18 septiembre 2011

Gigante


La película Gigante (George Stevens, 1956), además de ser obra célebre del séptimo arte, debe figurar en cualquier lista de cinematografía de asunto económico. No hay película en que la economía esté ausente, porque el problema fundamental de esta ciencia, que es la elección de medios y fines, es definitorio de la vida práctica, la de todos los días. En Gigante, los negocios (el ganadero y del petróleo de Texas), y los conflictos sociales (de la población nativa mexicana, y de las mujeres) son temas que saltan al primer plano. Pero no nos interesa esta película tanto por lo que podamos aprender de economía, sino sobre todo porque nos ilustra sobre la condición humana, que en buena parte también es práctica o económica.

El primer episodio de Gigante es definitorio. Es el trato de compra de un caballo de pura raza, que ha llevado a un ganadero texano, Jordan Benedict (Rock Hudson), a viajar a la finca de un médico terrateniente del Estado de Maryland. El gracioso contraste de los personajes sirve para exponer la contienda entre los territorios de un país inmenso y diverso (e pluribus unum). Y aquí se explica el sentido de lo gigante, que en el comienzo son los descomunales fundos texanos, y que al final se nos revela que simboliza la grandeza moral de los hombres y mujeres de Texas.

La definición de gigante del diccionario ("persona que destaca extraordinariamente en una actividad o posee una cualidad en grado muy elevado") conviene a Jordan Benedict antes que a ningún otro personaje de la película, de una gran talla moral que demuestra en la intensa y emocionante escena de la pelea a puñetazos en una venta de carretera, con el fondo de la canción patriótica "The Yellow Rose of Texas". La moraleja de la historia es que lo ambicionable no es el triunfo a cualquier precio, sino la derrota digna, en especial si viene por defender a los más débiles: cum enim infirmor, tunc potens sum (2 Cor 12,10). Todo un tratado de espíritu texano. Y esto nos lleva a preguntarnos si Gigante no será en el fondo un canto al hombre de negocios virtuoso, impasible al éxito o fracaso de sus empresas. A mí me parece que sí.

Si Jordan (Rock Hudson) es el héroe de Gigante, su antagonista evidente es Jett Rink (James Dean), un ranchero pobre resentido con los propietarios, y que por un golpe de fortuna se hace rico de la nada. La escena en que Jett rechaza un trato sobre el legado recibido en testamento, y en la que cuenta los pasos de la linde del terreno, son episodios cumbres de la película. Jett es un empresario con iniciativa (en sus ratos libres estudia a hablar bien), y tiene tanto éxito que sus pozos de petróleo y sus camiones cisterna le comerán el terreno a la ganadería de su antiguo rival. Pero no es virtuoso, como enseña la otra escena de lucha, en la bodega del hotel.

El antagonismo entre Benedict y Jett Rink dramatiza el contraste maniqueo entre virtud moral y éxito económico, que se distancia sorprendentemente de la ética protestante y el espíritu del capitalismo. Podríamos especular sobre si esta minusvaloración de la riqueza capitalista se debe al fondo judeocristiano de la narración (la autora de la novela original Giant, Edna Ferber, era hija de un comerciante judío de origen húngaro). Caigamos en la cuenta de que la segunda moraleja de la historia es que no son la religión ni la virtud los factores que conducen al éxito económico, sino la fortuna y las oportunidades de negocio (un calvinista sostendría por el contrario que la prosperidad económica es signo de predestinación).

Gigante representa en un círculo familiar los cambios dramáticos en la economía y sociedad de Texas del último siglo, y sus efectos en la moral y costumbres. Apela a los sentimientos para hacernos creer que la virtud se encuentra en la grandeza de espíritu de los antiguos rancheros texanos, y no en la prosperidad del negocio del petróleo. Pero las cosas no son tan sencillas y se resisten a la simplicidad de las fábulas. En la realidad económica de Texas la confusión de intereses debió generar nuevas formas de riqueza, nuevos tipos de hombres de negocios, y desde luego nuevos estilos morales. Esta confusión es manifiesta en la película, cuando Benedict acaba por ceder a Jett la explotación del subsuelo de su rancho. El posible mensaje oculto del film es la necesidad de legitimación y rearme moral de la clase poderosa texana en tiempos de cambios profundos.

La sucesión de tipos morales se hace visible en la película en una tríada de mujeres: Luz Benedict, la hermana de Jordan, que encarna los valores rancheros tradicionales, identificada por completo con la tierra, y en el otro extremo, Juana Villalobos, una mexicana nativa, que acaba casándose con el hijo déclassé de los Benedict, y que sufre segregación racial (como la de no ser atendida en la peluquería). En el centro, como elemento catalítico, Leslie (Elizabeth Taylor), el personaje que viene del Este del país para alterar las viejas costumbres (como la de que sólo los hombres traten de política). Las mujeres de la película sugieren una pregunta irresuelta: ¿quién es el dueño de la tierra texana?, en una crisis histórica en que ya se duda de si es más importante el capital raíz (Benedict) o el capital financiero (Jett Rink).

Uno de los episodios más conmovedores de la película, el regreso de la guerra del cadáver del joven mexicano Ángel Obregón, resume la conflictiva situación de las masas obreras nativas. En la ceremonia de sepultura, los afligidos padres reciben de un soldado americano el homenaje de la bandera del país (las barras y estrellas), pero el patrón Benedict, en segundo plano, les entrega también su preciada bandera de la estrella solitaria (lone star flag). El mensaje evidente de la película es que Texas pertenece también a los mexicanos nativos. Pero una lectura escéptica conduce a creer precisamente lo contrario de lo que tan enfáticamente se nos propone: que los nativos mexicanos fueron las masas expoliadas de su tierra. Curiosamente, es la misma tesis que sostiene explícitamente el malo de la película, Jett Rink, cuando se encuentra por primera vez con Leslie Benedict.

La película se presta así a una interpretación materialista. Cualquiera que sea la resolución del conflicto secular entre nativos y colonos, lo manifiesto es que el relato de la película está narrado desde la perspectiva del hombre blanco (Non-Hispanic White). Los nativos se sitúan siempre en el umbral, y son los extraños de la historia (véase la escena de los regalos de Navidad), y los subalternos del negocio. Nada sabemos de sus sentimientos y aflicciones, sino por lo que ven y oyen los hombres blancos que tratan con ellos, nunca de primera mano. Inevitablemente, nos hallamos ante una película tendenciosa y sesgada por principio, situada en la banda de los intereses de la clase poderosa. Aunque de manera inopinada, Gigante es de ese modo también un fiel reflejo de la situación sojuzgada de las masas proletarias de Texas. Por eso debemos valorarla como una gran película.

14 septiembre 2011

Economía para católicos

En el post anterior se me ocurrió citar al premio Nobel de Economía Paul Samuelson, que en las primeras páginas de su Curso aleccionaba a los estudiantes para que aprendiesen "a ver las cosas tal como son, objetiva y desapasionadamente, sin relacionarlas con sus preferencias o sus deseos personales". Los economistas de profesión habrán reconocido ese principio (economía positiva vs. economía normativa) que se les inculca casi en los primeros días de estancia en las aulas. Cuando hace poco he leído esas palabras de Samuelson, me pareció bien recordar distinción tan elemental, porque en el momento presente, en que tantos arbitristas pretenden hacer diagnóstico de la coyuntura, se confunden realidades, deseos e intereses de parte. Muy agudamente decía Samuelson, a la altura de 1951, que "no existe una teoría económica para los republicanos y otra para los demócratas, ni una para los obreros y otra para los patronos".

Es cierto que unos mínimos principios éticos son un ingrediente de la práctica económica, aunque los hechos desnudos no son buenos ni malos de por sí (como tampoco ni el dinero ni la riqueza son intrínsecamente perversos), sino que es buena o mala la conducta de la gente. La película ¡Qué bello es vivir!, del buenazo de James Stewart, ilustra la necesidad de separar los buenos propósitos de la mejor praxis profesional. Por más que en la historia se nos retrate al banquero Potter como un malvado, lo cierto es que no hay más que una única manera de hacer banca sin causar serios perjuicios a los clientes, trabajadores y accionistas (y en última instancia a los contribuyentes), y que en el mundo de los negocios los finales no son casi nunca tan felices como nos lo pinta la película. Los banqueros, por el sólo hecho de serlo, no son malos, aunque haya malos banqueros.

La separación de hechos y valores es patrimonio universal de las ciencias. Por ejemplo, el derecho no es bueno ni malo (el derecho es una idea pura, sin ideología), aunque haya leyes buenas o malas según el parámetro de justicia que adoptemos. Y los médicos aprenden a curar las enfermedades de la gente, aunque unos se hagan por elección médicos de pobres (me acuerdo de una escena de la película Gigante), mientras otros encuentran un desahogado modus vivendi en curarle la jaqueca a las marquesas. Pero unos y otros practican la misma medicina.

En esas estaba, cuando me ha llegado la propaganda de un libro que me ha hecho gracia, Economía básica para católicos, de un Samuel Gregg, que debe corresponder al que en inglés suena un tanto mejor, Economic Thinking for the Theologically Minded [Acton Institute]. El título en español me hizo dar un respingo, porque no parece que exista, como advertía Samuelson, una teoría económica para los católicos, y otra para los demás. Esa es la cualidad de la ciencia, que es universal. Me callo, sin embargo, si el libro de Mr. Gregg pretende enseñar algo así como doctrina social de la iglesia aplicada a la práctica económica; aunque no está de más recordar que la iglesia católica no patrocina ningún sistema ni modelo económico, ni ninguna ideología, conservadora o progresista.

Poco me resta por decir, más que un detalle. Paul Samuelson es un economista de ascendencia judía polaca, y fue discípulo en Harvard de Joseph Schumpeter, un moravo de familia católica. El credo de estos dos grandes economistas me parece accidental, lo importante es su contribución a la Economía, que como las demás ciencias, es ajena a la confesión religiosa que cada uno profese.

10 septiembre 2011

Las cosas tal como son

"¿Cómo mitigar el ciclo económico? ¿Qué medios existen para estimular el progreso económico? ¿De qué manera se podrán hacer más equitativos los niveles de vida? He aquí tres problemas económicos fundamentales, sobre los cuales, desde cada punto de nuestro análisis, debemos aspirar a arrojar algo de luz. Ahora bien: para conseguirlo, el estudiante de Economía debe, primero, desarrollar su capacidad para ver las cosas tal como son, objetiva y desapasionadamente, sin relacionarlas con sus preferencias o sus deseos personales. Es preciso no olvidar, en efecto, que las cuestiones económicas nos afectan a todos emocionalmente; que la presión sanguínea y el tono de voz se elevan siempre que se trata de creencias y de prejuicios profundamente arraigados, y que muchos de estos prejuicios no son sino veladas razones dictadas por nuestro interés económico particular... Pensar con arreglo a nuestros deseos es un mal método, que nunca nos conducirá al logro de nuestras aspiraciones. Sólo hay una realidad auténtica en una situación económica dada, por mucho que cueste reconocerla y separarla de lo demás; y no existe una teoría económica para los republicanos y otra para los demócratas, ni una para los obreros y otra para los patronos".

PAUL SAMUELSON, Curso de Economía moderna. Una descripción analítica de la realidad económica (1951). Traducción española de José Luís Sampedro.

03 septiembre 2011

Back to Keynes

Bien, ahora voy a hablar algo de Keynes, y de un poco de todo (como siempre), porque tengo más valor que "el Guerra". En verdad, es un pretexto para hacer una pequeña crónica de mis compras de libros viejos, que es todo un arte (el de separar el grano de la paja). Las librerías andan de capa caída con la crisis, y no aparece tanto libro de saldo como quisiésemos, ya que de otro modo se comería el mercado (algo así como cuando éramos estudiantes, y los cine clubs universitarios competían por el público joven con las salas de estreno). Pero bueno, siempre es una aventura pasearse por las librerías de libro barato, y tratar de pescar lo que nos parezca una ganga. Aquí va una breve lista de mis adquisiciones recientes, con sus precios de más a menos:

El Viaje del Parnaso de Cervantes, edición anotada de Agustín del Campo (Madrid, Ediciones Castilla, 1948), simpático ejemplar que he ido a buscar expresamente a la librería Renacimiento, allá por Santiponce, 5 euros (que me parece muy bien).

Natán el sabio, de Lessing, traducción de Agustín Andreu ("Selecciones Austral", 1985). Por 2,50 euros, en la librería Trueque, Second Hand Books (que está liquidando), en el Barrio de Santa Cruz.

Cervantes en letra viva. Estudios sobre la vida y la obra, de Francisco Márquez Villanueva (Barcelona, Reverso ed., 2005), por 2 euros, en la librería Maymen de la Ronda (os aviso que me llevé el último que quedaba). Un libro como nuevo, espléndido, porque los libros de este cervantista sevillano se reimprimen continuamente [ver].

Y en fin, el que motiva estas notas, los Escritos de reforma del catedrático de economía Luís Olariaga Pujana (1885-1976) [bio] (en la imagen), edición e introducción de Juan Velarde Fuertes (Madrid, Instituto de Estudios Fiscales, 1992), en cartoné amarillo, que me ha costado UN EURO, también en la librería Maymen. Como aún queda una pila en la librería se lo recomiendo vívamente a mis amigos economistas.

Los escritos de Olariaga son una recopilación amplia de artículos de prensa y en revistas profesionales; y la reforma, es la del sistema bancario. Doy fe de la plena actualidad de sus reflexiones (haciendo salvedad de las coyunturas), porque en su condición de economista y consejero del Banco de España, a Olariaga le tocó lidiar con los problemas económicos y monetarios de la depresión de los años 30 y de la reconstrucción del país después de la guerra civil, en los años 40 y 50. Un poco como ahora, servata distantia, cuando los mentideros económicos se hacen lenguas de la muy discutible propuesta del coeficiente de caja 100% de otro brillante economista español, Jesús Huerta de Soto.

Un rápido peinado al índice de los Escritos de reforma de Luís Olariaga. Les he hincado el diente in media res, por el artículo necrológico sobre Keynes ("Lord Keynes, explorador de la ciencia económica", Moneda y crédito, Madrid, 1946): "En mí, personalmente, ningún economista moderno influyó como lord Keynes; a ninguno debo tantas sugerencias y a ninguno seguí con tanta atención en mis estudios sobre problemas monetarios..." (pp. 287-302).

Además de artículos ligeros en la prensa antes de la guerra, en el diario El Sol (donde apareció una recesión de 1927 de El fin del "laissez-faire"), se reúnen artículos más extensos, de insuperable claridad y elegancia, algunos de ellos con origen en informes oficiales, entre otros: "La intervención de los cambios en España" (1929), "La ordenación bancaria en España" (1946), o "Significación histórica de las actuales estabilizaciones monetarias" (1959).

El volumen se cierra con el artículo "Los dos problemas esenciales de la economía española". En nota se nos informa que el original, bajo el título "Les deux problemes essentiels de l'economie spagnole" se publicó en el Bulletin Bimestriel de la Societé Belge d'Etudes et d'Expansion (1948): "España tiene, hoy, que resolver dos problemas capitales para su vida económica; uno, es la contracción del comercio exterior, que se transmite sobre la capacidad de compra efectiva sobre los mercados exteriores; el otro es una tensión manifiesta, que va en aumento, sobre los mercados del dinero y de los capitales" (pp. 507-515).

Tan sólo he pretendido mostrar que la calificación de libro viejo es muy engañosa, porque en las páginas de estos libros siempre encontraremos enseñanzas útiles para nuestro tiempo. Nada nuevo bajo el sol.

28 agosto 2011

El nuevo planeta de los simios


Bueno, esta nueva película de El origen del planeta de los simios (2011) es el típico estreno de verano. Muy entretenida, muy bien, el simio César muy expresivo... pero no es para tirar cohetes. Muy desigual (el argumento de la enfermedad del padre, queda varado a mitad de proyección). No resiste la comparación con la de Charlton Heston, que entretiene a todos los públicos, y da mucho que pensar, todavía. La de ahora apenas se queda en una película de violencia urbana, con la cosa graciosa de que son monos en lugar de humanos. En algunos momentos me recordó el Espartaco de Kirk Douglas. Perdón por no darle más nota, pero es que con el cine soy muy exigente.

26 agosto 2011

La oración del ateo


Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoje estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes
a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas,
con que mi ama endulzóme noches tristes.
¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande
para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.
MIGUEL DE UNAMUNO

12 agosto 2011

La primera novela negra española

Este verano he regresado a La Celestina, uno de esos textos excelentes que componen la impedimenta literaria clásica en nuestra lengua. Un clásico es una obra de perspectivas inagotables, que provoca al lector ideas nuevas a cada lectura, y la Tragicomedia es un clásico vivo (este año la representa con éxito la actriz española Gemma Cuervo). Si los ingleses se distraen con la shakespearean question [wiki], los hispánicos no les vamos a la zaga, y también le damos vueltas a la intrigante autoría de la Comedia de Calisto y Melibea (sobre esto sostengo la humilde opinión, contra la tesis dominante, de que Fernando de Rojas es el único autor, aunque esto sólo sea una corazonada).

Reflexionando al concluir la lectura de La Celestina, he caído en la cuenta de que puede entenderse como la primera novela negra española, lo que me explica su irresistible atractivo. El cine negro, que es mi género favorito, se ostenta en películas como The lady from Shanghai (1947), The third man (1949), Touch of evil (1958) y F for Fake (1974), ¡las cuatro de Orson Wells! A su lado, leer La Celestina (o presenciar su representación), es una experiencia que contiene todos los rasgos noir: el crimen urbano, el sexo, el dinero y el poder, los hampones, la crueldad, el cinismo, y las experiencias ambiguas u oníricas (la brujería de la puta vieja es el elemento más comentado).

Para ser honesto, revolviendo en internet me he topado con que esta idea, una Celestina de la serie negra, ya ha sido probada en la práctica por un profesor salmantino, Luís García Jambrina, que incluso ha hecho de Fernando de Rojas un ficticio protodetective de la Salamanca de hace cinco siglos en una novela, El manuscrito de piedra (2008) [reseña], que en vista del éxito de ventas ha tenido continuación. Compartir intuiciones es una manera de confirmar su solidez. El clímax de la Comedia, que es el homicidio de Celestina (en el doceno auto), para mí que tiene el inconfundible aire de familia del género noir, como las escenas violentas de The Killing (Stanley Kubrick, 1956), con la única diferencia de que si en nuestro tiempo los gansters matan a quemarropa, en los días de Rojas los rufianes lo hacían a espada.

Aunque es muy larga, la Tragicomedia se representa en los teatros porque tiene virtudes dramáticas que la hacen representable (los personajes hablan y actúan con naturalidad, y se comunican no sólo con la conversación, sino con los gestos y los ademanes, que el lector se imagina mientras lee, porque se lo sugieren los mismos diálogos). Pero esto es un malentendido, me parece. Sobre todo, La Celestina es una experiencia letrada, destinada a la lectura silenciosa en solitario, o de viva voz en círculo. Es un síntoma que cuando se representa en los teatros, sea adaptada, libre de cultismos y fraseología, que es tanto como mutilar una dimensión fundamental de la obra, dejándola en los desnudos hechos, actos y pasiones.

En su última razón, la Tragicomedia es el relato negro de un crimen, cuya crudeza y verdad sólo podía ser obra de un jurista, un hombre de leyes, Fernando de Rojas, que nos imaginamos que por oficio conocería bien los bajos fondos salmantinos (aquí da en el blanco García Jambrina), y que presenciaría en la plaza pública algún ajusticiamiento como el de los infelices Sempronio y Pármeno, o descubriría en las calles de la ciudad más de un joven descalabrado como el desdichado Calisto ["¡Oh mi señor y mi bien muerto, oh mi señor despeñado! ¡Oh triste muerte sin confesión! Coge, Sosia, esos sesos de esos cantos; júntalos con la cabeza del desdichado amo nuestro. ¡Oh día aciago; oh arrebatado fin!"].

Pero La Celestina es algo más y algo distinto que eso. Las historias morbosas satisfacen la curiosidad y el rijo, pero no procuran un disfrute literario. La pantalla retórica del texto de la Tragicomedia, que a algunos enoja, cumple precisamente la función de distanciamiento estético literario (como no es lo mismo ver a un mendigo en la calle, que contemplar las pinturas de mendigos de Bartolomé Esteban Murillo). Así que díré que La Celestina, a mi juicio, es una obra de arte de las letras, porque filtra la realidad cruda a través del velo de las bellas palabras, lo mismo que hacen el teatro o el cine con sus formas peculiares de expresión.

08 agosto 2011

Homilía en La Habana


"Los sistemas ideológicos y económicos que se han ido sucediendo en los dos últimos siglos con frecuencia han potenciado el enfrentamiento como método, ya que contenían en sus programas los gérmenes de la oposición y de la desunión. Esto condicionó profundamente su concepción del hombre y sus relaciones con los demás. Algunos de esos sistemas han pretendido también reducir la religión a la esfera meramente individual, despojándola de todo influjo o relevancia social. En este sentido, cabe recordar que un Estado moderno no puede hacer del ateísmo o de la religión uno de sus ordenamientos políticos. El Estado, lejos de todo fanatismo o secularismo extremo, debe promover un sereno clima social y una legislación adecuada que permita a cada persona y a cada confesión religiosa vivir libremente su fe, expresarla en los ámbitos de la vida pública y contar con los medios y espacios suficientes para aportar a la vida nacional sus riquezas espirituales, morales y cívicas.

"Por otro lado, resurge en varios lugares una forma de neoliberalismo capitalista que subordina la persona humana y condiciona el desarrollo de los pueblos a las fuerzas ciegas del mercado, gravando desde sus centros de poder a los países menos favorecidos con cargas insoportables. Así, en ocasiones, se imponen a las naciones, como condiciones para recibir nuevas ayudas, programas económicos insostenibles. De este modo se asiste en el concierto de las naciones al enriquecimiento exagerado de unos pocos a costa del empobrecimiento creciente de muchos, de forma que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

"Queridos hermanos: la Iglesia es maestra en humanidad. Por eso, frente a estos sistemas, presenta la cultura del amor y de la vida, devolviendo a la humanidad la esperanza en el poder transformador del amor vivido en la unidad querida por Cristo. Para ello hay que recorrer un camino de reconciliación, de diálogo y de acogida fraterna del prójimo, de todo prójimo. Esto se puede llamar el Evangelio social de la Iglesia.

"La Iglesia, al llevar a cabo su misión, propone al mundo una justicia nueva, la justicia del Reino de Dios (cf. Mt 6, 33). En diversas ocasiones me he referido a los temas sociales. Es preciso continuar hablando de ello mientras en el mundo haya una injusticia, por pequeña que sea, pues de lo contrario la Iglesia no sería fiel a la misión confiada por Jesucristo. Está en juego el hombre, la persona concreta. Aunque los tiempos y las circunstancias cambien, siempre hay quienes necesitan de la voz de la Iglesia para que sean reconocidas sus angustias, sus dolores y sus miserias. Los que se encuentren en estas circunstancias pueden estar seguros de que no quedarán defraudados, pues la Iglesia está con ellos y el Papa abraza con el corazón y con su palabra de aliento a todo aquel que sufre la injusticia."

JUAN PABLO II, Homilia en La Habana, 25 de enero de 1998 [enlace].

El viaje apostólico de Juan Pablo II a Cuba, es el que se recuerda de modo más entrañable, y es posible que su mensaje, como el de aquella homilía en La Habana, tenga un eco perdurable. Fidel Castro hizo un recibimiento inolvidable al Santo Padre. Tomen ejemplo de Fidel, ahora que España sufre los embates de las minorías recalcitrantes de ateos y enemigos de la religión. La religión es un bien para los pueblos.

06 agosto 2011

Sapiencial

"Desde pequeño supe que mi felicidad no iba a depender del éxito social. No he dejado de luchar por mi arte, por alcanzar cierto reconocimiento, yo no creo que el artista deba renunciar a nada, pero algo en mi interior siempre me ha advertido que no será ahí, en el triunfo económico o social, donde yo voy a encontrar algo que sólo está en mi interior. Nuestra verdadera cita es con el infinito. Cuando llegue el momento, nada ni nadie podrá evitarlo. Esa será la hora de la verdad. Todo lo que ahora vivimos y padecemos adquirirá su verdadera dimensión, su sentido y valor. Esta es la única sabiduría".

De La verdadera historia de Dan Kofler. Memorias de un judío sefardí.

Tercera ocasión que me detengo a reseñar este libro excepcional [enlace]. Dan Kofler es artista, músico y pintor, pero en la más elevada tradición de su pueblo, es sobre todo un sabio, ha alcanzado sabiduría, que comparte con el lector de sus memorias. Me restan unas 100 páginas (de +700). Cuando concluya la lectura, haré un comentario más detenido de este libro, que lo merece.

[Amando de Miguel lo reseñó aquí].