30 mayo 2011

FLS 2011

La Feria del Libro de Sevilla (FLS), este año en memoria del escritor portugués José Saramago (1922-2010), se recordará también por las acampadas de jóvenes en la plaza de la Encarnación, bajo las setas, y por la elección de nuestro nuevo alcalde, Juan Ignacio Zoido. Me gusta visitar la Feria para encontrar libros nuevos que tienen un modesto pasar en librerías, porque no son de mucha venta. Este año se ha llevado la palma, en mi cartera, el Instituto municipal de la Cultura y las Artes de Sevilla (ICAS). Hago un repaso caprichoso de mis compras, con idea de que llamen la atención de cualquiera que se asome por el blog.

BLANCO WHITE. Martin Murphy, El ensueño de la razón. La vida de Blanco White. Trad. Victoria León. Sevilla, Editorial Renacimiento, 2011. Es la traducción española del estudio del profesor Murphy, Blanco White: Self-Banished Spaniard (Yale University Press, 1989), que ha patrocinado ahora el Centro de Estudios Andaluces de la Presidencia. La edición es exquisita, muy asequible (20 euros), muy recomendable. Martin Murphy (Reading, 1934), profesor oxoniense, anduvo por Sevilla hace treinta años, investigando la vida y obra del clérigo famoso (presumo de haber recibido clases de inglés de Martin Murphy, en la facultad). No es fácil comprender qué ha debido pasar para que esta obra, seguramente la mejor sobre el personaje, haya debido aguardar 20 años para que se traduzca. Enhorabuena a Abelardo Linares, "editor por excelencia", como le llama Murphy. Y atención a la noticia, se prepara otro libro de Murphy, Ingleses en Sevilla, que editará pronto la Universidad Hispalense (me comprometo a anunciarlo aquí).

LA IMPRENTA EN SEVILLA. Joaquín Hazañas y la Rúa, La imprenta en Sevilla. Noticias inéditas de sus impresores desde la introducción del arte tipográfico en esta ciudad hasta el siglo XIX. Introducción de Aurora Domínguez Guzmán. Sevilla, ICAS, 2011. Reproducción facsímil de la obra póstuma (1945) del rector Hazañas, que hace el nº 37 de la colección "Clásicos Sevillanos" del Ayuntamiento [el nº 2, del año 1992, fue el facsímil del "Discurso Preliminar" a la edición de Rinconete y Cortadillo, de Francisco Rodríguez Marín (1920)]. La obra de Hazañas, inconclusa, se detiene sin embargo en la primera mitad del siglo XVI. "En su publicación las papeletas van en el mismo orden en que Don Joaquín Hazañas las dejó coleccionadas, es decir, siguiendo el orden cronológico, que es el preferible, ya que hoy se puede precisar el año en que comenzó a actuar cada imprenta".

SEVILLA Y EL ORIENTE. Juan Gil, La India y el Lejano Oriente en la Sevilla del Siglo de Oro. Sevilla, ICAS, 2011. Novedad de otra colección municipal, la "Biblioteca de Temas Sevillanos", que alcanza el nº 79 [el nº 3, de 1980, es el ensayo del profesor Lleó Cañal, El Corpus Christi en la historia de Sevilla]. El libro del latinista Juan Gil recopila cuatro artículos monográficos: "The Indianization of Spain in the XVIth Century" (2001), "Chinos en España en el siglo XVI" (2001), "Échos du Japon dan l'Espagne du XVIIe siècle" (2010), y "Europa se presenta a sí misma: el tratado De missione legatorum Iaponensium de Duarte de Sande" (1994).

FERNANDO ORTIZ. Otra edición pública, a cargo de la Diputación: Poesía de una vida. Antología poética 1978-2011, de Fernando Ortiz, con prólogo de Jacques Issorel. Se me hace más cuesta arriba que la edición incluya una "cronología de Fernando Ortiz" (sevillano de la calle Miguel Cid, 1947), aparato más propio de poetas extintos, donde nos enteramos que el escritor, en 1960 (con 13 añitos), "durante el verano compra y lee por primera vez a Antonio Machado y a Rafael Alberti en los volúmenes de la Biblioteca contemporánea de la editorial Losada".

POETAS DISCAPACES. Feaps Andalucía (la Confederación Andaluza de Organizaciones en favor de las Personas con Discapacidad Intelectual), y la Fundación ONCE, patrocinan esta curiosa edición antológica: Cuando sueño... 17 poetas con discapacidad intelectual, que ha publicado una pequeña editorial muy dinámica, Cangrejo Pistolero. Los poemas, con semblanza de los autores, fueron seleccionados por un comité de expertos entre más de 1000 originales. La edición va con prólogo del escritor Juan José Téllez. Merece la pena reproducir el colofón: "Este poemario de sueños posibles terminó de salir de la imprenta a principios del mes de marzo del año 2011 mientras volaban los peces por el cielo de la ciudad descontaminándolo de tanta oscuridad innecesaria".

EL DESCONCIERTO. El poeta, editor y empresario Javier Sánchez Menéndez se ha presentado en la Feria con dos libritos (por el tamaño), su nuevo libro de poemas, Una aproximación al desconcierto (Sevilla, SIM Libros, 2011), mientras que prepara una antología de sus versos. Y otro más curioso, apenas una broma literaria de humor negro, 8 consejos para salir de la crisis (Sevilla, Ecoem, 2011), que en realidad pretende dar al lector un cachete para que se olvide de una puñetera vez de los libros de autoayuda, y se ponga manos a la obra. De la crisis sale cada uno como pueda, no sentándose a esperar a que le den una subvención por caridad. Otra posibilidad es seguir estos consejos (p.ej. "contraiga matrimonio con un chino o una china", "afíliese a un sindicato", etc.).

Y nada más de momento. Hasta luego.

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17 mayo 2011

Programa matinal

Claras horas de la mañana
en que mil clarines de oro
dicen la divina diana!
Salve al celeste Sol sonoro!

En la angustia de la ignorancia
de lo porvenir, saludemos
la barca llena de fragancia
que tiene de marfil los remos.

Epicúreos o soñadores,
amemos la gloriosa Vida,
siempre coronados de flores
y siempre la antorcha encendida!

Exprimamos de los racimos
de nuestra vida transitoria
los placeres por que vivimos
y los champañas de la gloria.

Devanemos de Amor los hilos,
hagamos, porque es bello, el bien,
y después durmamos tranquilos
y por siempre jamás. Amén.

Rubén Darío

15 mayo 2011

Los milagros y la paradoja de Fermi

Cuando me he decidido a escribir sobre los milagros (más que nada para aclararme las ideas), me ha llamado la atención que la gente corriente no hable de si ha sido testigo de algún milagro, o de si tal o cual curación es milagrosa, sino que pregunta simplemente: ¿crees en los milagros? El sentido común sitúa lo milagroso, no en la evidencia, ni en los testimonios, sino en las creencias. No deben ser los milagros, piensa la gente, algo que suceda a la vista de todos, sino algo en lo que se cree o no.

Los milagros, por sus propios rasgos maravillosos, pueden ser objeto de supersticiones, e incluso una oportunidad de negocio. Pero como objeto de reflexión es un problema discutido muy en serio, leída la entrada que le dedica la Stanford Encyclopedia of Philosophy [enlace]. Tampoco es necesario encarecer la importancia que el milagro tiene para el cristianismo. En las causas de santos, es relevante la fama signorum (la opinión de los fieles sobre gracias y favores recibidos), y toda la teología católica se funda en dos hechos milagrosos: el nacimiento virginal, y la resurrección. Así que es asunto que obliga a circunspección.

La definición insuperada de milagro, o hecho maravilloso, es la de Santo Tomás (S.Th. 1, q.110 a.4): aliquid dicitur esse miraculum, quod fit praeter ordinem totius naturae creatae (un milagro es lo que se produce fuera del orden de toda la naturaleza creada). Desde aquí discuten los filósofos la circunstancia praeter ordinem naturae (esto es, "fuera de las leyes naturales"). En tales términos, ¿son posibles y creíbles los milagros?

Me parece instructivo que nos asomemos a la variante de esta definición clásica, que ofrece el apologeta inglés C.S. Lewis, precisamente de su libro Miracles (1947): I use the word Miracle to mean an interference with Nature by supernatural power ("empleo la palabra milagro para expresar una interferencia en la naturaleza de un poder sobrenatural") [Harper Collins]. Un milagro, para Lewis, es una interferencia sobrenatural. Con lo cual nos guía a su propósito apologético, que es defender que, de hecho, lo sobrenatural es ordinario, y que tales interferencias se dan en nuestro mundo.

Es curiosa la palabra interferencia. Según el diccionario de la Academia, en castellano es un préstamo del inglés [drae], que lo tomó del francés medio enterferer, y en último término del latín ferire (golpear, herir). Por eso, en la mente de Lewis, el milagro es como una herida, una violencia en la naturaleza. Una ilustración humorística de lo milagroso tomado en este sentido, es la película de Bill Murray "El día de la marmota" (Groundhog Day, 1993), en que los días no se suceden, sino que el mismo día se repite una y otra vez todas las mañanas, cuando el protagonista despierta.

No hay dificultad en afirmar que Dios está en todo, o según Santo Tomás: Deus est in onmibus rebus... non solum quando primo esse incipiunt, sed quandiu in esse conservatur (S.Th. 1. q.8 a.1), tesis que ilustra con una bella imagen: sicut lumen causatur in aere a sole quandiu aer illuminatus manet ("como la luz que el sol provoca en el aire se mantiene mientras el aire está iluminado"). Pero esa presencia sobrenatural, sustentadora, ¿interfiere milagrosamente en alguna ocasión?

Se me ocurren dos objeciones. La primera radica en una limitación en nuestra capacidad de observación (el principio de incertidumbre, que el mismo Lewis menciona). Lo sobrenatural no puede manifestarse en la naturaleza más que como natural (por eso el Niño Dios es a los ojos de los pastores un niño). No es concebible una intromisión sobrenatural en lo natural, porque son dimensiones inconciliables. Desde nuestra perspectiva de individuos inscritos en la naturaleza (como peces en el agua) no podemos reconocer intromisiones sobrenaturales. En este punto, no ignoro que Lewis defiende que los fenómenos mentales son sobrenaturales, opinión que se antoja muy discutible; con eso estaría resuelta para él la intromisión ordinaria de lo sobrenatural en lo natural. Pero el hecho de que lo mental no sea reducible a lo material, no se sigue que lo mental sea sobrenatural. C.S. Lewis tiene una idea mal fundada de lo sobrenatural (porque confunde a mi juicio lo natural y lo material: la materia es natural, pero no toda la naturaleza es material).

Si ahora volvemos a Santo Tomás, encontraremos que el auténtico problema de su definición: quod fit praeter ordinem totius naturae, radica en sus dos primera palabras: quod fit, lo que se hace o se produce. No cabe un fiat sobrenatural que irrumpa en la naturaleza (y por eso tampoco es propio hablar de un "instante creador": el acto creador, el fiat lux, no se adhiere a la secuencia natural). Si las leyes naturales se interrumpiesen por intromisión sobrenatural (praeter ordinem naturae), tal hecho milagroso no podría ser reconocido por observadores naturales como nosotros somos.

La segunda objeción a la posibilidad de los milagros podría seguir la llamada paradoja de Fermi [wiki]: si la existencia de extraterrestres es tan probable, ¿dónde están? De algún modo también los extraterrestres son milagrosos, pero me quiero referir aquí al orden gnoseológico: si los milagros son posibles, ¿dónde están? La proliferación de causas de santos ha hecho proliferar también los testimonios de curaciones milagrosas. Pero en rigor se trata de curaciones que no son explicables a la luz de la ciencia médica presente, y por eso los peritos en estos procesos recurren a la cláusula de estilo: "curación científicamente inexplicable" (un médico nunca aseverará la existencia de un milagro). Nos encontramos por tanto con que los milagros, entendidos como hechos que violentan el orden de la naturaleza, no se nos aparecen. ¿Qué resta, entonces?

Con un poco de ironía, yo afirmo creer en los milagros... pero no en la definición de Santo Tomás. Sí, creo que los milagros se dan, pero que no son hechos maravillosos (como ver un burro volando). Después de lo dicho, los definiría como la revelación en la naturaleza y en la vida de la gente de un significado sobrenatural. El milagro no se manifiesta a nuestros sentidos, sino a nuestro entendimiento. Y no altera el curso natural de las cosas. El milagro es simbólico, no prodigioso. La visión de la noche estrellada sobre nosotros ya es milagrosa, porque nos manifiesta al Dios creador que está en todas las cosas.

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09 mayo 2011

Una comprensión defectuosa de la resurrección

El mensaje de la Resurrección es importante, porque nos habla de nuestra esperanza de que no moriremos del todo. En cuanto a los testimonios de las apariciones de Jesús después de muerto y resucitado (que si hemos de creer ad litteram al evangelio, llegó a celebrar una barbacoa en la playa con los discípulos), hay un amplísimo debate en la teología actual, que desestima su lectura en un craso sentido literal. Resucitar no es regresar al cuerpo. El teólogo Joseph Ratzinger de Tubinga explicaba la resurrección observando lo que ahora nos parece una obviedad, que la muerte es la extinción del cuerpo biológico (bios), y que la resurrección es el ingreso a una vida distinta (zoe), inimaginable, que trasciende de suyo las leyes físicas, químicas y biológicas.

Los vívidos relatos evangélicos de las apariciones de Jesús resucitado tienen un propósito pedagógico, pero no pueden tomarse como descripción empírica si se quiere que el mensaje de la buena nueva sea creíble para nuestro tiempo. La resurrección mal comprendida haría también incomprensible la muerte de Jesús (si resucitó en el sepulcro, ¿es que no murió, es que estaba dormido?). Nuestra réplica a Pablo será entonces: si Jesús no murió como nosotros habremos de morir, vana es nuestra fe. Ahora bien, las creencias son libres (como ilustra el argumento de la tetera de Russell), y son irrefutables.

A propósito, la mañana del domingo me he desayunado, leyendo el diario Abc, con un artículo del escritor Juan Manuel de Prada, "Cuerpo glorioso" [enlace], que demuestra una comprensión defectuosa de la resurrección. Defectuosa, porque no sabe de lo que habla (en rigor nadie en la vida presente sabe cómo es la resurrección), ni se hace composición de para qué sirve la teología (que no consiste en explicar un catecismo), ni asume que el defensor moderno de la fe, a imitación de los apóstoles, debe procurar cohonestar las creencias religiosas con nuestro conocimiento actual del universo.

Me enoja esta lectura literalista de Prada porque el fundamentalismo bíblico ya no está bien visto en la iglesia. Lo ha repetido Benedicto XVI en su exhortación Verbum Domini (44): "el «literalismo» propugnado por la lectura fundamentalista, representa en realidad una traición, tanto del sentido literal como espiritual, abriendo el camino a instrumentalizaciones de diversa índole (...) El aspecto problemático de esta lectura es que, «rechazando tener en cuenta el carácter histórico de la revelación bíblica, se vuelve incapaz de aceptar plenamente la verdad de la Encarnación misma. El fundamentalismo rehúye la estrecha relación de lo divino y de lo humano en las relaciones con Dios... Por esta razón, tiende a tratar el texto bíblico como si hubiera sido dictado palabra por palabra por el Espíritu, y no llega a reconocer que la Palabra de Dios ha sido formulada en un lenguaje y en una fraseología condicionadas por una u otra época determinada» [Verbum Domini].

Dice Prada en el Abc: "Jesús comió y bebió con sus discípulos después de resucitar, como atestiguan insistentemente los evangelistas y Pedro certifica (Hch 10, 41)." Eso de decir que Pedro certifica, evidencia que nuestro Prada lee las Escrituras como si de un atestado de la policia se tratase, y las interpreta de modo nada sutil. Peor parece que se apoye en disparates: «Pero —repite el cientifista, exasperado—, ¿qué ocurrió en el interior del sepulcro?». Lo que allí ocurrió sobrepasa nuestro entendimiento; pero el jesuita Manuel Carreira, profesor de física y teólogo, ha probado a imaginarlo, basándose en los últimos avances de la mecánica cuántica, que han logrado observar en el laboratorio fenómenos de movimiento discontinuo, compenetración y multilocación en partículas elementales (...)" [negritas y cursivas son mías].

Si la resurrección sobrepasa nuestro entendimiento, ¿a qué viene imaginarlo?  Por no hablar de que un cientifista (como puedo serlo yo), al contrario de como ridículamente lo presenta Prada, nunca se interrogará qué pudo ocurrir en el interior del sepulcro, porque la resurrección es un hecho teologal, no localizable de suyo ni en el tiempo (al tercer día, según las Escrituras) ni en el espacio (resucitar no es levantarse de la tumba, desembarazarse de la mortaja, y abandonar el sepulcro...). Las circunstancias de tiempo y lugar son imaginaciones que repugnan a lo que, por glorificación, trasciende las dimensiones mundanas (el espacio y el tiempo, la materia y la energía). Y si la resurrección de suyo no puede implicar la materia del cuerpo, es ociosa la disparatada invocación a la mecánica cuántica, que se refiere a hechos materiales, por extraños que nos parezcan a nuestra escala. Y en fin, si algún fenómeno subatómico observado en laboratorio lograse validar en algo la resurrección de Jesús, tendríamos que repetir, con Pablo, que ¡vana sería nuestra fe, si se fundase en la mecánica cuántica!

Quien siga la sola letra de los evangelios sin captar su sentido, no podrá entender qué es resucitar. Y en cuanto a cómo se resucita es una pregunta sin sentido, porque quōmodo? es una categoría predicable de hechos mundanos, no de hechos teologales o gloriososExplicar la resurrección como un fenómeno físico, es teológicamente aberrante (tanto como confundir cosas disímiles: el mundo material y la vida eterna), y demuestra una esperanza muy pobre, que se apega a vivencias conocidas del mundo sin saber lo que nos aguarda a la hora de morir. Si hubiese sido un evento físico observable, Jesús no habría resucitado (¡y vana sería nuestra fe, entonces sí!), porque un aparecido no es un resucitado. Quien resucita no regresa a la vida conocida, sino que ingresa en otra vida nueva. Y los aparecidos (como el padre de Hamlet, príncipe de Dinamarca) son eventos de este mundo, no de otro.

Creo por eso que los evangelios, cuando relatan las apariciones del Señor, hablan más de la fe de los discípulos, que de los avatares del cuerpo de Jesús, muerto y sepultado. La resurrección, que es liberación del cuerpo biológico, no puede ser un hecho empírico de este mundo. Así lo explicaba Ratzinger en Tubinga. Sobre esto espero volver en otro momento.

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07 mayo 2011

Ensayo de una biblioteca taurina


Al aficionado a los libros lo que más le gusta, después de reunirlos, es hacer un catálogo y hacerlo público. En mi penúltimo post, "Hablar de toros", me entretuve en entresacar 8 libros taurinos, y comentarlos de pasada. Como pudiera ser una selección caprichosa, me he ocupado el sábado en mirar bien en los estantes, para tomar nota de otros que también merezcan la pena. En segunda vuelta van otros 27, lo que hace un total de 35. Para un aficionado discreto que no va a los toros, no está mal. No es una colección orgánica ni completa, ni vale para donarla a ninguna institución, pero sí que me entretiene, porque es el fruto de veinte años de coleccionismo, desde que fui estudiante en la universidad.

No sabría decir cuál de todos es más valioso, según criterio crematístico, bibliológico o tauromáquico, pero no dudo que el más feo es una temprana semblanza de ¡Jesulín! (1994), del periodista Filiberto Mira. Aunque según la sentencia del clásico de que no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena, éste recoge algunas instantáneas curiosas, como la de Jesulín de chiquillo, pero ya torero de cartel, sentado en un pupitre de su colegio. Ha sido un torero muy valiente, que ha sufrido tremendas cornadas, y nunca se debe hacer de menos a un torero. Y empiezo...

Georges Bizet [1875], Carmen. Madrid, Ediciones Cátedra, 1992. Edición de Alberto González Troyano. Edición bilingüe de Carmen, ópera en cuatro actos, basada en la novela de Prosper Merimée, libreto de Henry Meilhac y Ludovic Halévy, música de Georges Bizet, estrenada en la Opéra-comique de París el 3 de marzo de 1875.

Eugenio Noel [1913], Escenas y andanzas de la campaña antiflamenca. Barcelona, Libertarias/Prodhufi, 1995. Recopilación de los artículos críticos, en su campaña contra los vicios del casticismo (el flamenquismo y los toros). En la plaza de toros de Valencia, su presencia en el tendido provocó altercados del publico, y para aplacarlo uno de los matadores, el Gallo, entregó el trofeo a Noel, que respondió con el artículo: "tres gatos se comen la oreja del Gallo".

F. Bleu (Félix Borrell) [1913], Antes y después del Guerra (medio siglo de toreo). Madrid, Espasa Calpe, 1983. Prólogo del nieto del autor, Ignacio Aguirre Borrell. Memoria del toreo antiguo al doblar el siglo XX, desde Lagartijo y Frascuelo (1868-1872), hasta "la irrupción de los fenómenos", Joselito, Papa, y Belmonte, Emperador (1913). Recorrer el índice de viejas glorias es muy evocador: El Guerra, Algabeño, Bombita, Machaquito, Pastor, el Gallo, Cocherito, Bienvenido, Gaona... Como curiosidad anoto que el libro lo compré de viejo en la Librería Cervantes, de la calle Ramón y Cajal, en La Coruña. Nunca hay mala plaza para un buen libro.

Manuel Penella [1916], El Gato Montés. Madrid, Ediciones Cátedra, 1992. Edición de Justo Romero. Libreto de la "opera en tres actos" (drama lírico, o zarzuela), estrenada en el Teatro Principal de Valencia el 23 de febrero de 1916.

Fernando Villalón [1926-1929], Antología. Morón de la Frontera (Sevilla), Fundación Fernando Villalón, 1998. Selección de romances de sus libros Andalucía la Baja, La Toriada y Romances del 800, y otros poemas publicados en revistas, o inéditos a su muerte.

Antonio Díaz-Cañabate [1953], Historia de una tertulia. Madrid, Espasa Calpe, 1978. La tertulia era la de Cossío, en el Lyon D'Or. "Conocí a José María de Cossío por el mes de junio de 1938, cuando el vivir en Madrid era un milagro. Fue un día en casa de mi primo Antonio Garrigues...".

Anselmo González Climent [1955], Flamencología. Ayuntamiento de Córdoba, 1989. Un ensayo clásico, que trata de dos aficiones populares inseparables, los toros y el flamenco. En una sugestiva "tabla estética" (pp. 39-42), González Climent caracteriza al toreo desde 1950..., por el masismo: "Nuevo fenómeno taurómaco (...) Socialización espiritual y profesional de la fiesta. Estandarización del concepto puro de arte. Igualación estilística (...) Valor monstrualizado y esclusivo de la muleta. Tauromaquia neocircense. Legendarismo elemental. Degeneración del sentido deportivo introducido por Carlos Arruza. Heroicidad de las distancias. Retorcimientos espaciales del toreo: toreo de frente, toreo de espaldas, toreo con vistas al tendido, etc. Estereotipación estética. Crisis del quite. Olvido general de las banderillas (...)".

Pedro Garfias, Poesías y prosas taurinas. Diputación de Sevilla y Ayuntamiento de Osuna, 1997. En cuanto a poesía taurina, es legendario un original inédito, y perdido (que intenta reconstruir el editor de esta antología, José María Barrera), Ronda de los toreros muertos, del poeta de Osuna, muerto en el exilio de Monterrey, Pedro Garfias (1901-1967).

Manuel Halcón, Recuerdos de Fernando Villalón. Apuntes para la historia de una familia. Madrid, Alianza, 1969. Obra de valor tan absoluto como el Belmonte de Chaves Nogales. Inolvidable el relato del encuentro de Villalón niño con el "Pernales", el último bandido andaluz a caballo.

Rafael Ríos Mozos [1974], Tauromaquia fundamental. Sevilla, Biblioteca de Cultura Andaluza, 1985. Prologo de Pepe Luís Vázquez. Contiene: I. Breve historia del toreo. II. Principales personajes de la Fiesta. III. Guía terminológica para novicios. Mala impresión, merece reeditarse.

Guillermo Sureda, Tauromagia. Madrid, Espasa Calpe, 1978. Obra de balance de un viejo crítico, contiene: I. El toreo y su técnica. II. Interludio del toro decadente (con la inevitable pregunta: ¿por qué se caen los toros?). III. Para una estética del toreo. IV. Variaciones sobre varios temas (con un apartado sobre "rivalidad, salsa de la fiesta").

José Bergamín [1981], La música callada del toreo. Madrid, Ediciones Turner, 1994. Ensayos y aforismos, con la personalísima evocación "así hablaba Juan Belmonte" y la crónica de la histórica corrida del Corpus  de 1981 en Sevilla ("Visión memorable"): "Las lágrimas que se le saltaban al Gallo, al torear, estaban en los ojos de los toreros como en los nuestros. Nunca la música callada del toreo tuvo más claridad y transparencia de alma que en aquellos tres toreros que nos la transmitían con su encanto, su canto y su cante propios. Manolo Vázquez, Curro Romero y Rafael de Paula. Yo no sabría describirlo, ni decirlo adecuadamente...".

Luís del Campo, La iglesia y los toros. Curas toreros. Pamplona, 1988. El autor es un médico y escritor, nacido en Pamplona en 1912. Capítulo dedicado a los toros en Navarra, y testimonios documentales de presbíteros que, en el pasado, eran aficionado a mezclarse en fiestas con seglares y correr novillos y torearlos.

José María Requena, Toro mundo. Tientos al rito de la sangre y el sol. Brenes (Sevilla), Muñoz Moya y Montraveta, 1990. Recorrido por las manifestaciones de la tauromaquía, explicadas con intención literaria. Admira leer su estudiada recreación de anécdotas taurinas archisabidas que a todos los aficionados nos gusta contar, como la de ¡hay gente pa tó! ("Rafael y Don José") o la de degenerando, degenerando ("Una de Belmonte"). Requena me lo dedicó en una feria del libro, contándome mientras lo firmaba que Bergamín decía que "no hay nada más aburrido que una mala corrida".

José Antonio del Moral (textos), Jean Ducasse (dibujos), Ojeda, el último revolucionario. Madrid, Espasa Calpe, 1991. Edición bilingüe español-francés. Visto en la distancia, el torero Paco Ojeda, y después de su retirada, jinete, no disfruta hoy de tanta gloria como tuvo en su día, en que armó mucho ruído con un toreo encimista, haciéndose rico, eso sí, muy admirado en Francia (circunstancia que explica este artístico libro bilingüe).

Luís Gilpérez Fraile, La vergüenza nacional. La cara oculta del negocio taurino. Madrid, Penthalon Ediciones, 1991. Libro paradigmático de la corriente animalista y antitaurina (de la que se me ocurre decir que no está del todo falta de razón), de un militante defensor de la naturaleza. Impresionante colección de fotografías con crueles comentarios, como la del diestro que ha "cuadrado" al toro y se dispone a entrar a matar, enfilando al toro con el estoque: "Matar es algo que Dios me ha dado (palabras del matador Rafael Ortega). La incultura, la brutalidad, la ignorancia en definitiva, no para mientes en mezclar a Dios con las acciones más abominables. Muchas corridas se celebran a beneficio de iglesias, cofradías y otras organizaciones católicas".

Bernardo Víctor Carande, Memoria de piel de toro (recuerdos taurinos). Universidad de Sevilla, 1992. El autor de estas memorias era hijo de Don Ramón Carande, hacendista y antiguo rector de la Universidad. Ejerció de corresponsal gráfico de la revista taurina El Ruedo (1963-1966), de donde el libro reproduce muchas imágenes de "la época de los dos Antonios" (Antonio Bienvenida y Antonio Ordóñez).

Gonzalo Díaz-Y. Recaséns, Guillermo Vázquez Consuegra (dir.), Plazas de toros. Sevilla, Consejería de Obras Públicas y Transportes, 1995 (3ª ed.). Es el catálogo de una exposición inaugurada en Ronda al término de la goyesca, con descripción de 52 Plazas de Toros de España. "Esta investigación sobre las Plazas de Toros (un análisis de la relación secular entre la ciudad y la fiesta taurina, en el que se abordan los aspectos históricos, urbanísticos y arquitectónicos de los distintos ámbitos de su desarrollo) tuvo su génesis, cuando corría el año de 1976, en el seno de la Escuela Superior de Arquitectura de Sevilla, en el Taller 1 de su Departamento de Proyectos Arquitectónicos".

León Carlos Álvarez Santaló (et al.), Un mito para el recuerdo. Homenaje a Joselito el Gallo. Ayuntamiento de Sevilla, 1995. El librito (de la espléndida "Biblioteca de Temas Sevillanos") reúne el ciclo de conferencias que se celebró en el antiguo Convento de San Hermenegildo de la ciudad, con ocasión del centenario del nacimiento de Joselito. P.ej. Miguel Ríos Mozo disertó sobre "José y Juan (metafísica de una competencia)".

Carlos Abella, ¡Derecho al toro! El lenguaje taurino y su influencia en lo cotidiano. Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 1996. Sobre fraseología taurina, ha de saberse que todos, incluso el Cossío, beben del Gran Diccionario Tauromáquico de Sánchez de Neira (1879-1880). Abella tiene la honestidad de reconocerlo. Catálogo alfabético y comentado de "refranes, frases, dichos y expresiones taurinas", que comienza con A cabeza pasada son las arrodilladas, y concluye con Zaragata en Cádiz, toros en la Isla (incluyendo p.ej. frases tan usuales como "salir por pies", o "saltarse a la torera").

José Rufino Martín, Pinceladas sobre acoso y derribo de ganado vacuno. Sevilla, Guadalquivir Ediciones, 1996. Disertación del arte de la garrocha y la jineta, de este viejo ganadero sevillano (n. 1932) aún en activo, en su juventud garrochista en la finca de su familia.

Antonio Murciano (ed.), El arte y la muerte de Manolete en la poesía española. Antología del cincuentenario (1947-1997). Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1997. Preparada por este poeta de Arcos de la Frontera, contiene: Puerta Grande ("Oda a los toreros de Andalucía", de Luís López Anglada), lírica (incluye un soneto de Juan Sierra), canción andaluza y española (incluso la de Juanita Reina: "Que le pongan un crespón a la Mezquita / a la torre y sus campanas / y a la reja y a la cruz..."), romances, y cancionero popular.

Álvaro Domecq, Memorias. 80 años. Mi vereda a galope. Madrid, Espasa Calpe, 1998. Con amplio álbum fotográfico (p.ej. "con Belmonte en el festival celebrado en Cadalso de los Vidrios, Madrid, el 19 de septiembre de 1945").

Juan Manuel Albendea Pabón, Los toros desde el escaño. Defensa de la Fiesta Nacional. Sevilla, Padilla Libros, 2007. Albendea es un aficionado ilustre, nacido en Cabra y residente en Sevilla. Diputado a Cortes, el libro incluye su intervención en comisión de control parlamentario, del 20 de octubre de 2004, contra proposición de Esquerra Republicana, "por la que se insta al Gobierno a adoptar las medidas legales oportunas para suprimir de la programación televisiva en horario infantil las corridas de toros".

Andrés Amorós y Antonio Fernández Torres, Ignacio Sánchez Mejías, el hombre de la Edad de Plata. Córdoba, Editorial Almuzara, 2010. Edición muy ilustrada, que conmemora el 75º aniversario de la muerte de este diestro inmortal. Es un must, que amplia un estudio más breve de Andrés Amorós publicado en Alianza Editorial (1998).

José María Jurado (textos) y Pablo Pámpano Vaca (ilustraciones), Plaza de toros. Sevilla, Ediciones de la Isla de Siltolá, 2010. Libro de arte muy cuidado y asequible, centrado en la Fiesta de Toros en Sevilla. Junto a los clásicos Joselito y Belmonte (porque ya no hay memoria de Lagartijo y Frascuelo), Curro Romero, Paula... los autores rinden homenaje, en forma de dibujo y poesía, a los contemporáneos José Tomás y Morante de la Puebla.


Finis Coronat Opus

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05 mayo 2011

Always look on the bright side of life

"Una solidaridad universal une todos los gestos e imágenes de los hombres, no sólo en el espacio, sino también y sobre todo en el tiempo" (Elie Faure).

Parece que no hubiese cosa más caduca y volandera que un libro viejo, cuyo destino final es perecer en el fuego (aunque ardan mal), o arrojado a la basura, triturado y hecho pasta. Sin embargo, son los libros que amarillean, sucios, arrugados, los que mueven las mayores simpatías de los bibliófilos (o por lo menos de este que escribe), y la afición a los libros de chamarileros debe ser el último grado de la bibliofilia, porque el libro con huellas del tiempo parece un signo de inmortalidad.

Hoy volvía a casa a almorzar, silbando y de buen humor, a pie (porque el tráfico en Sevilla es un carajal en la semana de la Feria de Abril), y pues la experiencia enseña que el espíritu positivo atrae la buena fortuna, he tenido un golpe de suerte con un libro viejo. En una calle del barrio, un trapero se había apostado en la esquina de la farmacia y había extendido una manta con libros. Cuando llegué a su lado iba a pasar de largo, pero aunque ya eran las tres, me paré un rato a husmear, encontrándome de golpe y porrazo con un librito de Juan Eduardo Cirlot (no todos los días se encuentra uno con un Cirlot). En concreto, El espíritu abstracto desde la prehistoria a la edad media (Madrid, Editorial Labor, 1970), por el que se me pidió 1,50 euros (en internet cotiza el título entre los 10 y los 50 euros [iberlibro]).

El trapero me estuvo contando que tiene ocho hijos (la chica de 21 años, y el mayor, de 35), algunos parados. Vende libros, y es un chapú (hace chapuzas a domicilio). Un espíritu emprendedor que vive en un dúplex, según me dice, no lejos del barrio. Le pregunto que hasta qué hora va a estar vendiendo libros. Después de comer, le llevé un paquetón de libros de los que me he desprendido (algunos nuevos, sin estrenar). El de Cirlot también se lo había regalado una señora del barrio esta misma mañana, y ha ido a parar a mis manos. De este modo, el mercado informal de libros es una excelente vía de relocalizar los libros, y situarlos donde puedan continuar haciendo el bien, en una segunda vida.

01 mayo 2011

Hablar de toros


Soy aficionado a los toros lo justo, por ser la Fiesta Nacional. Presumo de haber visto torear a Curro Romero. Y aunque soy aficionado tibio, durante años he cultivado la bibliofilia taurina (quiero decir que he coleccionado libros sobre toros). Como mi biblioteca es un desastre, sólo he podido repescar algunos libros para hacer unas notas. Otros no sé siquiera en qué sitio andarán. Cierto es que, después de ver los toros, lo que más le gusta a un aficionado es la tertulia, y leer y escribir del toreo (una crónica, un poema o un ensayo), hacer fotos en la plaza o en el campo, o dibujar y pintar las faenas. Estos son algunos títulos interesantes que he rebuscado (por orden cronológico inverso):

José Luís de Córdoba [pseud.] (1997), Manolete en el recuerdo. 50 aniversario de la tragedia de Linares (1947-1997). Obra conmemorativa, muy ilustrada, de este mito (como tantos que tiene el arte del toreo).

Gerardo Diego (1996), Poesías y prosas taurinas. Recopilación editada por la editorial valenciana Pre-Textos, incluye obras inefables como La suerte o la muerte, fruto de la hibridación de poesía y taurinismo que se reunían en la persona del autor.

Jaime de Armiñán (1994), Diario en blanco y negro. Armiñán, director de cine y aficionado a los toros, muchos les recordamos por ser el autor de una serie de TV, Juncal (el protagonista era un torero retirado que vivía del cuento). Este diario, en realidad, son unas memorias entreveradas de su vida, de su afición taurina, de su práctica de cine. De gran valor literario (¡pero los almacenes de los editores están repletos de libros de gran valor!).

Álvaro Domecq (1985), El toro bravo. Libro excepcional porque fue escrito por una autoridad (un antiguo rejoneador y ganadero de reses bravas) y porque además está escrito con mucho orden y en un castellano muy sobrio, casi como hablando.

Ernest Hemingway (1960), The Dangerous Summer. Un clásico, imprescindible en edición ilustrada (y en edición inglesa, para captar cómo reproducía el escritor el habla de los españoles). "The Dangerous Summer was Ernest Hemingway's last book. What started out as a commissión for Life magazine, which had asked him to write an article on the bullfighting rivalry between Antonio Ordóñez and Luís Miguel Dominguín that came to a head in the 1959 season, had turned into over 100,000 words by the time Hemingway had finished".

Catálogo de la biblioteca taurina de D. Antonio Urquijo de Federico (1956). Contiene 3,016 fichas de la reconstruída "Biblioteca Urquijo". Poseo un original del catálogo, comprado de viejo por cuatro perras en la librería "Don Cecilio de Triana" (en la calle Castilla, enfrente de la iglesia de la O).

Luís Toro Buiza (1947), Sevilla en la Historia del Toreo. "La primitiva edición de Sevilla en la Historia del Toreo, de 1947, corrió a cargo del Ayuntamiento de Sevilla y fue, en realidad, la introducción al Catálogo de una interesantísima exposición que celebraba la Tauromaquia en Sevilla" (del prólogo de Pedro Romero de Solís a la exquisita reedición institucional de 2002).

El Doctor Thebussem (1892). Un triste capeo. Libro curioso de un autor más curioso todavía, del que se podría hablar largo y tendido. En la parte segunda (que el autor titula "Tauromaquia homeopática") narra "cómo se acabo en Medina el Rosario de la Aurora".

28 abril 2011

Ratzinger explica la Resurrección

Con ocasión de que Joseph Ratzinger el teólogo, despojado de su autoridad de Sumo Pontífice (aunque no de su título de Papa), haya publicado la segunda parte de su Jesús de Nazaret, me ha parecido bien a mi también (a su lado desde un plano intelectualmente ínfimo) glosar algunas de sus ideas sobre la Resurrección, ya que éste es el tiempo, y es el núcleo de la fe cristiana (igual que en general ya lo era de muchos judíos del tiempo del Maestro, cfr. Lc 20, 27-39).

Esta nueva entrega ("desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección") [Ediciones Encuentro] me parece también, como la primera, supérflua en el orden teológico, ya que Joseph Ratzinger mucho de lo que ahora repite ya lo había dicho, incluso en el detalle, en su Introducción al Cristianismo. Lecciones sobre el Credo apostólico, impartidas en Tubinga en 1967. Por eso me referiré a partir de ahora al epígrafe II.2.4 de estas lecciones ("Resucitó de entre los muertos").

Cuando digo que Ratzinger explica la Resurrección, no quiero decir que describa cómo pudo ser ese supuesto hecho (esto quedará inmediatamente aclarado en las propias palabras del teólogo), sino en el sentido con que el diccionario define explicar: "declarar o exponer cualquier materia, doctrina o texto difícil, con palabras muy claras para hacerlos más perceptibles". En este sentido léxico, Ratzinger ha explicado muy bien, a mi juicio, qué es la Resurrección de Jesús, el objeto de nuestra fe.

La Resurrección del Señor es motivo de escándalo, antes que nada, porque muchos se la imaginan como la de Jesús muerto y sepultado que se levantase de su tumba [resurgens]. Es imposible que la imaginación popular se la pudiese representar de otra manera, ya que por su propio carácter la resurrección es inimaginable (no se la puede representar en una imagen), porque no tiene término de comparación en el orden de cosas conocido.  De ratione imaginis est similitudo (dice Santo Tomás en la S.Th. 1, q.35, a.1), similitudo quae est in specie rei. Por eso tal vez podamos aceptar la iconografía del Jesús crucificado (con toda la idealización con que los artistas han velado la estampa horrorosa de un ajusticiado), pero no la del Jesús resucitado, si no es más que obedeciendo a la devoción popular.

Los saduceos de los días de Jesús, refutaban la resurrección aduciendo aporías tales como el caso de la mujer que contrayese matrimonio sucesivo con siete hermanos. La respuesta que les dio el Maestro (Lc 20, 36) no pudo ser más elegante: quienes sean dignos de la vida futura y de la resurrección, serán como ángeles. Y eso es tanto como decir que un resucitado no será como un hombre o una mujer (no nos lo podremos representar con figura humana).

Ratzinger explica que "la vida del resucitado ya no es bios, es decir, la forma bio-lógica de nuestra vida mortal en la historia, sino zoe, vida nueva, distinta y definitiva, una vida que ha superado el ámbito mortal de la historia del bios mediante un poder más grande. Los relatos neotestamentarios de la resurrección insisten claramente en que la vida del Resucitado ya no se encuadra en la historia del bios, sino fuera y sobre ella". Movido por esta comprensión de los evangelios, propone una "verdadera 'hermenéutica' de los difíciles relatos de la resurrección", partiendo de la idea de que la vida definitiva se escapa a las leyes químicas y biológicas. Esta comprensión es muy congruente con las enseñanzas del Maestro sobre la vida futura.

Sobre la resurrección no puede decirse más que no es un regreso a la vida que conocemos (a la que Ratzinger llama bios), sino el ingreso a una vida distinta (zoe), que no nos podemos figurar, porque no se encuentra término de similitud. Esta moderna comprensión de la resurrección, por disimilitud, provoca extrañeza en el estudio de las preguntas que plantea Santo Tomás en la S.Th. III, como aquella (q.54 a.4) de si Cristo debió resucitar con heridas [conveniens fuit animam Christi in resurrectione corpus cum cicatricibus resumere], dependiente del principio de que todo el cuerpo resucitó en Cristo [quidquid ad naturam corporis humani pertinet, totum fuit in corpore Christi resurgentis].

Hoy, empleando el enfoque de Ratzinger, diríamos que Santo Tomás confundía bios y zoe, porque no disponía del paradigma científico que le hubiese conducido a restringir la biología a lo que muere y perece, la carne y la sangre [caro et sanguis], y que no puede resucitar (porque la resurrección no es un regreso).

Pero, como dice Ratzinger en su lección, esto es sólo "la mitad de las cosas y quedarse aquí sería falsear el mensaje del Nuevo Testamento". En principio, sostiene que encontrarse con el Resucitado es una experiencia que nada tiene que ver con el encuentro con otra persona de nuestra historia. Pero también, que los relatos de los evangelios muestran un acontecimiento fundamental, pues "la fe no nació en el corazón de los discípulos, sino que les vino de fuera y los fortaleció frente a sus dudas y los convenció de que Jesús había resucitado realmente". El Resucitado "ha entrado en el Reino de Dios y es tan poderoso que puede hacerse visible a los hombres". No hallaremos en el texto de Ratzinger ninguna sugerencia acerca de la naturaleza de esta visibilidad, más que no es la propia de un cuerpo físico, y tan sólo significa (así lo entiendo yo) un correlato real de la creencia de los discípulos. Sólo así se entiende que los discípulos estuviesen convencidos de su creencia en la resurrección de Jesús, porque la creían real, no imaginaria (y que nada tiene que ver con una visibilidad físico-óptica).

Esta nueva comprensión de la realidad (que no fisicalidad) de la resurrección de Jesús, nos permitirá comprender mejor la conclusión del estudioso judío Paul Winter, en el clásico de 1961 El proceso a Jesús (citado por Geza Vermes): "Dictaron la sentencia, se lo llevaron. Crucificado, muerto y sepultado, resucitó, pese a todo, en los corazones de los discípulos que le había amado y le sentían cercano. Juzgado por el mundo, condenado por la autoridad, sepultado por las iglesias que proclaman su nombre, resucitado de nuevo, hoy y mañana, en los corazones de hombres que le aman y le sienten cercano". Con Ratzinger diremos que la resurrección, en cuanto real, no puede reducirse a un mero sentimiento cordial, pero que en la historia sólo puede hacerse visible así, en los corazones de los creyentes.

Concluyo con una reflexión sobre el servicio que puede prestar ahora este nuevo libro sobre Jesús, del teólogo Joseph Ratzinger. La fe en que no moriremos del todo, no puede fundarse sólo en la vida terrena del galileo (el "Jesús histórico"), porque los hechos no nos procuran esperanza alguna (como las campañas de Julio César en las Galias no pueden conmovernos íntimamente, de raíz). Pero las versiones populares de Jesús aparecido a sus discípulos, tampoco contribuyen a cohonestar nuestra fe con nuestro conocimiento de la naturaleza. Un "Jesús de la fe" máximamente alejado de la coherencia física y biológica, nunca será comprensible para quienes no creen, lo que conduce, por reacción, a apartar a la gente de un mensaje que habría de ser popular, la buena nueva, que se convierte así subrepticiamente en texto sectario y ocultista. La recepción actual de los evangelios exige un equilibrio entre los hechos fundantes (la historia de Jesús sobre la tierra), y el objeto de la fe (la resurrección), interpretada conforme a nuestros paradigmas. En cuanto a la resurrección de Jesús, me parece necesario no confundir un acontecimiento hecho visible en los corazones de los discípulos, con un evento físico (no confundir bios y zoe, según los términos de Ratzinger).

[Interesante: José Manuel Mora Fandos, "Cómo se pinta un cuerpo glorioso" (enlace)].

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25 abril 2011

Sevilla, mañana de domingo de Resurrección

Una mañana espléndida la de este domingo de Resurrección en mi ciudad, que compensa los chaparrones de toda la Semana Santa. Cuenta la prensa que hacía 78 años (desde 1933) que no se suspendían las procesiones de la madrugada del Viernes Santo (la madrugá, según el pueblo). Este año, por riesgo de lluvia, no han salido de sus templos ninguna de las seis cofradías de madrugada: El Silencio, El Gran Poder, La Macarena, Calvario, La Esperanza de Triana y Los Gitanos. Pero tampoco desfilaron Los Estudiantes el martes santo, ni Pasión, que debió haber salido de su templo de la plaza de El Salvador al atardecer del Jueves Santo, ni tantas otras...

Quiero recordar que el domingo de Resurrección del año pasado, a eso del mediodía, estuve viendo pasar la procesión de El Resucitado al doblar las calles Sta. Ángela de la Cruz y Gerona, lo que es una "revirá" (así somos los sevillanos, que contamos y recordamos los años por cofradías). Pero esta vez he preferido visitar la librería de la calle Recaredo, en la Puerta Osario, donde de higo a breva encuentro algún librejo barato. En esta ocasión, un saldo de la Historia de la nación chichimeca (1640), de Fernando de Alva Ixtlilxochitl, fea edición en mal papel (qué se le va a hacer). Dirán que tengo gustos extravagantes, pero es que esta temporada estoy leyéndome la Historia verdadera de Bernal Díaz del Castillo, y empapándome de las cosas aztecas. Sinceramente, cuando leo las crónicas de la conquista de la Nueva España, se me encoge el corazón de pensar en el sufrimiento moral que, a más del físico, debieron pasar los aztecas que de un día para otro presenciaron el final de las tradiciones de sus mayores.

La historia es una tremenda sucesión de exterminios, como el que acabamos de conmemorar. Los testimonios de los antiguos, y los mismos evangelistas, recuerdan al procurador Poncio Pilato por su trato cruel a los judíos. El Nazareno fue uno más de tantos crucificados, castigos con el que los romanos infundían terror al pueblo sometido. Releyendo el relato de la Pasión, me ha estremecido oír la balandronada de Pilato (Jn 18,35): ¿acaso soy yo judío? Esta réplica arrogante me parece muy reveladora.

El desprecio al pueblo judío en los evangelios es un error óptico, que tiene que ver con el medio político en el que se han difundido los evangelios a través del tiempo. El odio a los judíos no es coherente con el cristianismo (sobre todo porque un 'cristiano' es un 'seguidor del Mesías de Israel'). Pilatos despreciaba al pueblo sometido porque era el gobernante romano de Judea; ¿pero tendremos entonces nosotros que tomar partido por Roma, por el César, por Pilato? Si así hicíesemos, diríamos, como los sumos sacerdotes que condujeron a Jesús al pretorio: ¡no tenemos más rey que el César! (Jn 19,15). Sin embargo, el pueblo judío exclamaba al paso de Jesús: ¡Bendito el que llega en nombre del Señor, el rey de Israel! (Jn 12,9). Cuando oímos las voces de los vencidos, el interrogatorio de Pilato cobra todo su sentido (Tu es rex Iudaeorum?). Poncio Pilato es el auténtico oponente del Mesías, un anticristo, y por eso le escupe a Jesús: "¿acaso soy judío?". El cristiano es hijo de Israel, no de Roma; aclama al Mesías, no al César ("omnis enim qui se regem facit, contradicit Caesari").

Al salir de la librería con el librito del mestizo Fernando de Alva Ixtlilxochitl bajo el brazo, volví sobre mis pasos y doblé la esquina en la Puerta Carmona. Subiendo la calle, al llegar a la altura de la iglesia de San Esteban, saludé en el umbral a algunos hermanos de la cofradía y entré a ver los pasos. La imagen sedente del Jesús de la Salud y Buen Viaje tampoco pudo salir por el arco ojival de su templo, el martes santo, por la cosa de la lluvia. En mi último post he comentado el pasaje del evangelio de Mateo 27,28 que dice que los soldados del pretorio desnudaron a Jesús y lo cubrieron con una clámide escarlata. Precisamente el Cristo de la hermandad de San Esteban se representa así; y como la fotografía que traigo es en blanco y negro, tampoco podremos dirimir si el manto de soldado era rojo o púrpura...

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21 abril 2011

El manto rojo


Los soldados del gobernador llevaron a Jesús a la residencia y reunieron alrededor de él a toda la compañía. Lo desnudaron y le echaron encima un manto rojo (Mt 27,27-28) [trad. Juan Mateos].

Este pasaje, que tiene paralelo en otros dos evangelistas (Mc 15,17 y Jn 19,2), funda la iconografía del escarnio o burla de los soldados. Curiosamente aquí algunos quieren advertir una de esas inconsistencias menudas de los evangelios: ¿de qué color era la capa, manto o clámide con que cubrieron los soldados del pretorio a Jesús? ¿Roja, según Mateo, o púrpura, según Marcos y Juan? Veamos lo que dice el texto de los evangelios de Mt y Mc, en algunas traducciones que he podido consultar:

chlamyda kokkinen / endydiskousin auton porphyran [griego].
chlamydem coccineam / induunt eum purpura [latín, Vulgata].
zaub kirmidzi / wa-albasu-hu uryuwan [árabe, Lebanon Bible Society].
un manto de color púrpura / lo visten de púrpura [castellano, CEE].
une chlamyde écarlate / ils le revêtent de pourpre [francés, Bible de Jérusalem].
un mantell de porpra / el vestiren de porpra [catalán, Monjos de Monserrat].
um manto vermelho / Vestiram Jesus com um manto de púrpura [portugués, CNBB].
un mantello scarlatto / lo vestirono di porpora [italiano, CEI].
a scarlet robe / they clothed him with purple [inglés, King James Version].
einen Purpur mantel / und zogen ihm ein Purpuran [alemán, Luther Bibel].

Doy ahora unas notas a estas versiones, comenzando por las que me parecen inaceptables. Verter en ambos evangelios púrpura es mala traducción (como la que ofrece la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española publicada este mismo año), porque oscurece al lector la discrepancia de los dos pasajes paralelos, que es patente en el original griego y la Vulgata [clamydem coccineam / purpura]. Es llamativo que incurra en el mismo defecto la versión alemana de Lutero.

También regulariza términos la versión catalana de la Abadía de Monserrat [porpra], aunque paliado con una valiosa nota a Mt ("la porpra, imitada amb la capa vermella d'un soldat, era una insignia reial"), donde ya se apunta una traducción más fiel del texto del evangelista [capa vermella], semejante a la castellana del P. Juan Mateos sj [manto rojo]. La Bíblia de Jerusalén anota lo mismo a chlamyde écarlate ["manteau de soldat romain (sagum). Sa couleur rouge va évoquer par dérision la pourpre royale"].

Si traducir púrpura en Mc 15,17 no plantea duda alguna, ¿cuál sería entonces una buena traducción de chlamydem coccineam, de Mt 27,28? Kokkinos (coccinus) y porphyra (purpura), son colores distintos, luego exigen traducciones diversas. El tinte púrpura se obtenía en la antigüedad, en la ciudad fenicia de Tiro, de un molusco gasterópodo marino. El kokkinos es otro tinte, obtenido de un insecto hemíptero, el quermes, del que se extraía el grana o escarlata. No pueden confundirse.

Las voces árabes de la traducción, que laten remotamente en las lenguas occidentales, son elocuentes. El kirmidzi [قِرْمِزِيًّا] del versículo de Mt, esto es nuestro carmesí, denota la voz de origen árabe quermes, que es el insecto hemíptero parecido a la cochinilla. Luego la versión árabe refrenda que el griego kokkinos y el latín coccinus de Mt deban interpretarse como el color que da el insecto cochinilla: el escarlata, grana o rojo (¡nunca el púrpura!), de la misma manera como el castellano bermejo, y el catalán vermell, proceden de vermiculus, vermis (gusanillo, gusano).

La traducción que más me gusta de las que he consultado, es de la New American Bible (Confraternity of Christian Doctrine, Washington D.C., 1970). Compárese con la versión latina, en el pasaje de Mt: et exuentes eum, chlamydem coccineam circumdederunt ei / they stripped off his clothes and wrapped him in a scarlet military cloack. Y en el pasaje de Mc: et induunt eum purpura / they dressed him in royal purple. La versión norteamericana es muy perifrástica (necesita un 75% más de palabras que la Vulgata), pero por eso mismo muy clara y explicativa. Rehúye el cultismo chlamys, prefiriendo la circunlocución military cloack. Y cree necesario precisar royal purple (porque los lectores ya no entienden el simbolismo regio de este color). Así, esta versión inglesa moderna se aleja del primitivismo de la Biblia del Rey Jaime (cuya solemne sencillez la asemeja sin embargo a las lenguas clásicas).

La Biblia Latinoamericana (Ricciardi y Hurault, 1972) posee las mismas virtudes de claridad y precisión. Léase Mt: le quitaron sus vestidos y le pusieron una capa de soldado de color rojo. Aunque en Mc comete el error de borrar toda traza del púrpura: lo vistieron con una capa roja (sic), que es traducción inaceptable por los motivos inversos a los que se advierten en las versiones habituales de estos dos pasajes (corregir el rojo por el púrpura).

Y ahora vuelvo a nuestro primer interrogante: aquella capa con que los soldados cubrieron la desnudez del nazareno, ¿era roja o púrpura? Los evangelios no se contradicen. Sería una falacia infantil pretender que uno de los evangelistas estuviese en lo cierto, y el otro en el error, a modo de disyunción lógica. La capa de soldado, o clámide, era roja en todo caso, como dicen las buenas traducciones de Mt. La púrpura [induunt eum purpura] es el significado de realeza (en sentido irrisorio, anota la Biblia de Jerusalén) que el evangelista Mc atribuye a un hecho más vulgar y ofensivo, la burla de la soldadesca.

Luego no ha de apreciarse contradicción en que Mt describa el hecho tal como fue (y el color tal como se vería), y en cambio Mc defina su simbolismo. El relato es el mismo (la mofa de Jesús), aunque la interpretación de los evangelistas, expresada en el color del manto [chlamydem coccineam, purpura], difiera. Por alguna razón en la que no nos vamos a detener ahora, el hebraizante Mateo es más sensible al hecho mondo, y evita el sentido mayestático que subraya en su redacción el romano Marcos.

Por eso nos parece infiel a la letra que se regularice el término en ambos evangelios, haciendo decir a Mateo lo que no quería decir (i.e. la púrpura). La versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, al menos en este mínimo pasaje, creo que es desafortunada. Si ha pretendido resolver una aparente contradicción entre evangelistas haciéndoles concordar por la fuerza, estaría manifestando así que no ha entendido el sentido de las diferencias entre pasajes paralelos; y si, por razones catequéticas y pastorales, pretende evitar la perplejidad de los fieles, los trata de este modo como a menores de edad, a los que se estaría escamoteando el rico relieve y diversidad de la letra de los evangelios (igual como a los niños no se les cuenta todo).

Imagen: lienzo restaurado del Ecce homo del pintor húngaro Mihály Munkácsy [enlace].

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