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15 octubre 2009

Cambio climático

La evolución natural de los meteoros nos hacen la ilusión de que todo muda y cambia. Nos lo tomamos como una afrenta, nosotros, que nos pensamos inmortales. Tememos que la tierra que habitamos se hunda ante nuestros ojos. Pero los poetas saben ver que la naturaleza es eterna y los hombres frágiles. Cuando se despedía de su tierra, la poetisa coruñesa Rosalía de Castro exclamaba:

¡Adiós!, sombras queridas; ¡Adiós!, sombras odiadas;
outra vez os vaivéns da fertuna
para lonxe me arrastran.
Cando volver, se volvo, todo estará onde estaba;
os mesmos montes negros i as mesmas alboradas...

El mundo, como un monte imponente, sobrevivirá a nuestras andanzas. Somos nosotros los que cambiamos, padeciendo diversa fortuna. Y el sol seguirá naciendo.

[Blog Action Day 2009: Climate Change]

19 julio 2009

Espíritu de la letra


Los camioneros dicen cuando los acusan de conducir muy rápido: si corro yo, más corren las letras. Éso me lo contaba uno, hace más años de los que quisiera, y no sé si las multas de tráfico han logrado ya que corran menos. Pero bueno, no quería yo hablar de camiones ni de la velocidad en carretera, sino de las letras, las letras de cambio, los papeles ésos que quien más quien menos ha firmado para comprarse un coche o un piso.

Uno de mis maestros en derecho civil, Manuel de Cossío, hijo del legendario catedrático Alfonso de Cossío, nos explicaba que los dos temas más difíciles de la carrera son la hipoteca y la letra de cambio. Habrá quien se haga cruces de que un documento tan corriente como una letra, que no digo que sepan rellenar hasta los niños, pero que quien está en el mundo entiende bien lo que significa (si la firmas, la pagas), los sabios y maestros digan que es asunto dificultoso, y así puede que sea, porque los jóvenes que se adiestran en las escuelas de comercio, en lo primero que se aplican es en rellenar la plantilla de una letra. Y lo mismo la hipoteca, porque el hipotecado está al cabo de la calle de que si no paga, el banco le quita el piso, aunque sea más complicado comprender los vericuetos de los registros.

Fácil parece firmar una letra en la notaría, o en el banco, aunque cuando se observa la cantidad de gente que trata de estos negocios, se empieza a ver claro su oscuridad. La venta de una moto es pan comido, porque se trata entre amigos (yo te vendo la moto, tú me la pagas). Pero en las letras, el número de firmantes puede ser amplio, indefinido. El papel no explica quién tiene que ver con quién, y el que acepta la letra desconoce a quién habrá de terminar por pagar. Se dice que la letra es un negocio abstracto porque, siendo certísima la deuda, no explica por qué se debe (pero los firmantes lo saben), y así las letras se emplean también en tratos nada limpios (como las deudas de juego), que se enmascaran bajo la inocente forma escrita de la letra. Es un documento en que más valen las apariencias que la realidad, del mismo modo que en los negocios se valora mucho la imagen, la fama y el prestigio, aunque sólo sea un bluf.

No conozco descripción más sencilla y elegante de la letra, y al tiempo didáctica, que la que encontré en el celebrado Curso de Derecho Mercantil de Joaquín Garrigues. Dice así, en las "nociones previas" del capítulo XX: "En esencia, la letra de cambio es una carta con unos requisitos formales que ya veremos. Esta carta (la letra de cambio) la expide y firma una persona denominada librador. Se le llama así porque libra o expide la letra de cambio. Esa carta (la letra) va dirigida a otra persona, llamada librado, al que se pide -ese es el contenido de la letra- que pague una cantidad determinada de dinero a una tercera persona, el tomador de la letra...".

Ahora que este verano estoy releyendo las Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes, he encontrado una prodigiosa descripción de lo que es el trato de una letra de cambio. Se encuentra en la novela de La española inglesa. No me admira tanto la maestría del buen Cervantes en explicarnos gratis et amore cómo y por qué se expide una de estas letras, cartas o cédulas, lo que conocía muy bien de tantos negocios en que intervino en su asendereada vida, sino el acierto con que lo trae e incrusta en el hilo del relato, de manera que el lector no lo encuentra postizo sino muy a cuento. Y aquí copio el párrafito, como testimonio mío admirado del arte cervantino:

"La reina llamó a un mercader rico, que habitaba en Londres y era francés, el cual tenía correspondencia en Francia, Italia y España, al cual entregó los diez mil escudos, y le pidió cédulas para que se los entregasen al padre de Isabela en Sevilla o en otra plaza de España. El mercader, descontados sus intereses y ganancias, dijo a la reina que las daría ciertas y seguras para Sevilla, sobre otro mercader francés, su correspondiente, en esta forma: que él escribiría a París para que allí se hiciesen las cédulas por otro correspondiente suyo, a causa que rezasen las fechas de Francia y no de Inglaterra, por el contrabando de la comunicación de los dos reinos, y que bastaba llevar una letra de aviso suya sin fecha, con sus contraseñas, para que luego diese el dinero el mercader de Sevilla, que ya estaría avisado del de París."

Para que luego digan que la literatura no sirve para nada. Leyendo a Cervantes también se aprenden muchas cosas, sentado en tu habitación sin necesidad de asomarte a las inclemencias del mundo.

24 marzo 2009

Un gran abogado norteamericano

Me refiero al abogado Clarence Darrow, defensor en la causa criminal de los jóvenes Leopold y Loeb, hijos de familias adineradas de Chicago, que en el año 1924 asesinaron con fría premeditación a otro joven de 14 años. El letrado Darrow se significó en su carrera por su decidida oposición a la pena de muerte, y esto explica su esforzada defensa en este caso histórico, que ha sido llevado al cine [Impulso criminal, Richard Fleischer, 1959]. Hay muchos motivos para que, en los derroteros de la ley y la justicia, debamos volver la mirada a la historia y práctica de la jurisprudencia de los USA. Conocemos a sus jueces, abogados y criminales por las películas "de juicios", que a mí tanto me entusiasman. Estos grandes abogados y jueces no parecen funcionarios vulgares, sino profesionales con gran iniciativa y audacia profesional, técnica y de pensamiento. Muy comprometidos con la realidad de su tiempo, con los principios de justicia, y la defensa de la vida humana y las libertades civiles (como en el caso ejemplar de Clarence Darrow). Por decirlo en breve fórmula, los juristas americanos deben ser los herederos de los antiguos jurisprudentes romanos, y no sólo porque el sistema de derecho común, en que prima el razonamiento dialéctico, la retórica y la equidad sobre la fría aplicación de los códigos, haga de los modernos americanos y de los antiguos romanos juristas afines, muy sensibles a las dimensiones irreductibles del caso concreto.

14 marzo 2009

El derecho penal y yo


Nos decía en el aula de la Facultad, uno de mis maestros, el catedrático de derecho internacional público D. Juan Antonio Carrillo Salcedo, que la vocación jurídica puede orientarse a dos grandes especialidades: la defensa de los intereses patrimoniales, o la defensa de los intereses personales. Como toda clasificación dicotómica, la división de esta ciencia, al modo romano, en un derecho de las cosas, y un derecho de las personas, es una simplificación exagerada, porque en el mundo real los patrimonios, y las personas que los detentan, con sus pasiones, necesidades o ambiciones, nunca aparecen separados.

Pero es cierto que ningún criterio define mejor a un jurista que los asuntos que patrocina: si los dineros y los negocios, o los apuros que pasa la gente de carne y hueso. Así por ejemplo, ante la noticia de que una empresa ha quebrado y ha echado el cierre, unos se preguntarán, primero, si la empresa tiene bienes bastantes para pagar a sus acreedores; y otros, cuántos trabajadores, cuántos padres de familia van a la calle y en qué estado quedan. Ambas son cuestiones que se ventilarán en un mismo proceso concursal, pero cada uno se inclinará a dirigir su pensamiento con preferencia a uno u otro asunto (el de los dineros, o el de los trabajadores).

Estaríamos tentados, al hilo de este ejemplo, en concluir, yendo al caso, que el derecho mercantil es una especialidad de tinte patrimonial, y en cambio el derecho del trabajo, personalista. Pero todo es cuestión de perspectiva. En la esfera mercantil se protege a una persona cuando se defiende al consumidor, o al pequeño empresario o comerciante que subsiste él y su familia con su negocio. Y en la esfera del trabajo, en los conflictos colectivos y las crisis de plantilla, el empresario que se acoge a la ley laboral está poniendo sus miras en un cálculo de grandes masas de dinero (que le va a costar o que se va a ahorrar), antes que en las necesidades de cada uno de sus trabajadores. Las cosas no son tan simples ni son blanco o negro.

Algo semejante ocurre con el derecho penal, el que trata de los delitos y de las penas. Es una especialidad que detesto, desde que la estudié por primera vez a mis veinte años. Mi animosidad hacia esta rama jurídica no tiene nada que ver con que esté convencido de su necesidad, y hasta de la conveniencia de su reforma constante. Si no se multase a los coches que aparcan en "doble fila", o que se saltan un semáforo, o que corren más de la cuenta en carretera, la circulación sería un caos: hay que castigar, sí, lo que está mal hecho. Mi prejuicio contra el derecho penal responde a otros motivos, que no son que no crea indispensable cierto "control social" o prevención de las malas conductas.

1. En primer lugar, tengo la sospecha de que bajo la ley penal siempre caen los mismos, los de siempre, esos sospechosos habituales de los que se habla al final de la película Casablanca. Esto es, los pobres, los indefensos. El derecho penal no es para los ricos. Esto suena a discurso populista barato, y tendría que sostenerlo con estadísticas, pero ya digo que es una sospecha, no una convicción.

2. Pero lo que más se me atraviesa del derecho penal es su inhumanidad. Bajo la elevada perfección técnica que ha alcanzado en los estados de derecho, no puede encubrir su aire arcaico, primitivo, como nacido del instinto de horda: el derecho penal se ha establecido para saciar el ánimo de venganza de los injuriados, sus familias y todo el pueblo. Desde este punto de vista, es la rama del derecho que más nos animaliza, y más nos aleja de los ideales humanistas.

3. Por último, me parece, sin más, un derecho imposible, porque pretende reducir a fórmula matemática (el álgebra de la pena) aquello que es inconmensurable e infinito en valor y dignidad: la vida y la libertad de las personas. Por ejemplo, es muy difícil que nos expliquemos que un mismo hecho delictivo (un robo, un homicidio, una agresión sexual) merezca distinto castigo si el delincuente lo cometió un día antes, o un día después, de cumplir los 14, los 16 ó los 18 años, como no sea la servidumbre de los números enteros. O al menos yo nunca lo he entendido.

Y vuelvo al principio: ¿dónde coloco al derecho penal, en la defensa de las personas, o de los patrimonios? Y confieso dudar, cuando veo que el delincuente, al que hay que compadecer (como nos enseñó una gran pensadora española), es tratado por el sistema penal poco menos que como una cosa, como un objeto (así en la escena del óleo El garrote vil), reo al que se le dice privar de libertad, por un número de años (como si la vida y la libertad fuesen numerables, o los castigos debieran ser siempre perpetuos).

09 noviembre 2008

Das Kapital

Sorprenden las manifestaciones del arzobispo de Munich, mons. Reinhard Marx, presentando su libro El capital (un nuevo Capital, de un nuevo Marx), en que somete a crítica, desde la ética cristiana católica, los principios del "capitalismo salvaje". Tengo gran interés en hacerme con su libro. Sus ideas me recuerdan, porque lo tengo visto hace poco, las opiniones de Santo Tomás de Aquino sobre la especulación inmoderada:

Dice Santo Tomás en la Suma Teológica (2-2 q.77 a.4) que si los intercambios que se hacen por necesidad son dignos de alabanza, los intercambios mercantiles lo son de vituperio [iuste vituperatur], porque sirven al afán de enriquecimiento, que es incolmable [quia deservit cupiditati lucri, quae terminum nescit sed in infinitum tendit]. Por eso los negocios son deshonrosos [negotiatio, secundum se considerata, quandam turpitudinem habet], aunque son lícitos si con ellos se atienden fines necesarios u honestos, como el de ganarse el sustento, o el de ayudar a los pobres [sicut cum aliquis lucrum moderatum, quod negotiando quaerit, ordinat ad domus suae sustentationem, vel etiam ad subveniendum indigentibus].

Más en el
Parvulario Tomista.

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15 octubre 2008

A la recogida del algodón

Recuerdo, joven estudiante en la universidad, a un profesor que nos amonestaba al estudio advirtiendo que, si teníamos la insolencia de quejarnos de la fatiga de pasar largas horas en una biblioteca oscura y fría, con los codos hincados delante del libro, mejor haríamos en marchar una temporada a recoger algodón, para enterarnos de lo que es el trabajo duro de verdad.

En mi Andalucía recuerdo que algunos padres que tenían campo, solían mandar a sus vástagos la temporada de verano a compartir la vida con los jornaleros, como parte de su educación. ¿Sigue haciéndose, en este tiempo de vida muelle?

Se me ha venido este pasaje de mis estudios a la memoria, porque tengo la impresión de que muchas opiniones ligeras que se dicen de la crisis económica, que como siempre castigará a los más débiles, provienen del acomodo de quienes poco tengamos que perder en esta coyuntura. Parte de nuestro tiempo debieramos dedicarlo a conocer el sufrimiento ajeno, a imitación del joven príncipe Siddhārtha Gautama.

[Blog action day 2008: Poverty]

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07 octubre 2008

Judas Iscariote y la crisis financiera internacional

Judas Iscariote, uno de los doce, que tenía encomendado administrar los dineros del Maestro y sus seguidores, tendría mucho que decir en la actual coyuntura financiera mundial. Hoy Mr. Iscarioth sería un gurú de la banca, y se dedicaría a impartir conferencias en las principales universidades y plazas bursátiles sobre la crisis de las "hipotecas subprime". De algún modo me lo sugiere el último post de la excelente bitácora de Mary White. Y también lo que nos dice Don Francisco de Quevedo:

"He reparado que el sagrado Evangelista llama a Judas ladrón y robador, y no se lee en todo el Testamento Nuevo que hurtase nada, y esto dijo de él en la ocasión del ungüento de la Magdalena, donde no hurtó cosa alguna. Señor, en esta ocasión del ungüento, ya que Judas no hurtó el ungüento, se metió a arbitrista; y en todos los cuatro evangelios no se lee otro arbitrio, ni que escriba ni fariseo tuviese desvergüenza de dar a Cristo Jesús arbitrio. Que Judas fue arbitrista, y que el suyo fue arbitrio, ya se ve; pues sus palabras fueron «que se podía vender el ungüento, y darse a los pobres.» Resta averiguar si el arbitrista es ladrón. No sólo es ladrón, sino robador. Por esto no se contentó el texto sagrado con llamarlo Fur, sino justamente Latro; Fur erat, et latro. «Era robador y ladrón.» Sólo el arbitrista hurta toda la república, y en ella uno por uno a todos. Tránsito es para traidor, arbitrista; y no hay traición sin arbitrio. Judas le dio para vender a Cristo y para entregarle: arbitrio fue la venta. No le faltó a Judas el entremetimiento tan propio de los arbitristas, pues sólo él metía la mano en el plato con su Señor. Al que dan el arbitrio, le quitan lo que come. Éstos, Señor, no sacan la mano del plato de su príncipe: quien quisiere conocerlos, búsquelos en su plato, que hallará su mano entregada en su alimento. En toda la vida de Cristo no se hace mención de Judas, sino en arbitrio y traición. Y debe ponderarse que sólo en el huerto le hizo caricias, besó a Cristo y le saludó, llamándole Rabbi, Maestro. Mucho deben temerse aquellos ministros que son arbitristas, y meten la mano en el plato con su señor, y sólo le saludan, y agasajan y besan en el huerto." [Política de Dios y gobierno de Cristo,
segunda parte, capítulo VII).

[En la imagen, recuerdo del lema de
Gordon Gekko, greed is good (la avaricia es buena)].

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10 septiembre 2008

El dinero, visto por Miguel Brieva


Comienza la temporada libresca con fuerza. Aparece en librerías, editada por Mondadori, la reedición de Dinero, "Revista de Poética Financiera e Intercambio Espiritual", del joven dibujante sevillano Miguel Brieva. En principio "Dinero" fue un fanzine, publicado entre 2001 y 2005. Desde entonces la carrera del ilustrador y viñetista ha sido meteórica. Sus ilustraciones aparecen en un libro antológico, casi de coleccionista, el manual de Educación para la ciudadanía de Akal (2007). Incluso el año pasado ya ha expuesto en una caja de ahorros de la ciudad una muestra retrospectiva, "Sobras maestras".

Miguel Brieva se define a sí mismo como "un ente ectoplasmático surgido de los delirios etílicos de un oso perezoso tras una exagerada ingesta de hojas de eucalipto maceradas". Aunque se me ocurre que ésta, más que una definición, es la ocultación de la persona del artista detrás de sus creaciones, que son las que de verdad cuentan y hablan por él.

Su humor negro se compara al de El Roto, aunque el antecedente de todos ellos es Chumy Chúmez. Miguel Brieva practica el sarcasmo contra los valores convencionales de las clases medias y acomodadas, y de paso nos hace sonreír y pensar sobre nuestros modos ridículos de vivir. Un tema habitual es Dios (representado siempre con un triangulito en la cabeza) que se muestra complacido de su creación, este mundo tan desastroso en apariencia. Sin embargo, aunque estos dibujos se inspiran en las ideas antisistema o anticonsumistas, me ha sorprendido no encontrar ninguno que ataque al blanco preferido de los grupos rebeldes, la Iglesia Católica. Es un aspecto de su obra, este respeto implícito a la religión, que me intriga.

Se critica al autor que sea incoherente y haya terminado por venderse al vil metal, publicando sus dibujos en el grupo Random House (pero bajo licencia Creative Commons). No estoy de acuerdo con esta forma de verlo. Su humor ideológico, que dicen inagotable, tiene valores proféticos. Es importante que un artista nos recuerde, cada tanto, nuestra hipocresía y materialismo consumista, nuestra vulgaridad. Sólo por eso habría que buscarle a Miguel Brieva un buen mecenas.

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02 septiembre 2008

Derecho y sentido común


Otra anécdota de facultad, de hace veintipico años. Uno de nuestros viejos maestros (que aún vive), amigo de contar chascarrillos finos para hacer más saladas las lúgubres lecciones, nos contó un día una anécdota del Rector Ramón Carande... Explicaba un día la moneda y el crédito. Un alumno levantó la mano: "Don Ramón, ¿por qué el Banco de España no imprime más billetes, para repartirlos entre todos, y así acababa con la pobreza? Y el profesor Carande, repuesto de la sorpresa, le contesto: "Hijo mío, que Dios le conserve la inocencia...". Y así este viejo maestro, discípulo de Carande, nos inculcaba la importancia para un jurista de obedecer sobre todo, antes que a las leyes, sentencias y doctrinas, al sentido común.

Ese juez que aparece en una de las inmortales planchas de Daumier, resume para mi la actitud contraria al buen sentido: la insensatez de los juristas. El juez, repantingado en su sillón, a la vista del ladrón atado de pies y manos, que acaba de excusarse porque no tenía qué
comer, le está contestando: "Tenías hambre... tenías hambre... Ésa no es una razón. Yo también tengo hambre todos los días, y no por eso robo".

Un gran profesor de derecho, Álvaro d'Ors, enseñaba: "Para un jurista, basta el sentido común. El sentido común es la verdadera filosofía de los juristas. Y el sentido común no se determina por estadísticas plebiscitarias, sino por una simplicidad de la razón individual de cada uno: no es el sentir de las multitudes, sino el de cada hombre no-demente con el que nos podemos encarar...".

Estaba yo tentado a hacer eso que llaman "crónica de tribunales", al hilo de las insensateces de las que nos informan las primeras planas de los periódicos. Pero entre el miedo reverencial, y el comprender que no tienen mucho recorrido las ocurrencias de vuelo gallináceo de nuestras altas magistraturas, he preferido dar esta modesta lección sobre un principio áureo de la práctica forense: tener la cabeza sobre los hombros. Porque no son justas las leyes y las sentencias que contravienen el sentido común, esto es lo que puede entender la gente de la calle mediante su sentido primario de lo que es recto y justo, por mucho que se apoyen esas leyes y esas sentencias, como decía el jurista d'Ors, en las "estadísticas plebiscitarias".

(¡Shsssssssss...!).

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14 julio 2008

Agnosticismo: Manuel García Morente

Entre los agnósticos españoles debe mencionarse a la gran figura intelectual de Manuel García Morente (1886-1942), catedrático de Ética en la Universidad Central. Siempre que hallo ocasión recomiendo dos de sus libros: las Lecciones preliminares de filosofía, tomadas al dictado en la Universidad de Tucumán (1937) que reproducen la viveza de sus clases orales, espléndida iniciación a los estudios filosóficos; y el relato de su conversión a la fe, explicada en una carta privada que póstumamente se ha publicado con el título de "El hecho extraordinario".

En este relato del hecho extraordinario, planteado casi como un thriller místico, el filósofo, obligado a exiliarse en París en 1936, va encontrando en los sucesos paradójicos de su vida diaria la traza de un "conductor" que lo va guiando a su antigua fe. La lectura, también, es extraordinaria: pensamiento puesto en acción. Hemos tenido noticia que ha sido vuelto a editar por la editorial de los dominicos de Salamanca,
San Esteban. Un libro capital de nuestra cultura, que os recomiendo.

Advertencia a los lectores. Circula por internet una versión vulgarizada y abreviada de "El hecho extraordinario". Es una mutilación de un texto más extenso, escrito en primera persona.

07 julio 2008

Los "privilegios" de la Iglesia Católica

"La Iglesia católica, cuya singularidad histórica, cultural y sociológica en España reconoce el Partido Socialista, debe ser consciente de que el inciso final del art. 16.3 de la Constitución Española no otorga prevalencia de derechos y no es razón para privilegios ni puede significar limitación alguna de la aconfesionalidad del Estado." (37º Congreso Federal del PSOE: "Nuevas políticas e instituciones para una sociedad en igualdad").

Después de haber leído, en parte, la documentación generada por el reciente Congreso del Partido Socialista, creo que se han pensado bien lo que se dicen, aunque yerran en que la Iglesia Católica aspire a ningún privilegio, y eso no es lo que dice la Constitución.
Olvidan en el PSOE que el principio de igualdad exige tratar de modo desigual a los desiguales. Esto no supone prevalencia de derechos, ni privilegios. La suma igualdad es injusta.

Nuestra democracia conoce multitud de ejemplos de "desigualdad legal". Por ejemplo, no se trata igual a los sindicatos de trabajadores "más representativos" que a un sindicato minoritario. Si el derecho dispensa a la Iglesia Católica un trato diferenciado, por ser la "confesión religiosa más representativa de la religión de los españoles", creo que eso no es como para rasgarse las vestiduras, y debe entenderse amparado, en efecto, en el artículo 16.3 de la Constitución (salvada la libertad religiosa de las confesiones minoritarias).

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02 julio 2008

All great apes are equal, but...


"Exigimos que la comunidad de los iguales
[the community of equals] se haga extensiva a todos los grandes simios: los seres humanos, los chimpancés, los gorilas y los orangutanes. La "comunidad de los iguales" es una comunidad moral [moral community] dentro de la cual aceptamos que determinados principios o derechos morales fundamentales [certain basic moral principles or rights], que se puedan hacer valer ante la ley, rijan nuestras relaciones mutuas." (Declaración de los grandes simios, 1993).

El Congreso de los Diputados ha instado al Gobierno para que se adhiera al "Proyecto Gran Simio". Podría ahora engolfarme en argumentar que se trata de un acuerdo contrario de plano a la Constitución (léase su artículo 10, párrafo segundo). Pero veamos la cosa desde otro punto de vista, el punto de vista moral, que la propia Declaración de los grandes simios adopta en su pomposo preámbulo.

Los simios, ¿tienen capacidad moral? El hombre sí, porque puede obrar bien o mal, arrepentirse u obcecarse... Pero los restantes simios no: actúan gobernados por los instintos. No formamos, entonces, los hombres y los restantes simios una "comunidad moral", ni nos pueden gobernar unos mismos principios morales básicos [basic moral principles], que son propios de los sujetos morales, los hombres.

Los simios, ¿somos una comunidad de iguales? En absoluto. Acepto que todos los "simios" seamos semejantes, porque tenemos cierto parentesco genético; pero iguales sólo lo somos los hombres entre nosotros, porque somos de un mismo linaje y una misma raza. Los hombres no somos iguales que los restantes simios (¿es necesario desgañitarse para que se reconozca esta evidencia?). Los hombres y otros simios sencillamente no formamos una "comunidad de iguales" [community of equals].

Pero entonces los simios, todos los grandes simios, incluídos los hombres, somos semejantes, ¿no es así? Sí, en cierto modo, porque todos los "grandes simios" [great apes], aceptando que los hombres podamos ser calificados de "simios", somos animales genéticamente muy próximos. Pero las cosas que son semejantes, son en la misma medida desemejantes (como saben bien los filósofos desde antiguo). Es un principio elemental. Yo soy semejante a una bicicleta, porque los dos somos cuerpos físicos. Pero no por eso la bicicleta y yo formamos una comunidad de semejantes, y menos aún, de iguales. ¡Qué manera de corromper las santas palabras de igualdad, moralidad y comunidad!

Pero indaguemos en la semejanza: genética, y de conducta. ¿Qué es lo propio del simio humano? Yo diría que la violencia; eso se ve muy bien al comienzo de la película 2001 de Kubrick. El hombre se conduce violentamente con todo: con sus iguales, los hombres, con sus semejantes los otros simios, y con la naturaleza entera. Pero de entre todos los animales, sólo el hombre tiene esa virtud de revolverse contra su propia condición. Ningún animal se revuelve contra su propia especie, comprometiendo su supervivencia, mas que el hombre. Y así nos encontramos con que la asimilación de este simio violento con los restantes simios, conduce a naturalizar la conducta agresiva y destructiva del medio natural.

En la Biblia se lee: Et creavit Deus hominem ad imaginem suam (Gn 1,27). Y San Pablo: Ipsius enim et genus sumus (Act 17,28). Nunca ningún simio que no sea el hombre, será capaz de hacer esta confesión: "somos semejantes a los otros simios, porque somos animales, y somos semejantes a nuestro Creador, Dios, porque somos criaturas suyas". Nuestra semejanza con los simios no agota nuestra condición, pero contemplándonos en el espejo de nuestros primos, los simios, y no en el espejo de nuestro Padre, Dios, estamos viendo únicamente nuestra peor cara, la de simios violentos. Podemos aspirar a ser mejores y preferimos ser peores.

[José Ignacio Munilla: De la evolución a la involución: volvemos al mono]

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06 junio 2008

Minima non curat praetor

Nos decía un viejo catedrático de la Facultad, Don Manuel Olivencia, que el año de nuestra licenciatura no lo olvidaríamos nunca. Y tenía razón, porque para otras efemérides tengo en ocasiones que hacer esfuerzo de memoria, pero nunca se me olvida que egresé de la Universidad el año 1987. Conforme avanzan los años, son más recurrentes los recuerdos de mis años homéricos, que me vienen como un flash, en muchos momentos. Y es curioso que la memoria no tenga preferencia por las clases magistrales, ni por las infinitas horas de estudio en bibliotecas o pasillos, sino que se agarra a la anécdota, el chascarrillo o el ejemplo ilustrativo de una clase perdida, de la que ya no sabría decir de qué se trataba principalmente.

En uno de estos flashes, se me ha ocurrido compartir con los lectores del blog esos instantes llenos de gracia de hace ya lo menos veinte años. Aunque me retiene que las anécdotas en un áula de derecho no son especialmente chistosas para todo el mundo; vamos, que son muy sosas...

Como jurista de corazón, no puede dolerme más el escenario de una sociedad criminalizada, en que las notas de tribunales han trascendido a la primera plana de los periódicos. Hoy muchos trabajadores (maestros, sanitarios, vigilantes o lo que sea) están expuestos a que los denuncien los ciudadanos cabreados por cualquier traspiés que cometan en su trabajo, profesión u oficio. Se me dirá que hay que proteger los intereses del ciudadano, pero, a menos que alcancemos el equilibrio en el reparto de los riesgos, nos encontraremos con una sociedad timorata y paralizada, que no mueve un dedo sin tener todos los cabos atados. Por eso sostengo la hipótesis (que dejo aquí apuntada, si quiere alguien mirarlo) que la sobreexposición de los profesionales a las quejas y reclamaciones de los usuarios, bloquea, ralentiza y merma la eficacia de las organizaciones.

Bueno, pues recuerdo que en una clase de derecho internacional público, el profesor de prácticas nos explicaba que los diplomáticos deben extremar la prudencia en su conducta y movimientos en suelo extranjero. Y nos razonaba que para cualquier persona de la calle es muy fácil cometer al cabo del día un buen número de infracciones leves e intrascendentes; pero lo que no tiene importancia en una persona corriente, puede tenerla en un diplomático, que se ve expuesto a la censura en cualquier momento, aunque sea por saltarse un semáforo en rojo.

Este comentario me ha hecho reflexionar muchas veces, porque los profanos piensan que el derecho está concebido principalmente para castigar y reprimir todas las faltas que se cometen. Pero esto es un despropósito. Desde los tiempos de los maestros del derecho, los juristas romanos, circula la regla: minima non curat praetor, que
L'Ape latina traduce como que il giudice non cura le minime cose, y en castellano libre puede expresarse diciendo que las autoridades no están pendientes de las cosas sin importancia. Cada uno reflexione en qué mundo kafkiano viviríamos si todos y cada uno de nuestros actos irregulares no escapase del castigo.

24 abril 2008

José Saramago y la muerte

Esta mañana, leyendo la edición electrónica de El País, me entero de que José Saramago ha convalecido de una grave enfermedad, que lo había llevado al borde de la muerte. Demuestra poseer una gran fortaleza y vitalidad, a la altura de sus 85 años.

Lo que piensan los viejos de la muerte, que los jóvenes apenas concebimos, siempre es interesante. Es como un anuncio de lo que nos ha de venir. Y lo que pueda contar Saramago aún más, pues no es creyente. Sus palabras en una entrevista con
Juan Cruz apenas necesitan comentarios. Tan sólo quisiéramos entrever en alguna de sus insinuaciones lo que quizá no se haya atrevido a decir... ¿por pudor? ... y es el destino que nos aguarda "al otro lado", cuando todo acabe:

"… en mis horas de soledad, que en el fondo eran casi todas... admití como algo bastante natural que no saliera de aquello. O, peor, que saliera para irme al otro lado... Ahora bien, lo que para mí ha sido sorprendente ha sido la serenidad, la tranquilidad con que acepté sin miedo y sin angustias la hipótesis de no sobrevivir a la enfermedad. Y esa serenidad y esa tranquilidad no es que me haya reconciliado con la idea de la muerte, porque uno no ha de reconciliarse con la idea de la muerte, pero me ha ayudado a contemplar ese hecho como algo natural. Y además, ineluctable, no podía hacer nada contra ella. Puedes armarte de la fuerza que encuentras en ti para no ceder al pánico, al miedo, a la angustia de un posible final, y que además lo estés viviendo... Todo eso lo he vivido, pero como estoy bien ahora, no lo recuerdo como una situación que he pasado sino como una pesadilla. Y lo único que tenía que hacer era despertar de esa pesadilla. Me desperté… Yo me sentí en un estado de casi anestesia total. Es decir, lo vivía no con indiferencia, en absoluto, al contrario, pero podría incluso decirte que lo he vivido sin emociones. No recuerdo haber cedido al peso de cualquier sentimiento, de miedo, o de pena. No. Yo me examinaba a mí mismo con una frialdad casi científica…"

19 marzo 2008

Mi derecho a la pereza

El estrés me fuerza a liberarme de algunos compromisos, como este mismo de bloguear, y dedicarme sólo a los deberes y devociones más apremiantes. Por una temporada, de extensión incierta, no publicaré otro post nuevo. Mi apagón bloguero incluirá, de propósito, no visitar otros blogs ni, por fuerza, comentar en ninguno. Aunque sí leeré furtivamente vuestros comentarios, que me llegan por correo electrónico. Pero volveré pronto, espero que renovado. En estos últimos meses (¡sólo unos meses!) he aprendido mucho de vosotros. A algunos os deseo que abandonéis ya las lecturas ñoñas, y que os atreváis a saber... (¿Pero quién diría eso?). Por ejemplo, que leáis el librito de Paul Lafargue, yerno de Marx, El derecho a la pereza (1880):

"Si la clase obrera, tras arrancar de su corazón el vicio que la domina y que envilece su naturaleza, se levantara con toda su fuerza, no para reclamar los Derechos del Hombre (que no son más que los derechos de la explotación capitalista), no para reclamar el Derecho al Trabajo (que no es más que el derecho a la miseria), sino para forjar una ley de bronce que prohibiera a todos los hombres trabajar más de tres horas por día, la Tierra, la vieja Tierra, estremecida de alegría, sentiría brincar en ella un nuevo universo... ¿Pero cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista que tome una resolución viril?"

Hasta muy pronto.

11 marzo 2008

Las memorias de Julián Marías

Estoy leyendo estos días las extensas memorias de Julián Marías, Una vida presente (1989), que acaba de reeditar en un sólo volumen Páginas de Espuma, con la colaboración de la "Asociación Española de Personalismo". Es un monumento de la cultura española, del que nos podemos sentir orgullosos: hay que leerlas.

Supera en valor a aquellas memorias intelectuales, típicas de la esfera anglosajona, como las de Russell, Popper o incluso Newman, en las que sólo se habla de ideas, discusiones y libros. En las memorias de Julián Marías leemos, sobre todo, el recuento emotivo de los encuentros personales. Marías no estaba tan interesado en explicar un sistema filosófico (el suyo, si lo tuvo), sino una vida, él mismo. Pero esto es muy propio de quienes profesaron el vitalismo, en la estela de Ortega y Gasset. Por eso se puede decir de estas memorias que son filosofía puesta en obra (una trayectoria vital) en las que el sujeto de la narración es la vida ejemplar. Se aprende mucho leyendo este libro, en el que es cierto que el lector siente muy viva la presencia de Julián Marías.

Y una última reflexión. Marías ha sido nuestro contemporáneo, muerto apenas hace un par de años, y le dio lugar a ser testigo de la quema de conventos del Madrid del año 31. Da que pensar que todavía la Segunda República y lo que siguió después, no haya pasado a los libros de historia, sino que sigue palpitando en la memoria presente.

Habla también de Julián Marías, Pseudopodo

23 febrero 2008

Criterio

Un amigo del blog, José Luís, el contra-revolucionario, me ha pedido opinión sobre algunos libros. Unos los conozco y otros no; alguno me parece importante y algún otro detestable... pero eso es lo de menos. Lo primero ha de ser que cada lector alcance, por sí mismo, un criterio de discernimiento de las buenas y las malas lecturas, antes de calibrar si tal o cual libro concreto es bueno o malo.

Nos dice Jaime Balmes que "Criterio es un medio para conocer la verdad. La verdad en las cosas es la realidad. La verdad en el entendimiento es conocer las cosas tales como son". Nuestro empeño debe ser distinguir, entre las opiniones corrientes y las ideologías interesadas, lo que sea la verdad.

La postmodernidad ha sido el reflujo de las ideologías fracasadas del siglo XX: el marxismo y el nihilismo. Doctrinas de masas que se colocan en el lugar de Dios, y tiranizan a los pueblos en lugar de liberarlos (algo de esto ha dicho Benedicto XVI, en su última encíclica). El pensamiento postmoderno es una papilla de ideas antihumanas, para los entendimientos que ya no son capaces de digerir la verdad: "Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de las cosas", dice Balmes.

Digno de investigar es la desmesurada influencia de las opiniones de Nietzsche, el falso profeta de la mentira. Y ahora que estoy repasando a Jaime Balmes, me encuentro con que una explicación convincente sea el elemento literario y retórico: las ideas falsas de Nietzsche seducen, porque seduce su forma literaria. Balmes (en el capítulo XIX del Criterio) lo explica como "ilusión causada por los pensamientos revestidos de imágenes".

Sobre el peligro de las imágenes brillantes y el estilo elaborado, dice Balmes: "Es indecible el efecto que este artificio produce; tal pensamiento, no más que superficial, pasa por profundo merced a su disfraz grave y filosófico; tal otro, que presentado desnudo fuera una vulgaridad, mostrándose con nobles atavíos oculta su origen plebeyo, y una proposición que enunciada con sequedad mostraría de bulto que es inexacta o falsa, o quizá un solemne despropósito, es contada entre las verdades que no consienten duda si anda cubierta con ingenioso velo. He dicho que los daños en este punto son de mucha trascendencia, porque suelen adolecer de semejante defecto los autores profundos y sentenciosos; y como quiera que sus palabras se escuchan con tanto respeto y acatamiento cuanto es más fuerte el tono de convicción con que se expresan, resulta que el lector incauto recibe como axioma inconcuso o máxima de eterna verdad lo que a veces no es más que un sueño del pensador o un lazo tendido adrede a la buena fe de los poco avisados."

18 enero 2008

Lo envolvente

Quien naufraga y no tiene a qué tabla aferrarse, desespera. Eso es el nihilismo, la enfermedad de una Europa sin fe. Necesitamos maestros, pero no los escuchamos. Uno de los últimos grandes europeos ha sido el psiquiatra y filósofo Karl Jaspers. Es fácil encontrar libros suyos en las librerías, reeditados con frecuencia; pero su pensamiento parece influir poco entre nosotros, sus contemporáneos. El cierto olvido o segundo plano de sus ideas, poco escolásticas, sí muy intuitivas, es un signo más de nuestro tiempo, que parece estar negado a la trascendencia, y a ese concepto suyo tan sui generis de lo envolvente. Los textos de Jaspers son luminosos, pero sus palabras exigen reflexión. Como muestra, presento aquí unos párrafos del prólogo de Origen y meta de la historia (1949), que sintetizan su pensamiento postbélico:

"La historia de los hombres se ha desvanecido en su mayor parte del recuerdo. Solo se nos hace accesible, en mínima porción, mediante laboriosas investigaciones… Entre la prehistoria, cien veces más larga, y la inmensidad del futuro se extienden los cinco mil años de historia visible para nosotros, un ínfimo trozo en la existencia humana que se prolonga hasta perderse de vista. La historia está abierta por la prehistoria y por el futuro. Por ninguno de estos lados está conclusa, y no se puede obtener de ella una figura cerrada como una imagen integral que se sostiene por sí sola. En medio de la historia estamos nosotros y nuestro presente. Este no es nada si se pierde como mero presente en el angosto horizonte del día… Pero este henchido presente hinca su ancla en el eterno origen. Arribar mediante la historia más allá de la historia, a lo trascendente, que nos envuelve, es lo último, que el pensamiento no puede alcanzar, pero que siempre ha de procurar rozar…"

25 diciembre 2007

Representar lo invisible

La alta estima en que los filósofos cristianos tuvieron a los diálogos platónicos se explica singularmente por sus mitos escatológicos, donde se narra el destino del alma inmortal después de que el hombre muere. En ellos se describe la esperanza común de la humanidad, más allá de las particulares figuras culturales: que después de la muerte seremos juzgados por el bien y el mal que hayamos hecho.

En el relato final del Fedón, Sócrates, cuando se dispone ya a beber la cicuta, dice a sus compañeros sobre la vida nueva del alma inmortal: "Sostener que todas estas cosas son como yo las he descrito, ningún hombre de buen sentido puede hacerlo; pero lo que he dicho del estado de las almas y de sus estancias, es como os lo he anunciado o de una manera parecida; creo que, en el supuesto de ser el alma inmortal, puede asegurarse sin inconveniente; y la cosa bien merece correr el riesgo de creer en ella. Es un azar precioso a que debemos entregarnos, y con el que debe uno encantarse a sí mismo" (114d).

Veinticinco siglos después, la sabiduría socrática sigue resonando en la encíclica Spe salvi de Benedicto XVI: "En gran parte de los hombres –eso podemos suponer– queda en lo más profundo de su ser una última apertura interior a la verdad, al amor, a Dios. Pero en las opciones concretas de la vida, esta apertura se ha empañado con nuevos compromisos con el mal; hay mucha suciedad que recubre la pureza, de la que, sin embargo, queda la sed y que, a pesar de todo, rebrota una vez más desde el fondo de la inmundicia y está presente en el alma. ¿Qué sucede con estas personas cuando comparecen ante el Juez? Toda la suciedad que ha acumulado en su vida, ¿se hará de repente irrelevante? O, ¿qué otra cosa podría ocurrir? San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, nos da una idea del efecto diverso del juicio de Dios sobre el hombre, según sus condiciones. Lo hace con imágenes que quieren expresar de algún modo lo invisible, sin que podamos traducir estas imágenes en conceptos, simplemente porque no podemos asomarnos a lo que hay más allá de la muerte ni tenemos experiencia alguna de ello" (nº 46).

29 septiembre 2007

Santo Tomás y los poetas

Iba a preparar ahora una nota sobre la metáfora en las Escrituras (S.Th. 1 q.1 a.9) cuando he tropezado con esta afirmación: "hablar mediante comparaciones e imágenes es propio de la poesía, que es la más baja de todas las ciencias" [procedere per similitudines varias et repraesentationes, est proprium poeticae, quae est infima inter omnias doctrinas].

Es la opinión más común sobre la poesía: es una ciencia ínfima. ¿Por qué? Tomás de Aquino se adhiere aquí a las ideas académicas. Platón reconocía que "es ya antigua la discordia entre la filosofía y la poesía", y postulaba que "no han de admitirse en la ciudad más que los himnos a los dioses y los encomios a los héroes", porque de admitirse "la musa placentera en cantos o en poemas, reinarán en tu ciudad el placer y el dolor en vez de la ley y de aquel razonamiento que en cada caso parezca mejor a la comunidad" (República, X, 607a-b).

Con iguales razones se dolía San Agustín de la vanidad de las fábulas homéricas y virgilianas (Confesiones, I), en la que seguirán recayendo los escolares de todos los tiempos, como aquel hijo de hidalgo que "todo el día se le pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero en tal verso de la Ilíada; si Marcial anduvo deshonesto o no en tal epigrama; si se han de entender de una manera o otra tales y tales versos de Virgilio..." (Quijote, II, 16).

Pero calificar de ínfima a la poesía confunde, no es peyorativo: ínfimo (superlativo de inferior) se dice de lo que, en una escala, ocupa la última posición y más baja. Hablar de lo que está arriba o abajo ya es emplear una metáfora (como cuando nos referimos a la clase alta y las clases bajas) que se puede invertir (y así decimos que nos zambullimos, ahondamos o profundizamos en el estudio de una ciencia). De este modo metafórico decimos que la poesía es ínfima porque, entre las ciencias, es la que más se aleja de la manifestación de la verdad [veritatis manifestatio], ocultándola por medio de la metáfora [per similitudines veritas occultatur].

Santo Tomás, al que la tradición atribuye la composición del himno Adoro te devote, defenderá sin embargo aquella poesía que, como quería Platón, da gloria a los dioses y los héroes. Pronto examinaremos los argumentos de esta interesante cuestión de la Summa (1 q.1 a.9), que dejamos pendiente.