Majao (p.p. de majar) [derivado del latín "malleus" (martillo)]: 'quebrantado a golpes, machacado', y también 'molesto, cansado'. Público (adj.): 'notorio, patente, manifiesto, visto o sabido por todos'.

11 marzo 2015

Padilla y la Anarquía


Esta mañana me he pasado por la librería de José Manuel Padilla [facebook], en el número 4 de la sevillanísima calle de la Feria, cabe la Iglesia de San Juan de la Palma [conocer]. A Padilla puedo llamarle con estricta justicia "mi editor", puesto que desde aquel año 1998 me ha publicado ya tres libros. Me maravilla su fondo inagotable. Dicen que tienen en su catálogo unos 700 títulos, que quieren revitalizar. De momento, están saldando algunos, como los tres tomos de la "Antología general de la poesía andaluza" de Jurado López y Moreno Jurado, ¡por sólo 6 eurillos! Algunos de sus libros son auténticas preciosidades, como la edición facsímil de "La casa sevillana", conferencia de Joaquín Hazañas y La Rúa, que reproduce las fotografías y dibujos de la primitiva edición de 1928. Hoy me he llevado La anarquía, de Errico Malatesta, edición del profesor Juan Saá Duque, que Padilla publicó en 1994 y ahora en 2015 acaba de reimprimir, en plan artesanal como todo lo suyo. Cuesta 9 euros la unidad. En la imagen [facebook], nos explica que la primera vez que se editó «La anarquía», en 1994, la cubierta se hizo en termoimpresión. Esa es la plancha sobre la que se grababa.

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09 marzo 2015

La biblioteca de Arturo Pérez Reverte

En mi último articulillo hablaba de la biblioteca del músico Joaquín Sabina, y resulta que este fin de semana el dominical del diario Abc dedicaba su portada a la biblioteca del novelista y académico Arturo Pérez Reverte [wiki], "El reino de Arturo". En otro sitio [jotdwon] leo que posee 30.000 libros, una cifra de una magnitud borgiana, arduo de creer.

Lo que quiero comentar es que esa biblioteca de Pérez Reverte no me parece la de un escritor típico, de mesa revuelta, con intensa vida intelectual. Más bien es la de un señor que padecería una bibliomanía obsesivo compulsiva (compulsive hoarding), que en los pobretones como yo se manifestaría simplemente en un síndrome de Diógenes [wiki].

Es una biblioteca que quita el hipo, digna del castillo de un lord inglés. Esa pregunta de si Pérez Reverte habría leído alguno de sus libros, parece incluso impertinente, en este caso. Pero es una biblioteca de ostentación, no de vida vivida y leída, casi de mírame y no me toques, como decía mi abuela. Aunque me ha hecho gracia que en la fotografía se vislumbre en un rincón una breve colección de libritos viejos de la colección Austral.

Contemplando esta inalcanzable biblioteca en las fotografías, he recordado otro coleccionista de ficción, Charles Foster Kane, que en su lecho de muerte, abandonado del mundo, no tuvo en pensamiento ningún objeto particular de su infinita colección de arte y antigüedades, sino el trineo de su infancia pobre en un remoto lugar del distrito minero del Colorado, "Rosebud" [Drove].

Mirando mis libros, me pregunto yo qué pensamiento les reservaré en mi último suspiro. No soy tan cursi (ni tan estúpido) como para pedir que cuando me encuentre en la agonía, si fuese posible me pusiesen como música de fondo algunta cantata de Johann Sebastian Bach, u otra pieza religiosa semejante. Más bien creo que en ese momento, si Dios me tuviese reservado morir a la antigua, uno no estará para hacer inventario de las posesiones que deja atrás. El papa Francisco lo ha dicho con gracia porteña: "Nunca vi un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre" [zenit].

No, no me acordaré de ningún libro mío. Kane se acordó de su trineo, porque en realidad se acordaba de cuando era niño, en la nieve. Así también puede ser que los coleccionistas de libros, cuando vayamos a morir, no nos acordemos de ningún de esos libros aparatorosos que hubiésemos allegado a golpe de dinero, sino tal vez de la humilde edición (de la colección Austral o Ebro), en que leíamos por vez primera a Quevedo o a quién sé yo, y que escondemos con vergüenza en algún rincón de la biblioteca.



Francisco Umbral : "La piscina" [aquí].

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02 marzo 2015

El Ulysses de Joaquín Sabina


Interrumpo mi mutismo. El otro día echaron por la tele una entrevista a Joaquín Sabina [wiki], en su casa, donde mostró su en verdad impresionante colección de libros de bibliófilo. O sea, que además de cantar mejor o peor, a Sabina le gusta también esta droga adictiva de los libros, en su variedad de lujo. Es notorio que posee una rara primera edición del Ulysses, firmada por James Joyce, que enseñó a los telespectadores. No dice cuánto invirtió en eso. Leo por ahí [The Guardian] que hace cinco años, en la feria internacional de libreros anticuarios de Londres (the Olympia Fair), se subastó un ejemplar parecido (como el de la imagen) por 275.000 libras, unos 375.000 euros. Pues bueno.

Ahora no me voy a rasgar las vestiduras, ni mesarme los cabellos, como si fuese un Judas redivivo, protestando porque con perfumes tan caros podría alimentarse a muchos pobres. No, qué va, cuando a mí mismo no me duelen prendas en aflojar la guita y gastarme mis buenos 40 euros en una espléndida edición de las Poesías completas de don Miguel de Unamuno (Escelicer / Las Américas, 1966). Pero sí hay detalles que me llaman la atención.

A mí también me gustan los libros, pero estoy algo hastiado. Sé valorar un buen libro, pero sin pasarme. Un tocho de papel viejo (aunque sea de buen papel) no me parecerá nunca tan valioso como para reconocer una buena compra en 275.000 libras. Nunca.

Un libro antiguo, cuanto más raro, menos justificado está que se encuentre en manos de particulares. Su destino es una gran biblioteca (la Biblioteca Nacional, o la de una Real Academia). Si la rareza es menor, tampoco está justificada la posesión privada, porque el libro impreso, por esencia, pertenece a una raza que se reproduce. Hay muchos Ulysses. ¿Por qué pagar tanto por uno, cuando se encuentran otros más baratos? Sí, es verdad que un puñado (tal vez un centenar, en todo el mundo) está firmado por James Joyce. Pero el detalle de la firma tampoco hay que llevarlo tan lejos. ¿O es que el coleccionista le da todas las noches un beso al libro?

Pagar 300.000 euros por un libro viejo, que no es un incunable ni un manuscrito, sino una simple impresión del año 1922, es una barbaridad, se mire como se mire. Porque no es fácil recuperar la inversión. Y porque cualquier financial counselor te diría que no inviertas más del 5% de tu fortuna en libros, sean los que fueren. Más de eso es una imprudencia.

Aunque, ¿no será que le tengo envidia a Sabina?

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"Las burbujas de los libros viejos" [El País].

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