El otro día, tomando café, un amigo me descerrajó la pregunta temida: ¿Te has leído todos tus libros? Mi respuesta es que coleccionar libros, como la filatelia, es una afición que procura disfrute, sin necesidad de que cada libro sea consumido por entero: basta contemplarlo, poseerlo. Pero los bibliófilos también son lectores, por lo común. Leer y coleccionar libros son cosas diferentes, pero que pueden ir juntas.
En la Feria del Libro Antiguo de Sevilla de este año, del que voy haciendo mi crónica particular, aún he encontrado otros libros de precio módico: el Cervantes, clave española, de Julián Marías, y una bonita guía de Santiago de Compostela de Ramón Otero Pedrayo, con fotografías en blanco y negro, en una de esas ediciones de la editorial Noguer de los años 70, que andan desperdigadas en las librerías de viejo de toda España.
En la Feria del Libro Antiguo de Sevilla de este año, del que voy haciendo mi crónica particular, aún he encontrado otros libros de precio módico: el Cervantes, clave española, de Julián Marías, y una bonita guía de Santiago de Compostela de Ramón Otero Pedrayo, con fotografías en blanco y negro, en una de esas ediciones de la editorial Noguer de los años 70, que andan desperdigadas en las librerías de viejo de toda España.
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Por huir de tanto libro sobado y traído, me he asomado a la librería a husmear novedades. Esta vez me ha llamado la atención las memorias del longevo Mario Bunge, Entre dos mundos (Universidad de Buenos Aires), y leyendo de pie algunos pasajes en el pasillo, he comprendido que es uno de esos libros que ya no leeré. En parte es una propaganda de la filosofía racionalista, materialista, cientista, del autor, con su poco de chismografía académica (que si dio tal curso o conferencia, que si publicó no sé qué libro, que si viajó a no sé dónde, que si almorzó o cenó con no sé quién...). Total, que por falta de afinidad y sin ningúna curiosidad por las andanzas de este profesor, el libro no me interesa.
Y eso que el género de las memorias intelectuales me subyuga. De adolescente leí La evolución de mi pensamiento filosófico, de Bertrand Russell. El modelo antiguo son las Confesiones de San Agustín. Por eso se me ha abierto el apetito intelectual, y creo que los días de asueto que se avecinan de final de año me dedicaré a releer otro clásico, el Unended Quest de Karl Popper (del que tan próximo se siente Mario Bunge).
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