24 marzo 2009

Un gran abogado norteamericano

Me refiero al abogado Clarence Darrow, defensor en la causa criminal de los jóvenes Leopold y Loeb, hijos de familias adineradas de Chicago, que en el año 1924 asesinaron con fría premeditación a otro joven de 14 años. El letrado Darrow se significó en su carrera por su decidida oposición a la pena de muerte, y esto explica su esforzada defensa en este caso histórico, que ha sido llevado al cine [Impulso criminal, Richard Fleischer, 1959]. Hay muchos motivos para que, en los derroteros de la ley y la justicia, debamos volver la mirada a la historia y práctica de la jurisprudencia de los USA. Conocemos a sus jueces, abogados y criminales por las películas "de juicios", que a mí tanto me entusiasman. Estos grandes abogados y jueces no parecen funcionarios vulgares, sino profesionales con gran iniciativa y audacia profesional, técnica y de pensamiento. Muy comprometidos con la realidad de su tiempo, con los principios de justicia, y la defensa de la vida humana y las libertades civiles (como en el caso ejemplar de Clarence Darrow). Por decirlo en breve fórmula, los juristas americanos deben ser los herederos de los antiguos jurisprudentes romanos, y no sólo porque el sistema de derecho común, en que prima el razonamiento dialéctico, la retórica y la equidad sobre la fría aplicación de los códigos, haga de los modernos americanos y de los antiguos romanos juristas afines, muy sensibles a las dimensiones irreductibles del caso concreto.

20 marzo 2009

El limosnero

Ocurrió en Pinos Puente. Los obreros de una fábrica comenzaron a injuriarle y a blasfemar. Se acercó a ellos fray Leopoldo y les dijo:
-Soy fraile, podéis injuriarme y decirme lo que queráis, pero a Dios, no. No pronunciéis su nombre sino para bendecirlo y alabarlo.
En otro lugar le gritaron:
-Fraile, tenemos hambre.
Y fray Leopoldo echó mano a su zurrón y les dijo:
-Aquí llevo un pan. Os daré la mitad y guardaré la otra mitad para mis frailes.
Por aquel entonces se asustaba a los niños con el Tío Manteca. Apareció a la entrada de un pueblo fray Leopoldo, con la pinta que llevaba. Y los niños corrieron a sus casas gritando:
-¡Que viene el Tío Manteca...!
Hubo quien corrió hacia él con no buenas intenciones. Pero le paró la venerable presencia del frailecico.
Pasa por una siega y oye un insulto:
-¡Fraile, gandul!
Fray Leopoldo se acercó, pidió una hoz y recordó sus años mozos de labrador. Y todos quedaron contentos y amigos de aquel humilde fraile.
Pasó por la plaza de un pueblo y los muchachotes comenzaron a tirarle piedras. Fray Leopoldo se puso de rodillas con los brazos en cruz y cesó la lapidación.

Carlos Ros: Vida de fray Leopoldo de Alpandeire (1996)

14 marzo 2009

El derecho penal y yo


Nos decía en el aula de la Facultad, uno de mis maestros, el catedrático de derecho internacional público D. Juan Antonio Carrillo Salcedo, que la vocación jurídica puede orientarse a dos grandes especialidades: la defensa de los intereses patrimoniales, o la defensa de los intereses personales. Como toda clasificación dicotómica, la división de esta ciencia, al modo romano, en un derecho de las cosas, y un derecho de las personas, es una simplificación exagerada, porque en el mundo real los patrimonios, y las personas que los detentan, con sus pasiones, necesidades o ambiciones, nunca aparecen separados.

Pero es cierto que ningún criterio define mejor a un jurista que los asuntos que patrocina: si los dineros y los negocios, o los apuros que pasa la gente de carne y hueso. Así por ejemplo, ante la noticia de que una empresa ha quebrado y ha echado el cierre, unos se preguntarán, primero, si la empresa tiene bienes bastantes para pagar a sus acreedores; y otros, cuántos trabajadores, cuántos padres de familia van a la calle y en qué estado quedan. Ambas son cuestiones que se ventilarán en un mismo proceso concursal, pero cada uno se inclinará a dirigir su pensamiento con preferencia a uno u otro asunto (el de los dineros, o el de los trabajadores).

Estaríamos tentados, al hilo de este ejemplo, en concluir, yendo al caso, que el derecho mercantil es una especialidad de tinte patrimonial, y en cambio el derecho del trabajo, personalista. Pero todo es cuestión de perspectiva. En la esfera mercantil se protege a una persona cuando se defiende al consumidor, o al pequeño empresario o comerciante que subsiste él y su familia con su negocio. Y en la esfera del trabajo, en los conflictos colectivos y las crisis de plantilla, el empresario que se acoge a la ley laboral está poniendo sus miras en un cálculo de grandes masas de dinero (que le va a costar o que se va a ahorrar), antes que en las necesidades de cada uno de sus trabajadores. Las cosas no son tan simples ni son blanco o negro.

Algo semejante ocurre con el derecho penal, el que trata de los delitos y de las penas. Es una especialidad que detesto, desde que la estudié por primera vez a mis veinte años. Mi animosidad hacia esta rama jurídica no tiene nada que ver con que esté convencido de su necesidad, y hasta de la conveniencia de su reforma constante. Si no se multase a los coches que aparcan en "doble fila", o que se saltan un semáforo, o que corren más de la cuenta en carretera, la circulación sería un caos: hay que castigar, sí, lo que está mal hecho. Mi prejuicio contra el derecho penal responde a otros motivos, que no son que no crea indispensable cierto "control social" o prevención de las malas conductas.

1. En primer lugar, tengo la sospecha de que bajo la ley penal siempre caen los mismos, los de siempre, esos sospechosos habituales de los que se habla al final de la película Casablanca. Esto es, los pobres, los indefensos. El derecho penal no es para los ricos. Esto suena a discurso populista barato, y tendría que sostenerlo con estadísticas, pero ya digo que es una sospecha, no una convicción.

2. Pero lo que más se me atraviesa del derecho penal es su inhumanidad. Bajo la elevada perfección técnica que ha alcanzado en los estados de derecho, no puede encubrir su aire arcaico, primitivo, como nacido del instinto de horda: el derecho penal se ha establecido para saciar el ánimo de venganza de los injuriados, sus familias y todo el pueblo. Desde este punto de vista, es la rama del derecho que más nos animaliza, y más nos aleja de los ideales humanistas.

3. Por último, me parece, sin más, un derecho imposible, porque pretende reducir a fórmula matemática (el álgebra de la pena) aquello que es inconmensurable e infinito en valor y dignidad: la vida y la libertad de las personas. Por ejemplo, es muy difícil que nos expliquemos que un mismo hecho delictivo (un robo, un homicidio, una agresión sexual) merezca distinto castigo si el delincuente lo cometió un día antes, o un día después, de cumplir los 14, los 16 ó los 18 años, como no sea la servidumbre de los números enteros. O al menos yo nunca lo he entendido.

Y vuelvo al principio: ¿dónde coloco al derecho penal, en la defensa de las personas, o de los patrimonios? Y confieso dudar, cuando veo que el delincuente, al que hay que compadecer (como nos enseñó una gran pensadora española), es tratado por el sistema penal poco menos que como una cosa, como un objeto (así en la escena del óleo El garrote vil), reo al que se le dice privar de libertad, por un número de años (como si la vida y la libertad fuesen numerables, o los castigos debieran ser siempre perpetuos).

02 marzo 2009

Claves para la audición de Gustav Mahler

Afronto ahora el reto de exponer algunas ideas, si no nuevas o nunca dichas, sí al menos que he meditado personalmente, sobre el genial músico judío, director de orquesta y compositor, Gustav Mahler (1860-1911).

Cuando está próximo a celebrarse el centenario de su muerte, ya no hay lugar para hacer aspavientos sobre la extravagancia de sus obras. El consenso sobre el valor de su música es general: su discografía es amplísima, si la ponemos en relación con el repertorio breve de sus obras (Mahler murió joven, y se dedicaba a componer en el tiempo libre que le dejaba la dirección orquestal); no hay gran intérprete que no se precie de dirigir sus sinfonías, y cuantas veces se presente en un teatro su Canción de la Tierra, será un acontecimiento.

Debemos pues aceptar pacíficamente que estamos delante de un gran músico, uno de los mayores del siglo XX, y una de las cumbres de la historia musical de occidente. Así que merece la pena que hagamos el esfuerzo de una audición atenta de sus canciones y de sus sinfonías, reflexionando sobre algunas claves ideológicas que nos ayuden a entenderlas mejor.

El gran público, el común de los oyentes, asociará siempre el nombre de Mahler con el trillado Adagietto o cuarto movimiento de su quinta sinfonía. Es la vulgata mahleriana. Sin negar su intensidad lírica, no rara en el conjunto de sus páginas sinfónicas, nos parece que este pasaje no puede proporcionar una imagen suficiente del significado de la música de Mahler en toda su hondura. Es como si pretendiésemos entender El Quijote contentándonos con la lectura de sus primeros ocho capítulos (en que es verdad que se encuentran sus episodios más célebres: la vela de armas en la venta, la aventura de los molinos de viento, la batalla con el vizcaíno...).

Quien sólo conozca de Mahler ese Adagietto no puede hacerse idea de su música, que se sustenta -nos parece- en una visión del mundo caótico, desordenado, compuesto de oposiciones y contradicciones. Así también, como un espejo, parece la música de Mahler, en la medida en que la lógica compositiva le consintió expresar la confusión de lo real. El lirismo de algunas de sus piezas es tan sólo una de las posibles facetas de su música, necesaria pero incompleta para entender su mundo musical (y nuestro propio mundo). De este modo, las otras páginas de sus obras, que algunos calificarían de vulgares o estridentes, también componen el equilibrio de la música mahleriana. Entender su música es oírla compensadamente, como un todo orgánico: su mensaje es holístico.

De Gustav Mahler podría decirse algo semejante al título con que Heidegger calificó a
Friedrich Hölderlin: der Dichter des Dichters, "el poeta de poetas". Por razones análogas al caso de aquel poeta alemán, Mahler ha sido también un músico de músicos. No captaremos en plenitud su mensaje estético sin advertir que en sus obras realiza una constante reflexión sobre la música, en toda su extensión: desde la que se oye en las salas de conciertos, hasta los aires y tonadas de las fiestas de pueblo, los cantos litúrgicos del templo o las marchas militares. No cabe una audición inocente de la música mahleriana, porque demanda del oyente la consciencia de la tradición musical occidental, que él asume y reinterpreta definitivamente. La de Mahler es música de segundo grado.

Hay que oír la música de Gustav Mahler en el momento en que hayamos superado la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven. Mahler se proyecta desde ese hito de la música coral. Por eso no dudo que la recta audición de la obra de Mahler deba iniciarse con sus canciones o lieder. Toda su música es esencialmente cantable, hasta el caso más manifiesto de su Das Lied von der Erde.

Aunque nos estremezcan muchos pasajes tremendos de sus sinfonías, su música está compuesta siempre a escala humana. Esta afirmación puede parecer de cajón (la música la componen hombres), pero deja de ser evidente cuando volvemos la vista y el oído a la música sacra, que asciende a lo alto. La música de Mahler es terrenal, y nada hay más terreno que la voz humana, que expresa alegría o tristeza. De ahí que la presencia de las voces en su obra no sea accidental, sino que la califica esencialmente. Y ahora ya podríamos avanzar la tesis de que la música mahleriana es por este motivo religiosa, pero no sacral.

Antes de exponer mis ideas sobre la música de Gustav Mahler, parece conveniente recordar el conocido dictum de uno de sus grandes intérpretes, Leonard Bernstein (1918-1990): "Su tiempo ha llegado ya. Sólo después de cincuenta, sesenta, setenta años de holocaustos mundiales, de simultáneo avance de la democracia unido a nuestra creciente impotencia para eliminar las guerras, de magnificación de los nacionalismos y de intensiva resistencia a la igualdad social; sólo después de haber experimentado todo esto, podemos, finalmente, escuchar la música y entender lo que él había soñado ya" ["Mahler: His time has come", High Fidelity, 1967].

Aunque desde mis días de estudiante he estado abonado a la tesis de Arnold Hauser, de que la obra de arte no es exclusivo fruto de la eternidad que hay en nosotros, sino que se relaciona con las condiciones sociales del tiempo y lugar en que fue creada, creo que reducir a Gustav Mahler a profeta de las catástrofes de nuestra época, es empobrecerlo sumamente. Esta lectura puede ser muy pertinente, pero es reduccionista, y más aplicada a un músico. Toda obra musical se encarna en el tiempo, pero surge de un fondo intemporal: el espíritu del hombre músico.

Lo eterno en la obra de música explica el hecho trivial de que en un mismo concierto vespertino se pueda programar, sin aparente solución de continuidad, la ejecución de sonatas para piano de Bach, Mozart, Beethoven y Chopin, por ejemplo. Desde una perspectiva interpretativa "marxista" parecerá un anacronismo hermanar las obras de Bach y Chopin en una misma representación, porque sus contextos sociales y económicos nada tenían que ver. Pero la contemplación estética, la pura audición musical, disuelve esa contradicción y la resuelve en sincronicidad artística. Esta tarde, cualquier tarde, es momento para oír a Bach y a Chopin, reunidos sub specie aeterni.

El arte, habremos de concederlo, expresa los conflictos sociales en que está sumido el artista, pero tan sólo en un nivel superficial. En un plano más hondo, el arte es sobre todo expresión de los gozos y las tristezas del hombre, que son de todo tiempo y lugar: el arte es ecuménico. Y esto es cierto para la música de Mahler, obra de un tiempo porque aparece en un momento concreto de la secuencia de la tradición musical de occidente y de la historia de Europa, pero que posee cualidades eternas cuando medita sobre la vida del hombre sobre la tierra. Sólo aceptando este supuesto podemos esperar que en el porvenir se seguirá oyendo a Mahler en las salas de conciertos, o en los reproductores domésticos de música.

[Continuaremos en el próximo post ofreciendo claves para la audición de Gustav Mahler].

28 febrero 2009

Pueblo santo

El quinto detenido -dice La Voz del 24 de agosto, al dar cuenta del crimen de Zaragoza, perpetrado por un obrero, que dijo llamarse Inocencio Domingo- es un individuo que se presentó en la Comisaría llevando comida para Inocencio."

El quinto detenido... Los graciosos
que juegan del vocablo,
hacen su chiste en su café. Yo digo:
¡Oh santidad del pueblo! ¡Oh pueblo santo!

Estas líneas que acabo de copiar pertenecen a un poema suelto de Antonio Machado, del año 1920, no recogido en libro. En la edición de sus Poesías completas del profesor Oreste Macrí (1988) encontramos en nota algunas noticias más de los graves sucesos que motivaron la reacción emocional del poeta:

"Una huelga de empleados del ayuntamiento de Zaragoza había paralizado el servicio de iluminación. Pasados varios días, tres altos funcionarios decidieron devolver la luz a la ciudad; mientras estaban reparando las averías, un hombre disparó contra ellos; dos murieron al instante, el tercero poco después. El asesino fue perseguido y capturado en la cocina de una portería, mientras ante la casa se apiñaba un gentío amenazador y vociferante; a duras penas los guardias consiguieron evitar el linchamiento..."

Me causa un grave respeto aquellos pensamientos machadianos, henchidos de caridad para con el pueblo, aunque para él ese pueblo santo se encarnase en aquella ocasión en unos presos acusados de asesinato, sobre los que caía la ira de la gente. Antonio Machado demostraba en esos versos poseer una gran talla espiritual, que le llevaba a pensar, en su fuero interno, distinto de sus contemporáneos, y de modo inconveniente. A mí no se me ocurre decir más.

En la imagen, fotografía de hace unos días de Miguel, de apenas 20 años, detenido, que dicen que ha confesado a la Policía haber matado a su amiga Marta, una muchachita sevillana menor de edad. Cuando escribo, el cuerpo de Marta, que el homicida pudo haber arrojado a las aguas del Guadalquivir, aún no ha aparecido.

31 enero 2009

Biblia y diálogo judeocristiano

"La Comisión Bíblica no podía en su labor prescindir del contexto de nuestro presente, en el cual el impacto del Holocausto (la Shoah) ha inmergido toda la cuestión en otra luz. Se plantean dos cuestiones principales: ¿Pueden los cristianos, después de todo lo que ha ocurrido, mantener aún tranquilamente la pretensión de ser los herederos legítimos de la Biblia de Israel? ¿Pueden continuar con la interpretación cristiana de esta Biblia, o tendrían que renunciar con respeto y humildad a una pretensión que, a la luz de lo que ha ocurrido, tiene que aparecer como una intromisión? De eso depende la segunda pregunta: La presentación de los judíos y del pueblo judío que hace el mismo Nuevo Testamento, ¿no ha contribuido a crear una enemistad hacia el pueblo judío, que ha preparado la ideología de aquellos que querían eliminar a Israel? La Comisión se ha planteado las dos cuestiones. Está claro que la renuncia de los cristianos al Antiguo Testamento no sólo acabaría, como hemos indicado, con el cristianismo como tal, sino que tampoco prestaría ningún servicio a una relación positiva entre cristianos y judíos, precisamente porque les sustraería el fundamento común. Lo que hay que deducir de los hechos ocurridos es un nuevo respeto por la interpretación judía del Antiguo Testamento. El documento dice dos cosas sobre el tema. En primer lugar, constata que la lectura judía de la Biblia es «una lectura posible que está en continuidad con las sagradas Escrituras de los judíos del tiempo del segundo Templo y es análoga a la lectura cristiana, que se ha desarrollado en paralelismo con ella». Añade que los cristianos pueden aprender mucho de la exégesis judía practicada durante 2000 años; viceversa los cristianos pueden confiar en que los judíos podrán sacar provecho de las investigaciones de la exégesis cristiana. Creo que los análisis presentes ayudarán al progreso del diálogo judeocristiano, así como a la formación interior de la conciencia cristiana."

Joseph Card. Ratzinger, Presentación al documento de la Pontificia Comisión Bíblica, El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana (Roma, en la fiesta de la Ascensión de Cristo, 2001) [enlace].

11 enero 2009

San Pablo y la libertad

Si me pidiesen que buscara una sentencia de San Pablo, que de forma concisa expresase su pensamiento, escogería el versículo de Gálatas 5,1: Para que seamos libres, nos ha liberado Cristo [τῇ ἐλευθερίᾳ ἡμᾶς Χριστὸς ἠλευθέρωσεν / qua libertate Christus nos liberavit / the liberty wherewith Christ hath made us free].

Esta frase parece muy significativa, viniendo del apóstol que sufrió tantas prisiones, y que seguramente tuvo entre su auditorio, en las asambleas cristianas, a muchos siervos, esclavos y libertos. Pablo había probado la cautividad -crede experto- y sabía bien, por privación, qué significaba para sí y sus compañeros la libertad. Pero, ¿estamos seguros de entender en nuestros días qué quiso decirle a los gálatas, y a nosotros?

Hoy el santo nombre de la libertad está contaminado, tal vez como en los mismos días del apóstol. Asociamos la libertad, al instante, con las libertades públicas, las
libertades civiles y políticas. Nuestra idea de la libertad no procede de nuestra experiencia de vida, sino que aparenta estar intoxicada por la humareda ideológica. Creemos ser libres porque nos instruye la propaganda con que lo somos, no porque nos sintamos realmente libres en nuestro interior. Pero si no sabemos bien qué es ser libre, ¿advertiremos el momento en que nos reduzcan a la condición de esclavos? Ô Liberté, que de crimes on commet en ton nom!

Christus nos liberavit, Cristo nos ha liberado. Esto es lo que habremos de comprender. Esta máxima, auténtico principio paulino, se sitúa en el contexto de la discusión de Pablo con los judaizantes en las comunidades de la región de Galacia. Podríamos despachar nuestro interrogante diciendo simplemente que el apóstol Pablo polemizaba con los observantes de la Ley, y que predicaba que la persona de Cristo nos ha liberado de los preceptos de la Lex Vetus, obsequiándonos con la libertad de los hijos de Dios. Pero así no habríamos captado todavía mucho, salvo mera retórica teologal. Aunque aquella controversia sobre la fuerza de obligar de las antiguas costumbres (en especial la circuncisión) no tiene en absoluto un simple interés arqueológico, sugiero que por el momento nos abstraigamos de esa contienda. Vayamos pues al otro término de la máxima: el Cristo, el que dice Pablo que nos ha liberado.

Es una triste ironía de nuestro tiempo, descreído y cínico, que Cristo parezca no decir ya nada. Porque el nombre de Cristo tiene mucho que decir a los hombres de todos los tiempos (y algo intentaremos explicar aquí), aunque es cierto que su uso familiar en la Iglesia, a lo largo de los siglos, haya disipado las trazas de su sentido primitivo. Aquel profeta de Galilea, el rabí Jesús de Nazaret, decimos que es Cristo. Por eso enseguida a los que se reunían para oír predicar sobre Jesús se les llamó cristianos. No advertimos, sin embargo, que el uso por
antonomasia del nombre de Cristo, de algún modo nos vela el
significado de este nombre.

Hemos olvidado que la palabra Cristo es un helenismo, un
extranjerismo en suma. Pero hemos de suponer que en la intención del apóstol Pablo estaba el hacerse entender por sus oyentes, y éste era realmente el caso. Sus oyentes, los judíos, prosélitos y gentiles grecoparlantes, entendían muy bien el significado de Christos, porque era la voz griega que en la Biblia de los LXX (las Escrituras de los judíos helenistas) vertía invariablemente el vocablo hebreo que designaba al Mesías. Esto se ve muy bien en el precioso versículo del Evangelio de San Juan, 1,41: ...el Mesías (que quiere decir Cristo) [τὸν Μεσσίαν· ὅ ἐστιν μεθερμηνευόμενον Χριστός / Messiam quod est interpretatum Christus / the Messias, which is, being interpreted, the Christ]. De hecho, Mesías es otro vocablo ya naturalizado en nuestra lengua, pero de origen semítico, que en hebreo quiere decir "el ungido" (i.e. el investido como rey). Por este motivo las versiones modernas en lenguas semíticas del Nuevo Testamento desconocen el término Cristo, que la versión árabe, por ejemplo, traduce siempre por al-masih (de masaha, ungir), expresión que por parentesco es ya fidelísima al original hebreo.

Esta ilustración etimológica nos ayuda a comprender mejor la propiedad del pasaje de Jn 19,19-20: "Pilato mandó escribir y poner sobre la cruz un letrero con esta inscripción: Jesús de Nazaret, el rey de los judíos. La inscripción fue leída por muchos judíos, porque el lugar donde Jesús había sido crucificado estaba cerca de la ciudad. Además, estaba escrito en hebreo, en latín y en griego". Y así era, porque cuando Jesús se anunció como Mesías, quiere decir, traducido, que se proclamó Rey de los Judíos.

El Mesías, el Cristo, el ungido..., el rey profetizado que habría de reunir y dar paz a su pueblo (cfr. p.ej. Ez 37,21-28) decimos los "cristianos" que es aquel galileo, Jesús, de Nazaret. Y no otra cosa había dicho el apóstol Pablo a los cristianos de Galacia: el Cristo, esto es, el rey que nos había de liberar, nos ha liberado. Luego nos inclinaríamos a pensar que Pablo, en Gal 5,1, está formulando una tautología: nuestro libertador nos ha liberado. Y en cierta manera es así, porque el término libertad no añade ningún sentido nuevo que no estuviera ya presente en el título de Mesías, el ungido. Pablo en este pasaje no hace más que recordar a sus oyentes grecojudíos el sentido del Mesías libertador, que todos aguardaban, y que los cristianos de entonces creyeron que llegó en la persona de Jesús.

Con lo que Pablo quiso decir en ese pasaje, y así lo entendían perfectamente sus oyentes, judíos de la diáspora al tanto de las promesas de las Escrituras, es que el pueblo de Dios ya es libre, que las promesas ya se han cumplido. Pero temo que no hayamos avanzado más allá de captar el sentido literal de este pasaje de la epístola a los gálatas. Una comprensión profunda requeriría que compartiésemos las esperanzas del pueblo de Israel y su experiencia histórica. Una exposición simplista de estas palabras de San Pablo enfatizaría su ruptura con las tradiciones judías, pero pienso que éste es un enfoque equivocado. Pablo hablaba aquí a judíos, o por lo menos a prosélitos y simpatizantes, que compartían una misma esperanza y aguardaban a un mismo Mesías. Si no somos capaces de recuperar esta tradición y esta esperanza, muy difícilmente lograremos entender el mensaje del apóstol. Aquí tenemos tema para prolongar nuestra meditación de lo que dice San Pablo a los creyentes y dubitantes de hoy. Pero basta por ahora.

09 enero 2009

La nieve en Sevilla es una maravilla...

La última vez que nevó en la ciudad fue el año 54. Como el parte nos ha estado diciendo que teníamos temperatura bajo cero, y que había probabilidad de nieve, ni corto ni perezoso me he encaminado esta mañana a la Plaza Nueva... y ni nieve, ni ná de ná... Y pa que se vea, esta es la imagen del Rey San Fernando, a las tantas de la mañana, arriba en su pedestal...

Y después de tanto bregar con la cámara tóa la mañana, me he quedado como éste:


La foto antigua de arriba es del Archivo Serrano (Hemeroteca Municipal de Sevilla) y la he tomado del blog personal de Alfredo Sánchez Monteseirín, el alcalde, donde podréis encontrar otras más fotos curiosas de aquel evento, que recuerdan los viejos del lugar...