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24 julio 2019

Una de ciencia ficción

Lo que son las cosas (aunque presumo de mis dotes de magician), hace nada más que año y medio dedicaba aquí una nota al "Ray Bradbury de Garci" [ver], relatando que tuve el golpe de fortuna de encontrarme en una librería la primera edición de Ray Bradbury, humanista del futuro (Madrid, Editorial Helios, 1971), de José Luís Garci. Terminaba la nota con esta esperanza: "Este libro de Garci, sobre Ray Bradbury, humanista del futuro, voy a decir, empleando una expresión acuñada, que es "culturalmente significativo", y debiera volverse a editar, con las debidas actualizaciones. Pero no sé si la agenda, y las preferencias actuales de Garci, se lo permitirán."

Pero sí, claro que sí, ya tenemos en librerías la reedición (en Hatari! Books). He visto un comentario interesante de Fernando R. Lafuente, de ayer mismo [Abc]. En mi nota también decía que nunca he sido adicto al género de la ciencia ficción (al margen de haber leído, como todo el mundo, un poco de Julio Verne, o de Poe). Pero el género me fascina, sobre todo como aficionado al cine. Nunca se me olvida la primera vez que vi, en la tele, los morlocks de El tiempo en sus manos (The Time Machine, George Pal, 1960). Y desde luego, filmes que son clave, como Fahrenheit 451 (François Truffaut, 1966, sobre la novela precisamente de Bradbury) o 2001, que sigue dandome tema para comentar [ver]. Yo diría que, como género imperecedero, donde se nos relata lo maravilloso, puede encontrarse también en los clásicos. Por ejemplo, el Persiles de Cervantes, que leí y comenté el verano pasado [ver].

Estos días, abandonando otras lecturas más espesas, he leído (casi diría que he absorbido) la Breve historia de la ciencia ficción [Nowtilus], que firma Luís E. Íñigo Fernández. Amena y escrita por alguien que parece dominar el género (en libro y en cine). Es el relato desde los más profundos antecedentes (Luciano, sin ir más lejos), hasta Julio Verne o H.G. Wells, alcanzando los últimos autores del género, a la altura del año 2017, incluyendo los españoles. Aunque es poco probable que vaya a dedicarle mucho tiempo a estas novelas (será que estoy desencantado, y ya no me trago las historias fantasiosas), he sido indulgente y me he hecho para el verano con dos clásicos: Solaris (1961), del polaco Stanislaw Lem, y Hacedor de estrellas (1937), del inglés Olaf Stapledon (en la edición de Minotauro, con prólogo de J.L. Borges). En perspectiva, en el inmediato futuro, H.G. Wells.



22 junio 2018

Un día sin mexicanos

La película Un día sin mexicanos (los gringos van a llorar), de título original A Day Without a Mexican (Sergio Arau, 2004), yo no la he visto. En el "tomatómetro" del sitio Rotten Tomatoes, alcanza una puntuación por parte de los críticos de cine del 27% [ver], así que debe ser una película flojita, una comedia de puro entretenimiento sin pretensiones. No obstante, es una película que ha quedado en esa cosa que llaman (y no se sabe muy bien qué es), el imaginario colectivo, o al menos yo la tengo presente algunas veces. Se trata de qué pasaría en la vida cotidiana de las familias de Norteamerica, si un buen día desaparecieran como por encantamiento los mexicanos, esa legión de trabajadores subalternos, muchas veces explotados en condiciones precarias, o incluso en la ilegalidad. Una trasposición a la realidad española, dicen que sería "un día sin latinoamericanos", pero también valdría un día sin magrebíes (que los tenemos más cerca), o incluso un día sin gitanos. El planteamiento es muy bueno, porque nos hace reflexionar sobre el valor y dignidad singular de cada persona, sea cual fuere la ocupación a la que se dedique (se da por descontado ni el color de su piel), pero además con la extraña circunstancia que los trabajos más valiosos debe ser, precisamente, aquellos que tendemos a despreciar más, los de limpiar o servir, etc. Valga esto como tip of the day.

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18 enero 2018

El Ray Bradbury de Garci


Esta semana he encontrado en el mercado de El Jueves, en la calle Feria, un par de libros interesantes. Estos son: G.E. Moore, Ética (Barcelona, Editorial Labor, 1929), traducción de Manuel Cardenal Iracheta de Ethics (1912) [vid] (2€). También ví de la misma colección la Esencia y valor de la democracia, de Hans Kelsen (traducida por Legaz y Lacambra), que no me he llevado porque ya tengo una edición moderna [krk]. El otro es un catálogo de una exposición de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungria, Martínez Montañés y su época (1568-1649) (Ayuntamiento de Sevilla, 1969), con XXXII láminas en blanco y negro (2€).

El libro de la semana, sin embargo, no lo he comprado en El Jueves, sino en una librería de lance. He tenido el golpe de fortuna de encontrar la primeriza monografía del cineasta José Luís Garci, Ray Bradbury, humanista del futuro (Madrid, Editorial Helios, 1971). Raúl, el librero de Re-read  de la calle Tarifa, me felicitó y todo cuando me llevaba el libro. Ese año de 1971 es significativo. Entonces Garci tenía 27 años, a sólo 12 de ganar el premio Oscar de Hollywood [wiki]. Garci ha sido un crítico de cine precoz, que ya publicaba en las revistas especializadas con diecinueve años. En 1971 ya tenía un recorrido hecho, y no debe sorprender que en su libro sobre Ray Bradbury (que cuenta que acortó de un original de mil páginas) demuestre una gran madurez de juicio y su inconfundible estilo desenvuelto, que hemos visto tantas veces cuando Garci ha salido por la tele. Son los años del estreno de 2001, una odisea del espacio, de Stanley Kubrick (1968), aunque me sorprende que en el libro, que trata de un maestro del relato de ciencia ficción como Bradbury [amazon], Garci no mencione la película de Kubrick (aventuro que Garci ya tendría escrito el libro, antes del estreno en España de 2001).

José Luís Garci tuvo el privilegio de que Ray Bradbury escribiese para el libro un prólogo entrañable, en que reconocía a Garci ser un pionero en estudiar su vida y obra. El libro tiene dos partes. La primera, "El hombre...", es la biografía de Bradbury a la altura de 1971, cuando ya disfrutaba de reconocimiento universal (ha fallecido en 2012, a los 91 años [wiki]). La segunda parte, "... Ilustrado", es un comentario detenido a los relatos reunidos en el libro de 1951 The Illustrated Man, que Garci piensa que reúne algunos de los relatos más sobresalientes del autor, desde una perspectiva filosófica, humanista, e incluso teológica (la ciencia-ficción, género del que no soy adicto, contiene casi por necesidad un buen tanto de especulación teológica). Garci no estudia a Bradbury tan sólo como escritor, sino por sus intensos contactos con la cinematografía. Fue guionista de cine, por ejemplo de la versión de Moby Dick (John Huston, 1956), interpretada por Gregory Peck, que Garci considera una gran película. Me he propuesto revisionarla, y tal vez leer uno de los últimos libros de Garci, escritor prolífico, Las 7 maravillas del cine [Notorious], para contrastar su última valoración de este filme clásico. También son interesantes los dos análisis que Garci hace de Fahrenheit 451, como novela o distopía de 1953, en plena campaña de la caza de brujas en Hollywood (la novela representa "el fin de la cultura", comenta Garci), y como película inolvidable de 1966, de Fraçois Truffaut. Los críticos de cine, entre ellos el mismo Garci de 1971, destacan del filme de Truffaut su estética despersonalizada, las sobrecogedoras escenas de incendios de bibliotecas (un tema repetido en la historia de la humanidad), y la gran última parte de la película, en el bosque de los "hombres-libro".

Este libro de Garci, sobre Ray Bradbury, humanista del futuro, voy a decir, empleando una expresión acuñada, que es "culturalmente significativo", y debiera volverse a editar, con las debidas actualizaciones. Pero no sé si la agenda, y las preferencias actuales de Garci, se lo permitirán.

Fotografía de Garci, [via].

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21 diciembre 2017

Mis libros del año 2017

A imitación de otros lectores que han hecho lo mismo, a mí también me gustaría apuntar aquí los que han sido, según mi subjetivísima y libérrima opinión, lo libros de este año 2017. Mi conocimiento de la producción editorial debe estar limitada a un escuálido 1% de los títulos publicados en España, que son los que puedo husmear en visita a las librerías. Siempre me acuerdo de ese clásico de la bibliomanía, Los demasiados libros, del ingeniero mexicano Gabriel Zaid, publicado por vez primera en 1972 [letraslibres], antes del internet, aunque la edición de 1996 habla ya del Print on Demand. Encontrar un libro cualquiera es azaroso. Los libros nuevos cada vez me interesan menos, y me inclino por los viejos, pero sigo atento a las novedades. Estos tres libros que he seleccionado como los "libros del año", por las razones que diré, me parecen los tres excelentes. Me he dado cuenta que dos de estos libros son de la misma editorial (Galaxia Gutenberg), lo que no quiere decir nada más que publica libros que me gustan. Y este es el pódium:

Nº 1. Ana Arambarri, Ataúlfo Argenta: Música interrumpida [Galaxia Gutenberg]. Este libro está destinado a ser un clásico de la literatura musical española. Ana Arambarri, de familia melómana, ha gozado desde la niñez de la amistad de la viuda y los hijos de Ataúlfo Argenta, y ha tenido el privilegio de acceder al archivo del músico, en especial al epistolario entre los esposos, que el libro reproduce con generosidad como excepcional testimonio de una vida musical. El libro es entrañable y escrito con gran destreza literaria, y es algo más que una biografía, que desvela los detalles de la trágica muerte de Ataúlfo Argenta. Con todo, no ha aparecido hasta después de la muerte del hijo de Ataúlfo, Fernando Argenta [elpais]. Es además una crónica de las instituciones musicales españolas que conoció y dominó Ataúlfo Argenta desde su niñez, durante la república, la guerra civil y el régimen de Franco. El nombre de Ataúlfo Argenta yo lo asociaba en mi niñez con los discos de zarzuela, que me siguen gustando. Hoy escogería, por ejemplo, su grabación de 'El retablo de Maese Pedro' y el 'Concierto para clave y cinco instrumentos' de Manuel de Falla (Alhambra/Decca, 1957) [diariomontañes].

Nº 2. Pablo d'Ors, Entusiasmo [Galaxia Gutenberg]. Me he rendido a la maestría de Pablo d'Ors, aunque carezco de autoridad para dirimir si es el mejor narrador en lengua española de este tiempo. Su última novela, Entusiasmo, que pretende ser, según protesta del autor, una autobiografía ficticia, tiene las cualidades de la narrativa clásica. Yo me acuerdo de las escenas, los personajes, y los escenarios de Entusiasmo, como me acuerdo de los del Lazarillo, lo que es muchísimo decir. Y hay que reconocer a Pablo d'Ors la valentía de contar las fortunas y adversidades de un cura joven (claretiano en su novela), responda o no a los derroteros de su propia vida, lo que no interesa para disfrutar de esta narración, que contiene también importantes mensajes morales, como propios de un escritor que es sacerdote católico.

Nº 3. Mónica Barrientos-Bueno, Dentro del cuadro. 50 presencias pictóricas en el cine [UOC]. En general no me gustan los libros de cine. Prefiero ver la película, no que me la cuenten (me pasa lo mismo con los libros de toros y de cante jondo). Pero hago excepciones. El análisis fílmico de los cinéfilos de profesión suele parecerme pedante y premioso, vamos, que son un pestiño. Nada de esto encuentro en este libro de la profesora Mónica Barrientos-Bueno, de la Universidad de Sevilla [fcom]. Es un libro de los que me gustan, que hibrida distintos saberes, aquí muy emparentados, que son el cine y la pintura. Primero hace una tipificación de filmes relacionados con la pintura, y luego analiza una muestra de 50 películas ("50 presencias pictóricas en el cine"). A cualquier aficionado al cine le viene a la mente los ejemplos, como son Rembrandt (Alexander Korda, 1936, interpretado por Charles Laughton), The Picture of Dorian Grey (Albert Lewin, 1945, inevitable en la selección), Vertigo (Alfred Hitchcock, 1958), Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975, estupendo análisis desde el ángulo estético y pictórico), y una de mis favoritas, F for Fake (Orson Welles, 1974). La profesora Mónica Barrientos-Bueno demuestra un dominio de las claves estéticas, necesaria en un libro temático como este. De casta le viene al galgo, porque su hermana Beatriz es pintora célebre [Abc]. El libro aparece en una colección muy atractiva de la UOC, "Filmografías esenciales", aunque el único lunar que le encuentro es que prescinden de ilustraciones, que en mi opinión son obligadas en cualquier libro que aspire a la perfección, mucho más justificadas en los libros de cine.

Y hasta el año que viene, si Dios quiere, que vengan más libros. En mi próxima entrada contaré los libros que he comprado en mi última visita a El Jueves, que no son moco de pavo (¡pobres pavos, lo que les espera!).

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07 junio 2016

De cine y derecho, Platón y los libros

Anoche daban por la tele una película en blanco y negro, que me he perdido, Brigada criminal (Ignacio F. Iquino, 1950). Me hubiera gustado verla porque es una de esas películas de buenos y malos (en la de Dillinger de Johnny Depp, se acaba por no saber quién es el bueno y quién es el malo). Me puse a darle vueltas al asunto del Film and the Law [Hart], quiere decirse lo que pueden enseñarnos las películas acerca del mundo jurídico. En esto han sido pioneros en España eximios juristas a la par que cinéfilos (todos recuerdan al fiscal Torres-Dulce). Hace veinte años, en 1996, el colegio de abogados de Madrid decidió celebrar su cuarto centenario publicando un libro maravilloso, Abogados de cine. Leyes y juicios en la pantalla, volumen colectivo en que colaboraban, por su conexión más o menos evidente  con el cine y el derecho, entre otros, Jaime de Armiñán (Stico, 1985), Fernando Fernán Gómez (La vida por delante, 1958), Pilar Miró (El crimen de Cuenca, 1979), Fernando Vizcaíno Casas (abogado de artistas) o Eduardo Torres-Dulce (fiscal y cinéfilo), y ofrecía una antología comentada del cine jurídico norteamericano (The Verdict es una de mis favoritas, del subgénero "de juicios"). Mas tarde, en el año 2006, hay otro libro de nota, del letrado de Sevilla Emilio G. Romero, que aún no he leído todavía, Otros abogados y otros juicios en el cine español [Laertes], que parece muy recomendable, para documentarse. Bien, en realidad no quería yo ahora hablar del cine y el derecho, asunto en el que podría fácilmente embarbascarme, sino, mucho más en general, sobre los vehículos tecnógicos que sirven para enseñar y educar (puesto que el cine es un gran medio educador). Esto me ha llevado, inevitablemente, al maestro Platón.

He leído una vez más el mito de Theuth y Thamus, sobre la invención de la escritura, que se cuenta en el Fedro, pasaje bellamente comentado por el filósofo sevillano y universal Emilio Lledó en su libro El surco del tiempo (1992). Allí nos dice Platón, o Sócrates, opiniones que nos parecen plausibles. La escritura es un mal invento, porque leyendo no ejercitamos la memoria, ni aprendemos en lo más interior nuestro, porque nos fiamos de que la enseñanza está depositada en los escritos. Lo que está por escrito tan sólo nos vale como un recordatorio, cuando nos falla la memoria. Pero ni siquiera enseña, porque los escritos son mudos a nuestros interrogantes. El auténtico aprendizaje se logra en el diálogo vivo entre presentes.

A todo esto, como en muchas páginas platónicas, no es difícil asentir. Decimos en nuestro fuero interno: ¡cuánta razón tiene este Sócrates! Sin embargo... ¡ah...! Leer, o escribir, no puede ser tan malo. Aquí hay gato encerrado. Vale ya esa objeción evidente de que Platón se enemiste con la escritura, escribiendo, precisamente, y nosotros le asentimos, leyendo. Con acierto Rafael Sanzio representó a maestro y discípulo, Platón y Aristóteles, en el fresco de la Escuela de Atenas, con sendos libros en las manos, en actitud muy escolar (el Timaeus y la Ethica, véase). No, leer no debe ser tan malo. Es verdad que se aprende antes y mejor lo oído que lo leído. Cualquier estudiante (yo mismo, en el bachiller y en la facultad) te podría contar que muchas veces contestaba los exámenes por memoria auditiva, de oídas en clase, antes que de leídas. Es cierto que lo natural es la oralidad, oír decir, y que cualquier extensión artificial del lenguaje, procurada por medios técnicos (audiovisuales o táctiles), interpone una distancia entre el captar y el memorizar, que exige un mayor esfuerzo de atención. Psicólogos y neurólogos podrían explicarlo mejor que yo. La enseñanza y el aprendizaje oral es la situación natural. El uso de medios técnicos es artificial, pero no inhumano. Los maestros enseñan con la palabra, pero también deben enseñar a leer, y ahora a consultar internet. Y los estudiantes deben adquirir destreza en el uso de estos medios. Antes aprendíamos esforzadamente a escribir y leer, y ahora, con mayor naturalidad, los chicos se manejan con el instrumental informático.

Con el panorama técnico de nuestros días, me gustaría responder dónde quedan los libros. ¿Desaparecerán? Mi opinión es que no, que la escritura, aquella invención del dios egipcio Theuth en el mito, es un invento definitivo, como la rueda o el arado. Podrán perfeccionarse los soportes, pero el uso de la escritura será la misma. El cine es otro lenguaje distinto, como lo es la música. Digamos al viejo Sócrates que en todo proceso de enseñanza y aprendizaje, conviven distintos medios de expresión (oral, escrito, auditivo o visual) y que en cada medio es preciso un distinto nivel de atención en el oyente, lector o espectador. Me gustaría terminar con el caso que decía al principio, del Cine y el Derecho. Hay diversos medios de aprendizaje del derecho, pero no creo adecuado privilegiar ninguno. Recuerdo ahora algo leído, que el benemérito jurista Álvaro d'Ors, en su introducción al derecho, decía que el derecho se aprende en los libros. ¡No! El derecho se aprende, en la práctica de la vida diaria, en los tratos y riñas entre particulares, y también en los libros, donde anda escrito qué se habrá de resolver en cada caso. Pero también en la expresión fílmica, máximamente adecuada a lo jurídico (los procesos y contiendas consisten en un transcurso del tiempo, como el mismo relato cinematográfico). Y otra cosa habría que decir para el medio cibernético, que dejo para otra mejor ocasión, pero sobre lo que ya he comentado algo [aquí].

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15 junio 2015

Sor Citroën


Me critican que hable de libros que no he leído. Si se piensa bien, eso de hablar de libros no leídos no pasa de pecado venial. Los libros no se leen, o si acaso deben leerse con pausa. Es grosero leer los libros de un tirón, como el que bebe de una garrafa. Lo que es uno, ya sólo lee en fragmentos, a páginas sueltas, y sólo veo justificado agotar y concluir muy pocos libros (no como en la adolescencia, en que leía hasta el final las novelas de Agatha Christie, a ver quién era el asesino). Con las películas me pasa lo mismo. Ahora que voy a hablar de Sor Citroën (Pedro Lazaga, 1967), resulta que tampoco la he visto nunca de principio a fin, porque suelen echarla por la tele a la hora de la siesta, y sólo he logrado verla por pasajes sueltos, dando cabezadas en el sillón.

Dentro de nada, en un par de años (en 2017), celebraremos el cincuentenario de Sor Citroën, así que me anticipo a las celebraciones. Se trata de una película, ¿cómo diría yo?, inolvidable. Tontorrona, con aire de época, pero que se deja ver muy bien, sin ser ninguna obra de arte. No es una película que haya envejecido particularmente. Es tan española como el vino tinto, o la liga de fútbol. Desde luego merece ser conservada en la Filmoteca Española, por los mismos motivos que las películas americanas se depositan en el National Film Registry de la Library of Congress, cuando se aprecien como "culturally, historically, or aesthetically significant". Pienso que Sor Citroën, cuando menos, es también una película muy relevante para conocer su tiempo. 

Sor Citroën parece la réplica modosa de aquella película tan dramática de Fred Zinnemann, Historia de una monja, que se estrenó inmediatamente en España en 1960, protagonizada por Audrey Hepburn. A su lado, el papel de Gracita Morales es el de una monja blandita y empalagosa, pero que se gasta un "genio racial" cuando toca (nada que ver con el drama tan sutil de Zinnemann). Pero es muy curioso que se nos presente a estas dos monjas, la belga y la española, como hijas de un padre viudo (el padre español no tenía más remedio que ser eso tan hispánico como un factor de estación de ferrocarril). En la película de Zinnemann hay violencia e incluso un asesinato, pero en la de Pedro Lazaga la sangre no llega al río, y como mucho hay, ¡cómo no!, un niño perdido del orfanato, que se lo encuentran unos albañiles que son todos unos cachos de pan, que quieren acercarse a una gasolinera para comprarle al infante un poco de leche caliente.

También se me ocurre que se podría comparar a la monjita española, "la hermana Tomasa", con don Quijote. Ambos van a la aventura (don Quijote en su rocín, y sor Citroën en un dos caballos). Mientras que las aventuras de don Quijote acaban casi siempre mal, a palos, las de sor Citroën acaban siempre bien, como aquella en que un guardia de la porra le pone una multa de tráfico, y al final todo el mundo quiere poner de su bolsillo los veinte duros que se deben. O como cuando sor Citroën va a la gasolinera a repostar, y no quiere pagar las 200 pesetas que marca el surtidor, ¡y consigue ablandar al dueño, para que le perdone la cuenta! Es evidente que las monjas españolas de la vida real son más serias, y pagan sus facturas como Dios manda.

La película Sor Citroën no puede ser más distinta que el Quijote. En la novela, el mundo es tal cual de duro como el de verdad (por eso nos hacen gracia las tonterías de don Quijote y Sancho Panza). En cambio en la película de Gracita Morales, la historia es de color de rosa, y acaba muy bien, y todos contentos. ¡Qué mentira! Por eso será que es una película que logra arrullarnos a la hora de la siesta, con una sonrisa en los labios, como cuando eramos niños.

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09 marzo 2015

La biblioteca de Arturo Pérez Reverte

En mi último articulillo hablaba de la biblioteca del músico Joaquín Sabina, y resulta que este fin de semana el dominical del diario Abc dedicaba su portada a la biblioteca del novelista y académico Arturo Pérez Reverte [wiki], "El reino de Arturo". En otro sitio [jotdwon] leo que posee 30.000 libros, una cifra de una magnitud borgiana, arduo de creer.

Lo que quiero comentar es que esa biblioteca de Pérez Reverte no me parece la de un escritor típico, de mesa revuelta, con intensa vida intelectual. Más bien es la de un señor que padecería una bibliomanía obsesivo compulsiva (compulsive hoarding), que en los pobretones como yo se manifestaría simplemente en un síndrome de Diógenes [wiki].

Es una biblioteca que quita el hipo, digna del castillo de un lord inglés. Esa pregunta de si Pérez Reverte habría leído alguno de sus libros, parece incluso impertinente, en este caso. Pero es una biblioteca de ostentación, no de vida vivida y leída, casi de mírame y no me toques, como decía mi abuela. Aunque me ha hecho gracia que en la fotografía se vislumbre en un rincón una breve colección de libritos viejos de la colección Austral.

Contemplando esta inalcanzable biblioteca en las fotografías, he recordado otro coleccionista de ficción, Charles Foster Kane, que en su lecho de muerte, abandonado del mundo, no tuvo en pensamiento ningún objeto particular de su infinita colección de arte y antigüedades, sino el trineo de su infancia pobre en un remoto lugar del distrito minero del Colorado, "Rosebud" [Drove].

Mirando mis libros, me pregunto yo qué pensamiento les reservaré en mi último suspiro. No soy tan cursi (ni tan estúpido) como para pedir que cuando me encuentre en la agonía, si fuese posible me pusiesen como música de fondo algunta cantata de Johann Sebastian Bach, u otra pieza religiosa semejante. Más bien creo que en ese momento, si Dios me tuviese reservado morir a la antigua, uno no estará para hacer inventario de las posesiones que deja atrás. El papa Francisco lo ha dicho con gracia porteña: "Nunca vi un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre" [zenit].

No, no me acordaré de ningún libro mío. Kane se acordó de su trineo, porque en realidad se acordaba de cuando era niño, en la nieve. Así también puede ser que los coleccionistas de libros, cuando vayamos a morir, no nos acordemos de ningún de esos libros aparatorosos que hubiésemos allegado a golpe de dinero, sino tal vez de la humilde edición (de la colección Austral o Ebro), en que leíamos por vez primera a Quevedo o a quién sé yo, y que escondemos con vergüenza en algún rincón de la biblioteca.



Francisco Umbral : "La piscina" [aquí].

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03 marzo 2012

Humor soviético


Dudo que exista cosa tal como un humor soviético, puesto que la experiencia de los soviets, y en general de cualquier activismo político, tiende a una agria severidad reñida con la chanza. Tampoco sé si existe eso del alma eslava, generalización de los psicodramas de las novelas rusas. Identificar al ruso con los personajes de Dostoievski o Tolstoi, es como pretender medir al pueblo inglés con Dickens, o a los madrileños con Fortunata y Jacinta, aunque sean buenas aproximaciones del tono vital de estos paises.

A lo que me refiero es que la Rusia soviética ha sido fuente de humor inagotable en occidente, del que el primer testimonio conocido es la Ninotchka (1939) de E. Lubitsch. La virtud de esta comedia soviética es que nos hace reír el contraste del mundo soviético, según nos lo imaginamos exageradamente a distancia, poblado de ceñudos comisarios del pueblo, con las actitudes de la gente común y corriente, humilde y sencilla, con sus flaquezas humanas, que a toda costa y en medio de la adversidad, no renuncia ni a la alegría ni a la esperanza (para mí, la mejor escena de Ninotchka es la de la fotografía, en que al final los amigos se reúnen en la lúgubre habitación compartida de Moscú, para recordar los días pasados en París).

Mientras tecleo, me viene a la mente ejemplos archisabidos que mi generación ha visto por la tele, como es la muy risible Última noche de Boris Grushenko (Love and Death, 1975) de Woody Allen; One, two, three (Billy Wilder, 1961), claramente inspirada en aquella de Lubitsch; o la más reciente y celebrada Good bye, Lenin! (2003). En otra ocasión me he referido a la simpática comedia francesa Le Concert (Radu Mihăileanu, 2009) [aquí], que he vuelto a ver en DVD con menos entusiasmo, porque aunque tenga golpes de humor brillantes, y una galería de personajes irrepetible (el ridículo comisario político jubilado es de antología), me parece una película desigual, porque falla en combinar el jewish humour [wiki] con una plúmbea trama romántica a la que parece ser muy dado el cine francés, que no soporto.

En otro contexto, el nazismo (idéntico en sustancia a los soviets), La vita è bella (1997) de Roberto Benigni es ya un film clásico, en que se opone el humor como ultima ratio frente a la tiranía y la esclavitud. Me gusta pensar que el humor cervantino es una variante excelsa de este filón humorístico en que la risa es la defensa de la humanidad. Miguel de Cervantes, quien aprendió a tener "paciencia en las adversidades", no cesó de hacer chistes hasta sus últimos días en esta tierra, viejo y enfermo.

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14 febrero 2012

Cómo se cuenta una historia


La vieja retórica enseñaba que un relato puede comenzar por el principio, ab ovo, o saltándoselo, yendo derecho a un pasaje más movido y dramático, in medias res. Un buen ejemplo, me parece, de este segundo modo, son las Memorias de Adriano (1951), de Marguerite Yourcenar, que en la traducción de Julio Cortázar comienzan así: "Querido Marco: He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas...". La curiosidad por saber el resultado de la visita al médico, enseguida nos engancha en un relato subyugante.

Se explica que comenzar in medias res sea recurso preferido del cine, que debe administrar una historia en 90 minutos de proyección. Todo cinéfilo recuerda el intrigante comienzo de Sunset Boulevard (Billy Wilder, 1950), que nos sumerge, literalmente, en un relato que no desmaya un instante.

Estos dos modos se encuentran en Cervantes. Ab ovo, en el Quijote: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo...". Y en el Persilesin medias res: "Voces daba el bárbaro Corsicurvo a la estrecha boca de una profunda mazmorra, antes sepultura que prisión de muchos cuerpos vivos que en ella estaban sepultados...".  El misterio de quién sería este bárbaro, y qué mazmorra sería aquella, nos zambulle de hoz y coz en la historia.

Otros ejemplos castellanos: El Lazarillo: "Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes...". Compárese con el Criticón, heredero de los viejos relatos de aventuras: "...Aquí, luchando con las olas, contrastando los vientos, y más los desaires de su fortuna, mal sostenido de una tabla, solicitaba puerto un náufrago...".

Veamos qué hay en la literatura inglesa. ¿De qué modo comienza The Great Gatsby? A ver qué opináis: "In my younger and more vulnerable years my father gave me some advice that I've been turning over in my mind ever since...". Ejemplo notorio de historia que comienza por el principio (que parece lo natural), se encuentra en el Huck Finn: "You don't know about me, without you have read a book by the name of The Adventures of Tom Sawyer, but that ain't no matter...". De forma inesperada, el relato de Gulliver comienza ab ovo, y con tono muy convencional, lo que logra por eso mismo un poderoso contraste estético con la historia que va a relatar a continuación: "My father had a small estate in Nottinghamshire; I was the third of five sons. He sent me to Emmanuel College in Cambridge at fourteen years old, where I resided three years, and applied myself close to my studies...".

Un último ejemplo in medias res, porque buscar más casos sería el cuento de nunca acabar, en Seven Pillars of Wisdom: "Some of the evil of my tale may have been inherent in our circumstances. For years we lived anyhow with one another in the naked desert, under the indifferent heaven...". Para seguir practicando en esto de ver cómo comienzan las historias, remito al Hamlet.

En fin, tiene su interés comparar los cuatro evangelios. Cada uno comienza a su modo (y ninguno tan principial como el de Juan). Léase el de Mateo: "Liber generationis Iesu Christi filii David, filii Abraham. Abraham genuit Isaac. Isaac autem genuit Iacob...", que contrasta con el de Marcos, tan distinto: "Sicut scriptum est in Isaia propheta: Ecce ego mitto angelum meum ante faciem tuam, qui praeparabit viam tuam ante te. Vox clamantis in deserto: Parate viam Domini...".

ADDENDUM. También es muy interesante ver cómo comienza su discurso Charles Darwin, en The Origin of Species: "When on board H.M.S. Beagle, as naturalist, I was much struck with certain facts in the distribution of the inhabitants of South America, and in the geological relations of the present to the past inhabitants of that continent...". Otro buen ejemplo de comienzo in medias res.

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15 octubre 2011

Me importa un pimiento


"Me importa un pimiento..." es una posible versión libre de la famosa réplica de Rhett Butler a Escarlata O'Hara: Frankly, my dear, I don't give a damn. Presiento que la lengua castellana es más rica y dúctil que la inglesa para expresar finos matices en ese desplante, desde el culto y desusado me importa una higa, pasando por los rábanos, pimientos, cominos y otros productos de la huerta, hasta las expresiones más groseras y agresivas de me importa un carajo, o un huevo, de más uso en los bajos fondos. Todas estas alternativas responden al mismo esquema: ME IMPORTA UN + [nombre de cosa despreciable]. Por encima de todo, está el vivo carácter de Rhett Butler, cuya elegancia no estriba en las buenas maneras, o en las finas palabras, sino en una actitud liberal ante la vida, y en el honor a la palabra dada. El polo opuesto de Escarlata, que a pesar de ser estúpida, artera, interesada, mentirosa y manipuladora, no se sabe cómo, logra ganarse las simpatías de buena parte de los espectadores. Mi escena favorita de la película es la de Butler en prisión después de la guerra, dejándose ganar en la mesa de juego. Todo un caballero.
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26 septiembre 2011

Folclore y realidad del demonio


Sí, el demonio existe, aunque no hay que tomarlo muy en serio. La semana pasada fue demoníaca. Asistí a una conferencia de Salvador Bofarull, que presentaba en Sevilla su libro Demonios, en plan castizo, artístico, literario y folclórico, con mucho sentido del humor [aquí]. Después, el domingo por la tarde vi en el canal Intereconomía TV, en el programa del petardo de Juan Manuel de Prada [petardo, da (del fr. pétard). 1. m. y f. despect. coloq. Persona o cosa pesada, aburrida o fastidiosa, DRAE], la risible película de Jacques Tourneur La noche del demonio (1957), aunque tenga escenas inquietantes.

Luego de terminar la película llegó un coloquio, a saber, entre un psiquiatra de la Complutense, un buen dominico (exorcista de la archidiócesis de Barcelona), y otros dos más previsibles, el P. Sayés, que dio el palo a la salida [palo (del lat. palus).12. m. coloq. Daño o perjuicio, DRAE], al sugerir que un endemoniado puede hablar en árabe (lengua tan santa como pueda serlo el latín o cualquier otra), y el P. Fortea, relamido como un gato [relamido, da. 1. adj. Afectado, demasiado pulcro, DRAE], que anda presumiendo de demonólogo, pero que no es exorcista ex officio que se sepa, ni él lo aclara. Prada no dejaba hablar, y se mostraba muy preocupado ¡porque los curas no prediquen de los demonios en los púlpitos!

La película más escalofriante que recuerdo de demonios es Angel Heart (Alan Parker, 1987), con Robert De Niro, un espantable Lucífer, y Micky Rourke, el detective que ha hecho un pacto con el diablo. Me parece tan repulsiva que espero no volverla a ver, como sí hago con las que me gustan (Lawrence de Arabia, o El tercer hombre, aunque tengan algo también de demoníacas), pero vale, como tantos otros testimonios de las artes y las letras, para señalarnos la presencia del "nemico numero uno, il tentatore per eccellenza... questo Essere oscuro e conturbante esiste davvero, e con proditoria astuzia agisce ancora; è il nemico occulto che semina errori e sventure nella storia umana" [Pablo VI].

La crisis, la pobreza y las guerras, que someten a la humanidad al hambre y a las enfermedades, son demoníacas porque parecen escapar a nuestro dominio. Yo sí descubro en la historia del mundo una inteligencia pervertida y pervertidora, sea como sea. Pero no pienso que hayamos de abatirnos por eso. Tan malo es negar al diablo [«La plus belle des ruses du diable est de vous persuader qu'il n'existe pas», Ch. Baudelaire], como insistir en su aparente imperio sobre las cosas y procesos mundanos.

Decía Pablo: Si Deus pro nobis, quis contra nos? (Rm 8,31). Quien cree en Dios, nada debe temer. Me parece por eso que el temor a los demonios es signo de impiedad. Si diésemos mucho crédito al poder de los demonios, pasaríamos por alto la maldad que procede de los mismos hombres [de corde enim exeunt cogitationes malae, Mt 15,19]. Por eso no es cristiano predicar sobre el demonio (como le gustaría a Prada), y eso es justo lo que hoy no hace la iglesia.
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18 septiembre 2011

Gigante


La película Gigante (George Stevens, 1956), además de ser obra célebre del séptimo arte, debe figurar en cualquier lista de cinematografía de asunto económico. No hay película en que la economía esté ausente, porque el problema fundamental de esta ciencia, que es la elección de medios y fines, es definitorio de la vida práctica, la de todos los días. En Gigante, los negocios (el ganadero y del petróleo de Texas), y los conflictos sociales (de la población nativa mexicana, y de las mujeres) son temas que saltan al primer plano. Pero no nos interesa esta película tanto por lo que podamos aprender de economía, sino sobre todo porque nos ilustra sobre la condición humana, que en buena parte también es práctica o económica.

El primer episodio de Gigante es definitorio. Es el trato de compra de un caballo de pura raza, que ha llevado a un ganadero texano, Jordan Benedict (Rock Hudson), a viajar a la finca de un médico terrateniente del Estado de Maryland. El gracioso contraste de los personajes sirve para exponer la contienda entre los territorios de un país inmenso y diverso (e pluribus unum). Y aquí se explica el sentido de lo gigante, que en el comienzo son los descomunales fundos texanos, y que al final se nos revela que simboliza la grandeza moral de los hombres y mujeres de Texas.

La definición de gigante del diccionario ("persona que destaca extraordinariamente en una actividad o posee una cualidad en grado muy elevado") conviene a Jordan Benedict antes que a ningún otro personaje de la película, de una gran talla moral que demuestra en la intensa y emocionante escena de la pelea a puñetazos en una venta de carretera, con el fondo de la canción patriótica "The Yellow Rose of Texas". La moraleja de la historia es que lo ambicionable no es el triunfo a cualquier precio, sino la derrota digna, en especial si viene por defender a los más débiles: cum enim infirmor, tunc potens sum (2 Cor 12,10). Todo un tratado de espíritu texano. Y esto nos lleva a preguntarnos si Gigante no será en el fondo un canto al hombre de negocios virtuoso, impasible al éxito o fracaso de sus empresas. A mí me parece que sí.

Si Jordan (Rock Hudson) es el héroe de Gigante, su antagonista evidente es Jett Rink (James Dean), un ranchero pobre resentido con los propietarios, y que por un golpe de fortuna se hace rico de la nada. La escena en que Jett rechaza un trato sobre el legado recibido en testamento, y en la que cuenta los pasos de la linde del terreno, son episodios cumbres de la película. Jett es un empresario con iniciativa (en sus ratos libres estudia a hablar bien), y tiene tanto éxito que sus pozos de petróleo y sus camiones cisterna le comerán el terreno a la ganadería de su antiguo rival. Pero no es virtuoso, como enseña la otra escena de lucha, en la bodega del hotel.

El antagonismo entre Benedict y Jett Rink dramatiza el contraste maniqueo entre virtud moral y éxito económico, que se distancia sorprendentemente de la ética protestante y el espíritu del capitalismo. Podríamos especular sobre si esta minusvaloración de la riqueza capitalista se debe al fondo judeocristiano de la narración (la autora de la novela original Giant, Edna Ferber, era hija de un comerciante judío de origen húngaro). Caigamos en la cuenta de que la segunda moraleja de la historia es que no son la religión ni la virtud los factores que conducen al éxito económico, sino la fortuna y las oportunidades de negocio (un calvinista sostendría por el contrario que la prosperidad económica es signo de predestinación).

Gigante representa en un círculo familiar los cambios dramáticos en la economía y sociedad de Texas del último siglo, y sus efectos en la moral y costumbres. Apela a los sentimientos para hacernos creer que la virtud se encuentra en la grandeza de espíritu de los antiguos rancheros texanos, y no en la prosperidad del negocio del petróleo. Pero las cosas no son tan sencillas y se resisten a la simplicidad de las fábulas. En la realidad económica de Texas la confusión de intereses debió generar nuevas formas de riqueza, nuevos tipos de hombres de negocios, y desde luego nuevos estilos morales. Esta confusión es manifiesta en la película, cuando Benedict acaba por ceder a Jett la explotación del subsuelo de su rancho. El posible mensaje oculto del film es la necesidad de legitimación y rearme moral de la clase poderosa texana en tiempos de cambios profundos.

La sucesión de tipos morales se hace visible en la película en una tríada de mujeres: Luz Benedict, la hermana de Jordan, que encarna los valores rancheros tradicionales, identificada por completo con la tierra, y en el otro extremo, Juana Villalobos, una mexicana nativa, que acaba casándose con el hijo déclassé de los Benedict, y que sufre segregación racial (como la de no ser atendida en la peluquería). En el centro, como elemento catalítico, Leslie (Elizabeth Taylor), el personaje que viene del Este del país para alterar las viejas costumbres (como la de que sólo los hombres traten de política). Las mujeres de la película sugieren una pregunta irresuelta: ¿quién es el dueño de la tierra texana?, en una crisis histórica en que ya se duda de si es más importante el capital raíz (Benedict) o el capital financiero (Jett Rink).

Uno de los episodios más conmovedores de la película, el regreso de la guerra del cadáver del joven mexicano Ángel Obregón, resume la conflictiva situación de las masas obreras nativas. En la ceremonia de sepultura, los afligidos padres reciben de un soldado americano el homenaje de la bandera del país (las barras y estrellas), pero el patrón Benedict, en segundo plano, les entrega también su preciada bandera de la estrella solitaria (lone star flag). El mensaje evidente de la película es que Texas pertenece también a los mexicanos nativos. Pero una lectura escéptica conduce a creer precisamente lo contrario de lo que tan enfáticamente se nos propone: que los nativos mexicanos fueron las masas expoliadas de su tierra. Curiosamente, es la misma tesis que sostiene explícitamente el malo de la película, Jett Rink, cuando se encuentra por primera vez con Leslie Benedict.

La película se presta así a una interpretación materialista. Cualquiera que sea la resolución del conflicto secular entre nativos y colonos, lo manifiesto es que el relato de la película está narrado desde la perspectiva del hombre blanco (Non-Hispanic White). Los nativos se sitúan siempre en el umbral, y son los extraños de la historia (véase la escena de los regalos de Navidad), y los subalternos del negocio. Nada sabemos de sus sentimientos y aflicciones, sino por lo que ven y oyen los hombres blancos que tratan con ellos, nunca de primera mano. Inevitablemente, nos hallamos ante una película tendenciosa y sesgada por principio, situada en la banda de los intereses de la clase poderosa. Aunque de manera inopinada, Gigante es de ese modo también un fiel reflejo de la situación sojuzgada de las masas proletarias de Texas. Por eso debemos valorarla como una gran película.

28 agosto 2011

El nuevo planeta de los simios


Bueno, esta nueva película de El origen del planeta de los simios (2011) es el típico estreno de verano. Muy entretenida, muy bien, el simio César muy expresivo... pero no es para tirar cohetes. Muy desigual (el argumento de la enfermedad del padre, queda varado a mitad de proyección). No resiste la comparación con la de Charlton Heston, que entretiene a todos los públicos, y da mucho que pensar, todavía. La de ahora apenas se queda en una película de violencia urbana, con la cosa graciosa de que son monos en lugar de humanos. En algunos momentos me recordó el Espartaco de Kirk Douglas. Perdón por no darle más nota, pero es que con el cine soy muy exigente.

12 agosto 2011

La primera novela negra española

Este verano he regresado a La Celestina, uno de esos textos excelentes que componen la impedimenta literaria clásica en nuestra lengua. Un clásico es una obra de perspectivas inagotables, que provoca al lector ideas nuevas a cada lectura, y la Tragicomedia es un clásico vivo (este año la representa con éxito la actriz española Gemma Cuervo). Si los ingleses se distraen con la shakespearean question [wiki], los hispánicos no les vamos a la zaga, y también le damos vueltas a la intrigante autoría de la Comedia de Calisto y Melibea (sobre esto sostengo la humilde opinión, contra la tesis dominante, de que Fernando de Rojas es el único autor, aunque esto sólo sea una corazonada).

Reflexionando al concluir la lectura de La Celestina, he caído en la cuenta de que puede entenderse como la primera novela negra española, lo que me explica su irresistible atractivo. El cine negro, que es mi género favorito, se ostenta en películas como The lady from Shanghai (1947), The third man (1949), Touch of evil (1958) y F for Fake (1974), ¡las cuatro de Orson Wells! A su lado, leer La Celestina (o presenciar su representación), es una experiencia que contiene todos los rasgos noir: el crimen urbano, el sexo, el dinero y el poder, los hampones, la crueldad, el cinismo, y las experiencias ambiguas u oníricas (la brujería de la puta vieja es el elemento más comentado).

Para ser honesto, revolviendo en internet me he topado con que esta idea, una Celestina de la serie negra, ya ha sido probada en la práctica por un profesor salmantino, Luís García Jambrina, que incluso ha hecho de Fernando de Rojas un ficticio protodetective de la Salamanca de hace cinco siglos en una novela, El manuscrito de piedra (2008) [reseña], que en vista del éxito de ventas ha tenido continuación. Compartir intuiciones es una manera de confirmar su solidez. El clímax de la Comedia, que es el homicidio de Celestina (en el doceno auto), para mí que tiene el inconfundible aire de familia del género noir, como las escenas violentas de The Killing (Stanley Kubrick, 1956), con la única diferencia de que si en nuestro tiempo los gansters matan a quemarropa, en los días de Rojas los rufianes lo hacían a espada.

Aunque es muy larga, la Tragicomedia se representa en los teatros porque tiene virtudes dramáticas que la hacen representable (los personajes hablan y actúan con naturalidad, y se comunican no sólo con la conversación, sino con los gestos y los ademanes, que el lector se imagina mientras lee, porque se lo sugieren los mismos diálogos). Pero esto es un malentendido, me parece. Sobre todo, La Celestina es una experiencia letrada, destinada a la lectura silenciosa en solitario, o de viva voz en círculo. Es un síntoma que cuando se representa en los teatros, sea adaptada, libre de cultismos y fraseología, que es tanto como mutilar una dimensión fundamental de la obra, dejándola en los desnudos hechos, actos y pasiones.

En su última razón, la Tragicomedia es el relato negro de un crimen, cuya crudeza y verdad sólo podía ser obra de un jurista, un hombre de leyes, Fernando de Rojas, que nos imaginamos que por oficio conocería bien los bajos fondos salmantinos (aquí da en el blanco García Jambrina), y que presenciaría en la plaza pública algún ajusticiamiento como el de los infelices Sempronio y Pármeno, o descubriría en las calles de la ciudad más de un joven descalabrado como el desdichado Calisto ["¡Oh mi señor y mi bien muerto, oh mi señor despeñado! ¡Oh triste muerte sin confesión! Coge, Sosia, esos sesos de esos cantos; júntalos con la cabeza del desdichado amo nuestro. ¡Oh día aciago; oh arrebatado fin!"].

Pero La Celestina es algo más y algo distinto que eso. Las historias morbosas satisfacen la curiosidad y el rijo, pero no procuran un disfrute literario. La pantalla retórica del texto de la Tragicomedia, que a algunos enoja, cumple precisamente la función de distanciamiento estético literario (como no es lo mismo ver a un mendigo en la calle, que contemplar las pinturas de mendigos de Bartolomé Esteban Murillo). Así que díré que La Celestina, a mi juicio, es una obra de arte de las letras, porque filtra la realidad cruda a través del velo de las bellas palabras, lo mismo que hacen el teatro o el cine con sus formas peculiares de expresión.

13 febrero 2011

Juan del Río en el SARUS

El personaje de la fotografía, de camuflaje y boina azul, que mira a la cámara, es ni más ni menos que el arzobispo castrense español, Juan del Río Martín [zenit]. La imagen puede ser de alguna visita a tropas españolas destacadas en oriente medio (dice él que su feligresía llega hasta Afganistán). Juan del Río es un hombre de iglesia muy apreciado en Sevilla, y de la universidad hispalense, de la que ha sido primer director del Servicio de Asistencia Religiosa (el SARUS). Pues resulta que al SARUS (ahora dirigido por el joven cura Álvaro Pereira) se acercó el viernes a dar una conferencia, que fui a escuchar. Me gustó tanto que se me ha ocurrido, ya que tengo blog, contar algo aquí de lo visto y oído.

La destartalada aula 103 de Geografía e Historia, en el Rectorado, estaba repleta de público universitario, el rector incluído. La conferencia iba sobre "Iglesia y cultura mediática" [archisevilla]. Se me perdonará el abrupto arranque de sinceridad, si digo que a mí las lectiones magistrales comienzan a provocarme bostezos. En la conferencia de Juan del Río hubo desde luego magisterio, pero también esos detalles de buen orador que agradecen los oyentes: recuerdos, anécdotas, impresiones y chascarrillos. Fueron los momentos que levantaba la vista de los folios para improvisar, los que más disfruté. Y en uno de esos instantes dijo que algunos católicos tienen la idea equivocada de que a las misas se va a sufrir y a pasarlo mal, evocando por el contrario que el mismo Jesús, cuando predicaba, daba consuelo y contento (y daba de comer) a la muchedumbre que lo seguía.

Decía Juan del Río que la iglesia católica española promueve mucho el voluntariado en la catequesis o en la beneficencia (Cáritas), pero menos en la esfera cultural (incluídas las redes sociales). Tiene razón; para muestra, por casualidad he ido a parar, buscando reseñas de la película El discurso del rey, a la excelente página de crítica cinematográfica de la United States Conference of Catholic Bishops [USCCB], que en su homóloga española parece tener una réplica oficiosa y menos visible [Pantalla 90] (pues no está alojada, como la norteamericana, en el sitio oficial de la Conferencia Episcopal, ni se atreve a dar la calificación moral de cada película reseñada). Debiera tal vez revisarse (esto es nota mía) si los obispos españoles últimamente se han empleado a fondo en la moral sexual y familiar, en que el encontronazo con la mentalidad corriente está asegurado, y sin embargo no hayan sabido librar batallas en el campo de la cultura y de las ideas, donde se precisa un mayor espíritu liberal y tolerante.

La iglesia española tiene la asignatura pendiente de la comunicación, que es su razón de ser (puesto que evangelizar es dar una noticia, la buena nueva). En las diócesis, explicaba Juan del Río, los obispos prefieren mandar a sus curas a hacer estudios tradicionales (dogmática, liturgia, y cosas así) y se resisten a enviarlos a estudiar comunicación. Contaba de él mismo que, siendo joven, en el arzobispado de Sevilla pensaron enviarlo a cursar estudios de Communication a la universidad de los jesuítas de Washington, pero que entonces el cardenal Bueno Monreal sentenció: "¡este chico, antes de comunicar, lo que tiene es que llenar de ideas la cabeza!", y lo destinó a la Gregoriana de Roma. La anécdota me parece simpática, significativa, y nada lejana del magisterio platónico del diálogo Gorgias (donde Sócrates enseña que el orador no ha de dejarse llevar por las ideas corrientes, ni limitarse a ser diestro en la polémica, sino que debe enseñar la verdad, no lo que convenga o agrade al público de las asambleas).

También tuvo gracia Juan del Río cuando aludió a los malos modos de esos profetas cabreados, los "profetas de calamidades", que dan un pésimo cariz a la presencia de la iglesia en los medios (y en internet, donde proliferan esos orates). Contó otra anécdota, de una de sus intervenciones en la plenaria de la conferencia episcopal, cuando, después de pedir la palabra, se limitó a decir: "aprendamos de la manera de enseñar de su santidad Benedicto". Juan del Río pone al papa Benedicto XVI como ejemplo del modo recto de comunicar la verdad, con sabiduría y mansedumbre. Jamás se habrá oído al papa, decía, transmitir sus enseñanzas con un tono desabrido, única forma de hacerse escuchar por el mundo sin ser aborrecido al primer intento.

Con esa misma manera sabia, y mansa, me ha parecido que habla hoy monseñor Juan del Río. La tarde del viernes, durante su conferencia, he tenido la clara percepción de que es una estrella ascendente en el episcopado español. Pero no estoy vaticinando, en absoluto, que le aguarden superiores destinos. Tan sólo espero que crezca su ascendiente, y que se imponga, como auténtica necesidad, la línea de magisterio sabio y misericordioso en la iglesia española, de la que Juan del Río es ejemplar.

06 febrero 2011

El discurso del rey Jorge VI de Inglaterra


Pues bueno, ya por fin he ido a ver El discurso del rey (The King's Speech, Tom Hooper, 2010) [wiki] (en versión original, la sala atestada de público), y no me ha parecido nada del otro jueves. Que sí, que es muy entretenida, y muy bien hecha, y los peaso actores están muy bien... Pero, ¡psss!

La debilidad de esta película me parece que es su tremenda superficialidad. Todo el drama del protagonista parece girar en torno a su tartamudez, olvidando que su país estaba entonces apesadumbrado por la inminencia de la guerra con Alemania. En la película, esta circunstancia histórica sólo interesa como telón de fondo. En consecuencia, los personajes resultan débiles y ridículos, incluso frívolos en exceso (caso de Eduardo y Wallis Simpson). El abnegado pueblo inglés aparece fugazmente, como figurante. Me gustó más, dónde va a parar, The Queen (Stephen Frears, 2006) [wiki].

Y como no tengo nada más que añadir, concluiré con una cita pedante (ya que estoy en racha política) de la Retórica de Aristóteles: "La puesta en escena se centra en la voz, en la manera que debe usarse para cada emoción... Parece que es un asunto vulgar, si se considera adecuadamente. Con todo, como toda la práctica de la retórica se refiere a las apariencias, hay que cuidar este aspecto, no por ser correcto, sino por ser inevitable... Así que lo que se refiere a la manera de hablar tiene, pese a todo, una necesidad, aunque sea pequeña, en toda enseñanza, pues para la demostración tiene su importancia expresarse de un modo u otro, pero no tanta como se cree; lo que ocurre es que todo ello es una especie de alarde pensando en el oyente, por eso nadie enseña geometría de esta manera" (trad. Alberto Bernabé).

Otra opinión: Juan José García Noblejas: Oscares: gana el melodrama ("El discurso del rey") sobre la tragedia ("La red social") [Scriptor].

29 enero 2011

El hombre que pudo reinar


Las vidas de los ilustres filósofos Sócrates y Platón, pensamos, darían para rodar una película épica, y es incomprensible que Hollywood no la haya producido todavía. Otra gran película del modo de vida filosófico es La caida del imperio romano (Anthony Mann, 1964), meditación estoica, en imágenes y pasiones, del curso de la vida de los hombres. Alec Guinnes hacía el papel de emperador Marco Aurelio, y James Mason el de su amigo Timónides. Ambos actores supieron representar en sus rostros y gestos al político filósofo, el que logra armonizar en su vida la acción y la contemplación.

El enfoque filosófico del séptimo arte, the philosophy of film [Stanford], es un campo de reflexión que da mucho juego, para quienes somos aficionados al cine. No tengo claro que la vida de Platón, quia philosophus, sea de película. Aunque podemos sentar el principio de que un filósofo olímpico, puro y desentendido de los accidentes del mundo, sería una anomalía, porque la vida filosófica común debe ser agitada. Pensamos en el philosophe engagé de cualquier tiempo, porque no otra cosa fueron Sócrates, Platón y Aristóteles (como también Agustín de Hipona, o Tomás de Aquino, enzarzados en la política eclesiástica de su tiempo). Por eso si cualquier buena película se deja analizar con categorías metafísicas (philosophical analysis of films) también las vidas de los filósofos se prestan como ninguna otra para una divertida película de acción... y de contemplación.

Cuando he sugerido que Sean Connery podría haber sido el mejor candidato para representar a Platón en la pantalla, tenía en mente su papel protagonista en The man who would be king (John Huston, 1975), una película irresistible porque tiene la forma de cuento oriental, la fábula del aventurero que trepa audazmente al trono mítico de Alejandro, y de su caída. Es una película lograda, feliz. Una de las escenas que más gracia me hacen (en una cinta que no desfallece un instante) es cuando los dos chantajistas, Peachy (Michael Caine) y Danny (Connery), son llamados a capítulo por el gobernador de la región, que amaga con expulsarles de la India, y ellos le devuelven el golpe amenazando con divulgar los tejemanejes del gobernador con la hermana del rajá... Cuantas veces la veo me hace sonreir, porque ilustra a la perfección el cinismo del gobernante de medio pelo, que intenta encubrir sus corruptelas con una apariencia de honorabilidad. En esa escena los dos pillos se ganan la simpatía del espectador.

El hombre que pudo reinar es un retrato verista e irónico de aquellos reyezuelos de la antigüedad (como sería el tirano de Siracusa, Dionisio, que trató Platón), y no hay que desdeñar tampoco que sea un idilio masónico, de cuya imaginería se nutre la película (según el cuento de Kipling, masón desde su juventud), igual que el Singspiel mozartiano Die Zauberflöte. Como las Mil y una noches, como El Quijote, bebe de las remotas fuentes de las historias maravillosas de oriente, que desembocan en nuestro tiempo en el cuento de "El traje nuevo del emperador", de Hans Christian Andersen. En suma, en cualquiera de esas fábulas antiguas o modernas, como en la misma película de John Huston, reconocemos el tema filosófico de la apariencia y la verdad, que me parece el núcleo del magisterio platónico.

La película tiene profundas resonancias con la novela cervantina. Ambas cuentan la historia de dos perdedores, que en su derrota desvelan la cara oculta del poder. Igual que el gobierno de Sancho Panza, los avatares del reino frustrado del aventurero escocés Daniel Dravot (trasunto posible del mismo Sean Connery) presentan un cariz jocoserio, que nos pone en guardia sobre la legitimidad del poderoso. La moraleja de estas historias es que el rey no es un semidiós (como lo fue, según cuentan, Alejandro de Macedonia), sino nada más que un hombre, que puede sucumbir a la ambición, la codicia y la lujuria.

Los paralelos de estos dos gobiernos no terminan ahí. Ni Sancho, ni Danny (Connery), fueron reyes corruptos, como pudo serlo el tirano de Siracusa. Sancho dimite ("saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra señal para dar a entender que he gobernado como un ángel", Quijote, II,53), y el final de Danny es heróico, y lo redime (es la más sublime escena del filme). Quizá vidas tan ejemplares sólo quepa hallarlas en las fábulas.

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16 enero 2011

Los mártires del Atlas


Si alguien piensa que el arte cinematográfico se encuentra en decadencia, para desmentirse debe ver esta laureada película que acaba de estrenarse, Des hommes et des dieux (Xavier Beauvois, 2010) [wiki], que dramatiza el secuestro y ejecución de siete monjes trapenses, durante la guerra civil de Argelia (1996), de la abadía de Notre Dame de l'Atlas, en Tibhirine, en el norte del país. La historia es desgarradora, y presenta el debate interior de unos religiosos amenazados de muerte, pero que tienen presente la enseñanza del Maestro: el que quiera salvar su vida la perderá; y quien pierda su vida por mí, ese la salvará. La película además presta en nuestros días un gran servicio, que es recordar la hermandad profunda de todos los pueblos y de todas las religiones (des hommes et des dieux).