18 enero 2016

Empiezo el año con Leo Strauss

Bueno, no, realmente no he empezado el año con Leo Strauss, pero así me ha parecido que la entrada queda un tanto más snob. Para ser sincero, he empezado leyendo unas páginas de Les Trois Mousquetaires, para darme cuenta de que he llegado unos treinta y tantos años tarde al relato de Dumas. A mí ya no me divierten esas aventuras de capa y espada, lo lamento. También he estado leyendo estos primeros días de año las densas memorias de Julián Marías, Una vida presente [Páginas de espuma]. Tampoco he logrado concluirlas (son unas movidas 900 páginas de reflexión continua...), y me he quedado a las puertas de la tercera parte, después de la muerte de Franco. Aunque no he pasado por alto las emotivas páginas que dedica a la muerte de su mujer, Lolita. ¿Que cómo llego a Leo Strauss? Leyendo a Aristóteles, naturalmente. Estos días estoy leyendo la Política. Muy instructivo tratado. Es la biblia de los estudios políticos. Leyendo sobre las luchas de Solón y otros antiguos legisladores, se entiende mejor el panorama político de nuestros días, que sigue siendo el mismo de los antiguos griegos. También anoto libros de Teodoro Falcón (sobre Santa María la Blanca) y del poeta Daniel Lebrato (que regala en la librería Padilla, ahora en la calle Trajano), para empezar el año con el pie derecho. Y eso es todo.

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23 diciembre 2015

Íñigo Ybarra Mencos

Esta dedicación tan extraña que tenemos los sevillanos de consultar los obituarios y esquelas (memento mori), hoy me ha llevado a dar de bruces con la noticia de la prematura muerte de Íñigo Ybarra Mencos [Abc]. No lo conocí, aunque conservo en mi retina ver a su padre, Eduardo Ybarra, andar de acá para allá por las calles de nuestra ciudad amada. Ambos humanistas y escritores, sí conozco sus libros. Uno, de Íñigo, como homenaje en su memoria lo recomiendo vivamente, la biografía de El Doctor Thebussem, que le publicó Renacimiento hace unos seis años [Renacimiento]. Me ha impresionado la muerte de este hombre joven, casi de mi edad, pocos años mayor que yo. Descanse en paz.

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21 diciembre 2015

Ius quia iustum


En estos días de espera de la Nochebuena, me he dado a leer con pasión a nuestros clásicos modernos. Han ido pasando por mis manos, leyendo ansioso, novelas tan dispares como las de Pío Baroja (La leyenda de Jaun de Alzate), el padre Coloma (Pequeñeces...), y ahora mismo, la deliciosa novela galdosiana Misericordia, que me suscita la reflexión sobre el derecho y la justicia. ¿Pero qué tiene que ver el derecho con la justicia? En mi opinión, cada día que pasa le veo muy poca relación, casi ninguna. Diría que me he vuelto kelseniano total. Hoy veo el derecho simplemente como un sistema de regulación del tráfico de intereses sociales, y poco más, donde se imponen los más fuertes (como quería Trasímaco). Don Benito Pérez Galdós también fue otra víctima del derecho (¿o quizá encontró amparo?) en el famoso pleito por la recuperación de sus plenos derechos de autor sobre sus libros, en el que fue defendido por el letrado Cánovas del Castillo. Le costó el arbitraje con su antiguo socio, un huevo y la yema del otro (incluídos los honorarios del ilustre letrado), pero logró recuperar lo que era suyo. Vamos, creo, con cierto cinismo, que las maniobras jurídicas no son el lugar propio para hacer justicia, y no se debe fundar demasiadas esperanzas en los pleitos y juicios, si se persigue un ideal. Eso es otra cosa distinta que el derecho.

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11 diciembre 2015

Cerbantes, con b de burro

Se veía venir. Después de la trapacería del Quijote "en castellano actual", porque opinan que está escrito "en castellano antiguo" [aquí], ya hay quien se ha atrevido a editarlo bajo la autoría de Cerbantes, con b de burro, porque "siempre firmó con B" [Pollux]. Yo, ni quito ni pongo rey, pero me divierte pensar en la jaqueca que provocará en los bibliotecarios y en el ISBN. Para reponerme del susto, reseño aquí dos buenos libros, novedades de escaparate, a ver si me lo traen los reyes magos. Uno, los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega, en la Biblioteca Castro [fundcastro]. El otro, Divagando por la Ciudad de la Gracia (1914), ultimísima edición de este clásico sevillano de José María Izquierdo (1886-1922), conmemorativa del centenario de su publicación, editado por el ateneísta Enrique Barrero y el profesor Rogelio Reyes, publicado por el Ayuntamiento de Sevilla [ICAS]. Publicación rezagada, como todo lo que pende de lo público, pero bienvenida sea con el retraso. A mandar. Y a ver si nos toca la lotería.

01 diciembre 2015

Un diccionario del español jurídico


Leo en el noticiario de la Real Academia Española el anuncio de la publicación, el año que viene, de un Diccionario del Español Jurídico, dirigido por el académico Santiago Muñoz Machado [rae]. La noticia me parece interesante, aunque la he leído con bastante escepticismo. ¿Es posible, en verdad, confeccionar a estas alturas un diccionario jurídico? Al instante, he recordado esas palabras del antijurista Julius von Kirchmann, que todos aprendimos en el primer curso de carrera: «tres palabras de un legislador y bibliotecas enteras se convierten en basura» [scielo], y que, entendidas en su justa medida, encierran una verdad que los juristas conocen por la práctica: que el derecho es mudable. Y lo decía también Santo Tomás, S.Th. I-IIª, q 97, a 1: Ex parte vero hominum, quorum actus lege regulantur, lex recte mutari potest propter mutationem conditionum hominum, quibus secundum diversas eorum conditiones diversa expediunt [CTh].

Pese a las primeras objeciones que se me ocurren, voy a esperar con mucho interés la aparición de este diccionario jurídico, avalado por la autoridad de la Real Academia (véase que no tengo más remedio que emplear un término de raigambre jurídica, el aval). Pero hasta entonces, no puedo evitar que se me agolpen muchas dudas sobre la realización del diccionario. Lo primero, que es raro que los juristas tengan a mano, en su trabajo diario, un diccionario jurídico (igual de chocante sería que un médico se valiese en el día a día de un "diccionario de términos médicos"). El jurista conoce su profesión y no necesita que se la expliquen. Apenas hace unos días que oí a alguien emplear esa bonita palabra jurídica, dolo, que los juristas tienen interiorizada sin necesidad de acudir a ningún diccionario.

Pero hay otra razón más importante para que los juristas desdeñen el uso de un diccionario jurídico. Los términos del derecho no se definen simplemente por el uso, como las palabras corrientes. Por ejemplo, el término consentimiento tiene un significado usual, que es seguro que cualquier hablante entiende, pero que en su sentido técnico requiere muchas precisiones y distingos. En realidad, el jurista conoce el valor de sus palabras técnicas en la salsa del medio jurídico en que se mueve, formada por una red de normas y principios, irreductibles a la simple definición plana de un diccionario. Lo que necesita el jurista no son definiciones de diccionario, sino mapas con los que guiarse dentro de la jungla de las leyes vigentes, y esa función la cumplen en la práctica los mementos [Lefebvre] y las bases de datos de legislación y jurisprudencia en línea, que se actualizan al día. Un diccionario a la antigua, en papel, orientado supuestamente a guiar al jurista en la interpretación del derecho, estará ya muerto a las 24 horas de publicarse, como profetizaba Julius von Kirchmann.

Tal vez este nuevo diccionario académico pretenda construirse como un prontuario enciclopédico de conceptos del derecho, organizado como elenco alfabético de monográfías temáticas (en torno a grandes nociones tales como "contrato", "delito", "tributo"...). No veo que el destino que le aguarde a un diccionario así concebido, sea muy distinto del que sufren tantísimas publicaciones oportunistas de las casas editoriales, cuyo plazo de caducidad está fijado por las "tres palabras" que se le ocurra vomitar al legislador de turno (de nuevo hay que citar a Kirchmann). Ningún libro pierde más valor con el trascurso del tiempo como esos Comentarios a la ley X..., que pasado el tiempo los libreros de viejo no dudan en arrojar a la basura, por inservibles. Con todo, no soy tan derrotista, y defiendo el gran valor de los libros jurídicos antiguos. Me gusta leer y consultar el Curso de derecho mercantil de Joaquín Garrigues, aunque sepa que sea un libro inútil para conocer el derecho vigente. Lo que de verdad importa es el espíritu del derecho (lo que distingue al jurista), no la letra de las leyes (asunto propio de leguleyos y pleitistas).

En general, no me gusta que una ciencia se presente en forma alfabética, que es el orden más próximo al caos (aunque a J.L. Borges sí le gustase leer enciclopedias). No le encuentro ningún sentido a que "contrato" vaya en la C, "delito" en la D, "pacto" (pacta sunt servanda) en la P, y "tasa" en la T. Más bien, tengo en la cabeza otra idea de diccionario jurídico, que no sé siquiera si existe. Sería uno elaborado de forma crítica e histórica, fundado en un enfoque universal y antropológico, y no necesariamente ceñido a una cultura o lengua particular (que sería el caso, por ejemplo, de un diccionario de derecho romano). Estoy pensando en un diccionario que acogiese esas grandes instituciones, que trascienden a cualquier época o territorio (pensemos por ejemplo en las uniones maritales y familiares). Me temo, sin embargo, que el propósito de este nuevo diccionario de la Academia no irá por ahí, y se quede en una revista más modesta de la legislación vigente. Pero ya veremos, no adelantemos acontecimientos.

La imagen de arriba es un dibujo de Daumier, de la serie "Les gens de Justice", donde el chiste está en el juego de las palabras "joven" y "huérfano": Oui, on veut dépouiller cet orphelin, que je ne qualifie pas de jeune, puis qu'il a cinquante sept ans, mails il n'en est pas moins orphelin.... je me rassure toute fois, messieurs, car la justice a toujours les yeux ouverts sur toutes les coupables menées !...

[Via]

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25 noviembre 2015

Del padre Efrén, y algunos libros más

Era inevitable que volviese a las andadas en la feria del libro antiguo, que estos días se está celebrando en Sevilla. Tendrían que prohibirme curiosear libros, como al que prohiben entrar en los casinos y los bingos. Como todos los años, he comenzado a visitar la feria con bastante escepticismo, pero según se han ido animando los días, el balance de libros hallados está siendo excepcional. Ya he aireado las primeras tres compras [aquí], y ahora vuelvo a reseñar las últimas adquisiciones, como si yo fuese el director de una biblioteca pública, y no simplemente un coleccionista particular:

1. Saúl Yurkievich : Julio Cortázar: mundos y modos. Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 1994 (8 euros). Yurkievich fue amigo de Cortázar, pero aquí habla del escritor, no del hombre. Libro que trasciende la crítica académica, para ser un texto poético (Yurkievich también escribió poesía).

2. Luís Ruiz Contreras : Memorias de un desmemoriado. Madrid, Aguilar (col. "Crisol"), 1961 (3 euros). Ejemplar averiado por fuera, impecable por dentro. Curioso relato de las comidillas literarias de principios del siglo XX.

3. José Martí : Diarios. Con prólogo de Guillermo Cabrera Infante. Barcelona, Galaxia Gútenberg, 1997 (6 euros).

4. Enrique Anderson Imbert : Historia de la literatura hispanoamericana. México, Fondo de Cultura Económica ("Breviarios"), 1954 (6 euros). Tiene su encanto. En la fecha tan temprana de la edición, este breviario alcanza desde la época de la colonia, hasta Jorge Luís Borges, Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sábato y Julio Cortázar, entre los argentinos, por ejemplo.

5. Efrén de la Madre de Dios O.C.D. / Otger Steggink O.Carm. : Tiempo y vida de Santa Teresa. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1968 (12 euros). Ejemplar impecable, muy valioso, que he comprado en el mostrador de un librero anticuario valenciano ("El cárabo"). En la portada hay una dedicatoria autógrafa que presumo del mismísimo padre Efrén, fechada en su pueblo natal, Guadasuar (Valencia) a poco de publicarse el libro. Da la casualidad, además, que este año se celebra, tanto el V centenario de Santa Teresa, como el centenario del padre Efrén de la Madre de Dios (Guadassuar, 1915 - Desert de les Palmes, Benicàssim, 1996). Como biografía teresiana tiene mucha documentación y trabajo de archivo detrás, aunque a la letra suena anticuada, con muchas licencias poéticas y retóricas. La estoy leyendo, que conste.

En fin, en lo que va de feria, y ateniéndome al refrán de que cada uno la cuenta según le va en ella, a mí me ha ido este año de fábula, como para no pedir más, y por mí que la cierren ya. He comprado ocho libros buenísimos, o que a mí me lo parecen, con un gasto de 45 euros, merecidos. Un viejo aficionado a los toros me contaba haber encontrado en la feria un libro antiguo, de la rama taurina, que pedían por él 200 euros. Cuando yo le conté que había encontrado un buen libro por 12 euros, me dijo: ¡ah, bueno!

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18 noviembre 2015

Un primer balance de la feria del libro antiguo

Este año he llegado con desgana a la feria del libro antiguo de Sevilla, sin encontrar nada que me llame la atención. A pesar de todo, y esto parece gracioso, ya llevo comprado TRES libros, en los que he invertido... DIEZ euros. Cualquiera diría que me estoy conteniendo, en las ganas de comprar y de gastar. Veamos qué tres libros:

Teodoro Falcón Márquez : La capilla del sagrario de la catedral de Sevilla. Diputación de Sevilla, 1977 [3 euros]. Teodoro Falcón es profesor emérito de la universidad [sisius], y cuenta con un amplísimo número de publicaciones de arte y arquitectura de la ciudad, por ejemplo, el libro en coordinación Patrimonio monumental y artístico de la universidad de Sevilla (1986). El último que ha publicado, este año, trata de La iglesia de Santa María la Blanca y su entorno [archisevilla].

Fernando de Herrera : Algunas obras. Edición al cuidado de la profesora Begoña López Bueno [grupopaso]. Diputación de Sevilla, 2014 [4 euros]. Elegante y manejable edición, digna de "el Divino". Es una reedición en rústica de la primera editada en 1998.

Rudolph PetersLa yihad en el islam medieval y moderno. Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 1998 [3 euros]. Librito publicado para conmemorar el centenario de Ibn Rushd (Averroes), contiene la edición de dos tratados sobre la yihad, uno de Averroes, y otro del académico egipcio Mahmud Shaltut (1893-1963). La edición del profesor Peters, de la universidad de Amsterdam [uva.nl] también ha sido traducida al inglés [amazon].

En fin, en este primer balance (que no sé si tendrá continuación) se echa de ver mi predilección por los libros institucionales (publicados por el ayuntamiento, la diputación, la universidad...).

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28 octubre 2015

Librerías de la calle Sierpes



No hacía yo bien la cuenta de las librerías que hay en la calle Sierpes, ¡y eso que ya sólo quedan dos! Hacer memoria de las que hubo es también echar la vista atrás de nuestra biografía. Qué diferente son los libros, y las librerías, pasados cuarenta años. No me olvido de otras librerías que conocí en mi juventud, como la de Lorenzo Blanco, en El Salvador, la de Oliam, en la calle Álvarez Quintero, o más lejos, la librería Guerrero, en la calle García de Vinuesa, e incluso la librería Antonio Machado (la de Alfonso Guerra), en la calle Santo Tomás, o las que más me fascinaban, donde correteaba los sábados por la tarde, la librería Montparnasse, en Don Remondo, o la librería Al-Andalus, en la calle de la Roldana, escueta bocacalle de San Gregorio (está liquidando). Esta vez me limito a andar la calle Sierpes y recorrer con la mente las librerías que recuerdo.

La librería decana de cuando niño era la de Tomás Sanz (1880-1990), que yo ya conocí instalada en la minúscula calle Granada, lindando con el Ayuntamiento. Un escaparate "oceánico", donde iban posándose los libros conforme llegaban. Allí me compraron las primeras Poesías completas de Antonio Machado, en la edición de Selecciones Austral (edición que aún encuentro en la feria de El Jueves).

No me acuerdo sin embargo para nada de la librería de Eulogio de las Heras, que cerró en los años 70. Ahora me ha dado por reunir libros viejos con el sello de esta librería (tengo dos, uno el San Francisco de Asís de Chesterton, en antigua edición en tela de la Editorial Juventud).

Recuerdo más, como un paisaje sentimental, la de Pascual Lázaro, en la esquina de la Campana, una librería a la antigua usanza, con mostrador imponente de madera, que no se me va de la cabeza. Allí me regalaron, cuando terminé la carrera, tres tomos del Curso de Derecho Civil de Castán.

También me acuerdo de la minúscula librería Atlántida, enfrente del Mercantil, que sobrevivió hasta 1995 [Recuerdo]. Allí compré con quince años la novela Rayuela de Julio Cortázar, la impactante edición de Edhasa; o el Derecho agrario de Ballarín; o la Historia de las ideas políticas de Jean Touchard.

Estas cuatro librerías ya han pasado, como pasa nuestra propia vida. Hoy la decana en la calle Sierpes es la librería de San Pablo, enfrente del Casino Militar, donde me gusta repasar las novedades de religión y de teología. El último que me he comprado, y que acabo de contar [aquí], es la Teoría del conocimiento, de Alejandro Llano. Los Paulinos (la orden de Santiago Alberione) llevan en la ciudad casi cincuenta años, y en la calle Sierpes algunos menos [archisevilla].

Por último, es justo que me refiera al gran establecimiento de la librería Beta, que el año pasado se mudó desde el antiguo Teatro Imperial a otro local de tres plantas, casi mirando a la calle Rivero, a un paso de la cafetería Ochoa (para quien guste tomarse un café con una "media-noche" después de mirar libros). El último libro que recuerdo haber comprado aquí es la Teoría de la Constitución de Carl Schmitt (un tema de candente actualidad).

Pero si he de ponerme melancólico, creo que uno de mis recuerdos más imborrables de la calle Sierpes no está ligado a los libros, sino a la horchatería Fillol que daba pared con pared con el antiguo Teatro Lloréns, hoy horriblemente convertido en un salón de juegos, pero que merece ser visitado para admirar su fastuoso artesonado neomudéjar.

(La fotografía de la librería de Pascual Lázaro la he tomado de un sitio dedicado a imágenes antiguas de Sevilla [facebook]).

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23 octubre 2015

Noticia de libros: Alejandro Llano

Hoy es viernes y me ha dado una vuelta por una librería de la calle Sierpes. Bueno, es un decir, en la calle Sierpes, si no llevo mal la cuenta, ya sólo queda una librería, la librería de la calle Sierpes (en mi niñez había un puñado) (hay dos librerías, llevo mal la cuenta). Y allí me he encontrado con un libro, que ha sido todo un flechazo, novedad tan fresca que ni siquiera he visto que la editorial, la sempiterna BAC, haya presentado todavía el libro en su página web. El libro está flamante, como recién salido, no del horno, pero sí de las prensas. Es del profesor Alejandro Llano [unav]: Teoría del conocimiento. Me parece un libro valioso, que me he llevado a ciegas (tan sólo una ojeada al índice) porque es de un especialista (el profesor Llano imparte cursos sobre esta materia), y no es excusable para quien quiera hacerse cargo del pensamiento de Immanuel Kant. No es sin embargo una novedad estricta, ya que Alejandro Llano ya publicó en 1982 un manual de Gnoseología ("gnoseología" y "teoría del conocimiento" son la misma cosa, y creo que el autor se excusa en las primera líneas del prólogo). Hay que pensar que esta nueva Teoría está actualizada en referencias bibliográficas, aunque también es de esperar que esté muy ceñida a la filosofía perenne de Santo Tomás de Aquino (aunque el primer autor que cita, con justo merecimiento, es Kant, en el mismo prólogo, tema de su tesis doctoral). Me parece un libro bello, síntesis de una trayectoria académica, que merece ser conocido y leído.

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08 octubre 2015

La paradoja de las erratas de Babel


En la nota anterior [esta], he publicado unas "Apostillas a la Biblioteca de Babel", el relato de Jorge Luís Borges. Tiene un extraño poder hipnótico, y tal vez yo mismo me encuentre ahora alucionado. Un sondeo en internet (la moderna Babel, según interpretan muchos), nos hace tropezar con multitud de lecturas y glosas. Así al azar, el artículo del físico mexicano Manuel Martínez Morales: "Entropía y complejidad en la Biblioteca de Babel" [Universidad Veracruzana], o todo un libro, del matemático norteamericano W.L. Bloch: The Unimaginable Mathematics of Borges' Library of Babel [OUP USA]. Todo este movimiento daría para fundar un "International Journal of Babelian Studies". Pienso que Borges lo vería como una confirmación de sus visiones alucinadas.

En esta nueva entrada me gustaría divagar sobre las diversas paradojas que provoca la imaginación de una biblioteca total, como es la Biblioteca de Babel, desde la perspectiva de las erratas: "Cada ejemplar es único, irreemplazable,  pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma." ¿Es posible?

Imaginemos un libro cualquiera de la Biblioteca de Babel, que concluyese con estos cinco caracteres: finis. Puede haberse cometido una errata por omisión, dejando un espacio en blanco, lo que daría lugar a estas cinco posibilidades:

fini
fin s
fi is
f nis
 inis

Las erratas cometibles pueden ser también de dos caracteres (finae, canis, etc.), o de tres (talis, etc.)..., y así sucesivamente. En esos últimos cinco caracteres del libro se pueden producir hasta 9.765.624 versiones erróneas de finis (25 caracteres posibles elevado a 5, menos una versión, la versión genuina). El lector está invitado a comprobarlo con papel y lápiz.

Sigamos imaginando. Si la errata se limita a un único carácter de cada libro auténtico, los facsímiles de cada libro ascenderían a 32.799.999 (1.312.000 caracteres en un libro, que pueden errar, multiplicado por 25 caracteres, menos uno). Son muchos más que los "varios centenares de miles" que dice el relato. Y el número se incrementa exponencialmente si pensamos tan sólo en dos o tres erratas nada más.

Así que cada libro de la Biblioteca de Babel puede contener o una, o dos, o tres erratas... hasta el límite, un total de 1.312.000 erratas, que es el conjunto de caracteres de cada libro (410 páginas, 40 líneas por página, 80 caracteres por línea). Así, para cada libro, digamos, auténtico, puede calcularse el número de los facsímiles que contienen erratas del original. Si el número de caracteres posibles en cada posición es de 25 (22 letras, el punto, la coma y el espacio), el número posible de facsímiles (como los llama Borges) o versiones defectuosas de un libro cualquiera, ascendería a 25 elevado a 1.312.000 menos uno (justamente la versión correcta), esto, las combinaciones posibles de los 25 caracteres, tantos como libros posibles en la Biblioteca, menos la versión auténtica.

Sin embargo, podría objetarse que un libro completamente desfigurado por las erratas habría perdido por completo su identidad, cumpliéndose la paradoja del barco de Teseo [wiki]. Si en la simple secuencia de cinco letras: Teseo, se cometen erratas sucesivas, reemplazando cada consonante y cada vocal por la que le sigue en el alfabeto, resultaría: Vitiu, que podríamos interrogarnos si es una secuencia que tenga algún sentido, y si aún guarda relación con la secuencia que ha reemplazado (el argumento se podría elevar al conjunto de cada libro y sus facsímiles).

En cualquier caso, la permutación facsimilar de los caracteres de un libro nos conduce a otra paradoja mayor, la de que la totalidad de la Biblioteca pueda interpretarse como el conjunto de facsímiles defectuosos de un libro original; y que cualquier libro de la Biblioteca sea entonces como un original respecto de los demás. Es tanto como decir que la Biblioteca de Babel está compuesta de un único libro, y de todos sus facsímiles. La Biblioteca de Babel será entonces un sistema iterativo (todos los libros se refieren a todos los libros, indefinidamente), donde no es posible distinguir un libro absolutamente original respecto de los demás (cada libro será el original de sí mismo, y el facsímil de todos los demás).

Plantearse si las rutas posibles (la relación de libro original a facsímil) dentro de la Biblioteca, es un conjunto finito, se escapa ya de mi alcance. Puede pensarse que sea un conjunto finito (aunque inconcebible), aplicando el cálculo factorial. Pero también como infinito, porque la autenticidad de un libro (o de un simple fragmento de un libro) es un atributo que le adjudica el intérprete, y no es intrínseco a la combinatoria de caracteres, indiferente a cuestiones de autenticidad (que no es cuantitativa, sino cualitativa).

Si cotejasemos dos libros de la Biblioteca, que tan sólo difiriesen en una coma, no seríamos capaces de discernir cuál es el ejemplar auténtico y cuál el facsimil. Tendríamos que comparar los libros con un arquetipo externo a la Biblioteca (de nuevo la paradoja del mentiroso). Pero además, no tendríamos mejores razones para identificar al libro B, antes que el libro C, como facsímil de A (porque cualquier libro es facsímil de cualquier otro libro).

Pienso entonces que las relaciones de original a facsímil, en la Biblioteca, son indefinidas, porque ni hallaríamos nunca el arquetipo de un libro, comenzando por cualquiera de sus facsímiles, ni tampoco su facsímil más próximo, aceptando un ejemplar cualquiera de la Biblioteca como arquetipo. Sería una ruta sin fin.

Pensemos por ejemplo en los cuatro Evangelios, testimoniados por más de un centenar de fragmentos de papiros, sobrevivientes de los primeros siglos, y millares de manuscritos antiguos. El texto es sustancialmente el mismo, aunque se han colacionado millares de variantes del hipotéticos texto primitivo [Wallace]. La fijación del texto que se estima como original es, en alguna medida, resultado del consenso de los editores modernos [Nestle-Aland]. Quizá por un margen mínimo (las variantes textuales) no conocemos a ciencia cierta el texto íntegro de los Evangelios originarios, salidos del cálamo de los evangelistas (es posible pensar incluso que los propios escritores sagrados, Lucas y los demás, pudieron con el tiempo revisar y corregir sus propias redacciones).

En la Biblioteca de Babel imaginada por Borges, la atribución de autenticidad o genuinidad a un libro, respecto de sus facsímiles, presenta este mismo problema: que no resulta del libro mismo, sino de la autoridad de sus lectores o editores. Luego hay que pensar que la Biblioteca, más que infinita, es indefinida e incompleta (no puede justificarse a sí misma).

Si no se introduce alguna restricción de umbral de erratas, podría interpretarse por ejemplo que las Églogas de Garcilaso de la Vega son un conjunto de erratas, o un facsímil distorsionado, de las Soledades de don Luís de Góngora (y viceversa). En este caso, podría calcularse con un ordenador cuántas iteraciones serían necesarias para alcanzar las Soledades desde las Églogas (y el recorrido inverso).

Antes de seguir, tenemos que preguntarnos por qué esto de interpretar las Soledades como un facsímil de las Églogas nos suena a disparate. Desde un punto de vista matemático, las permutaciones de un libro a otro cualquiera son calculables. Pero, ¿por qué rechazamos instintivamente esta posibilidad? Porque, las combinaciones de caracteres son posibles, pero nunca es posible permutar el espíritu creador respectivo de Garcilaso y de Góngora. Fueron dos individuos, dos personalidades únicas. Tal vez podamos decir que la Biblioteca de Babel contenga todos los libros posibles, que puedan interpretarse los unos como facsímiles de los otros (de cualquiera de ellos), pero realmente el cálculo no es posible extenderlo a los creadores. Es una Biblioteca matemáticamente posible, aunque espiritualmente imposible. De hecho, las Soledades no fueron producto de una permutación de caracteres, sino de un impulso creativo de su autor, don Luís de Góngora. Y así todos los libros in facto esse.

La Biblioteca de Babel no contiene ninguna indicación sobre la autenticidad de un libro, ni sobre el radio de facsímiles o ejemplares errados, lo que contradice nuestra experiencia práctica. Pero esta cuestión nos conduce derechos a la antigua paradoja sorites, o "del puñado de arena" [wiki]. No sabemos medir con exactitud cuándo un grupo de 'n' granos de arena deja de ser un puñado, o un montón, aunque en la vida real seamos capaces de señalar que aquel es "un montón de arena".

Las erratas plantean un problema análogo: ¿cuándo un libro estará tan desfigurado que ya no sea posible afirmar que sea un facsímil de un original? ¿Por qué repudiamos que las Soledades sean un facsímil de las Églogas (o viceversa)?

Podemos estipular un umbral aceptable, por ejemplo una errata por línea (lo que ya suena escandaloso, para un lector discreto). Para los libros de Babel, eso daría lugar a que cada ejemplar facsimilar de la Biblioteca contuviese 16.400 erratas (en 410 páginas, de 40 líneas), y un número de facsímiles posibles inimaginable (tantos como 25 elevado a 16.400, menos uno, el original). Sin embargo, es una estipulación muy moderada.

Podemos, por ejemplo, imaginar un libro de la Biblioteca que comenzase con esta línea de ochenta caracteres: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho, y que fuese seguida de una sucesión caótica de caracteres: jhhbcuyanbnb ujhahg..., hasta la última página. ¿Afirmaríamos entonces que éste fuese un ejemplar facsimilar, aunque muy distante, de El Quijote?

Mi solución a esta cadena de paradojas extravagantes, es que las erratas, o los facsímiles, no son un atributo de los libros de la Biblioteca de Babel. Cada libro de la Biblioteca es único, no tan sólo en el sentido de que difiera de los demás, aunque sea en un grado mínimo (una coma de más o de menos), sino porque no cabe relacionarlo con la colección. La calificación de facsímil (o reproducción defectuosa de un impreso) sólo cabe atribuirla cotejando cada ejemplar con un original, que debe situarse fuera de la Biblioteca (como también deben encontrarse fuera los catálogos). Y esto nos conduciría a la conclusión, bastante absurda, de que la Biblioteca de Babel se compone, o bien totalmente de facsímiles, o bien totalmente de originales, pero sin posibles grados intermedios. Es decir, sería una biblioteca indiscernible, que requeriría otra biblioteca paralela para interpretarla (y así sucesivamente, hasta el infinito).

Queda en pie no obstante una intuición poderosa, de Jorge Luís Borges: que de alguna manera, todo libro pensable se comunica con los otros, y que cada libro es un reflejo de todos los libros posibles. A diferencia de Babel, nuestras bibliotecas, las de este bajo mundo, cumplen esta feliz asociación, que permite reconocer erratas, facsímiles, deudas y precursores. Es la mente del lector la que asocia todos los libros.

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