25 mayo 2015

Los demasiados libros (y otros libros más)

Hojeando el blog de Daniel Heredia, ¡A los libros!, que trata (¡de qué va a ser!) de libros, he visto que está publicando un interesante serial de eso que los bibliófilos llamamos "libros sobre libros" (books on books). Daniel Heredia los colecciona (dice que tiene unos 750 de ese asunto). Yo no, aunque con el tiempo uno se da cuenta de que ha reunido sin querer un puñado de ese palo. Se me ha ocurrido, siguiendo el ejemplo, presentar aquí mi propia selección de esta categoría, que para no cansar limitaré a cinco librejos, además de los que voy citando de pasada.

Virtualmente toda la historia literaria es un escribir sobre lo escrito, una especie de midrash. El Quijote lo es, de cabo a rabo. Y cualquier obra libresca, como la novela alegórica El Criticón, del jesuíta Baltasar Gracián. Reduciéndonos a ejemplos más asequibles, cualquiera nos acordamos de la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, o de las memorias 24, Charing Cross Road, de Helene Hanff, o de algunos relatos notorios de J.L. Borges ("Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", me parece un buen ejemplo). Mi lista de ahora serán de estudios, ensayos, descripciones, crónicas, incluyendo algunos títulos recientes que ya son clásicos:

1. Historia de la Bibliografía en España (1987), de José Fernández Sánchez.  Tratándose de hablar de libros de manera seria, lo primero debe ser el conocimiento del arte de describirlos, la bibliografía. Ciencia remota, como los libros mismos. Lucas el médico, y evangelista, se revela como bibliógrafo en las primeras líneas de su evangelio. José Fernández Sánchez (Mieres, 1925 – Madrid, 2011), fue un “niño de la guerra”, evacuado de Gijón a Moscú en 1937. Trabajó en la Biblioteca Lenín de Moscú y en La Habana, y a su regreso a España en 1971, se desempeñó como profesor y traductor de lenguas eslavas, y como facultativo en la Biblioteca Nacional de Madrid. Esta historia, muy elegante, cubre el panorama desde los precursores (los inventarios y hagiografías medievales), San Isidoro de Sevilla, el catálogo de Arias Montano de la biblioteca de San Lorenzo de El Escorial, o el Índice de libros prohibidos del inquisidor Valdés, hasta los bibliógrafos españoles del siglo XIX (la familia Salvá, Bartolomé José Gallardo, Menéndez Pelayo...). 

2. The bookshops of London (1993), de Charles Frenwin y Derek Lubner. Una extensa y detallada guía de librerías de Londres, que algunas veces repaso con melancolía. Creo que eran  entonces, hace unos veinte años, unas 500 librerías (pero cada año que pasa, presiento, muchas menos). Quien visite hoy Londres seguro que se encontrará con guías parecidas, muy mejoradas. Pero la de Frenwin y Lubner parece que ha sido pionera. Otra cosa es que te encuentres una tienda de ropa, o un delly, donde la guía de 1993 decía que había una librería de qué sé yo qué.

3. Bosquejo de una política del libro (1944), de Gustavo Gili Roig. Se trata de un libro viejo (que aún se encuentra a muy buen precio entre anticuarios), originalmente una edición no venal, elegantemente impresa a dos tintas, donde este editor de prestigio (1868-1945) exponía como veterano las dificultades de la industria editorial a los cinco años de acabar nuestra guerra civil. Un librito en que se aprende mucho, y que bien valdría la pena reeditar. “Si como hemos demostrado, el problema económico del libro español es, fundamentalmente, un problema de abaratamiento de su precio, y si este abaratamiento sólo puede lograrse situando los precios medios del papel editorial al nivel de los que rigen en los países donde España tiene sus más temibles competidores, es evidente que lo que más urge es conseguir la rebaja del papel para nuestras ediciones”.

4. Memorias de un librero escritas por él mismo (1994), de Héctor Yánover, "librero establecido". Es un clásico, publicado entonces en España por Anaya & Mario Muchnik, y que se ha vuelto a reeditar en fecha reciente. Yánover (1929-2003) fue un librero destacado de la ciudad de Buenos Aires (¡una gran ciudad libresca!), y aquí presenta una retahíla graciosa de anécdotas de su librería, en las que los asiduos nos reconocemos.

Y 5. Los demasiados libros (1972), del ingeniero y escritor mexicano Gabriel Zaid (Monterrey, 1934), una serie de ensayos sobre la logística del libro, que debe interesar a todos los lectores (iba a decir "compradores de libros"). Otro gran clásico, muy reeditado y traducido: So Many Books: Reading and Publishing in an Age of Abundance [Amazon].

Sé que me dejo otros muchos títulos deliciosos en el tintero (los de Francisco Mendoza Díaz-Maroto, Miguel Albero Suárez, Alberto Manguel, Fernando R. de la Flor...), pero con estos cinco la lista está ya bien despachada. La imagen que pongo es de la cubierta del último libro de Daniel Heredia, ¡A los libros! 25 entrevistas a profesionales del sector del libro, que acaba de publicar Isla de Siltolá. El autor explica sus propósitos en su blog [aquí].

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08 mayo 2015

FLS 2015

A Day in the Life (the Beatles) ... y una nueva Feria del Libro de Sevilla (FLS), este año en homenaje al poeta y profesor Rafael de Cózar (1951-2014), muerto en el incendio de su biblioteca [el mundo], como en un cuento de Poe. No lo traté, aunque recuerdo haber asistido a una de sus clases hace ya... treinta y cinco años, cuando yo era un pipiolo de letras (¿y lo seguiré siendo?) y Cózar ya tenía barba. Aprovecho la Feria para ver libros que pasan sin pena ni gloria en las librerías, no las "novedades". Este año, me he llevado dos libros excelentes. Uno, del historiador Jesús Vergara: Guía histórica de la Sevilla andalucista [Atrapasueños], libro de erudición sorprendente, muy atractivo para los moradores de la ciudad. Se publicó en 2010, y no me explico cómo no he caído en la cuenta hasta ahora. El otro, una novedad muy novedosa (es un decir): Trigo y aceite para la Armada. El comisario Miguel de Cervantes en el Reino de Sevilla (1587-1593), que acaba de publicar la Diputación, serie de conferencias celebradas en Carmona, Osuna, La Puebla de Cazalla, Écija y Sevilla, siguiendo la pista de Cervantes, donde se presentaron documentos inéditos de las andanzas del Comisario. Este año ha sido noticia, relativa, la conversión del antiguo "Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla" en Editorial [EUS]. Ahora me acuerdo como anécdota que, en un trabajo de facultad, en la bibliografía, se me ocurrió citarla como P.U.S. (i.e. Publicaciones de la Universidad de Sevilla). Con razón el profesor que me corrigió (don Antonio O.) me puso al lado un grandote interrogante en rojo. El caso es que este año, entre las novedades de la editorial universitaria, me gustaría destacar un libro interesantísimo del que fue Rector, don Juan Ramón Medina Precioso: Los adoradores del azar y los de Dios. Una propuesta para arrancar el monopolio del azar a los ateos [eus]. El gran mérito de este libro, que es una reflexión científica, filosófica y teológica, es presentar ideas globales, poniendo en contribución saberes diversos, lo que es gala de humanista (en el caso del profesor Medina Precioso, catedrático de genética ya jubilado).

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30 abril 2015

Un soneto a Roma

¡Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta,
alma ciudad de Roma! A ti me inclino,
devoto, humilde y nuevo peregrino,
a quien admira ver belleza tanta.
 

Tu vista, que a tu fama se adelanta,
al ingenio suspende, aunque divino,
de aquél que a verte y adorarte vino
con tierno afecto y con desnuda planta.
 

La tierra de tu suelo, que contemplo
con la sangre de mártires mezclada,
es la reliquia universal del suelo.


No hay parte en ti que no sirva de ejemplo
de santidad, así como trazada
de la ciudad de Dios al gran modelo.


MIGUEL DE CERVANTES

De Los trabajos de Persiles y Sigismunda, IV, 3.


En la edición de las Poesías de M. de C., de Adriana Lewis de Galanes (Zaragoza, ed. Ebro, 1972). Sobre Miguel de Cervantes, la ingente bibliografía se ha aumentado este año con una biografía excepcional, muy sobria y ceñida a los documentos, la del profesor de la universidad de Gerona, Jorge García López: Cervantes. La figura en el tapiz [el periódico].

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24 abril 2015

El profesor Calero, autor del Quijote


Una lección del relato de Borges "Pierre Menard, autor del Quijote", es que el autor de la obra literaria es lo de menos. Lo importante es lo que tenemos a la vista, el propio texto. Especular sobre el fondo de la autoría de un libro es, en el límite, una simple disquisición erudita. Qué más dará quién fuese Homero, quién el autor del Cantar del Cid, quién el del Lazarillo, que si William Shakespeare fue quien escribió o no escribió las comedias de Shakespeare..., o, en fin, quién se embozó bajo el nombre de Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas.

Así las cosas, don Francisco Calero bien se merece ingresar en el parnaso de los autores, verdaderos o imaginarios, del Quijote. Nada extraño que la historia de un hidalgo que se volvió loco de tanto leer (¿igual que el mismo don Miguel de Cervantes de carne y hueso, en su villa de Esquivias?) continúe provocando tantos dislates.

Pero, ¿quién es don Francisco Calero? Desmentiría ahora a Borges, o a Pierre Menard, si me empeñase en explicar la vida de este autor. Pero se trata de una persona de verdad, y no inventada. Don Francisco Calero es catedrático emérito de filología latina de la Universidad Nacional de Educación a Distancia [UNED]. Estudioso de toda la vida del humanista Juan Luís Vives, ha traducido su tratado de subventione pauperum, publicado por el Ajuntament de Valencia [bivaldi]. Y en la Biblioteca de Autores Cristianos (B.A.C.) ha editado el Diálogo de doctrina christiana [BAC].

Traigo ahora a colación al profesor Calero por un nuevo libro suyo digno de nota, que lleva el sorprendente título de El verdadero autor de los "Quijotes" de Cervantes y de Avellaneda [BAC]; un título que se autorrefuta, pues si se tratase de investigar la verdadera autoría del Quijote, ¿a qué mencionar a Cervantes y a Avellaneda? No tengo a la mano el libro, aunque me basta el prospecto de los editores para valorarlo [vid]. Ahí el profesor Calero dice que "Cervantes, aun gozando de la dignidad que tiene todo hombre, no pudo ser el padre del Quijote, porque no se lo permitió ni su formación ni el desarrollo de su vida".

Si me dejase llevar por el primer impulso en mi condición de amigo de Cervantes, habría de decir que la tesis del profesor Calero me sume en la más abismal de las perplejidades. Pero acogiéndome a la sentencia de Plinio el viejo, neque enim est ullus tam malus liber, qui alicui non placeat, parece más justo ponderar lo que de bueno pueda tener este libro del profesor Calero, si no leído, al menos presentido.

La tesis es descabellada. Porque no se trata de que Cervantes hubiera podido o no escribir el Quijote, sino que de hecho Cervantes escribió el Quijote, y por tanto pudo y quiso escribirlo. La vida de Miguel de Cervantes está de sobra documentada, y se conoce su educación literaria, su práctica de escritor, y su trato con muchísimos autores de su tiempo y con los príncipes y mecenas. Afirmar otra vez, injustamente, que Cervantes fuese un ingenio lego, son ganas de desconocer las noticias ya conquistadas sobre "el verdadero autor del Quijote".

Pero además, la persona se transparenta en el personaje. Desde la primera hasta la última línea de sus obras (basta acudir a los sublimes "prólogos") el texto cervantino es en todo coherente con ese español excepcional que fue Miguel de Cervantes (Cervantes, clave española, afirmaba Julián Marías). Claro que el Quijote, y todo lo demás, pudo escribirlo, y de hecho lo escribió, Miguel de Cervantes.

El libro del profesor Calero se parece a esos estudios de la filología española del tiempo de maricastaña (vale decir, de antes de Américo Castro), esto es de hace más de un siglo. Bueno como exhibición de los saberes humanistas de este profesor, pero no como aportación científica de nada. Y aguafiestas, porque en plenas celebraciones del cuatricentenario del Quijote de 1615, osa impugnar la autoría de Miguel de Cervantes, que Dios tenga en su gloria. Habría que contestar con las palabras del viejo soldado: "'¡Tate, tate, folloncicos! / De ninguno sea tocada; / porque esta impresa, buen rey, / para mí estaba guardada. Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno..."

A mí se me ocurre que esta pseudocuestión cervantina se parece mucho a la que pone en duda la verdadera existencia de Jesús de Nazaret [Christ myth theory]. Jesús el galileo no se hizo ninguna foto ni ningún retrato, ni se grabaron sus palabras en un magnetófono. Sin embargo, es impensable que todo el ruído que armó se hubiese de adjudicar a un personaje inventado por los judíos o griegos de Jerusalén y Antioquía. Lo mismo hay que decir de Miguel de Cervantes. Es un principio de la investigación científica recurrir a la hipótesis más simple, la menos rebuscada, y la más elegante. Todos los puntos están a favor de Cervantes como autor del Quijote, no de cualquier otro sujeto.

Para dejar un buen sabor de boca, termino con una noticia que sí merece nuestras albricias. La Real Academia Española ha publicado en sus "anejos de la Biblioteca Clásica", una nueva edición del Quijote de Avellaneda [RAE], del catedrático Luís Gómez Canseco. Argumenta este profesor, como buena razón para acercarse al Quijote de Avellaneda, que es «el propio libro: está bien escrito, se lee con gusto y sigue guardando interés para el lector actual. Esconde, además, información novedosa y atractiva para aquellos que quieran adentrarse por los entresijos que la literatura del Siglo de Oro guarda para los lectores del siglo xxi».

POST SCRIPTUM

Documentos que prueban que Cervantes escribió el Quijote: [aquí].

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Vademecum


Hablando de memoria, sobre las hermosas Confessions of an english opium eater, de Thomas de Quincey (obra de lectura inexcusable) [gutenberg], recuerdo el pasaje en que cuenta el personaje que viajaba tan sólo con un maletín con sus objetos personales, y en un bolsillo el libro de un poeta inglés, y en el otro las nueve tragedias de Eurípides. Tendríamos que preguntarnos qué libro nos llevaríamos en el bolsillo, en caso de huída precipitada. ¿La Biblia? ¿El Quijote? ¿El Código civil? ¿Una guía de Barcelona...? La casa Seat ha tenido la humorada de medir la capacidad del maletero de un Seat León, contando los libros que caben, unos 1000 [Abc]. Mis amigos libreros de viejo, me cuentan que cuando van a comprar una biblioteca de, digamos, unos 3000 libros, se llevan una furgoneta para el traslado. Verdaderamente es una penitencia llevar a cuestas una biblioteca, como si fueran las cadenas de un galeote, y así se explica que en cualquier mudanza perezcan los libros por el camino.

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11 marzo 2015

Padilla y la Anarquía


Esta mañana me he pasado por la librería de José Manuel Padilla [facebook], en el número 4 de la sevillanísima calle de la Feria, cabe la Iglesia de San Juan de la Palma [conocer]. A Padilla puedo llamarle con estricta justicia "mi editor", puesto que desde aquel año 1998 me ha publicado ya tres libros. Me maravilla su fondo inagotable. Dicen que tienen en su catálogo unos 700 títulos, que quieren revitalizar. De momento, están saldando algunos, como los tres tomos de la "Antología general de la poesía andaluza" de Jurado López y Moreno Jurado, ¡por sólo 6 eurillos! Algunos de sus libros son auténticas preciosidades, como la edición facsímil de "La casa sevillana", conferencia de Joaquín Hazañas y La Rúa, que reproduce las fotografías y dibujos de la primitiva edición de 1928. Hoy me he llevado La anarquía, de Errico Malatesta, edición del profesor Juan Saá Duque, que Padilla publicó en 1994 y ahora en 2015 acaba de reimprimir, en plan artesanal como todo lo suyo. Cuesta 9 euros la unidad. En la imagen [facebook], nos explica que la primera vez que se editó «La anarquía», en 1994, la cubierta se hizo en termoimpresión. Esa es la plancha sobre la que se grababa.

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09 marzo 2015

La biblioteca de Arturo Pérez Reverte

En mi último articulillo hablaba de la biblioteca del músico Joaquín Sabina, y resulta que este fin de semana el dominical del diario Abc dedicaba su portada a la biblioteca del novelista y académico Arturo Pérez Reverte [wiki], "El reino de Arturo". En otro sitio [jotdwon] leo que posee 30.000 libros, una cifra de una magnitud borgiana, arduo de creer.

Lo que quiero comentar es que esa biblioteca de Pérez Reverte no me parece la de un escritor típico, de mesa revuelta, con intensa vida intelectual. Más bien es la de un señor que padecería una bibliomanía obsesivo compulsiva (compulsive hoarding), que en los pobretones como yo se manifestaría simplemente en un síndrome de Diógenes [wiki].

Es una biblioteca que quita el hipo, digna del castillo de un lord inglés. Esa pregunta de si Pérez Reverte habría leído alguno de sus libros, parece incluso impertinente, en este caso. Pero es una biblioteca de ostentación, no de vida vivida y leída, casi de mírame y no me toques, como decía mi abuela. Aunque me ha hecho gracia que en la fotografía se vislumbre en un rincón una breve colección de libritos viejos de la colección Austral.

Contemplando esta inalcanzable biblioteca en las fotografías, he recordado otro coleccionista de ficción, Charles Foster Kane, que en su lecho de muerte, abandonado del mundo, no tuvo en pensamiento ningún objeto particular de su infinita colección de arte y antigüedades, sino el trineo de su infancia pobre en un remoto lugar del distrito minero del Colorado, "Rosebud" [Drove].

Mirando mis libros, me pregunto yo qué pensamiento les reservaré en mi último suspiro. No soy tan cursi (ni tan estúpido) como para pedir que cuando me encuentre en la agonía, si fuese posible me pusiesen como música de fondo algunta cantata de Johann Sebastian Bach, u otra pieza religiosa semejante. Más bien creo que en ese momento, si Dios me tuviese reservado morir a la antigua, uno no estará para hacer inventario de las posesiones que deja atrás. El papa Francisco lo ha dicho con gracia porteña: "Nunca vi un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre" [zenit].

No, no me acordaré de ningún libro mío. Kane se acordó de su trineo, porque en realidad se acordaba de cuando era niño, en la nieve. Así también puede ser que los coleccionistas de libros, cuando vayamos a morir, no nos acordemos de ningún de esos libros aparatorosos que hubiésemos allegado a golpe de dinero, sino tal vez de la humilde edición (de la colección Austral o Ebro), en que leíamos por vez primera a Quevedo o a quién sé yo, y que escondemos con vergüenza en algún rincón de la biblioteca.



Francisco Umbral : "La piscina" [aquí].

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02 marzo 2015

El Ulysses de Joaquín Sabina


Interrumpo mi mutismo. El otro día echaron por la tele una entrevista a Joaquín Sabina [wiki], en su casa, donde mostró su en verdad impresionante colección de libros de bibliófilo. O sea, que además de cantar mejor o peor, a Sabina le gusta también esta droga adictiva de los libros, en su variedad de lujo. Es notorio que posee una rara primera edición del Ulysses, firmada por James Joyce, que enseñó a los telespectadores. No dice cuánto invirtió en eso. Leo por ahí [The Guardian] que hace cinco años, en la feria internacional de libreros anticuarios de Londres (the Olympia Fair), se subastó un ejemplar parecido (como el de la imagen) por 275.000 libras, unos 375.000 euros. Pues bueno.

Ahora no me voy a rasgar las vestiduras, ni mesarme los cabellos, como si fuese un Judas redivivo, protestando porque con perfumes tan caros podría alimentarse a muchos pobres. No, qué va, cuando a mí mismo no me duelen prendas en aflojar la guita y gastarme mis buenos 40 euros en una espléndida edición de las Poesías completas de don Miguel de Unamuno (Escelicer / Las Américas, 1966). Pero sí hay detalles que me llaman la atención.

A mí también me gustan los libros, pero estoy algo hastiado. Sé valorar un buen libro, pero sin pasarme. Un tocho de papel viejo (aunque sea de buen papel) no me parecerá nunca tan valioso como para reconocer una buena compra en 275.000 libras. Nunca.

Un libro antiguo, cuanto más raro, menos justificado está que se encuentre en manos de particulares. Su destino es una gran biblioteca (la Biblioteca Nacional, o la de una Real Academia). Si la rareza es menor, tampoco está justificada la posesión privada, porque el libro impreso, por esencia, pertenece a una raza que se reproduce. Hay muchos Ulysses. ¿Por qué pagar tanto por uno, cuando se encuentran otros más baratos? Sí, es verdad que un puñado (tal vez un centenar, en todo el mundo) está firmado por James Joyce. Pero el detalle de la firma tampoco hay que llevarlo tan lejos. ¿O es que el coleccionista le da todas las noches un beso al libro?

Pagar 300.000 euros por un libro viejo, que no es un incunable ni un manuscrito, sino una simple impresión del año 1922, es una barbaridad, se mire como se mire. Porque no es fácil recuperar la inversión. Y porque cualquier financial counselor te diría que no inviertas más del 5% de tu fortuna en libros, sean los que fueren. Más de eso es una imprudencia.

Aunque, ¿no será que le tengo envidia a Sabina?

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"Las burbujas de los libros viejos" [El País].

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04 diciembre 2014

Sobre los libros que ya no leeré

El otro día, tomando café, un amigo me descerrajó la pregunta temida: ¿Te has leído todos tus libros? Mi respuesta es que coleccionar libros, como la filatelia, es una afición que procura disfrute, sin necesidad de que cada libro sea consumido por entero: basta contemplarlo, poseerlo. Pero los bibliófilos también son lectores, por lo común. Leer y coleccionar libros son cosas diferentes, pero que pueden ir juntas.

En la Feria del Libro Antiguo de Sevilla de este año, del que voy haciendo mi crónica particular, aún he encontrado otros libros de precio módico: el Cervantes, clave española, de Julián Marías, y una bonita guía de Santiago de Compostela de Ramón Otero Pedrayo, con fotografías en blanco y negro, en una de esas ediciones de la editorial Noguer de los años 70, que andan desperdigadas en las librerías de viejo de toda España.

Pero un hallazgo feliz ha sido cosa de un mes, en una librería de viejo en la que me gusta revolver. Yo había extraviado, o regalado, el librote de Hans Küng: ¿Existe Dios? Pues me encontré en esa librería un ejemplar de ocasión, en buen estado, de la edición de Cristiandad de 1979, por sólo 6 euros, que me llevé a casa. Ayer por la noche (no quiero ahorrarme contarlo), hojeaba las páginas que Küng dedica a Blaise Pascal, cuando se me ocurrió mirar si en las primeras páginas había alguna marca de propietario. Y lo que me encontré es nada menos que la dedicatoria del autor, en castellano: "Cordialmente, Hans Küng", con su elegante forma de trazar la diéresis sobre la Ü, como puede comprobarse en los autógrafos del autor que circulan por internet. Un modesto tesoro.

Por huir de tanto libro sobado y traído, me he asomado a la librería a husmear novedades. Esta vez me ha llamado la atención las memorias del longevo Mario Bunge, Entre dos mundos (Universidad de Buenos Aires), y leyendo de pie algunos pasajes en el pasillo, he comprendido que es uno de esos libros que ya no leeré. En parte es una propaganda de la filosofía racionalista, materialista, cientista, del autor, con su poco de chismografía académica (que si dio tal curso o conferencia, que si publicó no sé qué libro, que si viajó a no sé dónde, que si almorzó o cenó con no sé quién...). Total, que por falta de afinidad y sin ningúna curiosidad por las andanzas de este profesor, el libro no me interesa.

Y eso que el género de las memorias intelectuales me subyuga. De adolescente leí La evolución de mi pensamiento filosófico, de Bertrand Russell. El modelo antiguo son las Confesiones de San Agustín. Por eso se me ha abierto el apetito intelectual, y creo que los días de asueto que se avecinan de final de año me dedicaré a releer otro clásico, el Unended Quest de Karl Popper (del que tan próximo se siente Mario Bunge).

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