15 abril 2014
07 abril 2014
Un nuevo libro (de Pilar Urbano)
La periodista española del Opus, doña Pilar Urbano, ha publicado un nuevo libro: La gran desmemoria. Lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar. Y habría que volver a hacer ahora la famosa pregunta: ¿Por qué?
Pues esta mañana he ido a la librería de mi pueblo, y he hecho esta comparación:
Immanuel Kant : Crítica de la razón pura (traducción de Pedro Ribas), 21,50 EUROS [Taurus].Pilar Urbano : La gran desmemoria, 25,90 EUROS [Planeta].
La elección es clara: hay que leer a Kant (o releerlo, los más afortunados). Porque, ¿qué se me ha perdido para leer el libraco de Pilar Urbano, pesado (de mucho peso), porque tiene 900 páginas...?
Antes de publicar un libro de 900 páginas, debe estar muy justificado, tanto para el editor, como para el lector / consumidor. Es una falta de respeto a los lectores, de quienes se presume que cuentan con tiempo sobrado para dedicarlo a los menstruales libros de esta señora. Y delata que la señora Urbano no sabe escribir (digo escribir un libro), porque eso no consiste en sentarse en una silla, delante de un teclado, y dale que te pego una página detrás de otra. Lo que no pueda contarse en 200, a lo sumo 250 páginas, salvo casos justificados, o es que está mal narrado, o es una trola. Y no voy a repetir aquí la opinión de Felipe González de que doña Pilar Urbano "miente mucho más que habla" [Abc].
Mientras Adolfo Suárez agonizaba, el pasado mes de marzo, me puse a leer en su homenaje un libro que tenía pendiente la mar de años, la Anatomía de un instante, de Javier Cercas (2009) [El País]. Es una notable meditación literaria del asalto al Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981, con sus flash-backs. En fin, sin nada nuevo, nihil novum (como ahora mismamente el de la señora Urbano), el libro de Cercas es una síntesis sobria, necesaria, pero afeada por su empeño en insultar sin ton ni son la memoria de Suárez, al que tilda de chisgarabís sin ninguna razón. Porque el gesto de Suárez de no arrojarse al suelo cuando el tiroteo revela un hombre de gran talla, y de tenerlos bien puestos.
Auque la carne sea triste yo no he leído todos los libros (como sí Mallarmé), pero me agradó mucho las memorias de un íntimo de Adolfo Suárez, el periodista Luís Herrero (el hijo del fiscal Herrero Tejedor): Los que le llamábamos Adolfo, publicado en 2007 en vida del personaje [El Mundo]. Me gusta más este libro que ninguno porque, lo de menos es la exactitud de la minucia histórica, sino el recuerdo emocionado del que escribe, muy superior en términos humanos a la displicencia y cinismo de un Cercas o al cotilleo de una Urbano. Este libro de Luís Herrero es el que yo recomiendo.
A fin de cuentas, pasado treinta años, a mí me importa un pito los dimes y diretes de aquel entonces. Es así como recordamos aquel otro mes de abril del año 1931. Lo de menos es lo que lo dijera a don Alfonso XIII tal o cual ministro, en aquellas horas. Tan sólo recordamos aquello que nos repetían en la escuela, a modo de rima mnemotécnica: "España se acostó monárquica y se despertó republicana", o quizá también aquella frase de la carta de abdicación: "quiero apartarme de cuanto sea
lanzar a un compatriota contra otro, en fratricida guerra civil". Nuestro 23-F, como bien vaticinó mi profesor de filosofía aquella mañana del 24 en el colegio, se ha quedado en nuestra memoria en una simple anécdota.
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10 enero 2014
20 diciembre 2013
27 septiembre 2013
Un Goethe amigo de los bosques
Una nueva edición bilingüe del Fausto (19,95 euros), traducción de Pedro Gálvez [debolsillo] en papel ecológico, con el sello Der Blaue Engel: "La fabricación del papel utilizado para la impresión de este libro está certificada bajo las normas Der Blaue Engel, que acredita una fabricación con 100% de papelote posconsumo, destintado por flotación y ausencia de blanqueo con productos organoclorados. Por este motivo, Greenpeace acredita que este libro cumple los requisitos ambientales y sociales necesarios para ser considerado un libro "amigo de los bosques". El proyecto Libros Amigos de los Bosques [greenpeace] promueve la conservación y el uso sostenible de los bosques, en especial de los bosques primarios, los últimos bosques vírgenes del planeta".
No sé qué pensar de un libro impreso en papelote posconsumo. ¿Me sobrevivirá, como aquél manto al que se refiere Sócrates en el Fedón?
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17 septiembre 2013
El kibbutz del deseo
Todo libro tiene su edad, y aún no es el mismo libro a distinta altura de la vida del lector. Rayuela es novela de la juventud, pero Julio Cortázar, como don Quijote, frisaba la cincuentena cuando la publicó en 1963 y parece seguro que quiso retratar en la obra los anhelos y desengaños de su propia generación. Los lectores tal vez recorremos su misma trayectoria (que es la de cualquiera nacido de mujer), y conmigo se cumple, pues leí por primera vez Rayuela de adolescente, en 1979 (en un libro gris de la editorial Sudamericana que aún poseo, que compré en una librería de la calle Sierpes que ya no existe). Este verano del año que se celebra el cincuentenario de Rayuela, en que alcanzo la misma edad del autor, la he vuesto a leer con una perspectiva vital nueva y distinta sobre el mundo, la gente y la literatura. Hoy Rayuela me parece una obra literaria bella, emocionante, instructiva, necesaria.
Nada más haberla leído ahora he sentido también la necesidad de conocer mejor la biografía de Julio Cortázar. He ido a dar con una excelente, debida a Miguel Herráez (catedrático de la universidad CEU Cardenal Herrera de Valencia): Julio Cortázar, una biografía revisada [ed. Alrevés]. Es una auténtica biografía literaria, porque demuestra la imbricación de vida y letras (en el caso de Cortázar), sin deslizarse a la pura crítica literaria o, del lado opuesto, al chismorreo, sino manteniéndose en un elegante término medio. Porque además la vida de Cortázar (que casi lo único que hizo en sus días fue leer y escribir, viajar y amar a las mujeres) es una vida literaria en grado ejemplar.
Rayuela es ahora
un clásico, la especie de libro que
siempre merece ser leído. La mejor edición en España es la de Andrés Amorós
[Cátedra], anotada como un virgilio,
y es una lástima que por falta de caudales, o vaya usted a saber por
qué, la Real Academia Española no haya patrocinado en esta ocasión una "edición
conmemorativa" (2014 es el centenario de Cortázar), como sí hizo con Cien años de soledad [rae] o con La ciudad y los perros [rae]. Que Rayuela sea leída en muchas lenguas (v.gr. en polaco: Gra w klasy, traducción de Zofia Chądzyńska [wiki]) es un buen indicador del valor universal de la novela, contrastado por miríadas de lectores, devotos y estudiosos.
Rayuela es tan universal como el Quijote, hasta el punto de que como el paradigma cervantino es una parábola del desengaño y de la derrota de los ideales en el choque con la realidad. Una se despliega por los caminos de La Mancha, y otra, por las calles de París y de Buenos Aires. Don Quijote, trastornado de tanto leer novelas de caballerías, cree su misión derrotar enemigos, y Horacio Oliveira, otro gran lector trastornado, anhela una vida mejor, un kibbutz del deseo. Como el caballero andante tuvo a Sancho Panza de escudero, Oliveira tuvo una amante (la Maga) y un amigo (Traveler). Don Quijote siempre regresa con melancolía a la aldea, apaleado, enjaulado o derrotado por el bachiller. En Rayuela, Oliveira también padece la experiencia de la derrota y la degradación, juntándose a una clocharde (capítulo 36) o volviéndose loco en el mismo manicomio (capítulo 56). La belleza poética y literaria apenas encubre la crudeza de la realidad humana.
Por eso Rayuela es un clásico, porque hace de la vida literatura. Y es lo que buscamos los lectores en los buenos libros: reconocer nuestra propia peripecia vital en las fábulas. No hay gran historia sin dolor, contrariedad y pecado, como en los relatos de las vidas de San Agustín, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola o San Antonio María Claret. Pero la literatura, como pensaba Miguel de Cervantes, es encubrimiento de lo humano. Julio Cortázar encubre en Rayuela el patetismo del relato con el expediente de que el lector sea dueño de decidir cómo ha de leer, interrupiendo la narración a cada paso con textos extravagantes. Cortázar quiere que el lector guarde las distancias con la tragicomedia que le presenta. Por eso Rayuela, como el Quijote, pertenece al género cómico. Aunque el personaje de la novela que nos parece más risible, Berthe Trépat (capítulo 23), como cualquier figura de la vida real, acaba por resultarnos patético y lastimoso. Es la misma ambigüedad cervantina.
El lector con oído percibe en el Quijote un rumor continuo y la irrupción a cada paso de música, cantares, poemas y romances en el transcurso de las aventuras. La fiesta (como aquella de las bodas de Camacho) mitigan la seriedad con el regocijo. Es el ideal estético cervantino: que "el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla". En Rayuela las lecturas de otros lados, o la escucha de música de jazz o de Arnold Schoenberg, cumplen esa misma función de distraer al lector del melodrama que lee, intercalando como Cervantes en la narración principal otras historias accesorias.
Ambas novelas cumplen la paradoja de la máxima universalidad en la mínima localidad. Don Quijote cabalga por los caminos polvorientos de La Mancha, y cada personaje que se encuentra habla como sabe. En Rayuela, cada personaje habla como es. Es una novela escrita en argentino (una novela donde se ceba mate en lugar de moler café) y este particularismo extremo, que en parte la hace intraducible, es la clave de su universalidad, que todo lector entiende aunque no sepa inglés, francés o porteño. Es la manera de representarnos el desarraigo del hombre sobre la tierra, encarnado en Horacio Oliveira, a caballo entre París y Buenos Aires, como el mismo Julio Cortázar.
La historia de don Quijote y la novela Rayuela son tristes, porque Dios no aparece por lugar alguno. Don Quijote y Sancho Panza hablan mucho de religión, pero nada de sus creencias. Tampoco en Rayuela Dios existe, sea en París o en Buenos Aires, y por eso la esperanza de los personajes es siempre defectiva, entreverada de desesperación: un kibbutz del deseo. Santo Tomás de Aquino decía que en esta vida no podemos alcanzar la felicidad verdadera (perfecta et vera beatitudo non potest haberi in hac vita [cth]). Esa esperanza de felicidad, o kibbutz del deseo, es la que todos buscamos en el amor y la amistad, como los mismos personajes de la novela, porque también decía Santo Tomás, repitiendo a Aristóteles, que el hombre feliz necesita de amigos (si loquamur de felicitate praesentis vitae, sicut philosophus dicit in IX Ethic., felix indiget amicis [cth]). El fondo de tristeza de esta novela, que sea tal vez lo que atraiga a sus lectores jóvenes, es lo que asegura su extrema humanidad, apenas velada en literatura, música y poesía.
Imágenes: Cortázar invitado en la universidad de Berkeley, California (1980) [via], placa en la casa de la rue Martel de París [via], y cubierta de la edición polaca de Rayuela.
Rayuela es ahora
un clásico, la especie de libro que
siempre merece ser leído. La mejor edición en España es la de Andrés Amorós
[Cátedra], anotada como un virgilio,
y es una lástima que por falta de caudales, o vaya usted a saber por
qué, la Real Academia Española no haya patrocinado en esta ocasión una "edición
conmemorativa" (2014 es el centenario de Cortázar), como sí hizo con Cien años de soledad [rae] o con La ciudad y los perros [rae]. Que Rayuela sea leída en muchas lenguas (v.gr. en polaco: Gra w klasy, traducción de Zofia Chądzyńska [wiki]) es un buen indicador del valor universal de la novela, contrastado por miríadas de lectores, devotos y estudiosos.Rayuela es tan universal como el Quijote, hasta el punto de que como el paradigma cervantino es una parábola del desengaño y de la derrota de los ideales en el choque con la realidad. Una se despliega por los caminos de La Mancha, y otra, por las calles de París y de Buenos Aires. Don Quijote, trastornado de tanto leer novelas de caballerías, cree su misión derrotar enemigos, y Horacio Oliveira, otro gran lector trastornado, anhela una vida mejor, un kibbutz del deseo. Como el caballero andante tuvo a Sancho Panza de escudero, Oliveira tuvo una amante (la Maga) y un amigo (Traveler). Don Quijote siempre regresa con melancolía a la aldea, apaleado, enjaulado o derrotado por el bachiller. En Rayuela, Oliveira también padece la experiencia de la derrota y la degradación, juntándose a una clocharde (capítulo 36) o volviéndose loco en el mismo manicomio (capítulo 56). La belleza poética y literaria apenas encubre la crudeza de la realidad humana.
Por eso Rayuela es un clásico, porque hace de la vida literatura. Y es lo que buscamos los lectores en los buenos libros: reconocer nuestra propia peripecia vital en las fábulas. No hay gran historia sin dolor, contrariedad y pecado, como en los relatos de las vidas de San Agustín, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola o San Antonio María Claret. Pero la literatura, como pensaba Miguel de Cervantes, es encubrimiento de lo humano. Julio Cortázar encubre en Rayuela el patetismo del relato con el expediente de que el lector sea dueño de decidir cómo ha de leer, interrupiendo la narración a cada paso con textos extravagantes. Cortázar quiere que el lector guarde las distancias con la tragicomedia que le presenta. Por eso Rayuela, como el Quijote, pertenece al género cómico. Aunque el personaje de la novela que nos parece más risible, Berthe Trépat (capítulo 23), como cualquier figura de la vida real, acaba por resultarnos patético y lastimoso. Es la misma ambigüedad cervantina.
El lector con oído percibe en el Quijote un rumor continuo y la irrupción a cada paso de música, cantares, poemas y romances en el transcurso de las aventuras. La fiesta (como aquella de las bodas de Camacho) mitigan la seriedad con el regocijo. Es el ideal estético cervantino: que "el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla". En Rayuela las lecturas de otros lados, o la escucha de música de jazz o de Arnold Schoenberg, cumplen esa misma función de distraer al lector del melodrama que lee, intercalando como Cervantes en la narración principal otras historias accesorias.
Ambas novelas cumplen la paradoja de la máxima universalidad en la mínima localidad. Don Quijote cabalga por los caminos polvorientos de La Mancha, y cada personaje que se encuentra habla como sabe. En Rayuela, cada personaje habla como es. Es una novela escrita en argentino (una novela donde se ceba mate en lugar de moler café) y este particularismo extremo, que en parte la hace intraducible, es la clave de su universalidad, que todo lector entiende aunque no sepa inglés, francés o porteño. Es la manera de representarnos el desarraigo del hombre sobre la tierra, encarnado en Horacio Oliveira, a caballo entre París y Buenos Aires, como el mismo Julio Cortázar.
La historia de don Quijote y la novela Rayuela son tristes, porque Dios no aparece por lugar alguno. Don Quijote y Sancho Panza hablan mucho de religión, pero nada de sus creencias. Tampoco en Rayuela Dios existe, sea en París o en Buenos Aires, y por eso la esperanza de los personajes es siempre defectiva, entreverada de desesperación: un kibbutz del deseo. Santo Tomás de Aquino decía que en esta vida no podemos alcanzar la felicidad verdadera (perfecta et vera beatitudo non potest haberi in hac vita [cth]). Esa esperanza de felicidad, o kibbutz del deseo, es la que todos buscamos en el amor y la amistad, como los mismos personajes de la novela, porque también decía Santo Tomás, repitiendo a Aristóteles, que el hombre feliz necesita de amigos (si loquamur de felicitate praesentis vitae, sicut philosophus dicit in IX Ethic., felix indiget amicis [cth]). El fondo de tristeza de esta novela, que sea tal vez lo que atraiga a sus lectores jóvenes, es lo que asegura su extrema humanidad, apenas velada en literatura, música y poesía.
Imágenes: Cortázar invitado en la universidad de Berkeley, California (1980) [via], placa en la casa de la rue Martel de París [via], y cubierta de la edición polaca de Rayuela.
02 septiembre 2013
Los escritores y el erario público
APROBACIÓN. Por comisión del señor Doctor
Gutierre
de Cetina, vicario general desta villa de Madrid,
corte de Su Majestad, he visto este libro de la
Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote
de la Mancha, por
Miguel de Cervantes Saavedra, y no hallo en él
cosa indigna de un cristiano celo
ni que disuene de la decencia debida a buen ejemplo
ni virtudes morales...
Certifico con verdad que en
veinte y cinco de febrero deste año de
seiscientos y quince, habiendo ido el
ilustrísimo señor don Bernardo de Sandoval
y Rojas, cardenal arzobispo de Toledo, mi
señor, a pagar la visita que a Su
Ilustrísima hizo el embajador de Francia, que
vino a tratar cosas tocantes a los casamientos de sus
príncipes y los de España, muchos
caballeros franceses de los que vinieron
acompañando al embajador, tan corteses como
entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a
mí y a otros capellanes del cardenal mi
señor, deseosos
de saber qué libros de ingenio andaban más
validos; y tocando a caso en este que yo estaba
censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel de
Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas,
encareciendo la estimación en que así en
Francia como en los reinos sus confinantes se
tenían sus obras: La Galatea, que alguno
dellos tiene casi de memoria, la primera parte desta
y las Novelas. Fueron tantos sus
encarecimientos,
que me ofrecí llevarles que viesen el autor
dellas, que estimaron con mil demostraciones de vivos
deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su
profesión, calidad y cantidad. Halléme
obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y
pobre, a que uno respondió estas formales
palabras: «¿Pues a tal hombre no le tiene
España muy rico y sustentado del erario
público?». Acudió otro de aquellos
caballeros con este pensamiento, y con mucha agudeza,
y dijo: «Si necesidad le ha de obligar a
escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia,
para que con sus obras, siendo él pobre, haga
rico a todo el mundo».
Bien creo que está, para censura, un poco larga...
EL LICENCIADO MÁRQUEZ TORRES
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30 julio 2013
Un valor refugio
"Alcanzándome un programa impreso
en papel crema, Don Pérez me condujo a mi platea. Fila nueve, ligeramente
hacia la derecha: el perfecto equilibrio acústico. Conozco bien el teatro
Corona y sé que tiene caprichos de mujer histérica. A mis amigos les
aconsejo que no acepten jamás la fila trece, porque hay una especie de
pozo de aire donde no entra la música; ni tampoco el lado izquierdo de
las tertulias, porque al igual que en el Teatro Comunale de Florencia,
algunos instrumentos dan la impresión de apartarse de la orquesta, flotar
en el aire, y es así como una flauta puede ponerse a sonar a tres metros
de uno mientras el resto continúa correctamente en la escena, lo cual
sería pintoresco pero muy poco agradable. Le eché una mirada al
programa. Tendríamos El sueño de una noche de verano, Don Juan, El mar y
la Quinta sinfonía. No pude menos de reírme al pensar en el Maestro. Una
vez más el viejo zorro había ordenado su programa de concierto con esa
insolente arbitrariedad estética que encubría un profundo olfato
psicológico, rasgo común en los régisseurs de music—hall, los
virtuosos de piano y los match—makers de lucha libre. Sólo yo de puro
aburrido podía meterme en un concierto donde después de Strauss,
Debussy, y sobre el pucho Beethoven contra todos los mandatos humanos y
divinos. Pero el Maestro, que conocía a su público, armaba conciertos
para los habituales del teatro Corona, es decir gente tranquila y bien
dispuesta que prefiere lo malo conocido a lo bueno por conocer, y que
exige ante todo profundo respeto por su digestión y su tranquilidad. Con
Mendelssohn se pondrían cómodos, después el Don Juan generoso y
redondo, con tonaditas silbables. Debussy los haría sentirse artistas,
porque no cualquiera entiende su música. Y luego el Plato fuerte, el gran
masaje vibratorio beethoveniano, así llama el destino a la puerta, la V
de la victoria, el sordo genial, y después volando a casa que mañana hay
un trabajo loco en la oficina..."
Fragmento del relato "Las Ménades", de Final de juego (1956). Julio Cortázar, valor literario "refugio" en tiempos desabridos. Lectura recomendada para el verano (para quien guste).
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24 julio 2013
Sansón
Los príncipes de los
filisteos se reunieron para ofrecer un gran sacrificio a Dagón, su dios, y para
hacer grandes festejos. Ellos decían: «Nuestro dios nos ha puesto en las
manos a Sansón, nuestro enemigo». Y al verlo, la gente alababa a su dios,
diciendo: «Nuestro dios nos ha puesto en las manos a Sansón, nuestro enemigo, al
que devastaba nuestro país y multiplicaba nuestras víctimas». Cuando todos estuvieron muy
alegres, dijeron: «Llamen a Sansón para que nos divierta». Entonces trajeron a
Sansón de la cárcel, y él estuvo haciendo piruetas delante de todos. Después lo
pusieron de pie entre las columnas. Sansón dijo al niño que lo
llevaba de la mano: «Déjame palpar las columnas que sostienen la casa, para
apoyarme en ellas». El edificio estaba repleto
de hombres y mujeres. Allí estaban todos los príncipes de los filisteos, y en
la azotea había unos tres mil hombres y mujeres que se divertían mirando a
Sansón. Entonces Sansón invocó al Señor,
con estas palabras: «Señor, acuérdate de mí y devuélveme la fuerza por esta
sola vez, para que pueda vengarme de los filisteos, de un solo golpe, por la
pérdida de mis dos ojos». Luego palpó las dos columnas
centrales que sostenían el edificio, y se apoyó contra ellas, poniendo sobre
una su brazo derecho y sobre la otra su brazo izquierdo. Y exclamó: «¡Muera yo junto
con los filisteos!». Después empujó con toda su fuerza, y el edificio se
desplomó sobre los príncipes y sobre toda la gente allí reunida. ¡Los que él
mató al morir fueron más numerosos que los que había matado en toda su vida! (Jueces 16 : 23-30).
Imagen: "Sansón destruye el templo de los filisteos" (1484), Bartolomeo Bellano, Basilica del Santo, Padova [via].
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