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28 febrero 2010

Humpty Dumpty, teólogo

'When I use a word,' Humpty Dumpty said in rather a scornful tone, 'it means just what I choose it to mean—neither more nor less.'
'The question is,' said Alice, 'whether you CAN make words mean so many different things.'
'The question is,' said Humpty Dumpty, 'which is to be master—that's all.'

Cuando yo uso una palabra --insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso-- quiere decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos.
--La cuestión --insistió Alicia-- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
--La cuestión --zanjó Humpty Dumpty-- es saber quién es el que manda..., eso es todo.

Lewis Carroll, Through the looking glass, 1872 [english], A través del espejo [castellano].

El diálogo con aquel huevo engreído, Humpty Dumpty, que por encaramarse a una tapia acabó estrellado, es uno de los pasajes más archifamosos de la extravagante historia de Alicia. El huevo atajaba la discusión sobre el significado de una palabra apelando a la autoridad, a "quien corta el bacalao". Es un pasaje muy serio, en que el autor, el diácono Dodgson, Lewis Carroll, se hace eco de los debates oxonienses de su tiempo sobre lógica formal y semántica.

Martin Gardner, en su clásica edición de Alicia anotada (1960) [Norton & Co.], nota que ahí Humpty Dumpty se manifiesta como nominalista al subrayar que las palabras no significan más que lo que a cada uno convenga (When I use a word it means just what I choose it to mean). Por lo demás, Gardner concluye su extensa nota observando que si queremos comunicar con precisión, estamos sujetos al deber moral de no dar significados privados a las palabras corrientes ["if we wish to communicate accurately we are under a kind of moral obligation to avoid Humpty's practice of giving private meanings to commonly used words"].

Humpty Dumpty, como Guillermo de Occam, también hace ahí teología. La reflexión sobre las palabras y sus significados es el atrio mayor de ingreso a la ciencia sagrada, donde se comienza tratando de divinibus nominibus. De igual modo que las palabras, meros sonidos articulados, manifiestan contenidos mentales inmateriales (ideas, significados, pensamientos), así Dios, que ha creado el mundo, se revela entre nosotros como Palabra y en las palabras. Por eso confesamos que Dios habló por los profetas; y de ahí que los temas mayores de la teología, en toda religión, sean la revelación y los escritos sagrados (nuestras Escrituras).

En un plano menos elevado, las palabras y sus significados son importantes en teología, porque esta ciencia se hace con palabras, de forma verbal. El experimento teológico es semántico, y por esta razón Tomás de Aquino define la teología, en sentido etimológico, como sermo de Deo, el "discurso acerca de Dios".

Las palabras, que son los ladrillos y la argamasa con que está hecha la teología, son la causa de su grandeza y de su miseria. Las palabras, como pensaba Occam, no son nada, apenas flatus vocis, pero son el campo de refriega de las ideologías y de los poderosos. Diríamos, con Humpty Dumpty, que las palabras pueden expresar la verdad (lo que las cosas son) pero también pueden significar lo que convenga a los intereses del poderoso de turno. Por eso el huevo impertinente concluye con cinismo que la verdadera cuestión no es saber qué significa una palabra, sino saber quién es el que manda [which is to be master].

Puesto que se hace con palabras, inermes frente al mal uso, la teología está siempre amenazada de contaminación ideológica y de intereses espurios. A este peligro ya me he referido en un comentario sobre "Los teólogos" [ver Los teólogos], y he defendido la necesidad de que nuestra teología se depure de adherencias mundanas.

La ciencia teológica no es, sin embargo, una excepción en el panorama general de las ciencias. La investigación libre, pura y desinteresada, de la verdad, es una rareza, y por lo común la ciencia debe desenvolverse en la trama de intereses políticos y económicos de su tiempo. Las conveniencias del poder dirigen y gobiernan a la ciencia, aunque la verdad que aguarde ser revelada sea una.

Tampoco es imaginable una investigación libre en teología, porque las sectas religiosas limitan o impiden, por simple sentido de supervivencia, la libertad de pensamiento y de opinión de los teólogos. Así, la historia de cualquier religión sobre la tierra podría describirse también como la sucesión de las persecuciones que sufrieron sus teólogos, igual que en la filosofía, desde el proceso y condena de Sócrates (acusado, recuérdese, de impiedad).

La Iglesia Católica, Apostólica y Romana ha desarrollado del mismo modo un complejo sistema de control teológico, amparada en los conceptos de Tradición y Magisterio (Catecismo, nn. 74-100). Según pienso, con estas instituciones, nacidas por cierto del discurso teológico a través de los siglos, nuestra Iglesia no se distingue de cualquier otra religión que haya pretendido perpetuarse en este mundo y custodiar íntegras sus doctrinas (el depositum fidei).


Este cuasi monopolio de "la verdad" en la iglesia provoca que la teología católica se encuentre en perpetua contradicción entre la búsqueda pura y desinteresada de la verdad y la obediencia al magisterio, y esté siempre amenazada por el potencial conflicto con el poder eclesiástico y sus intereses de gobierno. Podría mencionarse el caso paradigmático de Hans Küng, pero es que Tomás de Aquino tampoco se libró en su tiempo de la censura y el riesgo de condena. 

En estos días hemos presenciado el hecho inaudito en España de que los miembros más cerriles y ultramontanos [ultramontanismo] de la Conferencia Episcopal se hayan llevado el gato al agua, y conseguido el secuestro de facto del libro Jesús. Aproximación histórica (PPC, 2007), del teólogo vasco José Antonio Pagola [El Plural y Diario Vasco], al que han sometido a un despiadado marcaje.

Acerca del que ya se llama entre nosotros "caso Pagola", he dedicado por lo menos tres artículos en este blog: el primero cuando se presentó el libro en mi ciudad [El Jesús de Pagola en Sevilla], otro cuando sufrió la primera censura, sin firma, de la Conferencia Episcopal [¿Condenar el libro de José Antonio Pagola?], y el último, con ocasión de un manifiesto de teólogos españoles, en defensa de Pagola [¿Herejía monofisista en la Iglesia?]. Debo decir que me ratifico en lo dicho, y ahora expreso mi tristeza por las sevicias que sufre este teólogo de bien.

El cristianismo padece hoy una peligrosa deriva gnóstica, en palabras del teólogo de Deusto, Javier Vitoria. Es un deber de los teólogos libres y, en la medida posible, de los cristianos sencillos "de a pie" o de base, denunciar con energía la amenaza de herejía de motivo ideológico en la iglesia. Igual que Humpty Dumpty, aquel huevo engreído y faltón, pero que acabó estrellado en el suelo, algunos eclesiásticos están tentados de decir hoy que lo importante no es el significado de las palabras, ni la verdad, sino que lo importante es saber quién manda aquí.

Sobre el tema, pueden consultarse estos artículos de internet:

José Mª Castillo, En defensa del "Jesús" de Pagola [enlace]
Javier Vitoria, José Antonio Pagola [enlace]
Xabier Pikaza, Caso Pagola o caso Rouco-Camino [enlace]
Fernando San Martín, A propósito del Jesús de Pagola [enlace]
Félix Azurmendi, Pedimos la verdad [enlace]
Marcos Santos Gómez, El gerundio en la teología [enlace]
Juan Masiá Clavel, Curias y eclesiásticos tentados a creer en Satanás [enlace]
José Manuel Vidal, Los curas de San Sebastián rompen la dinámica del miedo eclesial [enlace]

Y en este blog Majao Público, la etiqueta Pagola: Jesus

06 septiembre 2008

Contradiciendo a Ratzinger

Hasta ahora no había comentado aquí el libro de Joseph Ratzinger, Jesus von Nazareth (2007), por la sencilla razón de que no lo he leído. Aún aguarda su turno, en el limbo de los libros vírgenes, si bien que reposando en inmejorable compañía, ahora que lo he retirado del anaquel, donde fue a parar por azares de la topología entre la Interpretación del cuarto evangelio (1954), de Charles Harold Dodd, y El instante (1855), de Kierkegaard. Pero no se le busque la lógica a esta secuencia, porque no tiene otra más que el confuso desorden de una biblioteca de uso personal.

Algunos próximos y amigos, más sabios y religiosos que yo, sí han leído "el libro del Papa". Yo no, y confieso que no he podido con él, porque se me cae de las manos. Pero sí he repasado enterito el prólogo y la bibliografía. Ahora que al comenzar el curso anidan en nuestros corazones píos propósitos, he vuelto a hojearlo, y vuelto a desestimar su lectura, en provecho de otras más urgentes. No obstante, en un rato perdido he usado de técnicas de lectura veloz, haciendo algunas calas en el texto, para explicar ahora mi resistencia a esta obra. No descarto que, como me pasa con muchos otros libros, simplemente le haya cogido manía; pero quién sabe.

El prólogo contiene una declaración, justamente destacada en los medios, y que voy a reproducir: Sin duda, no necesito decir expresamente que este libro no es en modo alguno un acto magisterial, sino únicamente expresión de mi búsqueda personal "del rostro del Señor" (cf. Sal 27, 8). Por eso, cualquiera es libre de contradecirme. Pido sólo a los lectores y lectoras esa benevolencia inicial, sin la cual no hay comprensión posible.

Pues bien, tomándole la palabra al profesor Ratzinger, me permitiré aquí hacer una módica contradicción del libro, que seguramente estará falta de la sabiduría y temple que requiere el empeño. En cuanto a la "benevolencia inicial", creo que ya la he demostrado, habiendo comprado el libro y leído su prólogo y algunas de sus páginas. Y también porque tengo en general buena disposición hacia Ratzinger el teólogo, del que soy lector de su Introducción al cristianismo (1968) desde mis ya lejanos años de bachiller. Por no hablar de mi admiración, ya en el terreno magisterial, de su hermosa encíclica Spe salvi, que he comentado repetidas veces aquí.

No pondré en duda jamás que el libro Jesús de Ratzinger sea, en doctrina, católico-católico, como el café-café (no podría ser de otra manera, en la persona del doctor que hoy ocupa la
cátedra de San Pedro). Pero como este libro es resultado, como él mismo dice, de una "búsqueda personal", tal vez refleje sus propias y particularísimas opiniones teológicas, que no su magisterio de Supremo Pontifice. No hay más que repasar otro libro famoso de Ratzinger, el Informe sobre la fe (1985), donde sin ambages reconocía, dialogando con el periodista Vittorio Messori, que en la Iglesia polemizan corrientes conservadoras y progresistas, que siguen todavía hoy discutiendo en torno a la vigencia del Concilio Vaticano II.

Mi primera crítica se refiere a la aptitud del libro para enseñar. El Jesús de Ratzinger se sitúa, como decimos coloquialmente, en un quiero y no puedo. No explica con el orden, la sencillez y claridad debidas, la vida y milagros y las enseñanzas de Jesús el nazareno, que seguramente es lo que piden de corazón los cristianos sencillos, deseosos de aprender y de oír hablar del Maestro. Pero por otro lado, tampoco alcanza un aseado nivel que satisfaga a los estudiosos del Nuevo Testamento, de los evangelios y de su teología. Destinado al gran público, irremediablemente incurre en una rapsodia de temas teológicos y escriturísticos, de imposible vulgarización, pensando quizá en ese hipotético y modélico lector medio que, como cualquier "media estadística", no existe.

Me imagino que muchos de los tropecientos mil compradores del "libro del Papa", que se lo llevaron de la pila de los grandes almacenes, o del hipermercado, como quien compra el último premio Planeta, se habrán llevado un buen chasco si se han asomado a sus páginas. A los pocos días de tenerlo en mis manos, ya avisé que el prólogo, repleto de consideraciones de alta erudición teológica, cumple a la perfección la tarea de disuadir de la continuación de la lectura. Claro está que hablo de ese "lector medio" hipotético, y que no desconozco que lectores más instruídos, entre la clerecía y el personal con estudios, sí habrán llegado a buen puerto leyéndolo en su integridad.

¿Y en cuanto al lector estudioso, informado? Para valorar los quilates del libro, me he dirigido al capítulo 8, "Las grandes imágenes del evangelio de Juan". Confieso que tengo un motivo personal para hacerlo, y es que este cuarto evangelio, a diferencia de los sinópticos, siempre se me ha atragantado, nunca lo he entendido bien. Me parecía, puede ser que con razón, demasiado filosófico. Por eso dos libros que me aguardan impacientes son los comentarios del teólogo inglés Charles Harold Dodd, que he mencionado arriba: Interpretación del cuarto evangelio (1955) y Tradición histórica en el cuarto evangelio (1963) [ambos publicados por ediciones Cristiandad]. Quien de verdad quiera aprender y comprender el sentido del evangelio de Juan, debe leer estas colosales obras exegéticas. Pero si a continuación dirigimos nuestra mirada al capítulo 8 del libro de Ratzinger, observaremos que se queda en un nivel divulgativo de saberes teológicos y escriturísticos, que difícilmente calarán en aquel "lector medio".

En resumidas cuentas, el que llaman "libro del Papa", que más propiamente se debe llamar "último libro del teólogo Ratzinger", como él mismo honradamente advierte en el prólogo, porque no es una obra magisterial, se queda a mi juicio en un nivel intermedio, equidistante, forzosamente catequístico, que procurará algún barniz teológico a lectores interesados, pero que no satisfará las expectativas de los lectores sencillos (que no rudos), que quieren conocer el mensaje de Jesús, y tendrá poco interés para quienes ya estén sumergidos en la ciencia teológica y en el estudio riguroso de las Escrituras.

Para terminar y no alargarme, una vez explicadas mis impresiones sobre el nivel retórico del libro de Ratzinger, debo referirme a su contenido ideológico, analizando al menos alguna de sus opiniones teológicas. Comentarlo por entero está fuera de lugar, y muy lejos de mi capacidad y sabiduría. Esta vez me he dirigido al capítulo 4, donde se habla de "el Sermón de la Montaña". El comentario que voy a hacer evidenciará el acierto de la elección. En este pasaje saltan a la vista, a mi juicio, las opiniones que animan el pensamiento actual de Ratzinger el teólogo. Para no andarme por las ramas copio un párrafo muy significativo, de la página 105 de la edición española:

"El Sermón de la Montaña como tal no es un programa social, eso es cierto. Pero sólo donde la gran orientación que nos da se mantiene viva en el sentimiento y en la acción, sólo donde la fuerza de la renuncia y la responsabilidad por el prójimo y por toda la sociedad surge como fruto de la fe, sólo allí puede crecer también la justicia social. Y la Iglesia en su conjunto debe ser consciente de que ha de seguir siendo reconocible como la comunidad de los pobres de Dios. Igual que el Antiguo Testamento se ha abierto a la renovación con respecto a la Nueva Alianza a partir de los pobres de Dios, toda nueva renovación de la Iglesia puede partir sólo de aquellos en los que vive la misma humildad decidida y la misma bondad dispuesta al servicio".

Un lector "no benevolente" quizá entrevea en esa afirmación tan tajante de que el Sermón de la Montaña "no es un programa social", la contestación previsible de Ratzinger a la Teología de la Liberación. No quiero entrar en esta materia, porque me alejaría indebidamente del texto explícito de Ratzinger. Pero hay que llamar la atención sobre la interpretación que de la pobreza hace el conjunto del capítulo 4, y en particular este párrafo: pobre es el miembro de la Iglesia, con humildad decidida y bondad dispuesta al servicio. Creo que no he sido infiel al interpretarlo. Entonces, ¿podemos imaginarnos quienes son esos "pobres" de los que habla Ratzinger? Pienso que Ratzinger lleva aquí la "imaginación teológica" muy lejos, porque desde la lectura del evangelio, y oyendo las palabras de Jesús, el pobre es simplemente el pobre.

Leyendo este texto de Ratzinger, que dice que Jesús no predicó en la montaña ningún programa social, me pregunto en qué desván eclesiástico ha quedado arrumbada la opción preferencial por los pobres, que nos recuerdan los teólogos
Jon Sobrino y Gustavo Gutiérrez. Al menos hemos comprendido que el evangelio obliga a "tomar una decisión", a hacer una opción. ¿Pero nos concede el evangelio margen para interpretar, a nuestro gusto y conveniencia, esa palabra tan solemne como es la de la pobreza? Sancte Óscar Romero, ora pro nobis!

Voy a concluir este comentario al Jesús de Ratzinger refiriéndome, ya muy ligeramente, a las disputas teológicas en que se embarca el autor. Disputar, debatir, altercar, contender, discutir, son formas de ejercer los oficios retóricos, como son los de los abogados, filósofos y teólogos. En general, el debate de opiniones está presente en todo arte y ciencia. También debaten los médicos, sobre el mejor tratamiento del enfermo, o los ingenieros, sobre la mejor construcción de un puente.

Por eso mismo, también en este libro de Ratzinger hay debate (por ejemplo, como era de esperar, con Bultmann). Sin embargo, he querido ver una gran distancia con el desarrollo de los debates en su juvenil Introducción al cristianismo. En este último libro, originado en unas conferencias universitarias en Tubinga, Ratzinger dialoga con los intelectuales de su tiempo. Pero en el que comentamos, Ratzinger ataca e impugna. Creo intuir que en esta diferencia de estilo (tan sólo es una impresión apresurada) asoma la senescencia del pensamiento del autor. Por eso creo, y ésta puede ser una conclusión razonable, que esta tardía obra del teólogo Ratzinger, no añade nada, como tantas veces ocurre en muchísimos creadores y pensadores, a sus brillantes obras juveniles. Volvamos, si queremos, a su Introducción al cristianismo.

Actualización: Las "paradojas" del libro del Papa.

"... Paradójicamente, mientras él mismo nos dice que este libro no es un documento del magisterio papal, sino el fruto de su personal compromiso teológico, tenemos la clara impresión de que leyendo estas páginas contamos con una clave preciosa para comprender mejor muchos aspectos de su pontificado: sus homilías, sus catequesis de los miércoles, el estilo de su gobierno y del orden de su vida, en cierto sentido también las prioridades y diversas elecciones de su gobierno. Sabemos mejor quién es el Papa, qué es verdaderamente esencial para él, y por lo tanto qué nos quiere decir a todos los creyentes en Jesucristo, a los hombres y a las mujeres de hoy. Le estamos profundamente agradecidos."

P. Federico Lombardi [vía: Zenith]

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25 julio 2008

¿Herejía monofisista en la Iglesia?

"Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego." (Mt 5,22).

Por tercera vez nos ocupamos del libro Jesus. Aproximación histórica (2007) del profesor y sacerdote vasco José Antonio Pagola. En anteriores entradas nos hemos referido a su presentación en Sevilla, y más tarde a la ya famosa nota de clarificación de la Conferencia Episcopal. En este momento no viene mal recordar que la nota no censura, no castiga, no condena, no prohíbe leer el libro: simplemente hace algunas clarificaciones.

La novedad estival es que un grupo particular de teólogos españoles ha publicado unas "Consideraciones para una valoración crítica de la “Nota de clarificacción” de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe" [que se puede leer en Atrio], y que dice cosas muy interesantes. Concluye diciendo:

"No negamos en absoluto que la Iglesia necesita un servicio de vigilancia por la pureza y la integridad de la fe. Pero estamos convencidos de que no cabe confundir esa pureza con nuestra pereza intelectual, ni la integridad con un integrismo que excluye toda pluralidad. Creer que la asistencia del Espíritu puede conseguirse a base de ignorancia y cerrazón sería una especie de “monofisismo eclesiológico” que revelaría un monofisismo cristológico heterodoxo. Todo lo cual hace un enorme daño a la misión de vigilar por la fe."

Vengo observando que en algunos foros de internet, de cuyo nombre no quiero acordarme, se ha convertido en muletilla motejar de arrianos a los cristianos que nos interesamos por la figura humana, próxima, histórica, tangible, de Jesús sobre la tierra. Este insulto, que falta a la caridad cristiana, es sin embargo muy peligroso, porque los movimientos fundamentalistas que se están revolviendo en la actualidad, muy bien podrían incurrir facilmente en la herejía contraria, que es el monofisismo.
La herejía monofisista es la que subraya, por descompensación, la naturaleza divina de Jesús, despreciando su naturaleza de verdadero hombre [puede leerse el comentario de Joseph Lortz sobre esta herejía en las páginas de conoZe.com].

Artículos recomendados:

[Benjamín Forcano: Teólogos, no inquisidores]
[Ignacio Larrañaga: Carta abierta a José Antonio Pagola]
[Guzmán Pérez: "Pero Jesús se abrió paso entre ellos"]
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28 junio 2008

¿Condenar el libro de José Antonio Pagola?

Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. (Mt 5,11). En una entrada del pasado mes de febrero [El Jesús de Pagola en Sevilla], os relataba la presentación en el CET de Sevilla del famoso libro sobre el Jesús histórico de este teólogo vasco. Allí decía que si me equivocaba sobre el fatum del libro, con gusto me retractaría. Pues bien, la Conferencia Episcopal Española ha emitido el pasado 18 de junio una "Nota de clarificación", que no de condena, sobre algunas sugerencias que podrían extraerse del libro. La verdad es que la nota me ha dejado el corazón aterido, y no porque vea ahora que yo estuviese en el error; sino porque nuestros pastores no han mostrado la menor empatía por este bellísimo relato de la vida y obra de Jesús el nazareno. Pero vista la novedad, debo decir a quienes me lean que he repasado mi comentario del 4 de febrero, y no encuentro en él ni una yod que modificar a lo que dije. Salvo opinión más autorizada que la mía, como aprendí a decir leyendo dictámenes jurídicos en la facultad.

P.S. La "nota" de la CEE no tiene alcance "condenatorio". El Código de Derecho Canónico dispone el castigo con una pena justa a "quien, fuera del caso que trata el can. 1364.1 [apostasía, herejía y cisma], enseña una doctrina condenada por el Romano Pontífice o por un Concilio Ecuménico o rechaza pertinazmente la doctrina descrita en el can. 752 [asentimiento al Magisterio], y, amonestado por la Sede Apostólica o por el Ordinario, no se retracta" (can. 1371.1º). La imposición de penas siempre debe ir precedida de un procedimiento judicial o administrativo (can. 1341), en que el acusado debe tener la posibilidad de defenderse (can. 1720.1º). Que sepamos, Pagola no ha sido amonestado, ni menos aún procesado por su libro.

[Fernando Prado CMF: Todo queda aclarado]
[Juan Rubio: "Dame, Señor, la fe de mi madre, que no sabía teología"]
[José Antonio Pagola: Tres llamadas de Jesús]
[Guillermo Juan Morado: El "Jesús histórico"]
[Terzio:
Pseudo-cristología]
[Atrio: Las luminosas e impugnadas páginas de Pagola]
[Rafael Aguirre: Una nota injusta]
[Juan Masiá SJ: "La nota contra Pagola, suspenso en teología y en caridad"]
[José Mª Castillo: La teología asustada]
[Joaquín L. Ortega: El micrófono y la pluma]
[Scriptor (JJG Noblejas): Jesús de Nazaret, de Benedicto XVI]
[Francisco José Fernández de la Cigoña: El Séptimo de Caballería sigue sin aparecer]
[Fernando Bermejo: La distorsión de la historia de la investigación sobre Jesús]
[Xabier Pikaza: Dos pesas, dos medidas y un campo de juego (Sobrino y Pagola)]
[Xabier Pikaza: Los nueve principales... ¡Este verano un libro sobre Jesús!]
[Robredo: Controversia sobre Jesús]
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04 febrero 2008

El "Jesús" de Pagola en Sevilla

Confiteor. El pasado jueves asistí a la presentación, en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, del ya famoso libro de José Antonio Pagola, Jesús: Aproximación histórica (2007). En el salón de actos del Seminario "no cabía un alfiler". Mucha expectación, y público de calidad, seglares y religiosos. Tenía curiosidad por pulsar el ambiente y ver cómo respiraba el profesor Pagola (un maestro entrañable y simpático, de voz dulce y seductora). Fue presentado entre otros por el P. Miguel de Burgos O.P., incondicional del libro, al que no encuentra tacha alguna (¡un dominico!), y que ironizó sobre las opiniones del "círculo de Tarazona".

Sin pretender alcanzar la sabiduría de un Sayés, pienso que la polémica "se ha salido de madre". El libro de Pagola es muy bueno (en doctrina y en arte literario) y aunque los amigos de las cominerías encuentren a qué agarrarse, pronostico que ni llegará la sangre al río, ni el libro será examinado por ninguna inquisición. Y si me equivoco, con gusto me retractaré. ¿Será llevado a Roma? La Congregación para la doctrina de la fe se ocupa de amenazas importantes a la fe de la Iglesia, pero sería extraño que se ocupase de un libro que recopila lo que hoy se sabe del "Jesús histórico" y que no innova (como sí lo hace el de Roger Haight S.J.). ¿Y en España? Ya se ha pronunciado por su cuenta el obispo de Tarazona. Pero si la Iglesia española hubiese de combatir con tanto rigor los presuntos errores de doctrina de cualquier impreso que sale a la calle, el índice anual sería extensísimo. Y el libro de Pagola tiene importantes defensores.

Entonces, ¿dónde está el problema? Pienso con modestia que Pagola se ha apartado, no de la ortodoxia (la doctrina correcta) sino de la ortopraxis (lo bien hecho). Su relato del "Jesús histórico" puede ser correcto, pero lo que se siente como incorrecto es que reduzca todo Jesús a su condición de hombre. El libro de Pagola, sin haberlo pretendido, parece replicar al Jesús de Nazaret de Joseph Ratzinger, que enfoca la figura de Jesús desde las antípodas del "método histórico": el Jesús de la fe. Los lectores sencillos, sin embargo, no vemos mayor conflicto entre una y otra mirada sobre Jesús, y aceptamos estas lecturas complementarias.