en que el texto fuese reconocible como perteneciente a una lengua natural, a cualquier lengua natural (es decir, humana). Esto conduciría a excluir de la biblioteca los textos caóticos, sin un posible sentido (Borges examina esta cuestión). La pertenencia a una lengua natural (real o hipotética) es también una propiedad intrínseca de cualquier libro posible.

Sería también discutible otra restricción, de índole semántica. Borges (y también Quine) coinciden en que esta biblioteca lo contendría todo, cualquier contenido posible ("the entire and ultimate truth about everything"), y eso es lo que quiere decir que sería una "biblioteca total", o una "biblioteca universal". A eso opondría yo que el contenido explicado en cada libro también debería reconocerse como humano. Un hipotético anuncio angélico, expresado como lo haría un ángel, y no un hombre, no sería reconocible (ya que el arcángel Gabriel del evangelio se expresó como hombre, no como ángel, porque quiso hacerse entender de Zacarías y de María). Suele decirse que un texto es reconocible en la medida en que está escrito por un no demente. Puede discutirse entonces que esta biblioteca contuviese textos dementes (es decir, sin contenido comprensible), aunque fuese expresado en una lengua natural, y matemáticamente fuese posible su articulación gráfica.

La última objeción que opondría tiene algo que ver con esta exigencia de que la biblioteca contuviese tan sólo libros expresados en una lengua natural, y mentalmente comprensibles. Se plantea en forma de paradoja: ¿el catálogo de la biblioteca forma parte de la biblioteca? Si el catálogo tiene forma de libro, habría que decir que sí (Borges, y antes Lasswitz, lo afirmaban). Pero esto conduce a paradojas mayores: la biblioteca contiene no sólo el catálogo verdadero, sino catálogos falsos, o erróneos. Si el catálogo no fuese ni fácilmente localizable, ni reconocible, entonces sería una biblioteca desordenada, y habría que decir entonces que ya no sería una biblioteca (lo propio de una biblioteca es que presente un orden). Es otra variante de la "paradoja del mentiroso". Sólo puede resolverse admitiendo que, de alguna manera, el catálogo de la biblioteca debe estar fuera de la biblioteca, localizado y de fácil consulta (aunque como libro también deba pertenecer al inventario de la biblioteca).

LEWIS CARROLL.- El relato de "La Biblioteca de Babel" es un sueño, un delirio, quizá una pesadilla. No pretende describir un estado real de cosas (es obvio que el lector común disfruta este relato como fantástico porque no es real). Lo anunciaba Borges al final de su nota sobre la "Biblioteca total" en la revista Sur: "Uno de los hábitos de la mente es la invención de imaginaciones horribles. Ha inventado el Infierno, ha inventado la predestinación al Infierno, ha imaginado las ideas platónicas, la quimera, la esfinge, los anormales números transfinitos (donde la parte no es menos copiosa que el todo), las máscaras, los espejos, las óperas, la teratológica Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espectro insoluble, articulados en un solo organismo... Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira."

No podemos, claro, tomarnos en serio el relato (es literatura, poesía pura si se quiere), pero podemos disfrutarlo como una ocasión para el pensamiento libre y creativo. De principio a fin el relato está atravesado por la ironía borgiana, que apunta a conclusiones más serias. La primera broma (que no sé si ha sido ya advertida) es que estos libros de la Biblioteca de Babel no son verdaderos libros. Se nos dice que "cada libro es de cuatrocientas diez páginas". Pero este número de páginas, 410, no hacen un libro, no son compaginables en pliegos de papel (2*5*41). Para ser precisos, serían compaginables con seis páginas más, 416 (2*16*13). Primera broma de Borges.

La segunda broma se refiere al número de letras o grafismos que se combinan, veintidós, más el espacio, el punto y la coma. El lector apresurado piensa enseguida en una biblioteca eurocéntrica, de libros compuestos con caracteres latinos (aunque no se cuentan los signos diacríticos). La alternancia de cualquier otro posible sistema alfabético haría una biblioteca potencialmente infinita; debe entonces introducirse otra restricción. Ahora bien, ¿cuáles son esos veintidós caracteres que se combinan? El inglés tiene veintiseis letras; y el español (con la ñ), o el alemán (con la ese sonora), veintisiete (y no hemos contado los innumerables signos especiales de otras lenguas, como la simple ce con cedilla...). ¿En qué alfabeto piensa Borges? Sin duda, el aleph-beto hebreo, que precisamente tiene esos veintidós caracteres (sin contar los puntos o signos diacríticos). Tal vez hubiese querido sugerir que el hebreo es la lengua de la divinidad, aunque parece otra broma. Pero entonces, ¿con qué signos aparecen en la biblioteca los ejemplos aducidos en el relato: «Oh tiempo tus pirámides»?

Tampoco hay que olvidar que no es Jorge Luís Borges quien habla en el relato, sino un bibliotecario de la Biblioteca de Babel: "Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací...". Podemos por tanto poner en cuarentena todo lo que nos refiere; aunque esto es una convención necesaria (en otros relatos, en cambio, Borges gustaba introducirse como un personaje más, léase "El Aleph", o "Tlön...").

Las mayores ironías comienzan aquí. Los bibliotecarios de esta fantasmagórica biblioteca desesperan de encontrar un libro que haga sentido, pero no advierten que lo tienen a la mano, simplemente escribiéndolo, como hace este bibliotecario agonizante. Prefieren el libro ("Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación"). Tampoco advierten que el fundamento de los libros no está confinado a los libros mismos, sino que vive en la enseñanza oral, y eso que en el relato se suceden los predicadores y "descifradores ambulantes". Quizá debamos sorprendernos por añadidura de que el protagonista haya logrado ver dos Vindicaciones (un género particular de libros), cuando la probabilidad de encontrar en la biblioteca, recorriéndola al azar, un fragmento con sentido, es prácticamente igual a cero... Si antes decíamos que ni estos son verdaderos libros (porque son imposibles en imprenta), ni ésta una verdadera biblioteca (porque está desordenada), tendríamos que añadir que los personajes no son verdaderos bibliotecarios, porque no saben reconocer un libro verdadero. Las ironías y bromas del relato son muy poderosas.

IMMANUEL KANT.- En un plano más elevado, Borges ha presentado una alegoría metafísica: El universo (que otros llaman la Biblioteca). Los bibliotecarios forman una caterva de sofistas y disputadores. No hay opinión que valga, no se ponen de acuerdo sobre el ser de la Biblioteca. Se encuentran en un estado antinómico, en que lo mismo cabe sostener una tesis o la contraria, decir que la Biblioteca es finita o infinita. El desorden de la Biblioteca de Babel se replica en sus habitantes, los bibliotecarios. Se oye continuamente el guirigay de las opiniones atravesadas de místicos, idealistas o dogmáticos. Babel es el nombre onomatopéyico de la confusión, del blablabá. "Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aún la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción."

Y la ironía más sutil del relato viene ahora. Se nos dice que "un bibliotecario de genio" descubrió, a partir de unos ejemplos, la ley fundamental de la Biblioteca: "que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales". Aquí Borges se ríe de todos los lectores venideros (el respetable Willard Van Orman Quine, o tú, o yo) que se tomen muy en serio la discusión sobre la finitud de la Biblioteca. Que la Biblioteca sea uniforme, que todos sus libros sean iguales, que sea una biblioteca total, o universal... son opiniones que se fundan tan sólo en las pobres y casuales observaciones de los bibliotecarios, y en la inducción y generalización de "un bibliotecario de genio". Pero, a estas alturas, ¿puede el lector estar seguro de que la Biblioteca fuese así?

Nadie sabe cómo es la Biblioteca, del mismo modo que tampoco nosotros sabemos cómo es el Universo. El estado de indecisión no se lo inventó Kant; también Santo Tomás de Aquino sostenía que, por la sóla razón, no puede saberse cómo es el mundo (S.Th. Iª, q.46, a.2 [CTh]), y añadía: hoc utile est ut consideretur, ne forte aliquis... rationes non necessarias inducat, quae praebeant materiam irridendi... Hablar del asunto es un hazmerreír. 

LEUCIPO.- El nombre venerable de Leucipo está unido al de Demócrito, los atomistas griegos, que sostenían que todo está hecho de lo indivisible, el átomo, y el vacío (del mismo modo que aquella biblioteca estába compuesta de una combinación de libros y de letras). La contribución de Leucipo y Demócrito no se confinó a la física, sino que se extendió a la ética. ¿Cómo debe conducirse el hombre en un universo gobernado por el azar? Conteniendo sus impulsos, aceptando su suerte.

Borges propuso en otro de sus relatos célebres, "El inmortal", un bosquejo de una ética para inmortales. Puede pensarse que en "La Biblioteca de Babel" nos haya ofrecido otra ética, en la estela de Leucipo y Demócrito, para los habitantes de un universo informe y caótico. Los bibliotecarios no saben muy bien dónde están, y alternan periodos de exaltación, con los de violencia y desesperanza, que concluye en el suicidio. Pero si no es posible creer, al menos debe sostenerse una vaga esperanza de que el universo, la biblioteca, tenga algún orden desconocido. Tal vez el pensamiento de Borges se descubra en las últimas líneas del cuento, donde el protagonista adopta una pose escéptica: "Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La Biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza."

JORGE LUÍS BORGES.- Concluído el cuento, uno se pregunta qué creía Borges de todo este asunto, porque parece dejarnos en la misma indecisión escéptica de los diálogos platónicos. Se ha escondido detrás del personaje (el anciano bibliotecario escéptico), y de un maremágnum de opiniones enfrentadas. Seguramente, el relato sea exactamente una exposición de aquello en lo que no creía Borges. No creía que el mundo careciese de belleza, de sentido, de verdad. El caos bibliotecario es lo opuesto del ideal borgiano. Las últimas líneas de su artículo en Sur lo apuntaban. Pero también las últimas palabras de su nota sobre "El idioma analítico de John Wilkins": "Esperanzas y utopías aparte, acaso lo más lúcido que sobre el lenguaje se ha escrito son estas palabras de Chesterton: "El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal... cree, sin embargo, que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de un bolsista salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo". En todos estos escritos, pienso que Jorge Luís Borges se nos revela como un gran humanista. Creía en la dignidad del hombre, sobrepuesta a la disforme materia del universo.

SIGUE en "La paradoja de las erratas de Babel" [aquí].

(La fotografía, "Bibliothek", es de Andreas Gursky [Guggenheim]).

Salomón Derreza: "Para solucionar la paradoja de Babel" [Nexos].

02 junio 2014

G.K. Chesterton lee los evangelios

Estoy leyendo el libro apologético de G.K. Chesterton, El hombre eterno (The everlasting man, 1925). Su biografo, el fraile dominico Ian Ker [Oxford], ha escogido para la edición de Everyman's Library [review] la segunda parte de esta obra, "On the man called Christ". Chesterton se propone defender la divinidad de Jesús, adoptando la posición del materialista, para desestimarla por absurda o irracional: "in the first section I often treated man as merely an animal, to show that the effect was more impossible than if he were treated as an angel. In the sense in which it was necessary to treat man merely as an animal, it is necessary to treat Christ merely as a man...". A partir de aquí, trata de encontrar en el texto evangélico las frases y gestos intrigantes que apuntarían a la divinidad de Jesús

En mi opinión, Chesterton parte de unos supuestos erróneos. El primero, que los evangelios, y las palabras de Jesús, puedan valorarse como "más que humanas". Los evangelios (los escritos de los evangelistas) son siempre palabra humana, destinada a la escucha de los hombres y mujeres de este mundo. No hay nada de "divino" en ellos, entendido como "más que humano". Por otro lado, Chesterton da por supuesto que la divinidad de Jesús hubiera de manifestarse de alguna manera extravagante: "When Jesus was brought before the judgement-seat of Pontius Pilate, he did not vanish [como sí hizo Apolonio de Tyana en un trance parecido]. It was the crisis and the goal; it was the hour and the power of darkness. It was the supremely supernatural act, of all his miraculous life, that he did not vanish" (¿por qué supone Chesterton que Jesús hubiera podido milagrosamente desvanecerse como un mago, si no era más que un hombre?). El Jesús de Chesterton, en pasajes como este, parece de tan divino, tan divino, un personaje ridículo.

No puedo entretenerme en destripar todos los argumentos de Chesterton (como que Jesús fuese "the author of the Parable of the Prodigal Son"; más bien lo fue el redactor de ese evangelio, Lucas). Chesterton es muy confuso, ignora la crítica textual, y monta un batiburrillo evangélico en que tiene igual valor veritativo la adoración de los magos de oriente, las bodas de Caná o la predicación en el Jordán. Lo que me ha sorprendido es la primera conclusión a la que llega Chesterton: "Even on the purely human and sympathetic side, the Jesus of the New Testament seems to me to have in a great many ways the note of something superhuman; that is of something human and more than human." Si Jesús se nos presentase en los evangelios como "más que humano", es decir, sobrehumano (un superhombre), su figura no nos parecería ni entrañable, ni digna de ser escuchada. Nos interesa Jesús por ser hombre, no por ser una cosa que nadie sabe qué significa, que fuese "divino", o "más que humano". Chesterton no entiende qué es la divinidad (lo divino es lo distinto completamente a lo humano, no algo que sea "más que humano"). Por lo demás, su proposición suena herética. Jesús, según la declaración dogmática, es verdaderamente hombre (Hominem vere). Si hubiese sido "algo más que humano", no hubiera sido verus homo. En general, los argumentos de Chesterton son penosos y teológicamente dudosos, y no tengo más remedio que dejarlo aquí, por si alguien quiere examinarlos con más detenimiento.

Frente a la confusa argumentación chestertoniana, en que parece que no se tiene una idea clara del significado humano (y divino) de la figura de Jesús, el Mesías, me produce más alegría anunciar la publicación del Jesús de Hans Küng, una "cristología desde abajo" [Trotta].

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25 marzo 2013

Un Chesterton barato

Había comenzado el año pensando en exhibir en el blog los libros que compro o que rara vez me regalan (porque los libros son como las corbatas). Pero hay libros de los que me arrepiento de haber comprado a eso del cuarto de hora, así que he pensado que mejor me callo y me los guardo al coleto. Aunque ¿por qué no contar ahora, así como de pasada, que me he hecho en estos tres meses que van del año, con un espléndido volumen de biografías (la de Tiberio el resentido, o la de El Greco en Toledo), de Gregorio Marañón; o una monumental y apetitosa edición de la Real Academia, del Guzmán de Alfarache, del egregio sevillano Mateo Alemán...? Pues sí, por qué no contarlo. En ocasiones me figuro que mi ángel tutelar, o bien mi diablo de guardia, me echan a los ojos los libros a los que estoy dándole vueltas en la cabeza. Hoy estoy contento, y me dirán que con poca cosa me contento. Esta mañana me di una vuelta por la Casa del Libro de la calle Velázquez, aquí en Sevilla, y me dio por subir a los infiernos de la tercera planta, donde los "libros raros", y echar un ojo a los libros en inglés. Y si no lo veo, no lo creo. Me esperaba allí un ejemplar de obras selectas del gordo G.K. Chesterton, The Everyman Chesterton, la edición de Ian Ker de 2011 [Everyman]. En origen cuesta unas 12,99 libras esterlinas, y la Casa del Libro me lo ofrece ahora de importación por unos 15,67 euros, tiráo. Realmente muchísimo más barato que cualquier obra suelta en castellano. Por ejemplo, El hombre eterno (The Everlasting Man) cuesta en librería 20,80 euros [Cristiandad], y Ortodoxia (Orthodoxy), 22 euros [Acantilado]. Ambas obras, incluídas en el elegantón volumen de Everyman´s Library (hay que hojear algún libro de esta editorial, para enterarse de cómo es un libro bien hecho). La antología incluye, además de estos dos títulos polémicos, las biografías de Charles Dickens (Orwell pensaba que era la mejor del autor) y St Thomas Aquinas, algunos ensayos literarios, y algunas de las historias de Father Brown y poemas, incluído Lepanto. Pero no The man who was Thursday, que el editor no aprecia como lo mejor de Chesterton. El librero que me atendió debe ser un chestertoniano embozado, porque me encareció el libro.

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02 noviembre 2012

The philosophy of common sense

Lo que dice G.K. Chesterton sobre la filosofía de Santo Tomás de Aquino, me parece que no es de recibo. En el principio del capítulo VI de su biografia del Aquinate, "The approach to Thomism", dice: The fact that Thomism is the philosophy of common sense is itself a matter of common sense ("Que el tomismo sea la filosofía del sentido común, es por sí mismo de sentido común"). Pues no, en mi opinión ni el tomismo es "una filosofía de sentido común", ni esa afirmación puede ser aceptable, cuando menos, para la generalidad de la corporación de los filósofos (incluídos los filósofos tomistas).

Todos tenemos nociones elementales de cómo cuidar la salud (p.ej. que "cuando hace frío hay que abrigarse para no coger un catarro"), pero ni esas nociones forman una medicina de sentido común, ni nos hace médicos (que son quienes saben de medicina). Los enfermos, por sólo sentido común, no saben curarse, sino que procuran buscar a un médico, que es quien sabe medicina. ¿Por qué habríamos de admitir, en cambio, que la filosofía, que es otro saber (y no otro saber cualquiera, sino el saber supremo), habría de ser un saber corriente, de sentido común, y no más bien un saber especialísimo que requiere estudio, que no todos pueden alcanzar? Esto no es soberbia filosófica, sino, modestamente, la naturaleza de la cosa misma, la naturaleza del saber de los filósofos, que es tan peculiar y especializado como pueda serlo el saber de los médicos, el saber de los juristas o el saber de los arquitectos e ingenieros.

En realidad, toda la filosofía marcha en sentido opuesto al common sense, el sentimiento espontáneo de la gente corriente. No otra cosa quería decir Aristóteles, y toda la caterva de filósofos que le siguió, incluído Santo Tomás: Los hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por la admiración; al principio, admirados ante los fenómenos sorprendentes más comunes; luego, avanzando poco a poco y planteándose problemas mayores, como los cambios de la luna y los relativos al sol y a las estrellas, y la generación del universo... (Metafísica, A,2, trad. Valentín García Yebra). Muy por el contrario, el sentido común y espontáneo consiste en no sorprenderse de que las cosas sean como son. Ese saber espontáneo, común, acomodaticio, es lo que expresa nuestro refrán: "al pan, pan, y al vino, vino"; o como dice Chesterton, eggs are eggs. Por eso nunca podrá existir tal cosa como una filosofía del sentido común, porque mezclar filosofía y sentimiento espontáneo (o saber superior y saber común) es aberrante. Y desde luego la filosofía de Santo Tomás tampoco puede ser una philosophy of common sense, como pretendía vendernos G.K. Chesterton.

Y como Chesterton se ha empeñado en decir que el tomismo es de sentido común, la filosofía moderna, que al parecer se le opondría, no habría de ser más que paradójica ("opuesta a la común opinión y al sentir de las personas"). Dice Chesterton: "Since the modern world began in the sixteenth century, nobody's system of philosophy has really corresponded to everybody's sense of reality: to what, if left to themselves, common men would call common sense. Each started with a paradox: a peculiar point of view demanding the sacrifice of what they would call a sane point of view. That is the one thing common to Hobbes and Hegel, to Kant and Bergson, to Berkeley and William James".

Leyendo aquí a Chesterton me he acordado del pasaje del diálogo Teeteto, en que Platón se reía de los partidarios de Heráclito de Éfeso, porque de tanto sostener que "todo fluye, y nada permanece", habrían llegado al extremo de la mudez, porque con que tan siquiera dijesen que "esto o aquello es así o asá", ya se estarían contradiciendo. Esto es una manera un poco tonta de no haber entendido el heraclitismo. Pero la paradoja (del griego paradoxos) no es un juego, sino una posibilidad de la mente; y toda filosofía es paradójica, porque el saber filosófico se aparta conscientemente de la vida ordinaria en que estamos sumergidos como el pez en el agua (donde los huevos son huevos, y el pan, pan, y el vino, vino). El tomismo no es una excepción.

Afirmar, como hace Chesterton, que "the philosophy of St. Thomas stands founded on the universal common conviction that eggs are eggs", no sólo es una ordinariez, y una falta de respeto a Santo Tomás (desacato que no parecen advertir los chestertomistas), sino que delata que Chesterton no entendió a Santo Tomás, ni siquiera la materia de la filosofía. Se ponía como un ogro cuando le sugerían (leyendo los escritos del P. Martin D'Arcy) que el tomismo pudiese tener algún contacto o semejanza (likeness) con la filosofía de Hegel. Pero eso, señalar contactos, es ni más ni menos lo que con el tiempo ha hecho el P. Cornelio Fabro (1911-1995) [web], porque es forzoso que el Doctor Angélico, aún habiendo sido genial, no haya sido más que un eslabón de la cadena del pensamiento filosófico y teológico (lo que salta a la vista nada más que asomándose a sus escritos).

La filosofía de Santo Tomás de Aquino no es de sentido común, sino tan paradójica como pueda serlo la de Kant, Hegel, Bergson o William James. ¿Cuál sería, según mi parecer, la raíz última de la filosofía de Santo Tomás? No puede ser nada corriente, de todo los días (como sería decir "las cosas claras, y el chocolate espeso"), sino algo paradójico, lo que según la etimología es decir lo más apartado del common sense. Si nos guiásemos tan sólo por el sentido común (las cosas son lo que son, eggs are eggs), no llegaríamos más allá de un craso epicureísmo (manducemus et bibamus, cras enim moriemur).

La ligereza de Chesterton en calificar al tomismo como filosofía del sentido común, parece más bien movida por intereses propagandístico. Lo que a Chesterton parecía interesarle en el fondo no eran las que le parecían abstrusas doctrinas de Santo Tomás, que no tuvo tiempo de estudiar ("there are passages I do not in the least understand myself; there are passages that puzzle much more learned and logical philosophers than I am..."), sino sostener el sentido común de la gente corriente: "The only point I am stressing here is that Aquinas is almost always on the side of simplicity, and supports the ordinary man's acceptance of ordinary truisms".

Esta visión tan simplista no me parece aceptable. También sería una osadía por mi parte comprimir en un breve párrafo en qué consiste, según pienso, el tomismo. Pero hay que intentarlo. Si uno se asoma a la Suma Teológica, I, q.84, quomodo anima intelligit corporalia (que fue el objeto de la tesis de Karl Rahner, Geist in Welt. Zur Metaphysik der endlichen Erkenntnis bei Thomas von Aquin), tal vez comencemos a aceptar que el tomismo pueda ser tan paradójico, y tan apartado del sentido común, como el kantismo o el hegelianismo, y que reducirlo a afirmar que las cosas son como son (eggs are eggs) es una simplicidad que nada tiene que ver con su doctrina. En fin, sin más tiempo para discutirlo, yo compendiaría el tomismo en la idea de que el hombre es imagen de Dios (imago Dei), de la Suma Teológica, I, q.93 a.4, noción de estirpe platónica y agustiniana, y no es para nada  un truísmo ni nada evidente, que pueda aceptar la gente ordinaria. No es casual que la noción, procedente del psalterio, sea el lema de la Universidad de Oxford: Dominus Illuminatio Mea.

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30 octubre 2012

El tomismo en un pispás

He dicho, de manera un tanto simple, que Chesterton me parece un escritor chabacano, sin arte, o grosero y de mal gusto... Aunque para decirlo de manera más elegante y menos hiriente (con las palabras de mi amigo Juan José Delgado Utrera), es "su permanente andarse por las ramas, dar vueltas y más vueltas hasta culminar con una argumentación realmente brillante, pero para la que bastan dos líneas". Como muestra un botón, de su biografía de St. Thomas Aquinas (1933). Dejo el texto en inglés, confiando en que el curioso lector sabrá interpretarlo (no es tan difícil), y porque para juzgar su estilo, hay que leerlo en la lengua en que se expresó. Es del capítulo VI, "The approach to Thomism":

"... the philosophy of St. Thomas stands founded on the universal common conviction that eggs are eggs. The Hegelian may say that an egg is really a hen, because it is a part of an endless process of Becoming; the Berkeleian may hold that poached eggs only exist as a dream exists; since it is quite as easy to call the dream the cause of the eggs as the eggs the cause of the dream; the Pragmatist may believe that we get the best out of scrambled eggs by forgetting that they ever were eggs, and only remembering the scramble. But no pupil of St. Thomas needs to addle his brains in order adequately to addle his eggs; to put his head at any peculiar angle in looking at eggs, or squinting at eggs, or winking the other eye in order to see a new simplification of eggs. The Thomist stands in the broad daylight of the brotherhood of men, in their common consciousness that eggs are not hens or dreams or mere practical assumptions; but things attested by the Authority of the Senses, which is from God."

Como G.K. Chesterton era, a lo que parece, un guasón, creo que me perdonaría si dijese que esto es algo así como explicar el tomismo por huevos... Algo más en serio, párrafos como éste me decepcionan, en su perpetuo andarse por las ramas, porque el empeño, en principio plausible, pero en el fondo descabellado, de hacer entender Santo Tomás al hombre de la calle (lit. the man in the street), termina por subestimar al lector y tenerlo por un tonto, un dummy.

26 octubre 2012

Chesterton chabacano y un centón de libros

Un amigo malagueño, con buena intención me incitaba a retomar el blog, y a hablar de libros, más libros. Así que, rendido a la provocación amistosa, después de una larga temporada de silencio, vuelvo a hablar de libros, que no son más que un simulacro de amistad. El filósofo de Atenas decía que los libros defraudan, porque permanecen mudos a nuestros interrogantes. Los libros no nos hablan, no nos responden; no dicen más que lo que dicen: no conversan con el lector. La compañía de los libros, con ser tan valiosa, no pasa de ser un sucedáneo, subsidiario, de la compañía humana. Aunque los buenos libros me admiran porque transparentan el espíritu y la humanidad de sus autores, aunque sean muchos los siglos que hayan transcurrido desde su escritura (pero apenas un parpadeo, a escala cósmica).

Me he convencido de que G.K. Chesterton, con toda la fama que arrastra, es un escritor chabacano, que quiere decir (según el diccionario) "sin arte o grosero y de mal gusto". Le he dado una segunda oportunidad, y comencé a leer su biografía de St. Francis of Assisi, que a los cinco minutos se me cayó estrepitosamente de las manos, como antes me pasó con su biografía de St. Thomas of Aquinas. ¡Qué manera más estúpida, vulgar y ordinaria, como propia de periodista de café, de andarse por las ramas, en lugar de entrar por derecho en la biografía del santo! Dos libros que se me quedan inéditos, hasta que no lo vuelva a retomar con más paciencia y mejor intención. Entretanto, Chesterton seguirá siendo para mí el autor del simpático relato de The man who was Thursday.

La mejor compra que he hecho este año ha sido una edición antigua de la Vie de Jésus, de Ernest Renan, publicada en vida del autor (Paris,  Michel Lévy Fréres, 1863, Quatrième Éditión). Entre los libros nuevos, destaco la biografía de Marcelino Menéndez Pelayo, de Manuel Serrano Vélez (Córdoba, Almuzara, 2012), publicada en el centenario del montañés que está pasando, hay que ver, sin pena ni gloria.

Entre los libros que me aguardan, uno de título bien pensado, Erotismo y prudencia, la biografía intelectual de Leo Strauss (Madrid, Encuentro, 2012) del profesor Gregorio Luri. Estoy leyendo ahora el ensayo La crisis del Estado en la Edad Posmoderna (Cízur Menor, Navarra, Aranzadi, 2012) del profesor Francisco Carpintero (catedrático del campus de Jerez de la Frontera), con la atención dividida entre la Teoría Pura del Derecho de Hans Kelsen, el tratado de iustitia et de iure de Tomás de Aquino (es curioso que Kelsen dijese en su primer prólogo que hubiese sido acusado, alternativamente, de fascista, bolchevique, comunista, capitalista burgués... ¡y también de seguidor de Santo Tomás de Aquino!) y Niklas Luhmann.

Entre mis desiderata (ahora se dice Wish List) está el Analysis of Matter, de Bertrand Russell, y la traducción de la Eneida del poeta inglés John Dryden. El mejor regalo que he recibido este año, de un viajero en Berlín, Die Bibel: Luther Übersetzung (Deutsche Bibelgesellschaft).

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31 marzo 2012

Libri toscani

Vuelvo al blog para hacer una sucinta reseña, cómo no, de los libros que me he traído de mi último paseo por la Toscana. No concibo un viaje sin libros, y esta vez he regresado con la mochila atestada, aunque Ryanair no se ha quejado, ni ha habido lugar a que me facturasen por pasarme del peso del equipaje. Y bien, estos son los libros:

1. Le preghiere di S. Caterina da Siena, Dottore de la Chiesa (preghiere tratte dall'Epistolario, dal Dialogo, e Le Orazioni). Roma, Centro Liturgico Vincenziano (C.L.V.), 1992. Las plegarias se presentan en italiano moderno, no en vernacolo, lo que tal vez les reste algo de autenticidad.

2. Benvenuto Cellini, Vita. Rizzoli, Milano, 2009.

3. E. Allodoli, A. Jahn Rusconi, Firenze e dintorni. 147 illustrazioni e 1 pianta. Roma, La Libreria dello Stato, 1950. Preciosa edición en papel satinado y fotografías en blanco y negro, una guía de las que ya no se editan. Si os pasáis por Florencia, se encuentra por el precio irrisorio de 6 euros en la Libreria de' Servi (Via dei Servi, 52-54), entre el Duomo y la Annunziata. Lleva un sello de Lire 1000.

4. Duccio Balestracci, Storia illustrata di San Gimignano. Pisa, Pacini Editore, 2009.

5. De propina, Lessico famigliare (1963), de Natalia Ginzburg, y Danubio (1986), de Claudio Magris, con idea de hacerme con una pequeña colección de literatura italiana.

En el avión de regreso, entre cabezadas, fui leyendo algunas líneas de la biografía de Saint Thomas Aquinas (1933) de Chesterton. Su chistecillo a propósito de "The Simplicity of God" consiguió ponerme de mala leche. Le daremos otra oportunidad antes de enviarlo al infierno de la biblioteca, siquiera sea por la buena fama que algunos adjudican a esta biografía chestertoniana (como a la que dedicó a Saint Francis of Assisi, de 1923).

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19 enero 2012

Love thy neighbors

The Bible tells us to love our neighbors, and also to love our enemies probably because they are generally the same people.

G.K. CHESTERTON

30 junio 2008

Escritores católicos

"Je ne suis pas un romancier catholique, je suis un catholique qui écrit des romans." (François Mauriac).

En el blog de Enrique García Máiquez:
Rayos y Truenos, hemos debatido el asunto de los escritores católicos. Expresión que a mi juicio tiene poco sentido. Hay muchos católicos que juegan al ajedrez, pero sería chistoso hablar de "ajedrecistas católicos".

El escritor que ondea la bandera del catolicismo es propio de ambientes hostiles a los católico-romanos, como ha sido Inglaterra. Se explica que esa nación diese a luz polemistas católicos tan destacados como John Henry Newman o G.K. Chesterton, y que el papismo tuviese connotaciones políticas inevitables.

¿Pero y en un país de identidad católica, como España? No puede olvidarse la gran figura del escritor Miguel de Unamuno, que reflexionó sostenidamente sobre el cristianismo. Llamarlo escritor católico, sin embargo, me parece inadecuado.

Hijo del Hombre, Humanidad completa,
en la increada luz que nunca muere,
¡mis ojos fijos en tus ojos, Cristo,
mi mirada anegada en Ti, Señor!

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30 mayo 2007

My country, right or wrong

'My country, right or wrong,' is a thing that no patriot would think of saying. It is like saying, 'My mother, drunk or sober.' ("Mi país, con razón o sin ella" es algo que ningún patriota debiera tener el pensamiento de decir. Es como decir: "Mi madre, ebria o serena") G.K. CHESTERTON, The Defendant (1901).

La frase 'my country, right or wrong' se atribuye al senador norteamericano Carl Schurz (1829–1906). Ver explicación aquí.

10 agosto 2006

El argumento de Chesterton

"If there were no God, there would be no atheists" [si no hubiera Dios, no habría ateos]. Esta opinión de G.K. Chesterton parece un truismo, pero encierra una intuición profunda, a saber, que tenemos la idea de dios en la cabeza simplemente porque dios existe (¿si no de dónde?). Bien podemos llamarlo "el argumento de Chesterton", aunque es idea formulada de antiguo. El joven Karl Marx sostenía que el ateísmo carece de sentido, porque para afirmar al hombre en el socialismo no se necesita ya negar a dios [Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, tercer manuscrito, XIV].

08 agosto 2006

G.K. Chesterton, sobre religión

The American Chesterton Society reserva una de sus páginas a catalogar una buena masa de citas del periodista inglés en torno a lo divino y lo humano. Quizá lo más curioso sea el comentario de una frase que todo el mundo menciona, sin saber que es, si no apócrifa, sí al menos maleada por uno de los primeros comentaristas de su obra: A man who won't believe in God will believe in anything ("un hombre que no crea en Dios creerá en cualquier cosa").

Sobre lo divino, no me resisto a copiar esta frase: "The Bible tells us to love our neighbors, and also to love our enemies; probably because they are generally the same people."