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15 mayo 2011

Los milagros y la paradoja de Fermi

Cuando me he decidido a escribir sobre los milagros (más que nada para aclararme las ideas), me ha llamado la atención que la gente corriente no hable de si ha sido testigo de algún milagro, o de si tal o cual curación es milagrosa, sino que pregunta simplemente: ¿crees en los milagros? El sentido común sitúa lo milagroso, no en la evidencia, ni en los testimonios, sino en las creencias. No deben ser los milagros, piensa la gente, algo que suceda a la vista de todos, sino algo en lo que se cree o no.

Los milagros, por sus propios rasgos maravillosos, pueden ser objeto de supersticiones, e incluso una oportunidad de negocio. Pero como objeto de reflexión es un problema discutido muy en serio, leída la entrada que le dedica la Stanford Encyclopedia of Philosophy [enlace]. Tampoco es necesario encarecer la importancia que el milagro tiene para el cristianismo. En las causas de santos, es relevante la fama signorum (la opinión de los fieles sobre gracias y favores recibidos), y toda la teología católica se funda en dos hechos milagrosos: el nacimiento virginal, y la resurrección. Así que es asunto que obliga a circunspección.

La definición insuperada de milagro, o hecho maravilloso, es la de Santo Tomás (S.Th. 1, q.110 a.4): aliquid dicitur esse miraculum, quod fit praeter ordinem totius naturae creatae (un milagro es lo que se produce fuera del orden de toda la naturaleza creada). Desde aquí discuten los filósofos la circunstancia praeter ordinem naturae (esto es, "fuera de las leyes naturales"). En tales términos, ¿son posibles y creíbles los milagros?

Me parece instructivo que nos asomemos a la variante de esta definición clásica, que ofrece el apologeta inglés C.S. Lewis, precisamente de su libro Miracles (1947): I use the word Miracle to mean an interference with Nature by supernatural power ("empleo la palabra milagro para expresar una interferencia en la naturaleza de un poder sobrenatural") [Harper Collins]. Un milagro, para Lewis, es una interferencia sobrenatural. Con lo cual nos guía a su propósito apologético, que es defender que, de hecho, lo sobrenatural es ordinario, y que tales interferencias se dan en nuestro mundo.

Es curiosa la palabra interferencia. Según el diccionario de la Academia, en castellano es un préstamo del inglés [drae], que lo tomó del francés medio enterferer, y en último término del latín ferire (golpear, herir). Por eso, en la mente de Lewis, el milagro es como una herida, una violencia en la naturaleza. Una ilustración humorística de lo milagroso tomado en este sentido, es la película de Bill Murray "El día de la marmota" (Groundhog Day, 1993), en que los días no se suceden, sino que el mismo día se repite una y otra vez todas las mañanas, cuando el protagonista despierta.

No hay dificultad en afirmar que Dios está en todo, o según Santo Tomás: Deus est in onmibus rebus... non solum quando primo esse incipiunt, sed quandiu in esse conservatur (S.Th. 1. q.8 a.1), tesis que ilustra con una bella imagen: sicut lumen causatur in aere a sole quandiu aer illuminatus manet ("como la luz que el sol provoca en el aire se mantiene mientras el aire está iluminado"). Pero esa presencia sobrenatural, sustentadora, ¿interfiere milagrosamente en alguna ocasión?

Se me ocurren dos objeciones. La primera radica en una limitación en nuestra capacidad de observación (el principio de incertidumbre, que el mismo Lewis menciona). Lo sobrenatural no puede manifestarse en la naturaleza más que como natural (por eso el Niño Dios es a los ojos de los pastores un niño). No es concebible una intromisión sobrenatural en lo natural, porque son dimensiones inconciliables. Desde nuestra perspectiva de individuos inscritos en la naturaleza (como peces en el agua) no podemos reconocer intromisiones sobrenaturales. En este punto, no ignoro que Lewis defiende que los fenómenos mentales son sobrenaturales, opinión que se antoja muy discutible; con eso estaría resuelta para él la intromisión ordinaria de lo sobrenatural en lo natural. Pero el hecho de que lo mental no sea reducible a lo material, no se sigue que lo mental sea sobrenatural. C.S. Lewis tiene una idea mal fundada de lo sobrenatural (porque confunde a mi juicio lo natural y lo material: la materia es natural, pero no toda la naturaleza es material).

Si ahora volvemos a Santo Tomás, encontraremos que el auténtico problema de su definición: quod fit praeter ordinem totius naturae, radica en sus dos primera palabras: quod fit, lo que se hace o se produce. No cabe un fiat sobrenatural que irrumpa en la naturaleza (y por eso tampoco es propio hablar de un "instante creador": el acto creador, el fiat lux, no se adhiere a la secuencia natural). Si las leyes naturales se interrumpiesen por intromisión sobrenatural (praeter ordinem naturae), tal hecho milagroso no podría ser reconocido por observadores naturales como nosotros somos.

La segunda objeción a la posibilidad de los milagros podría seguir la llamada paradoja de Fermi [wiki]: si la existencia de extraterrestres es tan probable, ¿dónde están? De algún modo también los extraterrestres son milagrosos, pero me quiero referir aquí al orden gnoseológico: si los milagros son posibles, ¿dónde están? La proliferación de causas de santos ha hecho proliferar también los testimonios de curaciones milagrosas. Pero en rigor se trata de curaciones que no son explicables a la luz de la ciencia médica presente, y por eso los peritos en estos procesos recurren a la cláusula de estilo: "curación científicamente inexplicable" (un médico nunca aseverará la existencia de un milagro). Nos encontramos por tanto con que los milagros, entendidos como hechos que violentan el orden de la naturaleza, no se nos aparecen. ¿Qué resta, entonces?

Con un poco de ironía, yo afirmo creer en los milagros... pero no en la definición de Santo Tomás. Sí, creo que los milagros se dan, pero que no son hechos maravillosos (como ver un burro volando). Después de lo dicho, los definiría como la revelación en la naturaleza y en la vida de la gente de un significado sobrenatural. El milagro no se manifiesta a nuestros sentidos, sino a nuestro entendimiento. Y no altera el curso natural de las cosas. El milagro es simbólico, no prodigioso. La visión de la noche estrellada sobre nosotros ya es milagrosa, porque nos manifiesta al Dios creador que está en todas las cosas.

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09 mayo 2011

Una comprensión defectuosa de la resurrección

El mensaje de la Resurrección es importante, porque nos habla de nuestra esperanza de que no moriremos del todo. En cuanto a los testimonios de las apariciones de Jesús después de muerto y resucitado (que si hemos de creer ad litteram al evangelio, llegó a celebrar una barbacoa en la playa con los discípulos), hay un amplísimo debate en la teología actual, que desestima su lectura en un craso sentido literal. Resucitar no es regresar al cuerpo. El teólogo Joseph Ratzinger de Tubinga explicaba la resurrección observando lo que ahora nos parece una obviedad, que la muerte es la extinción del cuerpo biológico (bios), y que la resurrección es el ingreso a una vida distinta (zoe), inimaginable, que trasciende de suyo las leyes físicas, químicas y biológicas.

Los vívidos relatos evangélicos de las apariciones de Jesús resucitado tienen un propósito pedagógico, pero no pueden tomarse como descripción empírica si se quiere que el mensaje de la buena nueva sea creíble para nuestro tiempo. La resurrección mal comprendida haría también incomprensible la muerte de Jesús (si resucitó en el sepulcro, ¿es que no murió, es que estaba dormido?). Nuestra réplica a Pablo será entonces: si Jesús no murió como nosotros habremos de morir, vana es nuestra fe. Ahora bien, las creencias son libres (como ilustra el argumento de la tetera de Russell), y son irrefutables.

A propósito, la mañana del domingo me he desayunado, leyendo el diario Abc, con un artículo del escritor Juan Manuel de Prada, "Cuerpo glorioso" [enlace], que demuestra una comprensión defectuosa de la resurrección. Defectuosa, porque no sabe de lo que habla (en rigor nadie en la vida presente sabe cómo es la resurrección), ni se hace composición de para qué sirve la teología (que no consiste en explicar un catecismo), ni asume que el defensor moderno de la fe, a imitación de los apóstoles, debe procurar cohonestar las creencias religiosas con nuestro conocimiento actual del universo.

Me enoja esta lectura literalista de Prada porque el fundamentalismo bíblico ya no está bien visto en la iglesia. Lo ha repetido Benedicto XVI en su exhortación Verbum Domini (44): "el «literalismo» propugnado por la lectura fundamentalista, representa en realidad una traición, tanto del sentido literal como espiritual, abriendo el camino a instrumentalizaciones de diversa índole (...) El aspecto problemático de esta lectura es que, «rechazando tener en cuenta el carácter histórico de la revelación bíblica, se vuelve incapaz de aceptar plenamente la verdad de la Encarnación misma. El fundamentalismo rehúye la estrecha relación de lo divino y de lo humano en las relaciones con Dios... Por esta razón, tiende a tratar el texto bíblico como si hubiera sido dictado palabra por palabra por el Espíritu, y no llega a reconocer que la Palabra de Dios ha sido formulada en un lenguaje y en una fraseología condicionadas por una u otra época determinada» [Verbum Domini].

Dice Prada en el Abc: "Jesús comió y bebió con sus discípulos después de resucitar, como atestiguan insistentemente los evangelistas y Pedro certifica (Hch 10, 41)." Eso de decir que Pedro certifica, evidencia que nuestro Prada lee las Escrituras como si de un atestado de la policia se tratase, y las interpreta de modo nada sutil. Peor parece que se apoye en disparates: «Pero —repite el cientifista, exasperado—, ¿qué ocurrió en el interior del sepulcro?». Lo que allí ocurrió sobrepasa nuestro entendimiento; pero el jesuita Manuel Carreira, profesor de física y teólogo, ha probado a imaginarlo, basándose en los últimos avances de la mecánica cuántica, que han logrado observar en el laboratorio fenómenos de movimiento discontinuo, compenetración y multilocación en partículas elementales (...)" [negritas y cursivas son mías].

Si la resurrección sobrepasa nuestro entendimiento, ¿a qué viene imaginarlo?  Por no hablar de que un cientifista (como puedo serlo yo), al contrario de como ridículamente lo presenta Prada, nunca se interrogará qué pudo ocurrir en el interior del sepulcro, porque la resurrección es un hecho teologal, no localizable de suyo ni en el tiempo (al tercer día, según las Escrituras) ni en el espacio (resucitar no es levantarse de la tumba, desembarazarse de la mortaja, y abandonar el sepulcro...). Las circunstancias de tiempo y lugar son imaginaciones que repugnan a lo que, por glorificación, trasciende las dimensiones mundanas (el espacio y el tiempo, la materia y la energía). Y si la resurrección de suyo no puede implicar la materia del cuerpo, es ociosa la disparatada invocación a la mecánica cuántica, que se refiere a hechos materiales, por extraños que nos parezcan a nuestra escala. Y en fin, si algún fenómeno subatómico observado en laboratorio lograse validar en algo la resurrección de Jesús, tendríamos que repetir, con Pablo, que ¡vana sería nuestra fe, si se fundase en la mecánica cuántica!

Quien siga la sola letra de los evangelios sin captar su sentido, no podrá entender qué es resucitar. Y en cuanto a cómo se resucita es una pregunta sin sentido, porque quōmodo? es una categoría predicable de hechos mundanos, no de hechos teologales o gloriososExplicar la resurrección como un fenómeno físico, es teológicamente aberrante (tanto como confundir cosas disímiles: el mundo material y la vida eterna), y demuestra una esperanza muy pobre, que se apega a vivencias conocidas del mundo sin saber lo que nos aguarda a la hora de morir. Si hubiese sido un evento físico observable, Jesús no habría resucitado (¡y vana sería nuestra fe, entonces sí!), porque un aparecido no es un resucitado. Quien resucita no regresa a la vida conocida, sino que ingresa en otra vida nueva. Y los aparecidos (como el padre de Hamlet, príncipe de Dinamarca) son eventos de este mundo, no de otro.

Creo por eso que los evangelios, cuando relatan las apariciones del Señor, hablan más de la fe de los discípulos, que de los avatares del cuerpo de Jesús, muerto y sepultado. La resurrección, que es liberación del cuerpo biológico, no puede ser un hecho empírico de este mundo. Así lo explicaba Ratzinger en Tubinga. Sobre esto espero volver en otro momento.

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28 abril 2011

Ratzinger explica la Resurrección

Con ocasión de que Joseph Ratzinger el teólogo, despojado de su autoridad de Sumo Pontífice (aunque no de su título de Papa), haya publicado la segunda parte de su Jesús de Nazaret, me ha parecido bien a mi también (a su lado desde un plano intelectualmente ínfimo) glosar algunas de sus ideas sobre la Resurrección, ya que éste es el tiempo, y es el núcleo de la fe cristiana (igual que en general ya lo era de muchos judíos del tiempo del Maestro, cfr. Lc 20, 27-39).

Esta nueva entrega ("desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección") [Ediciones Encuentro] me parece también, como la primera, supérflua en el orden teológico, ya que Joseph Ratzinger mucho de lo que ahora repite ya lo había dicho, incluso en el detalle, en su Introducción al Cristianismo. Lecciones sobre el Credo apostólico, impartidas en Tubinga en 1967. Por eso me referiré a partir de ahora al epígrafe II.2.4 de estas lecciones ("Resucitó de entre los muertos").

Cuando digo que Ratzinger explica la Resurrección, no quiero decir que describa cómo pudo ser ese supuesto hecho (esto quedará inmediatamente aclarado en las propias palabras del teólogo), sino en el sentido con que el diccionario define explicar: "declarar o exponer cualquier materia, doctrina o texto difícil, con palabras muy claras para hacerlos más perceptibles". En este sentido léxico, Ratzinger ha explicado muy bien, a mi juicio, qué es la Resurrección de Jesús, el objeto de nuestra fe.

La Resurrección del Señor es motivo de escándalo, antes que nada, porque muchos se la imaginan como la de Jesús muerto y sepultado que se levantase de su tumba [resurgens]. Es imposible que la imaginación popular se la pudiese representar de otra manera, ya que por su propio carácter la resurrección es inimaginable (no se la puede representar en una imagen), porque no tiene término de comparación en el orden de cosas conocido.  De ratione imaginis est similitudo (dice Santo Tomás en la S.Th. 1, q.35, a.1), similitudo quae est in specie rei. Por eso tal vez podamos aceptar la iconografía del Jesús crucificado (con toda la idealización con que los artistas han velado la estampa horrorosa de un ajusticiado), pero no la del Jesús resucitado, si no es más que obedeciendo a la devoción popular.

Los saduceos de los días de Jesús, refutaban la resurrección aduciendo aporías tales como el caso de la mujer que contrayese matrimonio sucesivo con siete hermanos. La respuesta que les dio el Maestro (Lc 20, 36) no pudo ser más elegante: quienes sean dignos de la vida futura y de la resurrección, serán como ángeles. Y eso es tanto como decir que un resucitado no será como un hombre o una mujer (no nos lo podremos representar con figura humana).

Ratzinger explica que "la vida del resucitado ya no es bios, es decir, la forma bio-lógica de nuestra vida mortal en la historia, sino zoe, vida nueva, distinta y definitiva, una vida que ha superado el ámbito mortal de la historia del bios mediante un poder más grande. Los relatos neotestamentarios de la resurrección insisten claramente en que la vida del Resucitado ya no se encuadra en la historia del bios, sino fuera y sobre ella". Movido por esta comprensión de los evangelios, propone una "verdadera 'hermenéutica' de los difíciles relatos de la resurrección", partiendo de la idea de que la vida definitiva se escapa a las leyes químicas y biológicas. Esta comprensión es muy congruente con las enseñanzas del Maestro sobre la vida futura.

Sobre la resurrección no puede decirse más que no es un regreso a la vida que conocemos (a la que Ratzinger llama bios), sino el ingreso a una vida distinta (zoe), que no nos podemos figurar, porque no se encuentra término de similitud. Esta moderna comprensión de la resurrección, por disimilitud, provoca extrañeza en el estudio de las preguntas que plantea Santo Tomás en la S.Th. III, como aquella (q.54 a.4) de si Cristo debió resucitar con heridas [conveniens fuit animam Christi in resurrectione corpus cum cicatricibus resumere], dependiente del principio de que todo el cuerpo resucitó en Cristo [quidquid ad naturam corporis humani pertinet, totum fuit in corpore Christi resurgentis].

Hoy, empleando el enfoque de Ratzinger, diríamos que Santo Tomás confundía bios y zoe, porque no disponía del paradigma científico que le hubiese conducido a restringir la biología a lo que muere y perece, la carne y la sangre [caro et sanguis], y que no puede resucitar (porque la resurrección no es un regreso).

Pero, como dice Ratzinger en su lección, esto es sólo "la mitad de las cosas y quedarse aquí sería falsear el mensaje del Nuevo Testamento". En principio, sostiene que encontrarse con el Resucitado es una experiencia que nada tiene que ver con el encuentro con otra persona de nuestra historia. Pero también, que los relatos de los evangelios muestran un acontecimiento fundamental, pues "la fe no nació en el corazón de los discípulos, sino que les vino de fuera y los fortaleció frente a sus dudas y los convenció de que Jesús había resucitado realmente". El Resucitado "ha entrado en el Reino de Dios y es tan poderoso que puede hacerse visible a los hombres". No hallaremos en el texto de Ratzinger ninguna sugerencia acerca de la naturaleza de esta visibilidad, más que no es la propia de un cuerpo físico, y tan sólo significa (así lo entiendo yo) un correlato real de la creencia de los discípulos. Sólo así se entiende que los discípulos estuviesen convencidos de su creencia en la resurrección de Jesús, porque la creían real, no imaginaria (y que nada tiene que ver con una visibilidad físico-óptica).

Esta nueva comprensión de la realidad (que no fisicalidad) de la resurrección de Jesús, nos permitirá comprender mejor la conclusión del estudioso judío Paul Winter, en el clásico de 1961 El proceso a Jesús (citado por Geza Vermes): "Dictaron la sentencia, se lo llevaron. Crucificado, muerto y sepultado, resucitó, pese a todo, en los corazones de los discípulos que le había amado y le sentían cercano. Juzgado por el mundo, condenado por la autoridad, sepultado por las iglesias que proclaman su nombre, resucitado de nuevo, hoy y mañana, en los corazones de hombres que le aman y le sienten cercano". Con Ratzinger diremos que la resurrección, en cuanto real, no puede reducirse a un mero sentimiento cordial, pero que en la historia sólo puede hacerse visible así, en los corazones de los creyentes.

Concluyo con una reflexión sobre el servicio que puede prestar ahora este nuevo libro sobre Jesús, del teólogo Joseph Ratzinger. La fe en que no moriremos del todo, no puede fundarse sólo en la vida terrena del galileo (el "Jesús histórico"), porque los hechos no nos procuran esperanza alguna (como las campañas de Julio César en las Galias no pueden conmovernos íntimamente, de raíz). Pero las versiones populares de Jesús aparecido a sus discípulos, tampoco contribuyen a cohonestar nuestra fe con nuestro conocimiento de la naturaleza. Un "Jesús de la fe" máximamente alejado de la coherencia física y biológica, nunca será comprensible para quienes no creen, lo que conduce, por reacción, a apartar a la gente de un mensaje que habría de ser popular, la buena nueva, que se convierte así subrepticiamente en texto sectario y ocultista. La recepción actual de los evangelios exige un equilibrio entre los hechos fundantes (la historia de Jesús sobre la tierra), y el objeto de la fe (la resurrección), interpretada conforme a nuestros paradigmas. En cuanto a la resurrección de Jesús, me parece necesario no confundir un acontecimiento hecho visible en los corazones de los discípulos, con un evento físico (no confundir bios y zoe, según los términos de Ratzinger).

[Interesante: José Manuel Mora Fandos, "Cómo se pinta un cuerpo glorioso" (enlace)].

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09 octubre 2007

No todo se lo ha tragado la tierra


Dice la esperanza: un día
la verás, si bien esperas.
Dice la desesperanza:
sólo tu amargura es ella.
Late, corazón... No todo
se lo ha tragado la tierra.

ANTONIO MACHADO

Estos versos, del libro Campos de Castilla, los he tomado de un libro al que tengo en gran aprecio, La teología de Antonio Machado (1975), de José María González Ruiz. La imagen del entierro del poeta en Collioure procede de la página Abel Martín. Revista de estudios sobre Antonio Machado.

09 septiembre 2007

El alma separada

"Inquiere también el entendimiento si el alma separada del cuerpo recupera en el día del juicio el mismo cuerpo que tuvo primero. Y entonces asciende a la Divina Justicia, Grandeza y Verdad, con las cuales contempla en Dios un grande, verdadero y justo juzgar; y después desciende a la vista, que ve que cada hombre opera según su libre albedrío, bien o mal; en lo que conoce que el alma recupera el mismo cuerpo, para que el mismo hombre sea remunerado del bien o castigado del mal que haya hecho; porque si no recuperase el mismo cuerpo, la Justicia de Dios no tendría en él tan grande y verdadero acto, respecto de que si juzgaba el alma y no el cuerpo, juzgaría la parte y no el todo."

Ramon Llull, De ascensu et descensu intellectus (1304).

Página de la Universidad de Barcelona:
Centre de Documentació Ramon Llull

07 septiembre 2007

Doctrina de la Fe sobre escatología

La Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el cardenal croata Franjo Seper, emitió el 17 de mayo de 1979 una carta sur quelques questions concernant l'eschatologie (puede consultarse en castellano en este enlace de la Universidad de Navarra). El texto que voy a copiar, tomado de esa carta, puede servir de contraste con las ideas escatológicas del profesor Joseph Ratzinger, que acabamos de ver en la anterior nota. Ratzinger es también autor de un tratado de escatología (1977), firmado antes de su ordenación episcopal, y que en su traducción castellana se encuentra hoy agotado. No parece ofrecer el mismo interés para la "fiebre ratzingeriana" del momento.

"La Iglesia afirma la supervivencia y la subsistencia, después de la muerte, de un elemento espiritual que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el mismo «yo» humano. Para designar este elemento, la Iglesia emplea la palabra «alma», consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la tradición. Aunque ella no ignora que este término tiene en la Biblia diversas acepciones, opina, sin embargo, que no se da razón alguna válida para rechazarlo, y considera al mismo tiempo que un término verbal es absolutamente indispensable para sostener la fe de los cristianos (...)

"En lo que concierne a la condición del hombre después de la muerte, hay que temer de modo particular el peligro de representaciones imaginativas y arbitrarias, pues sus excesos forman parte importante de las dificultades que a menudo encuentra la fe cristiana. Sin embargo, las imágenes usadas por la Sagrada Escritura merecen respeto. Es necesario comprender el significado profundo de las mismas, evitando el peligro de atenuarlas demasiado, ya que ello equivale muchas veces a vaciar de su contenido las realidades que aquéllas representan.

"Ni la Sagrada Escritura ni los teólogos nos dan la luz suficiente para una adecuada descripción de la vida futura después de la muerte. El cristiano debe mantener firmemente estos dos puntos esenciales: debe creer, por una parte, en la continuidad fundamental existente, en virtud del Espíritu Santo, entre la vida presente en Cristo y la vida futura -en efecto la caridad es la ley del reino de Dios y por nuestra misma caridad en la tierra se medirá nuestra participación en la gloria divina en el cielo-; pero, por otra parte, el cristiano debe ser consciente de la ruptura radical que hay entre la vida presente y la futura, ya que la economía de la fe es sustituida por la de la plena luz: nosotros estaremos con Cristo y «veremos a Dios» (cfr. 1 Jn.3, 2); promesa y misterio admirables en los que consiste esencialmente nuestra esperanza. Si la imaginación no puede llegar allí el corazón llega instintiva y profundamente."

06 septiembre 2007

Ratzinger en Tubinga

Antes de proseguir con el examen y crítica de las ideas de Pedro Laín Entralgo sobre la resurrección, me parece conveniente hacer un repaso de lo que han dicho algunos doctores sobre el tema, sin pretender hacer de este blog una suerte de cátedra teológica. Pero el asunto nos interesa máximamente, porque nacimiento y muerte son las dos experiencias que compartimos todos los que hemos venido a esta tierra. Los párrafos que copio están tomadas de las célebres conferencias que impartió el profesor Joseph Ratzinger en Tubinga, en el verano de 1967, "a los oyentes de todas las facultades". Basta leer pocas líneas para apreciar que estamos frente a un gran teólogo de nuestro tiempo, hoy felizmente Papa Benedicto XVI:

“¿Qué es pues lo que la Biblia quiere decir, qué es lo que pretende anunciar al hombre cuando habla cifradamente de la resurrección de los muertos? Creo que la mejor forma de entender esta particularidad es contraponerla a la concepción dualista de la filosofía antigua:

“1. La idea de la inmortalidad que la Biblia expresa con la palabra resurrección significa que la “persona”, que la figura indivisa del hombre es inmortal. Mientras que para los griegos la típica esencia hombre es un producto perecedero que no subsiste como tal, sino que el cuerpo y el alma van por caminos distintos según su respectiva índole, para la fe bíblica es la esencia del hombre la que, aunque cambia, subsiste como tal.

“2. Se trata de una inmortalidad “dialógica” (resurrección), es decir, la inmortalidad no es la consecuencia natural de la conciencia de que lo indivisible no-puede-morir, sino del acto salvador del que ama y tiene poder para hacerlo: el hombre, pues, no puede perecer totalmente porque Dios lo conoce y lo ama (…)

“Las reflexiones anteriores han querido aclarar de algún modo cuál es el contenido del anuncio bíblico de la resurrección. No consiste esencialmente, desde luego, en devolver los cuerpos a las almas tras un largo periodo intermedio (…)

“Lo que un lenguaje sustancialista llamamos “tener un alma”, lo podemos expresar con palabras más históricas y actuales diciendo “ser interlocutor de Dios”. Con esto no decimos que la terminología del alma es falsa, como a veces afirma un biblicismo unilateral y acrítico, porque en cierto modo es necesario para expresar la totalidad de lo que se trata. Pero precisa que se le complete, si no queremos caer en una concepción dualista que no hace justicia a la intuición dialógica y personal de la Biblia”.

Joseph Ratzinger, Introducción al Cristianismo. Lecciones sobre el credo apostólico (1968, 2000)

03 septiembre 2007

La resurrección según Laín Entralgo

“¿Cuál será la realidad del alma separada? ¿Cuál la del cuerpo glorioso? Páginas atrás recordé lo que para responder a esas dos preguntas dijo Santo Tomás de Aquino. Ante ese alarde de osadía imaginativa y de ingenuidad intelectual, es bien comprensible que en la teología cristiana más reciente haya surgido la tesis de la “muerte total” del hombre –el hombre muere todo y del todo-, y que sus protagonistas, admitiendo, cómo no, la creencia en la acción resurrectora de la omnipotencia divina y respetando su insondable misterioridad, hayan pensado que el tránsito de la vida terrenal de una persona a la vida perdurable acontece de un modo no imaginable en el momento de morir.

"Pienso que la idea del hombre propuesta en este libro es admisible cualquiera que sea la actitud –religiosa, atea o agnóstica- ante las preguntas últimas sobre el destino de la vida humana. Y si el opinante es cristiano, sin reserva podrá aceptar como tal cristiano lo esencial de ella: por una parte, la atribución de un carácter radicalmente enigmático a la realidad del hombre; por otra, la visión de esta realidad como un particular dinamismo estructurado, a la vez maravilloso y terrible, en la evolución del global dinamismo cósmico. Mediante ella, creo yo, pueden ser entendidos más actual y más razonablemente que mediante los artificios mentales del hilemorfismo tradicional los tres asertos más medularmente cristianos acerca del hombre: que es imagen y semejanza de Dios (no porque en su realidad haya un “espíritu inmortal”, sino porque en su libertad y su inteligencia finitas puede seguir el camino de la verdad, el bien y el amor), que su vida no acaba con su muerte (porque ha sido creado para una vida perdurable) y que el misterioso tránsito de la vida terrenal a la vida transmortal es una resurrección de todo él (porque científica y filosóficamente no parece admisible la existencia de un “alma separada”)."

Pedro Laín Entralgo, Idea del hombre (1996)


Enlace: Premio Príncipe de Asturias 1989

01 septiembre 2007

La tierra de nuestros sueños

DREAMLAND

There's a land that I have heard about
So far across the sea
To have you all, my dreamland
Would be like heaven to me.

We'll get our breakfast from the tree
We'll get our honey from the bees
We'll take a ride on the waterfalls
And all the glories, we'll have them all.

And we'll live together on that dreamland
And have so much fun.
Oh, what a time that will be
Oh yes, we'll wait, wait, wait and see.

We'll count the stars up in the sky...
...And surely we'll never die.


Bob Marley & The Wailers (1970)

15 abril 2007

Teología relativista

El llamado problema del mal (¿cómo un Dios omnipotente y bondadoso ha creado un mundo plagado de males?) evidencia una defectuosa comprensión de la realidad. Quien hace tal pregunta pretende sentar a Dios en el banquillo y erigirse en Juez y en medida de todas las cosas, ¡nosotros, que somos unos pigmeos en medio del Universo!

Igual que no hay una cosmología que pueda desprenderse de la posición relativa del observador que describe la realidad material, tampoco puede hacerse una teología que olvide que los teólogos son seres naturales y finitos, un ingrediente modesto más del cosmos creado, y que no pueden desprenderse de su posición relativa en la materia. Tomás de Aquino me parece en este punto muy moderno (vid. 'Quomodo Deus a nobis cognoscatur', S.Th. I, 12).

"Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído aquellas palabras de Dios cuando os dice: = Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? = No es un Dios de muertos, sino de vivos.» Al oír esto, la gente se maravillaba de su doctrina" (Mt 22, 31-33).