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10 marzo 2020

¿Otra filosofía cristiana?

Merece la pena comentar el libro Otra filosofía cristiana, de Enrique González Fernández, que acaba de publicarse [Herder]. El autor es sacerdote diocesano, doctor en filosofía por el Angelicum de Roma (1992). En la actualidad enseña en la Universidad San Dámaso, dependiente del Arzobispado de Madrid. Fue estrecho amigo y colaborador de Julián Marías en sus últimos años de vida, a cuyo pensamiento ha dedicado, entre otros libros, Julián Marías. Apóstol de la divina razón [sanpablo]. Este nuevo libro, Otra filosofía cristiana, continúa esta singular cadena de estudios dedicados a Marías, el discípulo de Ortega y Gasset.

Es un libro denso, largo (podría haberse extractado), y abordarlo críticamente, no con asentimiento servil, exigiría contar con saberes enciclopédicos, que yo estoy bastante lejos de poseer. Entre otros, dominar la ciencia tomista (soy un simple aprendiz), y por otro lado, conocer el pensamiento de José Ortega y Gasset y de su discípulo de Julián Marías. Pero de ambos sólo tengo un conocimiento periférico. A Ortega, tal vez injustamente, lo valoro más por sus cualidades literarias. Y respecto de Julián Marías (que también escribía muy bien), estimo sobre todo sus memorias, Una vida presente, libro muy importante de la cultura española [pdespuma]. Ahora bien, barajar estos dos saberes (el tomismo y el orteguismo) supera mis flacas fuerzas. Pero hay que intentarlo. La tesis del autor (si no la he captado mal) es que hay que abandonar el tomismo por caduco (es la vieja filosofía cristiana), y adoptar una filosofía cristiana nueva, que don Enrique González propone que se fundase en el humanismo y el raciovitalismo (la divina razón) de Julián Marías y de su maestro José Ortega y Gasset. Confieso que leer este libro me ha producido un shock, del que me gustaría librarme poniendo en orden mis pobres ideas. No puedo sin embargo llegar a conclusiones tajantes en absoluto, sino tan sólo apuntar mis dudas sobre las cuestiones que pone en liza el autor.

FILOSOFÍA CRISTIANA. Es una noción tan antigua como el mismo Cristianismo, cuya literatura primitiva ya está grávida de filosofía (p.ej. el prólogo del evangelio de San Juan). Pero es una polémica que puede situarse más cerca en tiempo, con el movimiento neotomista, precisamente cuando el tomismo entra en crisis (encíclica Aeterni Patris de 4 de agosto de 1879, de León XIII). Sobre este tema es provechoso leer las Gifford Lectures de 1931, de Étienne Gilson, dedicadas a The Spirit of Medieval Philosophy [ver], de las que hay traducción castellana [Rialp]. En qué sentido la obra del Aquinate encarna por excelencia la filosofía cristiana, es discutible. Yo pienso que Tomás de Aquino distinguía a la perfección entre la sacra doctrina, fundada en la revelación, y las philosophicas disciplinas, fundadas en la razón (en la S.Th., Iª q. 1 a. 1, Videtur quod non sit necessarium, praeter philosophicas disciplinas, aliam doctrinam haberi). En ese sentido, no puede llamarse con propiedad a la doctrina de Tomás como una filosofía cristiana, sino con más rigor una ciencia sagrada [cth]. En mi opinión, no existe la filosofía cristiana, porque la filosofía en sí misma no tiene creencia (igual que, como se ha repetido muchas veces, no existe una matemática cristiana). Cuestión distinta es que una filosofía químicamente pura, sin olor, color ni sabor, i.e. exenta de elementos creyentes (o increyentes) tampoco ha existido nunca. Los pensadores de todas las épocas han estado situados siempre en un marco de creencias, desde el que hay que comprenderlos. Podemos tomar el caso de Friedrich Nietzsche. Es innegable que, en la superficie, el autor de la Maldición sobre el cristianismo profesaba un ateísmo agresivo contra la religión cristiana. Pero también podría concebirse que el esquema lógico de su pensamiento pudiera separarse, en una alquitara filosófica, y se intentara una trasposición al cristianismo. Sería un Nietzsche cristianizado. Nos damos cuenta, sin embargo, que elementos importantes de su prédica (como es el sobrehombre, el Übermensch), casan muy mal con el mensaje del nazareno, y en general son insostenibles para cualquier creyente en Dios (si hay Dios, no puedes ser un gran hombre). Por tanto, es verdad que no todo esquema filosófico es inmiscible con el cristianismo.

CONTRA EL TOMISMO. También es antigua la oposición a la doctrina de Tomás de Aquino, que se remonta a sus propios días. Esta es otra cuestión que habría que analizar, es curioso, recurriendo al método de las escuelas (la escolástica), proponiendo razones a favor y en contra (sic et non). A mi parecer, esta es la parte más endeble del libro de don Enrique González. Yo no diría que el tomismo, o más exactamente la doctrina de Tomás, no sea criticable, o incluso repudiable. Pero no creo que sus posibles defectos consistan en un problema intrínseco de su filosofía o su teología, sino en una incompatibilidad con opciones más profundas del estudiante o del lector. Es cierto, desde luego, que un filósofo que profese doctrinas marxistas o nietzschianas no puede comulgar con Tomás. Pero tomada en conjunto, la obra de Tomás (el corpus thomisticum) es coherente y admirable, y merece la pena también hoy ser discípulo de Tomás. Otros quizá prefieran profesar de discípulos de Karl Marx, o de Friedrich Nietzsche, es una cuestión de gustos. Don Enrique González, contra el tomismo, repite argumentos que provienen de Nicolas Malebranche, que es llamativo que los repitiese don José Ortega y Gasset (de donde parecen tomarse). Uno es que la doctrina de Tomás de Aquino, se funda en un autor pagano, Aristóteles, luego no puede ser cristiana. Otro es que Tomás citaba repetidas veces a autores islámicos, como Avicena y Averroes, y su filosofía, más que cristiana, parece musulmana (ver página 34 del libro). Creo que estos argumentos no impresionan hoy a ningún tomista serio. Yo aquí no voy a hacer ninguna defensa, ni loa ni alabanza de la doctrina de Santo Tomás de Aquino. Pero sí me gustaría hacer una breve reflexión alternativa. ¿Por qué tantas personas estudian hoy a Aristóteles? Y para estudiar a Aristóteles, ¿hay que profesar su religión astral? La doctrina aristotélica de las cuatro causas tampoco puede decirse que sea pagana (basta leer a Immanuel Kant, o consultar los estudios internacionales sobre lógica y epistemología). Pero continuar por aquí sería agotador. Lo mismo que responder al exabrupto de que la filosofía de Tomás sería una especie de filosofía musulmana (pero se omite o ignora que Tomás también citó en su obra a filósofos judíos), lo que a estas alturas no merece comentario alguno.

¿EL CRISTIANISMO, ES UN HUMANISMO? Nuestra respuesta, también al modo escolástico, sería: secundum quid (según y conforme). El autor, don Enrique González, como Marías, piensa que sí, que es posible concebir un humanismo cristiano. Pero es muy difícil discutir esta opción, precisamente porque es opcional. En parte, el humanismo es una noción muy resbaladiza, sobre la que se tiene una cierta prevención. Puede citarse la definición de 'humanismo' del Diccionario de la Lengua Española: "Sistema de creencias centrado en el principio de que las necesidades de la sensibilidad y de la inteligencia humana pueden satisfacerse sin tener que aceptar la existencia de Dios y la predicación de las religiones" (o sea que lo mismo da carne que pescado), o la definición del Larousse: "Philosophie qui place l'homme et les valeurs humaines au-dessus de toutes les autres valeurs" (au-dessus, por encima). Aunque hay que reconocer que muchos pensadores cristianos (entre ellos, este Enrique González) hacen esfuerzos por defender que el cristianismo es un humanismo. Confieso que al leer esta propuesta, me acordé de un libro célebre en su tiempo, El cristianismo no es un humanismo (1966), del canónigo malagueño José María González Ruiz (sobrino del beato José Manuel González García, el apóstol de la Eucaristía [archisevilla]), que se apoyaba en la Constitución dogmática Lumen gentium. El cristianismo es, sobre todo, la predicación del Reino de Dios, que no es de este mundo. No se excluye que un cristiano pueda estar inclinado al ideario humanista (como podría estarlo, tal vez, al ideario marxista), pero eso no forma parte de la fe cristiana, sino que es una opción legítima y autónoma de este mundo. El ajedrez no tiene nada que ver con las creencias. Hay ajedrecistas de todas las religiones del mundo (también increyentes). Sin identificarse con ninguna religión, el ajedrez (deporte, ciencia y arte), puede hacer de nosotros mejores personas, porque tiene valores humanos. De igual modo, en mi opinión, no hay nada que impida aceptar un humanismo cristiano, pero es más problemático que se pueda construir una filosofía cristiana sobre la base del humanismo.

EL RACIOVITALISMO. Es otro cantar. El autor, don Enrique González, se pregunta en ocasiones el porqué de la marginación oficial de José Ortega y Gasset (y por derivación, de su discípulo Julián Marías) en el franquismo. La razón es evidentísima, si se tiene presente que entonces la filosofía de curso legal en los estudios civiles y eclesiásticos era el (neo)tomismo, y la enemistad de Ortega y Gasset con la escolástica. El profesor Gonzalo Sobejano (fallecido el año pasado 2019), en su importante libro Nietzsche en España (1890-1970), explicaba que el pensamiento de Ortega y Gasset (el raciovitalismo) estaba modelado de manera transparente sobre el de Nietzsche. Ortega habría sido algo así como un Nietzsche hispánico, pero despojado de la beligerancia anticristiana aparatosa. Si uno rememora (de las lecturas del bachillerato) la teoría orteguiana de la minoría selecta, opuesta a las masas, no tiene más remedio que compararla con la delirante figuración del Übermensch. Yo diría que habría que estudiar más a Friedrich Nietzsche, pero por la simple razón de que conocía muy bien la esencia del cristianismo, que consiste en la fe en un crucificado, es decir un ajusticiado (como lo fueron, a imitación del maestro, Edith Stein, Maksymilian Maria Kolbe, Óscar Arnulfo Romero o Pedro Poveda). Quiero terminar citando las conocidas palabras de San Pablo, en la primera carta a los corintios, que es un lugar clásico sobre este tema de la filosofía cristiana:
"El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan –para nosotros– es fuerza de Dios. Porque está escrito: "Destruiré la sabiduría de los sabios y rechazaré la ciencia de los inteligentes". ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el hombre culto? (ποῦ σοφός; ποῦ γραμματεύς;) ¿Dónde el razonador sutil de este mundo? ¿Acaso Dios no ha demostrado que la sabiduría del mundo es una necedad? En efecto, ya que el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios en las obras que manifiestan su sabiduría, Dios quiso salvar a los que creen por la locura de la predicación. Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres. Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios."

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16 enero 2020

El ajedrez sevillano


Comenzamos bien el año, es decir hablando de libros. Hoy tenemos noticia de la publicación de uno, que no sé si se restringe al interés local, El ajedrez sevillano. Su historia, del distinguido federado sevillano José Julio Gómez Trigo. Se distribuye en la federación sevillana de ajedrez, en la calle Benidorm [fsaj]. Gómez Trigo ya ha dedicado otro libro a la historia de un club señero, la Peña Ajedrecística Oromana de Alcalá de Guadaira, fundada en 1954 [oromana]. En la noticia del hoy [diario], me ha llamado la atención la fotografía de un jovencísimo Bobby Fischer, jugando una simultánea en el Círculo de Labradores (ignoraba que hubiera visitado Sevilla). Nada más que por este detalle voy a ir corriendo a hacerme con un ejemplar del libro.

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04 septiembre 2019

Ser un mierda (Sigmund Freud)

El mierda en este caso no es Sigmund Freud, faltaría más. Quiero decir que este verano me ha dado por leer su ensayo El malestar en la cultura (1930), obra de ancianidad y de enfermedad, escrita muy a la ligera como el que no quiere la cosa, aunque a ratos de comprensión ardua para los profanos, pero que dice cosas muy importantes, y rico en sugerencias. Por ejemplo, esa costumbre universal de emplear lo más sucio (la mierda), para insultar o motejar a los prójimos: Fulano el mierda (mote cruel, se supone que dicho "con cariño"), o Mengano es un mierda (para definir la mala conducta de Mengano). La explicación psicoanalítica (al parecer, salvando el elegante estilo dubitante de Freud, el psicoanálisis tiene explicación para casi todos los fenómenos de la vida humana) es que la mierda, como su mismo nombre indica, es una manifestación de desaseo, de falta de higiene o de conducta ordenada y política (la policía, del griego politeía, significa también según el diccionario "limpieza, aseo"). Por eso dice Freud (en no sé qué capítulo o nota a pie de página), que los insultos más graves tienen que ver con la inmundicia y los excrementos, como este de la mierda, porque la suciedad se opone a la cultura y a la civilización.

Suelo perderme entre los libros, y no es fácil que siga ningún guión de lecturas. Unos me llevan a otros. Eso quizá sea lo más fascinante de leer. A este librito de Sigmund Freud, me llevó un párrafo de Santo Tomás de Aquino, que cito, en latín (discúlpenme): "necessarium fuit ad pacem hominum et virtutem, ut leges ponerentur, quia sicut philosophus dicit, in I Polit., sicut homo, si sit perfectus virtute, est optimum animalium; sic, si sit separatus a lege et iustitia, est pessimum omnium; quia homo habet arma rationis ad explendas concupiscentias et saevitias, quae non habent alia animalia" (S.Th. 1-2, q.95, a.1) [cth]. Que quiere decir que las leyes son necesarias para mantener la paz entre los hombres, porque el hombre, en cuanto a virtud, es el mejor de los seres vivientes, pero sin ley ni justicia, es el peor de todos, porque emplea la razón para hacer daño, de la que carecen los demás animales. No me digan que Sigmund Freud no sigue la línea recta que parte de Aristóteles y sigue por Tomás de Aquino.

Anoto también que, manejando la vieja edición española del doctor Ramón Rey Ardid (por cierto ajedrecista además de psiquiatra), leí su interés en destacar que las doctrinas psicoanalíticas de Sigmund Freud no se oponen a la fe cristiana. Pues estoy totalmente de acuerdo. Haciendo salvedad de su otro ensayo El porvenir de una ilusión (la religión, una ilusión inútil, según él), sus doctrinas se mantienen en el nivel de la explicación natural de la psique, muy conforme con el pensamiento aristotélico-tomista, y no son incompatibles con la fe sobrenatural, por tanto.

Lecturas sugeridas: "Insulto 3.0. La lengua sin control" [Arch.-letras]. Luís Gómez Canseco (ed.): Fragmentos para una historia de la mierda. Cultura y transgresión (Universidad de Huelva, 2010) [elmundo].

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28 mayo 2019

Hay una errata en mi libro

Que se diga que hay una errata en un libro, parece que suena tan escandaloso como decir que hay un pelo en la sopa. Pero no hay que ser tan rigoristas. El ideal del libro perfecto es que no contuviese erratas, pero en la realidad impura, donde pasan cosas inesperadas como que se derrame la leche, o que se rompa un plato, es inevitable que un libro cualquiera contenga algún gazapo. Lo intolerable es que menudeasen, casi a cada página, porque sería señal de que el editor no ha hecho su trabajo, y no encomendó a un corrector el cepillado del libro.

Yo digo en broma que debo estar dotado de poderes paranormales, porque cuando abro un libro nuevo, no sé cómo o cómo no, doy inmediatamente con la errata. Una o dos, no le doy importancia. Si son un puñado, y de cierto calado, tal vez escriba al autor, o al editor. Esta práctica de que los lectores se preocupen por el aspecto aseado de los libros, y avisen de errores y erratas, no sé si está muy extendida en España. Entiendo que las editoriales que aspiran a la excelencia debieran fomentarlo.

Mejor que contar las cuitas ajenas, contaré las propias, de mi último libro, recién salido de las prensas, el Debate sobre la juventud, el dinero y la Ley, más otras notas jurídicas (Sevilla, Padilla Libros, 2019). Ya he anunciado que firmaré ejemplares en la Feria del Libro de Sevilla, el próximo sábado 1 de junio, a las 12 de la mañana.

En el proceso de producción del libro, el original, que ha entregado el autor, se somete a corrección, que puede ser ortográfica, ortotipográfica, de estilo y de concepto. El original de mi libro ha sufrido correcciones de un poco de todo. Ha pasado una corrección ortográfica (porque ni yo mismo domino las reglas de ortografía, y hasta se me olvida poner los acentos, o me como las eses finales, por ser andaluz), aunque no recuerdo ninguna falta de ortografía advertida digna de reseñarse. Por ejemplo, poner notarias (sin acento) en lugar de notarías (con acento), que son cosas por completo distintas.

Y mi libro ha pasado también una corrección ortotipográfica (el buen uso de elementos tipográficos), ocasión en que he discutido con mi editor el uso de itálicas en tal o cual pasaje. Por ejemplo, en el original se citaba el político de Platón en minúscula. Esto no tiene ningún sentido, porque en verdad me refería al diálogo Político (no a ningún "político" en particular que conociese Platón). Convinimos mi editor y yo en citar el título transcrito del griego, para que no hubiese duda, Politikós.

La corrección de estilo parece más difícil, o sujeta a controversia, aunque su objeto es asegurar que el texto esté redactado de forma clara y legible, y a ser posible elegante. Es natural que en buena medida esto sea responsabilidad del autor, no del editor (aunque según qué libros). Puedo contar dos casos de mi libro. En un capítulo me invento la categoría del lío jurídico (o de las normas jurídicas liantes). En verdad tampoco soy original en esto, y me acuerdo que en la facultad se citaba a un catedrático de civil, que hablaba de los enredamientos urbanos. El caso es que en un párrafo, que a mí me parece estilísticamente logrado, parece que consigo trasmitir al lector que la aplicación del derecho, en algunos casos, es un verdadero lío.

Otro ejemplo de corrección del estilo afectó al mismo título, que le puse yo sin preocuparme ni mucho ni poco en si era comercial o no. En un principio, decía: ... la Ley y otras notas..., y mi editor me advirtió que había una cacofonía al juntar la palabra Ley con la conjunción y. El arreglo, propuesto por mi editor (con el que estuve conforme), ha sido poner: más otras notas...

La corrección de concepto, semántica o ideológica, es aún más difícil todavía, porque puede referirse a saberes especiales, en los que no tiene por qué estar versado el editor. Un caso curioso, que me consultó, es la locución jurídica "matrimonio rato y consumado", que debe ir en las mismas comillas, porque es una expresión acuñada. No van el rato y el consumado por separado.

Y la última corrección que comento, está a medio camino de la ortografía y el concepto. En una página cito un artículo del portal de noticias Aciprensa (agencia con sede en Lima, asociada a la cadena internacional EWTN Global Catholic Network), que no debe confundirse con el portal Aceprensa (agencia con sede en Madrid, marca de la Fundación Casatejada), aunque ambos portales contienen noticias del mundo católico. En este caso es fácil cometer un gazapo.

Y a pesar de todo, cuando ya tengo el libro editado e impreso en mi poder, hojeándolo he descubierto una errata inesperada y muy curiosa. Pero los lectores que hayan tenido la paciencia de leerme hasta esta línea me perdonarán que no la identifique. Lanzo el reto a los lectores del libro, a ver si la descubren...

He escogido como ilustración, casi forzada, la imagen de la cubierta del libro ya antiguo, de hace casi medio siglo, de El despiste nacional, del periodista español Evaristo Acevedo. Todavía conservo un viejo ejemplar de la primera antología (1952-1958), que fue una lectura divertidísima de mi niñez. La imagen de la cubierta es naturalmente un conejo o gazapo.

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26 octubre 2018

La poesía irlandesa en El Jueves

Es otoño y llueve, y no hay manera de comprar libros callejeros en el mercado del jueves, en la calle Feria. Esta última semana he aprovechado para llevarme tres libros, modestos pero muy interesantes, que me han importado un total de 5 euros. Pero antes de reseñarlos, me gustaría hacerme eco de la publicación, muy esperada, del libro de Andrés Trapiello: El Rastro. Historia, teoría y práctica [Destino]. Es un libro importante para la cultura española, y diría que será, al menos para los que somos aficionados a las cosas antiguas o meramente viejas, el libro del año y el libro del siglo (lo que llevamos de siglo). Confieso que, después de leer el prólogo, me fui derecho al capítulo sobre "Arte y maña del regateo". Me ha hecho mucha gracias, porque yo también, a una escala mucho más modesta que Trapiello, también he escrito aquí una nota sobre la "Técnica del regateo en El Jueves" [ver]. Es un libro peligroso; la otra noche estuve leyéndolo hasta las tantas de la noche como si fuese un adolescente, olvidando que tengo que madrugar todas las mañanas a la hora de los asentistas del mercado. Es un libro, como todos los grandes libros, que se puede tomar y soltar por cualquier página (como Rayuela, como el Quijote). Y no digamos su valor documental gráfico (muchas fotografías son del propio autor). La única pega que le encuentro a este libro sobre el Rastro madrileño, es que repele la limpieza y pulcritud industrial de la edición de Destino. Dice Trapiello que los libros nuevos son más aburridos que los viejos (coincido en parte). Hubiera debido dar instrucciones para que la editorial le hubiese dado alguna patina de vejez, que sé yo, empleando algún material a propósito para la cubierta (igual que se venden los pantalones vaqueros ya envejecidos). Bueno, no quiero reseñar el contenido del libro (en tres partes, historia, teoría y práctica, incluído una selección de textos del autor sobre el Rastro), porque es mejor leerlo y disfrutarlo. Y ya paso a los libros viejos de nuestro particular rastro sevillano de El Jueves:

Antonio Gala (1981) : Charlas con Troylo. Introducción de Andrés Amorós. Madrid, Espasa Calpe, 1991. Ha sido una debilidad de horas bajas. Es sabido que son meditaciones que Gala dirigía a su perro, de nombre Troylo, que publicó en el dominical del diario El País entre 1979 y 1980. Al poco tiempo de concluir la serie (lo cuenta Amorós) se murió el perro. Voy a darle una oportunidad, y comprobar si estos artículos han resistido la prueba del tiempo.

Pablo Cavestany (de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, en catalán: Reial Acadèmia de Bones Lletres) : Defensa de la medianía. Barcelona, Editorial Juventud, 1955. Dice el autor (en la pág. 16): "... No puede ser inútil, en la ínfima medida a nuestro alcance, el intento de encaminar lo malo hacia lo mediocre. Para este que pudiéramos llamar Camino de imperfección basta con guías imperfectos o poco doctos, como el que pretende ser este libro. Él no conoce más que la mitad del complicado trayecto que va desde el delito a la santidad...". Libro curioso, aunque tal vez errado. Me acuerdo de un profesor de la facultad que nos decía que hay que aspirar a lo máximo, porque siempre quedaremos por debajo. Si de entrada nos conformamos con una medianía, nos hundimos.

Marià Manent (ed.) : La poesía irlandesa. Versión, selección y prólogo de Marià Manent. Sobrecubierta de Will Faber. Barcelona, Ediciones Lauro, 1952. Se trata de una selección de 75 poemas, traducidos del gaélico, la mayoría anónimos. No faltan, entre las poesías más antiguas, "El grito del ciervo", atribuída a San Patricio (siglo VII), y el "Saludo a Irlanda", atribuída a San Columbano (siglo XII). Es una poesía de íntimo lirismo, amante de la tierra, que yo asocio con los poemas de Rosalía, de innegable raíz céltica. Es un bello libro, que aún puede encontrarse a muy buen precio entre los libreros anticuarios. Sobre el escritor catalán M. Manent, antiguo traductor de Chesterton al castellano, ya hemos tenido ocasión de referirnos [aquí].

Y nada más por hoy. Hasta la próxima.

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13 julio 2018

Miguel de Cervantes y el Baedeker

Después de leer Los trabajos de Persiles y Sigismunda, obra póstuma de Miguel de Cervantes, sólo digo que es un libro maravilloso. Es un sublime conjunto de historias y de perlas de sabiduría. En efecto, como el mismo Cervantes ya sabía, podría extraerse una hermosa colección de aforismos de esta novela (y en general, de toda su obra, como ya hizo el hispanista turinés Aldo Ruffinatto en su Flor de aforismos peregrinos, publicada en 1995). No menos, el Persiles es una exaltación de los viajes por el puro placer de viajar, como lo es también el placer de leer libros. Leer y viajar, pero también escribir, fueron ocupaciones constantes de Cervantes (también los negocios y el juego de naipes), y estos Trabajos son la suma de una vida, en que no es difícil descubrir el componente autobiográfico. La peregrinación es propia del hombre, sufriendo y gozando las aventuras, como la vida misma, y por eso Los trabajos de Persiles y Sigismunda  nos apasiona. No hemos llegado a Islandia ni a la isla de Tule, pero nos imaginamos en esa navegación.

Otra cosa es que hoy ya se haya perdido el sentido auténtico del viaje, como el auténtico placer de leer libros, y por eso cuesta tanto trabajo leer y comprender a Miguel de Cervantes. Un amigo, de regreso de Madrid, me contaba lo fácil que era andar por la gran ciudad (nosotros que somos de un pueblo grande como es Sevilla). Con el google basta indicar "cómo se va a la plaza de Antón Martín", para que la pantalla te diga en el mapa cómo callejear desde cualquier esquina. Así se explica que los turistas chinos, japoneses y coreanos andan por las calles de nuestras ciudades como Pedro por su casa, sin necesidad de preguntar nada a nadie: lo tienen todo, todo, explicado en la pantalla de su smartphone. A su lado, yo casi sigo en la edad de piedra, y pienso que ya se ha olvidado el discreto encanto de perderse en la ciudad desconocida, única manera de conocerla, pateándola, y preguntando a cualquiera: "Perdone, señor (o señora, o joven), ¿cómo se llega a la plaza mayor?". Nunca se me olvidará mi juvenil vagabundeo por las calles de París, en los tiempos de antes del google. Algunos parisinos hacían buena su fama de antipáticos, y nada más que amagaba con preguntarles una dirección, me volvían la cabeza. Pero otros en cambio eran más amables. No se me olvidará jamás en la vida el cariño con que una mujer mayor (con edad de haber sufrido la guerra) me invitaba a conocer Les Vignes de Montmartre [lefigaro].

¿Qué diría Miguel de Cervantes de todo esto? Yo estoy convencido de que hoy nuestro príncipe de los ingenios sería un gran usuario de las nuevas tecnologías (como lo sería otro gran viajero de la antigüedad, Pablo de Tarso). De hecho, en el Persiles defiende los baedeker de su tiempo, las "guías turísticas" que tenía a mano. En el capítulo octavo del tercero libro [cervantesvirtual] se contiene el famoso apóstrofe de la ciudad de Toledo: "¡Oh peñascosa pesadumbre, gloria de España y luz de sus ciudades, en cuyo seno han estado guardadas por infinitos siglos las reliquias de los valientes godos, para volver a resucitar su muerta gloria y a ser claro espejo y depósito de católicas ceremonias! ¡Salve, pues, oh ciudad santa, y da lugar que en ti le tengan éstos que venimos a verte!".

Y a continuación, en palabras del mismo autor, la defensa de los libros de viajes: "las lecciones de los libros muchas veces hacen más cierta esperiencia de las cosas, que no la tienen los mismos que las han visto, a causa que el que lee con atención, repara una y muchas veces en lo que va leyendo, y el que mira sin ella no repara en nada, y con esto excede la lección a la vista".

En fin, recomiendo de verdad este libro maravilloso que son Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Después se puede seguir con la atractiva e innovadora biografía cervantina, del catedrático de la Complutense José Manuel Lucía Megías. Hasta hoy se han publicado dos volúmenes: La juventud de Cervantes. Una vida en construcción [edaf] y La madurez de Cervantes. Una vida en la corte [edaf]. El próximo septiembre se anuncia la última entrega: La plenitud de Cervantes [lanzadigital], lo que es una magnífica noticia para el planeta cervantino.

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04 julio 2018

El Persiles es para el verano

Cervantes nunca defrauda, leyendo cualquier parte de su varia obra, incluso sus poesías. Algunos veranos, pareciéndome que no tenía nada mejor que leer, me he llevado a los ojos el Quijote, que siempre divierte. Pero este verano ha sido la hora de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional, su obra póstuma de 1617, que ya estoy leyendo. El Quijote es la novela popular, por la atracción irresistible de sus personajes protagonistas, auténtica creación universal, porque son un arquetipo del espíritu humano (el gordo y el flaco, o el clown listo y el payaso tonto, el augusto, o el rústico de las comedias antiguas..., y así sucesivamente). En comparación, el Persiles es un libro hiperclásico, destinado a un público lector distinguido (no ahorro advertencias para quien se plantee leerlo). El Quijote nos da la risa, el Persiles no, es más serio. Sin embargo, hay quienes piensan que el Persiles puede superar en excelsitud al mismo Quijote, por ser una obra artística sublime. Así que debe existir un secreto club de fans del Persiles, como lo habrá de otros clásicos de nuestra lengua que se tienen por difíciles, a los que me apunto, como es por ejemplo el Criticón del jesuíta Baltasar Gracián. Por ser de aventuras marítimas, el Persiles es una lectura refrescante del verano, leído al resguardo de los peligros de la mar. Yo me atrevería a afirmar que no se entenderá nunca nada bien el Quijote sin haber leído el Persiles, porque esta es novela donde se compendia y expresa a rienda suelta el arte literario de Miguel de Cervantes. Es, en síntesis, la literatura en estado puro, compuesta sin parar de relatos por el puro placer de contar historias. Esto es parte de nuestra naturaleza, desde que siendo niños nos contaban fábulas de brujas y monstruos para asustarnos benignamente. ¡Qué grande es Cervantes!

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14 mayo 2018

Javier Sádaba y la vida buena

No nos gusta contar lo que uno lee, por vergüenza, porque las lecturas son parte de la vida más íntima, y por eso los libros son de esas cosas que se llevan a escondidas, y se forran o encuadernan por pudor (los e-readers han sido un avance para la privacidad de la lectura). Es el caso del libro en el que he estado enfrascado, La vida buena. Cómo conquistar nuestra felicidad, del veterano filósofo Javier Sádaba [Península]. Me da un poco de vergüenza confesar que leo a Javier Sádaba. Unos días antes había acabado el diálogo platónico Filebo, que siempre me ha parecido espeso, y ahora lo he debido leer de corrido dos veces para enterarme. Es importante, porque contiene en abreviatura toda la historia de la ética. Pero le pasa como a todos los diálogos de Platón, que hay que leer entre líneas, para descubrir el mensaje subliminal oculto bajo superficie. En el Filebo, la farragosidad no sería, pienso, una debilidad de redacción, sino un efecto artístico deliberado, que representaría la dificultad de explicar con la razón, φρονεῖν [lid], el placer, la vida buena, χαίρειν [lid]. El libro de Sádaba continúa con naturalidad la reflexión platónica.

Es gracioso por qué medios el libro de Sádaba ha llegado a mis manos. Con los libros me pasan casualidades, o sincronicidades (como las llamaba Carl Gustav Jung). No las busco, pero me pasan. Nada más dejar en reposo a Platón, encuentro en un quiosco, de saldo, el libro de Sádaba sobre la vida buena. Sádaba sigue la antigua y noble meditación sobre la vida buena, como el Filebo. Sádaba se alinea con Epicuro, o con el Bertrand Russell de The Conquest of Happiness (1930). Pero yo diría que Sádaba está anticuado, porque se ha quedado anclado en la filosofía del linguistic turn, que no lleva a ninguna parte, más que a darle vueltas a las palabras.

A pesar de todo me ha resultado interesante el libro, bien construído y redactado, aunque con evidentes saltos mortales en el argumento, que son un síntoma de las mentalidades corrientes en nuestro país. Un ejemplo es la eutanasia, que ahora se pretende legalizar en España. Javier Sádaba, en este libro que ya tiene diez años, defiende la autonomía de cada uno para decidir el suicidio o la eutanasia. Hay que prestar atención a Sádaba, porque parece haber estado siempre en la onda ideológica del momento. El filósofo ha debido experimentar muy de cerca este dolor. Su mujer falleció de cáncer hace un par de años, en 2015, en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Universitario de La Paz. Lo ha relatado en su artículo de prensa "Recuerdo vivo", donde confiesa su miedo a morirse y a que mueran los que él ama. Dice: "habría que desterrar la inveterada manía de arreglar y controlar la existencia de los otros. Dejemos que cada uno resuelva, a su manera, el modo de existir elegido y, en consecuencia, de rematar, dentro de sus posibilidades, dicha existencia" [elpais].

Tendría que referirme a los dos últimos libros de Javier Sádaba, aunque no los haya leído. Hace un par de años publicó sus Memorias comillenses (iba para cura) [foca]. En el libro que comento, sobre la vida buena, va soltando recuerdos de sus años de internado con los curas, da la impresión que sin mucha gratitud ni simpatía. Y este año publica sus Memorias desvergonzadas [almuzara]. Me hace reir este título, e incluso la solapa del periodista Aberasturi: "Para deleite de muchos, ligero cabreo tal vez de algunos y motivo de reflexión para todos los que seguimos en esto de la vida, intentando encontrar una razón en un mundo brutalmente dual". Me hace reír, porque es verdad que leo a Sádaba con ligero cabreo. Sábada me respondería: si no te gusta lo que estás leyendo, Joaquín, deja de leerme, sé feliz y lee cualquier otro libro que te plazca... Pero será que me ha infectado el virus filosófico, y querría entrar con el escalpelo (metáfora favorita de Sádaba) en las cosas que dice.

Es notorio que Javier Sádaba, para explicar la vida buena, parte de una base agnóstica (se vive bien, si se vive sin Dios). Tiene además una idea cuando menos pintoresca de la religión, una religión sin Dios, intramundana. Dice: "Si por religión, en sentido amplio, se entiende el planteamiento que hacemos sobre el todo de nuestra vida, la pregunta por el sentido de nuestra existencia o la reflexión que se vuelve sobre uno mismo para plantearse quién es, qué quiere ser y qué puede ser, entonces todos somos religiosos" (página 39). Esto me parece a mí un simple juego de palabras, que disuelve el concepto de religión, que nuestro diccionario todavía define como el "conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto" [DLE]. Sin Dios no se puede definir la religión, y es problema de los ateos, no de los demás, que no entiendan el concepto. Tal vez se pueda vivir bien como ateo, pero no es un género de vida que deba postularse como universal, para todos, como hace Sádaba. El ateísmo tiene sus riesgos, porque no reconoce ninguna verdad absoluta, libre de las pasiones e intereses humanos, y llega un momento que todo vale.

Una ética sin Dios acaba siendo pequeñoburguesa, orientada al propio bienestar (si yo estoy bien, todos acabaremos bien). Dice Sádaba: "Si mi cuerpo funciona con aceptable normalidad, no me faltan útiles para satisfacer las necesidades básicas y hasta un tolerable lujo, no padezco un carácter endeble y merezco la confianza de mis semejantes, soy objetivamente feliz. Y lo será cualquier otro al que le suceda lo mismo". Es difícil replicar a esto. Aunque parece que lleva a la conclusión de que si nos falta alguno de esos elementos (porque soy viejo o enfermo o incapaz de moverme, me falta para comer o para pagar el recibo de la luz, no me puedo permitir ningún lujo, y nadie me hace caso), seremos, según Javier Sádaba, objetivamente infelices. Esta filosofía es deficiente.

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06 abril 2017

Noticia de libros cofrades en la cuaresma de 2017

Un paseo por las librerías sevillanas, que yo casi reduzco ya a una visita de cortesía a la librería San Pablo de la calle Sierpes, nos trae esta cuaresma unas atractivas novedades en la materia de cofradías y de todo el cortejo popular y literario que acompaña a las procesiones de Semana Santa. Cuando parece que el tema estuviese ya en exceso trillado, nos hemos encontrado con excelentes libros nuevos, que bien es verdad que ya sólo se ocupan de temas muy al margen, como estos del vestir imágenes, o del labrado de canastillas. Pero antes que nada hay que aludir al pregón, que se publica todos los años, a pocas horas de pronunciarse. El de este año, que le ha tocado al joven periodista de Abc Alberto García Reyes, ha sido muy celebrado [elCorreo]. Pues bien, este año 2017 sobresale en el mostrador de novedades una monografía del profesor José Roda Peña [sisius]: Retablos itinerantes. El paso de Cristo en la Semana Santa de Sevilla, a la que la Diputación Provincial ha concedido el premio "Archivo Hispalense" [Diputación]. Aunque quizá llame más la atención otro libro, escrito al alimón por tres sevillanos expertos: El arte de vestir a la Virgen [Almuzara]. Nunca me hubiera imaginado que un asunto como este fuera a merecer todo un libro, escrito con mucha solvencia y documentación. Aunque parece que haya que esperar que se publiquen libros sobre casi cualquier asunto que toque de refilón las cofradías y procesiones.

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16 marzo 2017

Los recuerdos de Fernando Villalón, de Manuel Halcón

El otro día, en la librería del joven librero de viejo Daniel Cruz, en la sevillana a más no poder calle Boteros, Daniel, que ya me había vendido algún tomo suelto de las obras completas de Jaime Balmes en la B.A.C., tuvo la gentileza de mostrarme unos elegantones tomitos de las obras completas del padre Coloma, publicados por Razón y Fe. Entonces la conversación echó a volar. Yo le conté que he sido lector muy tardío de Pequeñeces, a pesar de que desde la niñez he visto rodar en casa la novelita. Creo que, lector ya adolescente, me tumbaba el ambiente de cursilería que la novela transpiraba desde las primeras páginas, y yo prefería leer antes, qué sé yo, a escritores entonces de moda como Stefan Zweig, o Pearl S. Buck. Pero al final, todo libro tiene su momento, y siendo lector que ya peina canas, creo que lo he leído en el momento oportuno para comprenderlo. No ha pasado de moda. Con el librero de viejo de la calle Boteros estuvimos comentando que muchos autores de los últimos tiempo (pongamos por ejemplo a Jaime Balmes), se encuentran inmerecidamente situados en un segundo escalón, siendo lecturas espléndidas. Claro que hoy los chavales, digitales nativos, a duras penas leen libros del primer escalón (digo yo por ejemplo el Lazarillo de Tormes), mucho menos entonces los del segundo. Uno de estos pueden ser los deliciosos Recuerdos de Fernando Villalón, de Manuel Halcón, publicados por vez primera en los Talleres de Rivadeneyra de Madrid en 1941 [Ricardo Gullón]. El aristócrata y escritor sevillano Manuel Halcón y Villalón-Daoíz (1900-1989) era primo del célebre ganadero y poeta (o viceversa) Fernando Villalón-Daoíz y Halcón (1881-1930), muerto pronto. Este librito de Recuerdos (en que aparece fugazmente el bandolero "el Pernales"), ha hecho inmortal (digamos con esa módica y transitoria inmortalidad que procuran las letras) al poeta Villalón. Es un librito de lectura deliciosa e inolvidable, y no sé si, como en el caso del padre Coloma, está ya instalado en el purgatorio del segundo escalón literario. Cada cierto tiempo alguien se acuerda que merece una reedición. Hoy, leyendo el periódico con el café, me he desayunado con la noticia de que la editorial Renacimiento de Abelardo Linares, ha decidido reeditar también estos Recuerdos. En la cubierta de la nueva edición (igual que en aquella vieja de Alianza del año 1969) aparece la célebre fotografía de Villalón fumando descabalgado, con la garrocha en la diestra. En fin, termino con un sucedido muy curioso, ya que soy sensible a las casualidades muy poco casuales [Jung]. Hace tan sólo un par de días estuve sobando mi ejemplar de los Recuerdos de Fernado Villalón (un libro de bolsillo como el de la imagen), que me trae buenos recuerdos de lectura, e incluso me entretuve en forrarlo, pensando en conservarlo para volverlo a leer. Hoy precisamente me encuentro con que se reedita. Esto es una causalidad, no una casualidad.

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06 febrero 2017

Nuevo libro sobre Bueno Monreal

El último año ha sido pródigo en libros sobre los arzobispos de Sevilla. Carlos Ros ha publicado un polémico Pedro Segura y Sáenz, semblanza de un cardenal selvático, pulcra edición del autor [Ros] (lo de "selvático" fue apelativo certero que le dio Martínez Barrio). Ahora, la BAC acaba de publicar El Cardenal José María Bueno Monreal. Un humanista integral. Una biografía (1904-1987), que fue la tesis doctoral de su autor, Julio Jiménez Blasco, defendida el año 2012 [BAC]. Sobre Bueno Monreal se publicó aún en vida una semblanza, debida a Antonio Montero, en un libro de homenaje de 1983. Carlos Ros publicó en 1986 Los arzobispos de Sevilla: luces y sombras en la Sede hispalense (libro al que tengo especial afecto, dedicado en la Feria del Libro de 1989), en que los últimos capítulos tratan de Bueno Monreal y Carlos Amigo. Más adelante, el año 2012, Carlos Ros ha publicado en San Pablo una pequeña Semblanza de un cardenal bueno, José María Bueno Monreal, a la ya me he referido [aquí]. Ahora, en fin, tenemos sobre la mesa una biografía extensa de Bueno Monreal.

Este nuevo libro sobre Bueno Monreal, en la BAC, está coeditado con la Universidad de Sevilla, factor que habrá determinado la ecoedición [Tierra], y un precio moderado (21 euros). De sobria ilustración gráfica, llama la atención por su espontaneidad la fotografía, de la que no se indica procedencia (¿tomada en Roma, en 1958?) de Bueno Monreal en compañía de Escrivá de Balaguer (no se le llama san Josemaría) y Álvaro del Portillo (sin el "beato"). Bueno, casi siempre sonriente, fotogénico. El libro cuenta con las "bendiciones" de dos prelados, Juan del Río, arzobispo castrense (que pone el prólogo) y Juan José Asenjo, arzobispo de Sevilla (que pone el epílogo). Cuestión aparte las erratas, que las editoriales de prestigio debieran tratar como anomalías, recurriendo por sistema a servicios de correctores. No las he buscado, aunque he visto dos llamativas (en los pies de fotografías de las páginas 263 y 359). Alguna inaceptable (Goma por Gomá, página 94).

La biografía es sobre todo la crónica de José María Bueno Monreal en la sede hispalense (600 de 700 páginas), prestando atención a su intervención en el Concilio Vaticano II [Dialnet]. No he podido leerla entera, de cabo a rabo, aunque me ha interesado centrarme en un episodio crítico de la biografía, que es la accidentada sucesión del cardenal Pedro Segura. El autor reconoce que, debido a las restricciones de acceso a fuentes archivísticas, ha debido restringir su investigación a fuentes públicas. El caso es que el relato es bien conocido, muchas veces contado (entre otros, en las biografías del cardenal Segura, de Francisco Gil Delgado o de Carlos Ros). En cualquier caso, mérito del doctor en historia Julio Jiménez Blasco es la de ofrecernos una biografía extensa, de cuerpo entero, del cardenal José María Bueno Monreal.

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21 noviembre 2016

Memoria de don Antonio Domínguez Ortiz

La semana pasada ha muerto don Antonio Garnica, sacerdote, traductor de José María Blanco White [Abc]. Cumplimos años también para presenciar que el mundo se despuebla de nuestros maestros, hasta el día que nos marchemos nosotros también. Hoy quiero recordar al historiador sevillano don Antonio Domínguez Ortiz (1909-2003), de quien su amigo John Elliott ha dicho que ha sido uno de los grandes historiadores españoles del siglo veinte. El pretexto para hacer ahora una memoria de don Antonio, que continúa vivo en los estudios históricos, es que en la Feria del Libro Antiguo de este año, he repescado una biografía que se me quedó rezagada, escrita por el profesor Manuel Moreno Alonso, su discípulo: El mundo de un historiador. Antonio Domínguez Ortiz (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2009). Este fin de semana de lluvia en Sevilla, he estado embebido leyéndola con grandísimo interés.

Pero antes de hablar un poquito del libro, me gustaría echar mano de un recuerdo personal. Era el otoño del año 1986, don Antonio estaba ya en la raya de los ochenta años, y yo andaba imberbe en quinto curso de la carrera de derecho. Me enteré por el periódico que Domínguez Ortiz daba una conferencia en la UIMP (no recuerdo si en el Alcázar, o dónde). No tuve mejor idea que irme la tarde anterior a buscar un libro cualquiera suyo, en la librería Padilla (que entonces estaba en la calle Laraña, enfrente de la Anunciación). Y di en encontrar, al azar, su Política y hacienda de Felipe IV (Madrid, Pegaso, 1983), que resulta que es uno de sus libros más importantes. Y a la tarde siguiente allá me fui con el libro... para pedirle una dedicatoria. Entonces Antonio Domínguez Ortiz era un personaje famoso, que disfrutaba de los honores merecidos por su larga vida de historiador. Recuerdo que al final de la conferencia le alargué el libro, susurrándole mi nombre, y me lo devolvió firmado, echándome una mirada indulgente y cariñosa, que aún no he olvidado, pasados treinta años.

Y ahora vuelvo a la biografía, El mundo de un historiador, escrita por Manuel Moreno Alonso, catedrático de historia contemporánea en la Hispalense. El profesor Moreno Alonso es un reconocible personaje de nuestra ciudad, con su aire de sabio distraído, fumador en pipa. Ha escrito esta biografía con la ventaja de haber tratado estrechamente a don Antonio Domínguez Ortiz. Dice que las biografías de historiadores no son habituales aquí. Lo bueno hubieran sido unas memorias del propio Domínguez Ortiz; pero al menos esta biografía está bien documentada con testimonios del propio historiador, y contiene en anexo una valiosa transcripción de una larga conversación mantenida con Moreno Alonso en su casa de Granada el año 2002, a unos meses de su muerte.

Para quienes somos profanos, no se nos pasa por la cabeza que la biografía de un historiador, más todavía en el caso de Domínguez Ortiz, siempre encerrado en las aulas o en los archivos y las bibliotecas, pueda tener algún interés. El caso es que sí. Esta biografía es el relato del empeño paciente de don Antonio por seguir su vocación de historiador, y los hitos de su éxito profesional, marcados por sus publicaciones constantes. También asistimos a los debates historiográficos del siglo XX, y a algunas de sus polémicas, como la absurda que mantuvo con el historiador israelí Benzión Netanyahu (el padre del primer ministro), sobre la condición de los conversos y el origen de la Inquisición (¿motivo religioso, motivo político?). Leyendo esta biografía nos asomamos al peculiar mundo universitario (que le negó la cátedra a Domínguez Ortiz), y a los historiadores españoles contemporáneos, como Jaime Vicens Vives, o a los hispanistas ingleses o franceses con los que trató.

Las páginas de la biografía de don Antonio Domínguez Ortiz que más me han gustado, son las que describen sus años formativos en su ciudad natal (nuestra ciudad), Sevilla. Y su opinión de que la investigación histórica se justifica por la curiosidad humana. Pienso que su "testamento literario", España, tres milenios de historia, escrito con soberana claridad y sencillez, se benefició de sus grandes dotes pedagógicas.

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04 octubre 2016

Cinco libros para mi isla desierta

Eso de escoger los libros que uno se llevaría a una isla desierta, me ha parecido siempre una chorrada. Primero, porque no nos vamos a ir a ninguna isla desierta. Segundo, como todo el mundo sabe, porque en las islas desiertas no hay libros. Tercero, porque si hubiera libros en la isla, no nos apetecería leerlos, sino que sólo querríamos dormitar a todas horas y soñar despiertos. Y cuarto, porque en los naufragios no se salvan libros buenos. Robinson Crusoe logró rescatar una Biblia en el suyo, pero nosotros, por simple cálculo de probabilidades, no podríamos aspirar más que a algún libro infumable del estilo de las novelas de Ken Follet. Pero bueno, ya un poco más en serio, lo de la isla desierta es eso que llaman un experimento mental, con que nos imaginamos qué libros nos gustan más. Auque la perspectiva de habitar una isla desierta es tan horrorosa como la de alcanzar la inmortalidad en la tierra, como en el relato de Borges (El inmortal). Si dispusiésemos de tiempo ilimitado, nos dedicaríamos a sestear, con las sienes apoyadas en el puño (ver el grabado del Robinson), y no ambicionaríamos leer nada. Todo se nos olvidaría, igual que en aquel cuento borgiano Homero se olvidó de sus cantos. Queremos hacer cosas, y entre ellas, leer libros, porque el tiempo apremia. Por eso carece de sentido decir que no se lee "porque no tengo tiempo". En realidad, habría que decir justamente lo contrario, que se lee porque no hay tiempo. En fin, he decidido aceptar el reto, y listar esos cinco hipotéticos libros que me llevaría a mi isla desierta. Estos son, y los comento:

1. La Biblia.
2. Las Confesiones de San Agustín.
3. La Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino.
4. El Quijote.
5. El Criticón de Baltasar Gracián.


La Biblia no es un libro, es una suma de libros, de todos los géneros y ciencias. Sola representa la tradición filosófica, espiritual y poética de un pueblo, de todos nosotros. Las Confesiones es otra selección obligada. Obra singular, única, que reúne todas las perspectivas posibles (lo interior y lo exterior, los hechos y las ideas). La Suma Teológica de Santo Tomás, como dice su título, reúne el saber filosófico y teológico más avanzado de su tiempo. En sus páginas hablan también los antiguos griegos, Platón y Aristóteles. Y es una obra cumbre de la mente y de la expresión verbal, en latín. El Quijote es el relato de la vida en camino (on the road), que nos procura felicidad a ratos. Para cerrar el número de cinco, hoy escogería El Criticón, máxima obra de letras y de saberes morales. Con todo, prefiero vivir a leer, aunque la lectura es parte de la vida.

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02 septiembre 2016

El futuro del libro


El futuro ya no es lo que era, dice la broma, y especular sobre el futuro del libro parece un entretenimiento de ociosos. Se quiere dar por supuesto que el libro impreso desaparecerá como desapareció el rollo (rotulus), y que pronto los libros ya sólo se leerán mediante instrumentos electrónicos (tablets). No lo sabemos, pero en la práctica que observamos hoy, creo que ambas vías, el libro físico, impreso, y el libro electrónico, virtual, convivirán mientras subsista la actual civilización cibernética. Esa es la tesis conclusiva de José Martínez de Sousa en su Pequeña historia del libro [trea]. Es cierto que internet ha barrido el papel y ha revolucionado la prensa diaria y los libros de consulta (los diccionarios o enciclopedias); pero de esto a afimar que el libro impreso caduca, va un gran trecho.

El libro, (el volumen material de un escrito), se ha presentado históricamente bajo cuatro formas: la tablilla, el rollo, el códice y el impreso, sucesión a la que ahora se quiere añadir el libro electrónico. Pero el cambio que ahora estamos experimentado, del libro impreso al libro electrónico, es cualitativamente diverso a las otras transiciones históricas. El libro impreso es una perfección tecnológica del códice. Pero no se puede decir que el libro electrónico perfeccione al libro de papel.

El libro electrónico es otra cosa, significa que pasamos del libro tangible al libro virtual. Este cambio es tan revolucionario como la transición de la enseñanza oral al discurso escrito, sobre el que reflexionó Platón en su mito de Theuth y Thamus, al que ya me he referido antes (aquí). El libro escrito exige del lector que le preste una atención muy distinta que al maestro que perora. Al libro no se le pueden hacer preguntas, como sí al maestro que está cerca y habla con nosotros. Algo semejante sucede con el libro electrónico. El libro tradicional, manuscrito o impreso, se puede tocar y medir con las manos. Pero el libro electrónico no. Ha perdido tangibilidad (como el discurso perdió oralidad al pasar al libro escrito). El libro electrónico es inferior al libro de papel, porque está disminuido en una de las dimensiones esenciales del libro, que es el volumen [rae]. Este es el factor explica la resistencia de muchos lectores al libro electrónico, que no es otra forma nueva de libro, sino algo muy distinto, a lo que no estamos habituados.

Recuerdo un año lejano (el curso 1981-1982), cuando no barruntábamos aún la extensión de la electrónica en los estudios, en que una profesora, en el aula, una mañana nos explicó cómo se lee un libro. No cómo se lee, simplemente, sino cómo se lee metódicamente un libro impreso. Todo comienza por el tacto de la cubierta, de las páginas, y el examen del interior del volumen y de los paratextos del libro (el prólogo, la introducción, los índices, las notas...), antes de entrar a leer a capón desde la primera página hasta la última, que es forma de leer tan desatenta como el comer a dos carrillos. ¿Aprenderemos igual a leer en una tableta? No creo que se pueda dar una respuesta uniforme, sino distinguir por clases de lectores y de libros. Por ejemplo, se puede leer la Biblia, o el Quijote, en la montaña o en la playa, en una tablet, muy a la ligera, pero el estudio serio, reverente, de las Escrituras, o de la prosa cervantina, en un gabinete, quizá justifique el uso de un soporte más noble del libro, en volumen.

La distinción anglosajona de fiction / non fiction parece muy tosca. Lo que cualifica al libro son sus usuarios y su utilidad. Los libros para pasar el rato pueden ir en la tableta electrónica sin problemas, lo mismo que los libros utilitarios, como son los textos de referencia, manuales y prontuarios, o los textos litúrgicos (los curas jóvenes ya han pasado con armas y bagajes a rezar con la tablet, en lugar del breviario). 

¿Qué lugar queda entonces para el libro de papel? Mi hipótesis es que el libro impreso permanecerá para acompañar a los estudios nobles y humanísticos. El derecho mercantil bien puede estudiarse en soporte electrónico, pero la Biblia, o la literatura antigua, o la filosofía, no. Puede parecer un criterio caprichoso, fundado en una mera predilección estética, pero no es así. Hay razones objetivas para aplicar a libros distintos, formatos diferentes.

Los textos humanísticos (los que perfeccionan el espíritu y nos hacen más humanos) sólo alcanzan plenitud en todos los sentidos: auditivo, visual, táctil. No reconocemos como libros los que no podemos ver o tocar. Mucho perdemos con leer el Quijote en una pantalla electrónica, si no es que sólo pretendemos una lectura de lector corriente. Precisamente los textos tecnológicos (los que están orientados a las cosas), como puede ser un tratado de matemáticas, o un recetario de cocina, sí que se beneficiarán en cambio del libro electrónico, porque son libros que se agotan por el uso. Quizá mi conclusión sea que el libro impreso será en el futuro minoritario, destinado a la gente estudiosa, y no desaparecerá mientras pervivan los estudios nobles y humanistas.

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Adenda: Es inimaginable que se lleve en procesión un iPad o una computadora portátil, o que en una liturgia un monitor sea solemnemente incensado y besado”, y por tanto, “la liturgia, es el bastión de resistencia de la relación texto-página contra la volatilización del texto desencarnado de una página de tinta; el contexto en el cual, la página permanece como el ‘cuerpo’ de un texto” [aciprensa].

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29 agosto 2016

Augurios sobre el libro

El pasado domingo, en el dominical del Abc, he leído un espléndido artículo de Juan Manuel de Prada, en el que entre otras curiosidades, se atreve a cantar un elogio del libro de papel (aquí). Me ha parecido tan sentido y sincero, y tan acertado, que no dudo en reproducir aquí, con mi aplauso, los augurios sobre el libro de Prada:

"Ciertamente, se venden muchos menos libros que antaño, pues las angosturas económicas y la rapacidad y avaricia editorial han causado grandes estragos. Pero, después de dejarnos arrastrar por la fascinación tecnológica, hemos vuelto a descubrir (como hijos pródigos) que la lectura más grata y reparadora es la que hacemos en un libro y no en un artilugio electrónico; y que los libros que amamos queremos guardarlos, ocupando sitio en la biblioteca, porque son vigías del tiempo que velan por nosotros y entre sus páginas se esconde nuestra biografía; porque, bajo su apariencia inerte y muda, nos brindan compañía y consuelo, en las tormentas de la vida; porque basta que abramos uno de nuestros libros más queridos, leídos allá en la lejana juventud, para evocar el clima espiritual que su lectura nos procuró; y, al evocar aquel clima del pasado, se alumbra nuestro futuro, aunque ya lo arañen las garras de la vejez."

Por mi parte, en una próxima nota me atreveré, de nuevo, a hacer predicciones sobre el libro, sobre los libros. Ya lo he hecho antes (aquí). Largo me lo fiáis, y dentro de cien años, todos calvos...

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25 agosto 2016

Lecturas del verano de 2016

Otros veranos me he entregado a leer los clásico, el Quijote, las novelas ejemplares... En este, he ido picando de unos a otros libros, que puedo haber leído entero o en fragmentos. Aquí va una reseña de autores de esos libros leídos, o por leer, ordenados por antigüedad, con un mínimo comentario:

Tito Lucrecio Caro (99 a.C. - 53 a.C.). Voy por el libro IV (de los seis) del tratado De rerum natura, ese monumento del ateísmo antiguo. En castellano (la traducción del profesor Francisco Socas), aunque tengo al lado una edición biligüe latina e italiana, que compré en Roma por siete euros [Newton]. Ya me gustaría dedicarme a leerlo en latín.

Immanuel Kant (1724-1804). Ahora está de moda entre los políticos españoles decir que leen a Kant. Es muy difícil, porque hay que enterarse antes de qué va la filosofía. Yo he logrado la proeza de leer, por dos veces, la Crítica de la razón pura, que es una obra cumbre de la mente humana. Este verano me he limitado a leer uno de sus artículo tardíos, fascinante, "El fin de todas las cosas" (Das Ende aller Dinge).

Juan Valera (1824-1905). La Pepita Jiménez, por puro placer y contento, que son motivos muy poderosos para leer.

Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912). De los Heterodoxos, he leído dos capítulos, los que dedica a la vida aventura de el Abate Marchena, y el de José María Blanco White. Consultando otras lecturas, siempre es atrayente leer la pluma colérica del "polígrafo montañés". Me gustaría leer su Historia de las ideas estéticas en España.

Bertrand Russell (1872-1970). Un plato fuerte, el Analysis of matter, que me gustará completar más adelante con el Analysis of Mind. Ahora veo a Russell como un epicureo de estricta observancia, en su física y en su ética. Conexión con Lucretius.

Guillermo Cabrera Infante (1929-2005). Estoy empezando a leer su novela Tres tristes tigres (TTT), que me está pareciendo una obra de arte del lenguaje (del habla cubana), a la altura de Cervantes, Mark Twain o Julio Cortázar, por citar otros maestros semejantes, traídos al buen tuntún.

Jorge Edwards (1931). He estado absorto un buen número de días en la lectura de su "novela sin ficción" Persona non grata, que es un retrato tragicómico de Fidel Castro y del régimen castrista, con los que tuvo contacto como diplomático chileno en 1970.

Jesús Mosterín (1941). Como he estado leyendo a Russell, he consultado el brillante capítulo que le dedica Mosterín en su libro amenísimo Los lógicos.

Los veranos, con libros, son menos.

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14 junio 2016

Resurgimiento católico low cost

Ya he contado que en Sevilla ha abierto una franquicia de las librerías baratas Re-Read, en la calle Tarifa, 3, justo enfrente de La Campana. A mí me parece que tiene sus limitaciones. Está muy bien el precio fijo de venta (2 a 3 euros la unidad), pero la restricción también juega en la compra (unos misérrimos 20 céntimos por libro entregado). De esta manera, no se puede esperar que en una visita a la librería se encuentre nada de particular (sólo libros viejos o baratos), salvo que por casualidad veas algo que te llame la atención. El otro día me sorprendió encontrar este libro que voy a comentar, y que he leído "en diagonal" una de estas tórridas tardes del mes de junio... Se trata de El resurgimiento católico en la literatura europea moderna (1890-1945), del joven profesor Enrique Sánchez Costa, publicado hace un par de años [Encuentro]. Sánchez Costa, brillante doctor en humanidades, es hoy profesor en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), en Santo Domingo. Parece que este libro fue su tesis doctoral. Es evidente por tanto que se trata de una "tesis confesional". El libro, como ya digo, me ha costado 2,50 euros de low cost (cuesta la friolera de 29 euros en librerías). Veamos si es un chollo.

Primero, el tema. El título y la cubierta son ilustrativos. Con la etiqueta de resurgimiento católico se alude a un confuso grupo de autores (franceses, ingleses, españoles), muchos antagónicos entre sí, que hicieron militancia de su catolicismo en la primera mitad del siglo XX: la renouveau catholique, el catholic revival. Caso notorio, entre ingleses, G.K. Chesterton. Más difícil me parece hablar de un revival católico en España, fuera de escritores anecdóticos. Se habla de Unamuno, pero él iba a su aire, no era hombre de banderías de ninguna clase (y menos de las católicas). El profesor Sánchez Costa ha pecado de ambición y ha hecho un recorrido extenso, a costa de lo intenso. No me parece normal, por ejemplo, que en una publicación como esta se dedique un puñado de páginas para resumir, otra vez, el argumento de Brideshead revisited, novela de Waugh que goza de un extraño predicamento entre los católicos del ala conservadora. La novela habla de personajes católicos (de clase alta, no se olvide), pero me parece irrelevante para entender lo inglés.

En cuanto a la edición en sí misma del libro, a pesar de mi "lectura en diagonal", no sé cómo me las arreglo para tropezar con las erratas peores. En la página 372 se lee: "... como escribía Unamuno en La tía Lula... " (sic), errata grosera que delata que el texto editado no fue sometido a corrección (el autor la cita bien en nota a pie de página).

Si se quiere ver este resurgimiento católico como un movimiento, peligrosamente próximo al fascismo de su tiempo (¿qué hacen las fotos de José Antonio Primo de Rivera en este libro?), habría que considerarlo como un caso de herejía, y no de ortodoxia en modo alguno (véase el caso de la Action française, batiburrillo peligroso de ideología y religión, condenada expressis verbis por el pontífice romano). De modo que no me puede parecer nada simpático este supuesto catholic revival. De hecho se comete, me parece a mí, una falacia de dicto simpliciter. Que este grupo poliforme de escritores se manifestasen como católicos, e hiciesen de la apología de la iglesia católica su bandera, no quiere decir que sus ideas, su ideología, fuese católica. Falta hacer un diagnóstico más severo de este resurgimiento. Para mí George Orwell, escritor en las antípodas de esa caterva católica, ya hizo un admirable análisis de la confusión de creencias e ideas políticas de este movimiento reaccionario católico, en su gran ensayo de 1940 Inside the Whale, que ya he comentado [aquí]. Debe releerse.

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