Antes de proseguir con el examen y crítica de las ideas de Pedro Laín Entralgo sobre la resurrección, me parece conveniente hacer un repaso de lo que han dicho algunos doctores sobre el tema, sin pretender hacer de este blog una suerte de cátedra teológica. Pero el asunto nos interesa máximamente, porque nacimiento y muerte son las dos experiencias que compartimos todos los que hemos venido a esta tierra. Los párrafos que copio están tomadas de las célebres conferencias que impartió el profesor Joseph Ratzinger en Tubinga, en el verano de 1967, "a los oyentes de todas las facultades". Basta leer pocas líneas para apreciar que estamos frente a un gran teólogo de nuestro tiempo, hoy felizmente Papa Benedicto XVI:
“¿Qué es pues lo que la Biblia quiere decir, qué es lo que pretende anunciar al hombre cuando habla cifradamente de la resurrección de los muertos? Creo que la mejor forma de entender esta particularidad es contraponerla a la concepción dualista de la filosofía antigua:
“1. La idea de la inmortalidad que la Biblia expresa con la palabra resurrección significa que la “persona”, que la figura indivisa del hombre es inmortal. Mientras que para los griegos la típica esencia hombre es un producto perecedero que no subsiste como tal, sino que el cuerpo y el alma van por caminos distintos según su respectiva índole, para la fe bíblica es la esencia del hombre la que, aunque cambia, subsiste como tal.
“2. Se trata de una inmortalidad “dialógica” (resurrección), es decir, la inmortalidad no es la consecuencia natural de la conciencia de que lo indivisible no-puede-morir, sino del acto salvador del que ama y tiene poder para hacerlo: el hombre, pues, no puede perecer totalmente porque Dios lo conoce y lo ama (…)
“Las reflexiones anteriores han querido aclarar de algún modo cuál es el contenido del anuncio bíblico de la resurrección. No consiste esencialmente, desde luego, en devolver los cuerpos a las almas tras un largo periodo intermedio (…)
“Lo que un lenguaje sustancialista llamamos “tener un alma”, lo podemos expresar con palabras más históricas y actuales diciendo “ser interlocutor de Dios”. Con esto no decimos que la terminología del alma es falsa, como a veces afirma un biblicismo unilateral y acrítico, porque en cierto modo es necesario para expresar la totalidad de lo que se trata. Pero precisa que se le complete, si no queremos caer en una concepción dualista que no hace justicia a la intuición dialógica y personal de la Biblia”.
Joseph Ratzinger, Introducción al Cristianismo. Lecciones sobre el credo apostólico (1968, 2000)