24 octubre 2016

El ayuno del fariseo de la parábola


En el evangelio dominical, en que se leyó la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14), me llamó la atención que el fariseo dijese en su oración que ayunaba "dos veces por semana". Me parecía una práctica caprichosa, pero me faltaba documentarme. Luego, consultando el pasaje en griego y latín, me sorprendió la alusión al sábado (gr. dís tu sabbátu, lat. bis in sabbato). Todas, todas las versiones que tengo a mano traducen (y bien) la frase invariablemente por "dos veces a la semana". Valgan como muestra la Biblia Americana (ing. I fast twice a week) [NAB], o la de Lutero (al. Jch faste zwyr ynn der wochen) [wiki]. Desde luego hubiera sido una traducción errónea "ayuno en sábado", porque el sábado es día de descanso, pero no de ayuno (ver el tratadito de Simon Philip De Vries, Ritos y símbolos judíos). 

La Bibbia de la Conferenza Episcopale Italiana contiene una magnífica nota explicativa. Los fariseos piadosos del tiempo de Jesús, además del ayuno público, practicaban el ayuno privado, que podría hacerse el lunes y el jueves, es decir entre semana, nunca el día del descanso ritual o sábado. Por eso, en el griego del nuevo testamento (como en lengua hebrea), sábbaton puede significar tanto 'día del sábado', como 'semana', según el contexto. El latín de san Jerónimo heredó este sentido semítico del sábado. Puede verse, en el mismo evangelio de Lucas, el pasaje Lc 24,1 (una sabbati), pero también Lc 4,16 (die sabbati). El sabbatum es un caso manifiesto de semitismo del texto del evangelio, que se pierde irremediablemente en la traducción.

Termino con una curiosidad. Me molesté en consultar la definición de 'sábado' del diccionario de la lengua [rae]. Es un artículo enmendado en las últimas ediciones. El sábado se define como "sexto día de la semana, que es festivo para el judaísmo y otras confesiones religiosas". Lo gracioso es que díga que es el "sexto día", cuando se compadecería mejor con el relato del Génesis que dijese que es el "séptimo día". Que sea el sexto, o el séptimo, es algo convencional, aunque el diccionario cumple bien su función de registrar el uso de la lengua. La generalidad de los hablantes del español aprendimos en la escuela de pequeños a recitar los días de la semana, de lunes a domingo.

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04 octubre 2016

Cinco libros para mi isla desierta

Eso de escoger los libros que uno se llevaría a una isla desierta, me ha parecido siempre una chorrada. Primero, porque no nos vamos a ir a ninguna isla desierta. Segundo, como todo el mundo sabe, porque en las islas desiertas no hay libros. Tercero, porque si hubiera libros en la isla, no nos apetecería leerlos, sino que sólo querríamos dormitar a todas horas y soñar despiertos. Y cuarto, porque en los naufragios no se salvan libros buenos. Robinson Crusoe logró rescatar una Biblia en el suyo, pero nosotros, por simple cálculo de probabilidades, no podríamos aspirar más que a algún libro infumable del estilo de las novelas de Ken Follet. Pero bueno, ya un poco más en serio, lo de la isla desierta es eso que llaman un experimento mental, con que nos imaginamos qué libros nos gustan más. Auque la perspectiva de habitar una isla desierta es tan horrorosa como la de alcanzar la inmortalidad en la tierra, como en el relato de Borges (El inmortal). Si dispusiésemos de tiempo ilimitado, nos dedicaríamos a sestear, con las sienes apoyadas en el puño (ver el grabado del Robinson), y no ambicionaríamos leer nada. Todo se nos olvidaría, igual que en aquel cuento borgiano Homero se olvidó de sus cantos. Queremos hacer cosas, y entre ellas, leer libros, porque el tiempo apremia. Por eso carece de sentido decir que no se lee "porque no tengo tiempo". En realidad, habría que decir justamente lo contrario, que se lee porque no hay tiempo. En fin, he decidido aceptar el reto, y listar esos cinco hipotéticos libros que me llevaría a mi isla desierta. Estos son, y los comento:

1. La Biblia.
2. Las Confesiones de San Agustín.
3. La Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino.
4. El Quijote.
5. El Criticón de Baltasar Gracián.


La Biblia no es un libro, es una suma de libros, de todos los géneros y ciencias. Sola representa la tradición filosófica, espiritual y poética de un pueblo, de todos nosotros. Las Confesiones es otra selección obligada. Obra singular, única, que reúne todas las perspectivas posibles (lo interior y lo exterior, los hechos y las ideas). La Suma Teológica de Santo Tomás, como dice su título, reúne el saber filosófico y teológico más avanzado de su tiempo. En sus páginas hablan también los antiguos griegos, Platón y Aristóteles. Y es una obra cumbre de la mente y de la expresión verbal, en latín. El Quijote es el relato de la vida en camino (on the road), que nos procura felicidad a ratos. Para cerrar el número de cinco, hoy escogería El Criticón, máxima obra de letras y de saberes morales. Con todo, prefiero vivir a leer, aunque la lectura es parte de la vida.

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14 septiembre 2016

Lo que hace Satán con nosotros

That is the key to history. Terrific energy is expended — civilisations are built up — excellent institutions devised; but each time something goes wrong. Some fatal flaw always brings the selfish and cruel people to the top and it all slides back into misery and ruin. In fact, the machine conks. It seems to start up all right and runs a few yards, and then it breaks down. They are trying to run it on the wrong juice. That is what Satan has done to us humans.

C. S. Lewis: Mere Christianity, "The shocking alternative".

02 septiembre 2016

El futuro del libro


El futuro ya no es lo que era, dice la broma, y especular sobre el futuro del libro parece un entretenimiento de ociosos. Se quiere dar por supuesto que el libro impreso desaparecerá como desapareció el rollo (rotulus), y que pronto los libros ya sólo se leerán mediante instrumentos electrónicos (tablets). No lo sabemos, pero en la práctica que observamos hoy, creo que ambas vías, el libro físico, impreso, y el libro electrónico, virtual, convivirán mientras subsista la actual civilización cibernética. Esa es la tesis conclusiva de José Martínez de Sousa en su Pequeña historia del libro [trea]. Es cierto que internet ha barrido el papel y ha revolucionado la prensa diaria y los libros de consulta (los diccionarios o enciclopedias); pero de esto a afimar que el libro impreso caduca, va un gran trecho.

El libro, (el volumen material de un escrito), se ha presentado históricamente bajo cuatro formas: la tablilla, el rollo, el códice y el impreso, sucesión a la que ahora se quiere añadir el libro electrónico. Pero el cambio que ahora estamos experimentado, del libro impreso al libro electrónico, es cualitativamente diverso a las otras transiciones históricas. El libro impreso es una perfección tecnológica del códice. Pero no se puede decir que el libro electrónico perfeccione al libro de papel.

El libro electrónico es otra cosa, significa que pasamos del libro tangible al libro virtual. Este cambio es tan revolucionario como la transición de la enseñanza oral al discurso escrito, sobre el que reflexionó Platón en su mito de Theuth y Thamus, al que ya me he referido antes (aquí). El libro escrito exige del lector que le preste una atención muy distinta que al maestro que perora. Al libro no se le pueden hacer preguntas, como sí al maestro que está cerca y habla con nosotros. Algo semejante sucede con el libro electrónico. El libro tradicional, manuscrito o impreso, se puede tocar y medir con las manos. Pero el libro electrónico no. Ha perdido tangibilidad (como el discurso perdió oralidad al pasar al libro escrito). El libro electrónico es inferior al libro de papel, porque está disminuido en una de las dimensiones esenciales del libro, que es el volumen [rae]. Este es el factor explica la resistencia de muchos lectores al libro electrónico, que no es otra forma nueva de libro, sino algo muy distinto, a lo que no estamos habituados.

Recuerdo un año lejano (el curso 1981-1982), cuando no barruntábamos aún la extensión de la electrónica en los estudios, en que una profesora, en el aula, una mañana nos explicó cómo se lee un libro. No cómo se lee, simplemente, sino cómo se lee metódicamente un libro impreso. Todo comienza por el tacto de la cubierta, de las páginas, y el examen del interior del volumen y de los paratextos del libro (el prólogo, la introducción, los índices, las notas...), antes de entrar a leer a capón desde la primera página hasta la última, que es forma de leer tan desatenta como el comer a dos carrillos. ¿Aprenderemos igual a leer en una tableta? No creo que se pueda dar una respuesta uniforme, sino distinguir por clases de lectores y de libros. Por ejemplo, se puede leer la Biblia, o el Quijote, en la montaña o en la playa, en una tablet, muy a la ligera, pero el estudio serio, reverente, de las Escrituras, o de la prosa cervantina, en un gabinete, quizá justifique el uso de un soporte más noble del libro, en volumen.

La distinción anglosajona de fiction / non fiction parece muy tosca. Lo que cualifica al libro son sus usuarios y su utilidad. Los libros para pasar el rato pueden ir en la tableta electrónica sin problemas, lo mismo que los libros utilitarios, como son los textos de referencia, manuales y prontuarios, o los textos litúrgicos (los curas jóvenes ya han pasado con armas y bagajes a rezar con la tablet, en lugar del breviario). 

¿Qué lugar queda entonces para el libro de papel? Mi hipótesis es que el libro impreso permanecerá para acompañar a los estudios nobles y humanísticos. El derecho mercantil bien puede estudiarse en soporte electrónico, pero la Biblia, o la literatura antigua, o la filosofía, no. Puede parecer un criterio caprichoso, fundado en una mera predilección estética, pero no es así. Hay razones objetivas para aplicar a libros distintos, formatos diferentes.

Los textos humanísticos (los que perfeccionan el espíritu y nos hacen más humanos) sólo alcanzan plenitud en todos los sentidos: auditivo, visual, táctil. No reconocemos como libros los que no podemos ver o tocar. Mucho perdemos con leer el Quijote en una pantalla electrónica, si no es que sólo pretendemos una lectura de lector corriente. Precisamente los textos tecnológicos (los que están orientados a las cosas), como puede ser un tratado de matemáticas, o un recetario de cocina, sí que se beneficiarán en cambio del libro electrónico, porque son libros que se agotan por el uso. Quizá mi conclusión sea que el libro impreso será en el futuro minoritario, destinado a la gente estudiosa, y no desaparecerá mientras pervivan los estudios nobles y humanistas.

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Adenda: Es inimaginable que se lleve en procesión un iPad o una computadora portátil, o que en una liturgia un monitor sea solemnemente incensado y besado”, y por tanto, “la liturgia, es el bastión de resistencia de la relación texto-página contra la volatilización del texto desencarnado de una página de tinta; el contexto en el cual, la página permanece como el ‘cuerpo’ de un texto” [aciprensa].

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29 agosto 2016

Augurios sobre el libro

El pasado domingo, en el dominical del Abc, he leído un espléndido artículo de Juan Manuel de Prada, en el que entre otras curiosidades, se atreve a cantar un elogio del libro de papel (aquí). Me ha parecido tan sentido y sincero, y tan acertado, que no dudo en reproducir aquí, con mi aplauso, los augurios sobre el libro de Prada:

"Ciertamente, se venden muchos menos libros que antaño, pues las angosturas económicas y la rapacidad y avaricia editorial han causado grandes estragos. Pero, después de dejarnos arrastrar por la fascinación tecnológica, hemos vuelto a descubrir (como hijos pródigos) que la lectura más grata y reparadora es la que hacemos en un libro y no en un artilugio electrónico; y que los libros que amamos queremos guardarlos, ocupando sitio en la biblioteca, porque son vigías del tiempo que velan por nosotros y entre sus páginas se esconde nuestra biografía; porque, bajo su apariencia inerte y muda, nos brindan compañía y consuelo, en las tormentas de la vida; porque basta que abramos uno de nuestros libros más queridos, leídos allá en la lejana juventud, para evocar el clima espiritual que su lectura nos procuró; y, al evocar aquel clima del pasado, se alumbra nuestro futuro, aunque ya lo arañen las garras de la vejez."

Por mi parte, en una próxima nota me atreveré, de nuevo, a hacer predicciones sobre el libro, sobre los libros. Ya lo he hecho antes (aquí). Largo me lo fiáis, y dentro de cien años, todos calvos...

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25 agosto 2016

Lecturas del verano de 2016

Otros veranos me he entregado a leer los clásico, el Quijote, las novelas ejemplares... En este, he ido picando de unos a otros libros, que puedo haber leído entero o en fragmentos. Aquí va una reseña de autores de esos libros leídos, o por leer, ordenados por antigüedad, con un mínimo comentario:

Tito Lucrecio Caro (99 a.C. - 53 a.C.). Voy por el libro IV (de los seis) del tratado De rerum natura, ese monumento del ateísmo antiguo. En castellano (la traducción del profesor Francisco Socas), aunque tengo al lado una edición biligüe latina e italiana, que compré en Roma por siete euros [Newton]. Ya me gustaría dedicarme a leerlo en latín.

Immanuel Kant (1724-1804). Ahora está de moda entre los políticos españoles decir que leen a Kant. Es muy difícil, porque hay que enterarse antes de qué va la filosofía. Yo he logrado la proeza de leer, por dos veces, la Crítica de la razón pura, que es una obra cumbre de la mente humana. Este verano me he limitado a leer uno de sus artículo tardíos, fascinante, "El fin de todas las cosas" (Das Ende aller Dinge).

Juan Valera (1824-1905). La Pepita Jiménez, por puro placer y contento, que son motivos muy poderosos para leer.

Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912). De los Heterodoxos, he leído dos capítulos, los que dedica a la vida aventura de el Abate Marchena, y el de José María Blanco White. Consultando otras lecturas, siempre es atrayente leer la pluma colérica del "polígrafo montañés". Me gustaría leer su Historia de las ideas estéticas en España.

Bertrand Russell (1872-1970). Un plato fuerte, el Analysis of matter, que me gustará completar más adelante con el Analysis of Mind. Ahora veo a Russell como un epicureo de estricta observancia, en su física y en su ética. Conexión con Lucretius.

Guillermo Cabrera Infante (1929-2005). Estoy empezando a leer su novela Tres tristes tigres (TTT), que me está pareciendo una obra de arte del lenguaje (del habla cubana), a la altura de Cervantes, Mark Twain o Julio Cortázar, por citar otros maestros semejantes, traídos al buen tuntún.

Jorge Edwards (1931). He estado absorto un buen número de días en la lectura de su "novela sin ficción" Persona non grata, que es un retrato tragicómico de Fidel Castro y del régimen castrista, con los que tuvo contacto como diplomático chileno en 1970.

Jesús Mosterín (1941). Como he estado leyendo a Russell, he consultado el brillante capítulo que le dedica Mosterín en su libro amenísimo Los lógicos.

Los veranos, con libros, son menos.

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30 junio 2016

Baltasar Gracián apocalíptico

Lo que más admira de la lectura de la inmensísima novela El Criticón, de Baltasar Gracián, es su familiaridad, la sencillez con que puede leerse (pese a su altísimo nivel cultural), y que no acertemos a identificar a qué otro libro se parece. Es un libro único. Esto de encontrar semejanzas y pares a las obras literarias tiene su fundamento, porque nunca se escribe en el vacío. Gracián fue hombre de muchas lecturas. Dentro de su oficio jesuítico, además de predicador famoso (es lástima que no pudiésemos verle y oírle), fue maestro de Sagrada Escritura. Creo que aquí se encuentra una traza explicativa de El Criticón. Mi hipótesis es que se trata de una novela apocalíptica, es decir visionaria (lo que es evidentísimo para cualquier lector). Como en el libro de las revelaciones de San Juan el apóstol, está llena de monstruos, que son las bestias mundanas, y su propósito es consolar y reconfortar, y animar a la buena conducta. Aquí se encontraría la clave de que esta novela admirable nos parezca tan extraña y singular. Es una conjetura que me limito a anotar.

14 junio 2016

Resurgimiento católico low cost

Ya he contado que en Sevilla ha abierto una franquicia de las librerías baratas Re-Read, en la calle Tarifa, 3, justo enfrente de La Campana. A mí me parece que tiene sus limitaciones. Está muy bien el precio fijo de venta (2 a 3 euros la unidad), pero la restricción también juega en la compra (unos misérrimos 20 céntimos por libro entregado). De esta manera, no se puede esperar que en una visita a la librería se encuentre nada de particular (sólo libros viejos o baratos), salvo que por casualidad veas algo que te llame la atención. El otro día me sorprendió encontrar este libro que voy a comentar, y que he leído "en diagonal" una de estas tórridas tardes del mes de junio... Se trata de El resurgimiento católico en la literatura europea moderna (1890-1945), del joven profesor Enrique Sánchez Costa, publicado hace un par de años [Encuentro]. Sánchez Costa, brillante doctor en humanidades, es hoy profesor en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), en Santo Domingo. Parece que este libro fue su tesis doctoral. Es evidente por tanto que se trata de una "tesis confesional". El libro, como ya digo, me ha costado 2,50 euros de low cost (cuesta la friolera de 29 euros en librerías). Veamos si es un chollo.

Primero, el tema. El título y la cubierta son ilustrativos. Con la etiqueta de resurgimiento católico se alude a un confuso grupo de autores (franceses, ingleses, españoles), muchos antagónicos entre sí, que hicieron militancia de su catolicismo en la primera mitad del siglo XX: la renouveau catholique, el catholic revival. Caso notorio, entre ingleses, G.K. Chesterton. Más difícil me parece hablar de un revival católico en España, fuera de escritores anecdóticos. Se habla de Unamuno, pero él iba a su aire, no era hombre de banderías de ninguna clase (y menos de las católicas). El profesor Sánchez Costa ha pecado de ambición y ha hecho un recorrido extenso, a costa de lo intenso. No me parece normal, por ejemplo, que en una publicación como esta se dedique un puñado de páginas para resumir, otra vez, el argumento de Brideshead revisited, novela de Waugh que goza de un extraño predicamento entre los católicos del ala conservadora. La novela habla de personajes católicos (de clase alta, no se olvide), pero me parece irrelevante para entender lo inglés.

En cuanto a la edición en sí misma del libro, a pesar de mi "lectura en diagonal", no sé cómo me las arreglo para tropezar con las erratas peores. En la página 372 se lee: "... como escribía Unamuno en La tía Lula... " (sic), errata grosera que delata que el texto editado no fue sometido a corrección (el autor la cita bien en nota a pie de página).

Si se quiere ver este resurgimiento católico como un movimiento, peligrosamente próximo al fascismo de su tiempo (¿qué hacen las fotos de José Antonio Primo de Rivera en este libro?), habría que considerarlo como un caso de herejía, y no de ortodoxia en modo alguno (véase el caso de la Action française, batiburrillo peligroso de ideología y religión, condenada expressis verbis por el pontífice romano). De modo que no me puede parecer nada simpático este supuesto catholic revival. De hecho se comete, me parece a mí, una falacia de dicto simpliciter. Que este grupo poliforme de escritores se manifestasen como católicos, e hiciesen de la apología de la iglesia católica su bandera, no quiere decir que sus ideas, su ideología, fuese católica. Falta hacer un diagnóstico más severo de este resurgimiento. Para mí George Orwell, escritor en las antípodas de esa caterva católica, ya hizo un admirable análisis de la confusión de creencias e ideas políticas de este movimiento reaccionario católico, en su gran ensayo de 1940 Inside the Whale, que ya he comentado [aquí]. Debe releerse.

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07 junio 2016

De cine y derecho, Platón y los libros

Anoche daban por la tele una película en blanco y negro, que me he perdido, Brigada criminal (Ignacio F. Iquino, 1950). Me hubiera gustado verla porque es una de esas películas de buenos y malos (en la de Dillinger de Johnny Depp, se acaba por no saber quién es el bueno y quién es el malo). Me puse a darle vueltas al asunto del Film and the Law [Hart], quiere decirse lo que pueden enseñarnos las películas acerca del mundo jurídico. En esto han sido pioneros en España eximios juristas a la par que cinéfilos (todos recuerdan al fiscal Torres-Dulce). Hace veinte años, en 1996, el colegio de abogados de Madrid decidió celebrar su cuarto centenario publicando un libro maravilloso, Abogados de cine. Leyes y juicios en la pantalla, volumen colectivo en que colaboraban, por su conexión más o menos evidente  con el cine y el derecho, entre otros, Jaime de Armiñán (Stico, 1985), Fernando Fernán Gómez (La vida por delante, 1958), Pilar Miró (El crimen de Cuenca, 1979), Fernando Vizcaíno Casas (abogado de artistas) o Eduardo Torres-Dulce (fiscal y cinéfilo), y ofrecía una antología comentada del cine jurídico norteamericano (The Verdict es una de mis favoritas, del subgénero "de juicios"). Mas tarde, en el año 2006, hay otro libro de nota, del letrado de Sevilla Emilio G. Romero, que aún no he leído todavía, Otros abogados y otros juicios en el cine español [Laertes], que parece muy recomendable, para documentarse. Bien, en realidad no quería yo ahora hablar del cine y el derecho, asunto en el que podría fácilmente embarbascarme, sino, mucho más en general, sobre los vehículos tecnógicos que sirven para enseñar y educar (puesto que el cine es un gran medio educador). Esto me ha llevado, inevitablemente, al maestro Platón.

He leído una vez más el mito de Theuth y Thamus, sobre la invención de la escritura, que se cuenta en el Fedro, pasaje bellamente comentado por el filósofo sevillano y universal Emilio Lledó en su libro El surco del tiempo (1992). Allí nos dice Platón, o Sócrates, opiniones que nos parecen plausibles. La escritura es un mal invento, porque leyendo no ejercitamos la memoria, ni aprendemos en lo más interior nuestro, porque nos fiamos de que la enseñanza está depositada en los escritos. Lo que está por escrito tan sólo nos vale como un recordatorio, cuando nos falla la memoria. Pero ni siquiera enseña, porque los escritos son mudos a nuestros interrogantes. El auténtico aprendizaje se logra en el diálogo vivo entre presentes.

A todo esto, como en muchas páginas platónicas, no es difícil asentir. Decimos en nuestro fuero interno: ¡cuánta razón tiene este Sócrates! Sin embargo... ¡ah...! Leer, o escribir, no puede ser tan malo. Aquí hay gato encerrado. Vale ya esa objeción evidente de que Platón se enemiste con la escritura, escribiendo, precisamente, y nosotros le asentimos, leyendo. Con acierto Rafael Sanzio representó a maestro y discípulo, Platón y Aristóteles, en el fresco de la Escuela de Atenas, con sendos libros en las manos, en actitud muy escolar (el Timaeus y la Ethica, véase). No, leer no debe ser tan malo. Es verdad que se aprende antes y mejor lo oído que lo leído. Cualquier estudiante (yo mismo, en el bachiller y en la facultad) te podría contar que muchas veces contestaba los exámenes por memoria auditiva, de oídas en clase, antes que de leídas. Es cierto que lo natural es la oralidad, oír decir, y que cualquier extensión artificial del lenguaje, procurada por medios técnicos (audiovisuales o táctiles), interpone una distancia entre el captar y el memorizar, que exige un mayor esfuerzo de atención. Psicólogos y neurólogos podrían explicarlo mejor que yo. La enseñanza y el aprendizaje oral es la situación natural. El uso de medios técnicos es artificial, pero no inhumano. Los maestros enseñan con la palabra, pero también deben enseñar a leer, y ahora a consultar internet. Y los estudiantes deben adquirir destreza en el uso de estos medios. Antes aprendíamos esforzadamente a escribir y leer, y ahora, con mayor naturalidad, los chicos se manejan con el instrumental informático.

Con el panorama técnico de nuestros días, me gustaría responder dónde quedan los libros. ¿Desaparecerán? Mi opinión es que no, que la escritura, aquella invención del dios egipcio Theuth en el mito, es un invento definitivo, como la rueda o el arado. Podrán perfeccionarse los soportes, pero el uso de la escritura será la misma. El cine es otro lenguaje distinto, como lo es la música. Digamos al viejo Sócrates que en todo proceso de enseñanza y aprendizaje, conviven distintos medios de expresión (oral, escrito, auditivo o visual) y que en cada medio es preciso un distinto nivel de atención en el oyente, lector o espectador. Me gustaría terminar con el caso que decía al principio, del Cine y el Derecho. Hay diversos medios de aprendizaje del derecho, pero no creo adecuado privilegiar ninguno. Recuerdo ahora algo leído, que el benemérito jurista Álvaro d'Ors, en su introducción al derecho, decía que el derecho se aprende en los libros. ¡No! El derecho se aprende, en la práctica de la vida diaria, en los tratos y riñas entre particulares, y también en los libros, donde anda escrito qué se habrá de resolver en cada caso. Pero también en la expresión fílmica, máximamente adecuada a lo jurídico (los procesos y contiendas consisten en un transcurso del tiempo, como el mismo relato cinematográfico). Y otra cosa habría que decir para el medio cibernético, que dejo para otra mejor ocasión, pero sobre lo que ya he comentado algo [aquí].

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23 mayo 2016

George Orwell, Pablo d'Ors


En el tedio de la tarde del domingo, hasta que comenzase la final de la Copa del Rey, me eché a leer los Ensayos de George Orwell. Son inagotables, enganchan. Casi centenarios, del siglo pasado, y parece que allí nos habla un contemporáneo, hasta tal punto fue asistido Orwell por el don de la profecía. Los abrí por el extenso Inside the Whale, del año 1940. Lo iba leyendo arrullado por el partido (que ganó el Barça). Comienza, y concluye, como un juicio crítico de la novela Tropic of Cancer (1934), de Henry Miller. Orwell conocía a Miller, y se lo encontró de camino a la guerra de España el año 36, donde Miller le previno que ir a esa guerra era una estupidez. Inside the Whale es un ensayo magistral, porque toma como motivo las novelas de Henry Miller para enseguida ganar altura (o profundidad, si de un mostruo marino se trata), y hacer un incisivo recorrido ideológico por la narrativa y poesía inglesa de los años veinte y treinta. "En el vientre de la ballena", está pensando en el profeta Jonás. Es una metáfora debida al propio Miller (que se refería así a los diarios de Anaïs Nin). El profeta Jonás recibió un mandato de Dios, convertir a la ciudad de Nínive, pero navegando, en medio de la tempestad, acabó arrojado al agua y engullido por un gran pez, en cuyas entrañas se vio protegido de todo peligro. George Orwell sigue esa alegoría para pensar en una peculiar categoría de escritores, que como Jonás se han visto apartados de las dificultades del mundo, porque son incapaces de comprender, y viven de espaldas a la realidad (en el relato bíblico, Jonás era un tanto cabezota y no se enteró de la película ni aunque se lo explicase Dios mismo). Orwell distingue muy bien entre verdad y sinceridad. El valor literario es la sinceridad, aunque el autor sostenga ideas descabelladas, no verdaderas. Pone como ejemplo de acierto literario a Poe (nos creemos sus relatos, aunque no sean verdad). En el extremo opuesto, Orwell sitúa a los autores que pretenden defender un credo o ideología, o hacer propaganda, y que por eso fallan como artistas. No me resisto a copiar aquí una de esas sentencias orwellianas, de las que está repleta el ensayo: "Perhaps it is even worth noticing that the only latter-day convert of really first-rate gifts, Eliot, has embraced not Romanism but Anglo-Catholicism, the ecclesiastical equivalent of Trotskyism". El ensayo completo se puede leer [aquí]. Orwell concluye, proféticamente, que la literatura pequeño burguesa, de sentimientos impostados, está acabada. Anuncia un nuevo modo de narrativa, que será testimonio sincero del estado perplejo del alma humana.

No sé si he captado bien el fondo de las ricas ideas literarias, históricas, políticas, que vuelca George Orwell en Inside the Whale. Mientras lo leía, no pude evitar tener presente otras ideas que hormigueaban en la cabeza. Orwell discute, con ocasión de revisar la novela de Henry Miller, la narrativa del pasado (un ejemplo sería la imagen absurda de lo inglés de las novelas de Evelyn Waugh), frente a la narrativa del porvenir. Y me he preguntado si esa narrativa del porvenir, columbrada ya en 1940 por Orwell, no la tendremos ya entre nosotros. Estoy pensando ahora en la excepcional novela de Pablo d'Ors El olvido de sí. Una aventura cristiana [Prextextos]. Una obra de arte, concebida con gran dificultad, que consiste en narrar la vida del beato Carlos de Foucauld, desde su misma interioridad. No importa el exterior: importa la persona, uno mismo (la individualidad de Jonás). Leí esa novela hace tres años, y quedé tan impresionado que no logré redactar nada coherente para este blog, aunque me hubiese gustado. Aún conservo el recuerdo de esa intensa lectura, que para mí es garantía de excelencia. Creo que Pablo d'Ors representa ahí la narrativa del porvenir, en el sentido que vislumbraba George Orwell.

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